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9 de febrero
Culpa y responsabilidad

“—Rabí, ¿por qué nació ciego este hombre? —le preguntaron sus discípulos—. ¿Fue por sus propios pecados o por los de sus padres? —No fue por sus pecados ni tampoco por los de sus padres —contestó Jesús—. Nació ciego para que todos vieran el poder de Dios en él” (Juan 9:2, 3, NTV).
Estoy sentada en el autobús 321, yendo al trabajo. Detrás de mí, una mujer y un hombre hablan acerca de Jessica. La mujer dice que está muy enojada con su amiga, Jessica, porque está siendo negligente con sus hijos: no los lleva a la escuela, ni los educa en casa. Ella dice que, aunque Jessica tiene muy poco dinero, continúa pagando los gastos del auto de su exnovio. Finalmente, la mujer le dice al hombre sentado detrás de mí: “Entiendo que esté deprimida porque su padre falleció, ¡pero Jessica no tiene tiempo para estar deprimida!”
Esa última oración me persiguió todo el día, zumbando en mi mente como un tábano. Estoy convencida de que la depresión, así como otros trastornos de la ansiedad, no piden permiso para llegar ni buscan un día libre en tu calendario. Amontonar culpa sobre los hombros de una persona deprimida es un acto de crueldad. Sin embargo, es útil comprender que hay una diferencia entre culpa y responsabilidad.
En su artículo “Trauma Is Not Your Fault, but Healing Is Your Responsibility”, la autora Brianna Wiest lo describe de esta manera: “No podemos olvidar que, aunque [el evento traumático] no fue nuestra culpa, sanar las consecuencias siempre recaerá sobre nosotros; y en lugar de verlo como una carga, podemos aprender a verlo como un extraño don”. Todas cargamos con heridas y traumas del pasado. Sin embargo, a menos que dejemos de apuntar con el dedo y aceptemos la responsabilidad de sanar, vamos a contagiar a otros con nuestro dolor y nos perderemos la oportunidad de vivir mejor.
Asumir la responsabilidad de sanar nuestras heridas es un regalo extraño, envuelto en un papel de regalo sucio y arrugado. Sin embargo, desenvolver ese paquete, como escribe Geri Scazzero en The Emotionally Healthy Woman [La mujer emocionalmente sana], puede ser lo mejor que hagamos: “Permitirme sentir mi propia tristeza me ha permitido ser más compasiva con la tristeza de los demás. Ahora estoy convencida de que este es uno de los mejores regalos que tengo para dar”.
Señor, tú puedes sanarme. Tú puedes usar lo que me sucedió para demostrar tu poder y gloria. Acepto mi responsabilidad en el proceso de sanidad: voy a buscar ayuda, voy a ser paciente. Ya no quiero huir de mis responsabilidades, sino aceptarlas por tu gracia, que me fortalece.
10 de febrero
La libertad es un país extranjero

“Para libertad fue que Cristo nos hizo libres; por tanto, permaneced firmes, y no os sometáis otra vez al yugo de esclavitud” (Gál. 5:1, LBLA).
La libertad es como un país extranjero: tienen diferentes costumbres allá. Una de las primeras veces que viajé al exterior, visité la hermosa y cosmopolita ciudad de Vancouver, en Canadá. Un día, después de mis clases de inglés en el instituto de idiomas, decidí salir a caminar. Llegué a una esquina, con un semáforo, y me paré a esperar. Esperé y esperé, pero la luz seguía roja. De pronto, apareció un muchacho canadiense, que se acercó al semáforo y presionó un diminuto botón en el poste, apenas perceptible. La luz inmediatamente cambió a verde. Crucé la calle riéndome; ¡podría haberme pasado la tarde entera esperando!
Después de sacar al pueblo de Israel de Egipto, Dios comenzó el proceso de deconstrucción y reconstrucción de su identidad colectiva. Aunque los israelitas eran libres a nivel físico, aún tenían una mentalidad esclava. Los efectos de más de cuatrocientos años de historia no desaparecieron instantáneamente al cruzar el Mar Rojo.
Añorando lo que solían comer cuando eran esclavos, los israelitas se quejaban: “Nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, de los pepinos, de los melones, los puerros, las cebollas y los ajos” (Núm. 11:5, LBLA). Más allá de que estuvieran cansados de comer maná todos los días, el hecho de que dijeran que la comida de Egipto era “gratis” es muy significativo: esa comida era un mínimo sustento, dado por sus amos, con el único propósito de seguir explotando su mano de obra esclava ¡Cada esclavo pagaba con su vida, con su sudor y con su libertad!
Cuando Jesús nos libera, pasamos por el mismo proceso de deconstrucción y reconstrucción. La libertad se siente incómoda y extraña, como un país extranjero donde no entendemos las reglas ni el idioma. Por eso nos tienta volver atrás, porque al menos la esclavitud es familiar. ¡Pero Dios nos ama demasiado como para permitir esto! Dios nos llama a conquistar terreno espiritual y emocional; a permanecer libres. Nos llama a recibir nuestra identidad de hijas, no de esclavas.
Señor, quiero aprender a ser libre. Con pasos valientes, por pequeños e imperfectos que sean, quiero marcar una trayectoria de fe. Hacia adelante y hacia arriba, quiero avanzar y nunca volver atrás. Gracias por guiarme de la mano a cada paso, con paciencia y fidelidad.
11 de febrero
Sin guantes blancos

“Tendrá otra vez compasión de nosotros, perdonará nuestras culpas y arrojará todos nuestros pecados a las oscuras profundidades del mar” (Miq. 7:19, PDT).
Jillian Monet dejó de estudiar cuando se dio cuenta de que estaba embarazada de tres meses. Como era líder en su iglesia local, tenía miedo de que si la gente se enteraba la avergonzaran. Entonces, decidió realizarse un aborto en secreto. Jillian juntó el dinero que necesitaba y condujo hacia la clínica. En el camino, recibió dos mensajes de texto. Aunque estas personas no sabían lo que estaba sucediendo, ambas le aseguraron que oraban por ella y que Dios podía manejar cualquier crisis. Sin embargo, Jillian estaba apurada porque tenía que cantar en la iglesia esa misma noche, y siguió conduciendo. Pero al llegar a la autopista, supo que estaba tomando una mala decisión. “Yo no sabía que estaba a punto de experimentar la gracia soberana de Dios, pero puse mi vida en sus manos y decidí que no abortaría”, me dijo al contarme su historia. Sin embargo, las cosas no mejoraron automáticamente. El padre del bebé no quiso casarse con ella y muchos de sus amigos la abandonaron. “Me sentía deprimida por la culpa que cargaba. No tenía suficiente dinero, así que, pasé varias noches en el auto con mi bebé. Había gente dispuesta a ayudarme, pero mi orgullo y la vergüenza me impedían acercarme”, me dijo.
Jillian comenzó a usar drogas para intentar adormecer la culpa y vergüenza que sentía. Llegó a estar tan deprimida que consideró suicidarse. “Me impacta que Dios nunca me haya abandonado. A veces creemos en un Dios de guantes blancos, pero para rescatar a alguien como yo, seguro se ensució las manos. Él comenzó a decirme cuánto me amaba y mi vida comenzó a cambiar”. Aunque fue un proceso lento y difícil, Dios restauró completamente la vida de Jillian.
“Ahora sé muy bien quién es el Dios del que canto. ¡Créeme que te ama incondicionalmente! Aunque estés pasando por algo muy doloroso, él no se ha olvidado de ti. Él se especializa en [salvar a] la gente imperfecta. Ahora puedo hablarles a los que pasan por situaciones similares y decirles que tenemos una esperanza: Cristo Jesús. Él ama. Él perdona. Él restaura, redime y rejuvenece”.
Señor, te agradezco porque tu amor nunca jamás me abandonará. Tú arrojas mi vergüenza y mi pecado a las oscuras profundidades del mar. Tú me abrazas, me perdonas y sanas mi vida. ¡Aleluya!
12 de febrero
La competencia con tu hermana

“Entonces Jacob durmió también con Raquel, y la amó mucho más que a Lea. Y se quedó allí y trabajó para Labán los siete años adicionales” (Gén. 29:30, NTV).
Raquel era más hermosa que su hermana Lea y contaba con el amor incondicional de Jacob. Él trabajó por ella siete años para pagar la dote y le parecieron solo unos pocos días. Sin embargo, esta historia de amor no tiene un final feliz. Cuando llegó la fecha acordada para la boda, Jacob fue engañado y recibió a Lea como esposa, en lugar de Raquel.
La mayoría de los comentadores bíblicos suponen que Lea estaba de acuerdo con el engaño. Tal vez amaba a Jacob en secreto, o tenía celos de su hermana, o creía que esta sería su única oportunidad para casarse. Sin embargo, Lea cosechó un fruto amargo por su parte en el engaño: años de competencia con su hermana por el amor de Jacob.
Como Lea había puesto su sentido de valor personal en conquistar el amor de Jacob, continuó frustrada e infeliz hasta que permitió que Dios fuera la fuente de su autoestima. Podemos ver su recorrido de crecimiento emocional a través del significado de los nombres que eligió para sus hijos. Rubén, el primogénito, significa “Mira, un hijo”. Lea dijo: “Ahora mi esposo me amará”. ¡Pero Jacob no la amaba! El nombre del segundo hijo, Simeón, significa “escuchada”, porque Lea dijo: “El Señor oyó que yo no era amada y me ha dado otro hijo”. Sintiéndose aún rechazada, Lea llamó a su tercer hijo Levi, que significa “apego”. Lea todavía creía que podía ganar la competencia con su hermana y hacer que su marido se apegara a ella por haberle dado tres hijos. ¡Pero Jacob aún no la amaba!
Con la llegada de su cuarto hijo, se ve un cambio en Lea: ella comienza a mirar a Dios como la fuente de su identidad y autoestima. Por esto llama a su hijo Judá, que significa “alabanza”. ¡Este es un cambio radical! Lea rompe con el antiguo paradigma y deja de pensar que el amor o el desamor de su marido establece su valor como persona. Lea se centra en Dios y dice: “Esta vez alabaré a Jehová”.
Muchas somos como Lea. Creemos que el cariño y la aprobación de los demás son el veredicto de nuestro valor como personas. Competimos buscando validación, pero el amor incondicional que necesitamos solo proviene de Dios.
Jesús, no quiero competir con mis hermanas. El amor, la validación y la aceptación que busco, no las puedo ganar. Tú las ofreces gratuitamente. Rindo las armas de la competencia y me arrodillo a tus pies.
13 de febrero
Penina

“El enojo es cruel, y la ira es como una inundación, pero los celos son aún más peligrosos” (Prov. 27:4, NTV).
Honestamente, lo más difícil no es que Dios no nos otorgue aquello por lo que oramos hace años: un compañero para la vida, un buen trabajo, salud o hijos. No, lo más difícil es ver a Penina obtenerlo todo (1 Sam. 1:2). Lo más duro es sentir que Dios sí responde las oraciones de otras mujeres, mientras que pareciera ignorar las nuestras. Lo más doloroso es pensar que somos menos importantes, a menos que logremos ganarle a esa rival, a la Penina de nuestra vida.
La competencia y la comparación con otras mujeres surgen cuando ponemos el peso de nuestra identidad sobre cualquier otra cosa que no sea la Piedra angular. Como explica la autora Susan Barash en Tripping the Prom Queen [La zancadilla a la reina del baile de graduación], el problema radica en que “nuestra definición de nosotras mismas está ligada a nuestra percepción de otras mujeres. Nos miramos a través de comparaciones. […] Nos cuesta vernos a nosotras mismas como individuos separados, con destinos propios. […] [Pensamos que] somos exitosas en las áreas en que nuestras madres fracasaron; ganamos cuando otras mujeres pierden. No podemos imaginarnos teniendo éxito o fracaso por nuestra propia cuenta; solo en comparación con otras mujeres”.
La Biblia tiene muchos ejemplos de mujeres que compitieron entre sí, mujeres rivales: Sarah y Agar, Raquel y Lea, Evodia y Síntique. Sus historias reflejan la marea tóxica que la comparación y la competencia traen a nuestra vida. Pero la Biblia ofrece un mejor camino, el que recorrieron Rut y Noemí, el que anduvieron María y Elisabet. Como explica la autora Bethany Jenkins en Women, We’re Co-Workers, Not Competitors [Mujeres: somos compañeras, no competidoras], “cuanto más aceptemos nuestra identidad fundamental como cristianas, más capaces seremos de ver a otras mujeres como colegas, y no como competencia”.
La próxima vez que te encuentres con la Penina de tu vida, te invito a que recuerdes que tu valor e identidad están grabados para siempre en las manos de Jesús (Zac. 13:6). Te invito a que ores para que Dios bendiga a esa mujer y ensanche su territorio (1 Crón. 4:10). La envidia y la generosidad no pueden convivir dentro de tu corazón. Cuando eliges bendecir a Penina, la envidia se derrite. Finalmente, te invito a que recuerdes que Dios está escribiendo una historia única y original en tu vida. A Dios no se le acaban los planes ni las buenas ideas. No te compares. Tú eres una obra maestra en las manos del mejor Artista.
Señor, te agradezco porque el éxito de los demás no es mi fracaso. Cuando me sienta tentada a compararme y competir con otras mujeres, recuérdame quién soy: tu hija amada.
14 de febrero
Alianza de superheroínas

“Todos ustedes en conjunto son el cuerpo de Cristo, y cada uno de ustedes es parte de ese cuerpo” (1 Cor. 12:27, NTV).
La comparación nunca termina; sencillamente, se mueve hacia diferentes áreas de la vida. Cuando éramos niñas comparábamos los juguetes que teníamos, de adolescentes nuestra popularidad, y de grandes comparamos nuestros trabajos y familias. Al menos que hagamos un esfuerzo consciente por desterrarla, la comparación nos acompañará hasta el último día de nuestras vidas. Cuando la escritora estadounidense Becky Keife se convirtió en mamá de tres activos varones, se dio cuenta de que vivía comparándose con otras madres. “¿Piensan [las otras mamás] que soy demasiado estricta, o permisiva? ¿Es su rutina de sueño diferente de la mía? Al principio me sentía tan vulnerable”, me confesó ella. Sin embargo, con el tiempo Becky descubrió que no había solo una manera de ser buena madre y que no había necesidad de sentirse intimidada por las decisiones de las demás. “Yo soy la clase de mamá que prefiere que sus hijos usen zapatos en el parque. Tengo una amiga que les permite a sus hijos correr descalzos. Mientras que no nos comparemos y aprendamos a apoyarnos las unas a las otras, estas diferencias nos ayudarán a crecer” añadió.
Becky cree que cada madre tiene un superpoder diferente y debería ser capaz de distinguirlo, en lugar de compararse y competir. “Todas tenemos áreas en las que nos destacamos, pero es tan fácil ignorarlas y pensar que son cosas ‘normales’ que todo el mundo puede hacer… Pensar que todo el mundo puede cocinar como yo, o hacer una trenza cosida, o enseñar a escribir como lo hago yo…” Cuando prestamos atención a los dones únicos que Dios nos dio, en lugar de enfocarnos solamente en lo que podríamos mejorar, “recuperamos el gozo de la maternidad”. Y no solo eso: también recibimos la libertad para celebrar los superpoderes de otras mujeres, en lugar de sentirnos intimidadas. Cuando dejamos de compararnos, las fortalezas de otras mujeres nos sirven y nos protegen. Juntas podemos formar una alianza de superheroínas en la que cada una contribuye con su propio don.
Señor, te agradezco porque tú has bendecido a cada mujer con talentos únicos. Quiero dejar atrás la comparación y la envidia. Muéstrame cómo puedo usar lo que me has dado para ayudar a otros, y dame la humildad necesaria para pedir ayuda cuando la necesite. Amén.
15 de febrero
Este no es mi plato

“Y sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman y son llamados según el propósito que él tiene para ellos” (Rom. 8:28, NTV).
Años atrás, en una de mis primeras citas con Nigel, la camarera confundió nuestros pedidos. Ella le sirvió a Nigel mi plato y a mí el suyo. “Me parece que tienes mi plato”, le dije a Nigel, tratando de no sonar muy alarmada, porque recién nos estábamos conociendo. “No, esto fue lo que yo pedí”, me contestó sonriente, y comenzó a comer tranquilamente. Miré el plato que tenía enfrente de mí con desdén; era básicamente una ensalada. Aunque soy vegetariana, jamás pediría una ensalada en un restaurante. ¡Me parece un desperdicio de dinero! Debo confesar que pasé la mayor parte de la velada sintiendo envidia gastronómica y pensando: Esto no es lo que yo pedí.
A veces, Dios nos da algo diferente de lo que pedimos en oración. Doquiera, vemos a colegas y amigas recibir exactamente lo que nosotras queríamos: un excelente trabajo, un marido trabajador, hijos sanos. Mientras que otras mujeres se sientan a disfrutar de un suculento plato de bendiciones, pareciera que nosotras debemos conformarnos con la ensalada. En momentos así, tenemos dos opciones: envidiar o confiar. En El ministerio de curación, Elena de White nos recuerda: “Dejad que Dios haga planes para vosotros. […] Dios no guía jamás a sus hijos de otro modo que el que ellos mismos escogerían, si pudieran ver el fin desde el principio y discernir la gloria del designio que cumplen como colaboradores con Dios” (p. 380).
Un día, mientras Pedro y Juan iban al Templo a orar, se encontraron con un hombre cojo. Sin conocer el poder del Espíritu Santo que moraba en los discípulos, el hombre les pidió tan solo unas monedas. Gracias a la misericordia de Dios, el mendigo cojo recibió algo muy diferente. Pedro le dijo: “No tengo ni plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hech. 3:6). Inmediatamente, este hombre cojo de nacimiento se puso de pie, y a los saltos comenzó a alabar a Dios.
Si hoy te toca comer un plato diferente del que ordenaste, elige confiar. No hay acontecimiento, por malo que sea, ni circunstancia, por difícil que sea, que Dios no pueda reciclar para tu bien.
Señor, cuando las cosas no salen como yo esperaba, ayúdame a confiar en ti. Aun cuando no pueda discernir la gloria de tus propósitos, ayúdame a creer que me amas y que jamás me abandonarás. ¡Tú haces que todas las cosas cooperen para mi bien! Amén.
16 de febrero
Nada me faltará

“Jehová es mi pastor; nada me faltará” (Sal. 23:1).
Esas tres palabras parecían burlarse de mí. Me miraban desde las páginas de mi Biblia como un enigma sin resolver. ¿Qué quiere decir “nada me faltará”, Señor? Hace años que estoy orando por un compañero. Tengo amigas que no pueden quedar embarazadas y familiares que luchan con problemas de salud. ¿Cómo puedes decir que ‘nada nos faltará’?
A veces nos acercamos a Jesús porque queremos recibir los panes y los peces. Jesús sabe que los necesitamos para vivir. Pero él sabe también que si solo nos preocupamos por los panes y los peces, nos perdemos el Pan de Vida. Si el menú de Dios para tu futuro solo tiene a Jesús, ¿igual te sentarías a la mesa?
“La parte que no deseamos escuchar”, dice la autora cristiana Stormie Omartian en su libro Cómo orar por la voluntad de Dios para tu vida, “es que llega un momento en que cada uno de nosotros debe poner sus deseos y sueños en las manos de Dios para que él pueda librarnos de aquellos que no son su voluntad. […] Si siempre has tenido cierta imagen de lo que crees que deberías ser, tienes que estar dispuesto a dejar que esa imagen sea desbaratada. Si es en realidad lo que Dios quiere para ti, él te capacitará para hacer eso y mucho más. Si no lo es, vas a estar frustrado mientras te aferres a ella”.
Al final, es una cuestión de confianza. Si creemos que Dios es generoso, y que no les niega cosas buenas a sus hijas, entonces podemos rendirle nuestros sueños. Podemos ponerlos sobre el altar con manos temblorosas. Podemos verlos morir, sabiendo que nada nos faltará. Porque no vivimos solo de pan, sino de cada palabra que sale de la boca de Dios.
Padre Celestial, gracias porque tú eres un Dios generoso. Me diste a tu Hijo, Jesús, demostrando que nunca me negarías algo bueno, sin importar cuánto te cueste. Ayúdame a confiar en tu amor y sabiduría. Ayúdame a desear tu presencia en mi vida más que cualquier otra bendición. Enséñame a buscar el Pan de Vida más que los panes y los peces. Pongo mis sueños y anhelos en las manos de Jesús. Cuando tenga miedo o dudas, haz que vea las marcas de los clavos, la garantía de su amor.
17 de febrero
Los ojos que ven talento no miran con envidia

“Así que aliéntense y edifíquense unos a otros, tal como ya lo hacen” (1 Tes. 5:11, NTV).
Un síntoma de la envidia, que generalmente pasamos por alto, es la dificultad para reconocer y apreciar el talento de los demás. Alguien se para en la plataforma de la iglesia a cantar un solo, pero en lugar de apreciar la canción, nos obsesionamos con la única nota que no cantó perfecta. Una amiga hornea una torta y nos convida, y pensamos: No está mal, pero yo le hubiera puesto menos azúcar y más ralladura de limón. Generalmente, no vemos esto como envidia. Lo justificamos como apreciaciones honestas, o inclusive críticas constructivas. Sin embargo, si no somos capaces de celebrar los logros de otros y alegrarnos de corazón, no se trata más que de envidia camuflada. En Siervos para su gloria, Miguel Ángel Núñez reflexiona: “Cuando tenemos dificultad para reconocer el talento de otro, no es otra cosa sino una señal de envidia; nos autojustificamos con frases como: ‘No puedo aplaudir a otros porque entonces se podrían enorgullecer’. Pero la realidad es que en la Biblia frecuentemente encontramos a Dios elogiando a muchos de sus hijos”. ¡Es cierto: Dios no escatima elogios! Dios dijo que Moisés era el más humilde sobre la faz de la tierra (Núm. 12:3). Dios dijo que Job era un hombre justo e intachable (Job 1:1). Dijo que David era un varón conforme a su corazón (Hech. 13:22). Pablo, siguiendo este ejemplo de identificar y apreciar el talento, exhortó a los hermanos a imitar a Timoteo (Fil. 2:19-24).
Nuestro rol no es asegurarnos que las personas que nos rodean permanezcan humildes, escatimándoles elogios y cargándolas con críticas. Nuestro rol, dice el pastor Núñez, “es animar al otro, edificarlo, estimularlo, ayudarlo; y Dios se encarga del resto. Esto nos permite apreciar los talentos de los demás”. Aprender a detectar y celebrar el talento de los demás, protegerá nuestros corazones contra la envidia.
Señor Jesús, te pido que me des una visión de rayos X, como la de Superman, para detectar los talentos de las personas que me rodean, y un corazón grande y generoso, para alegrarme por ellos. Llena mi boca con palabras que edifiquen a los demás, que los confirmen en sus llamados, para la gloria de tu nombre. Amén.
18 de febrero
Equipo de flores

“El cuerpo humano tiene muchas partes, pero las muchas partes forman un cuerpo entero. Lo mismo sucede con el cuerpo de Cristo” (1 Cor. 12:12, NTV).




