Posontológico, posfundacional, posjurídico

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Desde la diferencia ontológica se pretende plantear un nuevo horizonte de análisis de los acontecimientos que parta de la diferencia que existe entre lo político y la política. Por su parte, lo político hará referencia a aquel campo definitorio que funciona como filtro definitorio de la política, la cual, por otra parte, alude a las instituciones, discursos y prácticas cuyo propósito es organizar el comportamiento humano. Dentro de este panorama, el antagonismo cobra una importancia fundamental en la medida que instituye no solo la dimensión social sino la política misma, razón por la que la política no pretende la eliminación del antagonismo, sino una redistribución del poder.
Para el caso de la teoría foucaultiana, lo político se configura como la dimensión previa y ontológica del poder, en la medida que sobre lo político se fundan las prácticas institucionales, lo que indica que el modo de ser de estas no depende de sí mismas, sino de aquella matriz bélica donde funcionan los antagonismos. La sociedad y la política existen a raíz de los antagonismos, razón por la cual no deben ser eliminados ni armonizados, sino que, por el contrario, el objetivo de la política es redistribuir el poder. Con esto en mente se puede entrar a ahondar en una variación de la diferencia ontológica, la diferencia entre lo social y lo político, desarrollada principalmente por Laclau y Mouffe.
La postura de los autores referenciados surge, según Castro-Gómez, de la crítica a la escuela althusseriana, según la cual lo social se encuentra en una categoría superior de lo político, en la medida que las relaciones de producción y de clase son las que determinan lo político y definen, consigo, el lugar que deben ocupar los agentes políticos. Por tal razón, la acción política es subyacente a lo social, en tanto que lo social determina su sentido a priori. No obstante, lo social está determinado por un conjunto de relaciones antagónicas, las cuales jamás se fijan de manera previa a la experiencia. Lo único que se fija a priori es el antagonismo como instituyente social.
En ese orden de ideas, los antagonismos son la única instancia fundamental posible, y son definidores de sentido que se materializan en el ámbito de las relaciones y prácticas sociales, pero cuyo carácter no puede ser establecido a priori, ni puede ser una instancia fundamental de determinación, dado su carácter contingente y dinámico; sin embargo, ello no evita la fijación de órdenes de sentido temporales derivados de parámetros sedimentados.
Si bien lo social no tiene un sentido permanente y fundamental esto no es impedimento para que en la vida social se fijen sentidos. Dichos sentidos no tienen su origen en los antagonismos, sino que son naturalizados o sedimentados. Simplemente, es posible que se encuentren inactivos a causa de la sedimentación, pero con su cualidad de agónico el antagonismo puede despertar y emerger de forma inesperada. De esta manera aparece el concepto de acontecimiento, el cual se refiere a una reantagonización que no siempre necesita de la tragedia y la revolución, ya que puede generarse en el marco de un sistema democrático.
Desde la diferencia ontológica se trata de establecer lo social como contingente, dadas las relaciones de fuerza que operan en él y que se caracterizan por el antagonismo. Debe tenerse claro que, dado el estatuto ontológico del antagonismo, no es posible llevar a cabo la emancipación total y definitiva, ya que siempre surge una fuerza opositora que lo impide. Para Castro-Gómez estos son los insumos teóricos para postular una teoría de la democracia.
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