Cluny Brown

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III
El diez A resultó no ser una casa, sino un estudio construido en el jardín de una mansión en los prósperos días del arte victoriano. Desde entonces, la mansión se había transformado en un bloque de pisos y el estudio en garaje, reconvertido ahora de nuevo en estudio por parte del señor Hilary Ames. Él no era artista, pero le gustaba dar fiestas. Esa noche daba una y por eso necesitaba desatascar el fregadero con urgencia. No obstante, la malicia de Cluny también estaba medio justificada: su voz grave y lo absurdo de sus pasatiempos habían despertado el gusanillo del señor Ames. No era algo difícil: el gusanillo del señor Ames se despertaba con bastante facilidad cuando se trataba de jovencitas, pero Cluny acertó además al prever un ligero sobresalto en el primer encuentro. Llegó, llamó a la puerta y al entrar descubrió en el rostro de aquel hombre una expresión sumamente confusa.
—Veamos, ¿cuál es el problema? —preguntó Cluny, benévola, observándolo casi con la actitud de un joven policía. Era, con mucho, la más alta de los dos, y lo primero que advirtió del señor Ames fue la pequeña calva que tenía en la coronilla. Por lo demás, debía de rondar la cincuentena, era tirando a rollizo y llevaba un jersey amarillo canario que le había costado seis libras y que Cluny pensó que le hacía parecer una ficha del juego de la pulga.
El señor Ames, por su parte, echó un vistazo a la nariz de Cluny y, descartando de inmediato cualquier pensamiento travieso, la condujo hasta una pequeña y maloliente trascocina. El fregadero rebosaba de agua grasienta y parte se había derramado sobre el suelo, pero no parecía que hubiera reventado nada y no olía a gas. Cluny dejó la bolsa con un ademán muy profesional, se quitó el abrigo y se lo dio al señor Ames. Podría haber sido Arnold Porritt en persona.
—¿Puede arreglarlo? —le preguntó inquieto el señor Ames (era lo que preguntaban todos)—. Espero a unos cuantos amigos sobre las seis y esto es un desastre.
—Lo olerían a un kilómetro de distancia —reconoció Cluny alegremente—. ¿Tiene un perchero?
—Por supuesto —dijo el señor Ames, que pareció sorprenderse—. ¿Necesita uno?
—Aquí no —repuso ella—, pero podría llevarse mi abrigo y colgarlo.
En cuanto se fue, Cluny se desabrochó las ligas y se enrolló las medias por debajo de la rodilla (era su mejor par). Luego se arremangó la blusa, se subió la falda y se puso manos a la obra. No era difícil: solo había que aflojar una tuerca, desenroscar la junta y dejar que el agua sucia se vaciase en un cubo. En este caso el atasco era considerable, pero con la ayuda de una caña de bambú Cluny sacó hasta el último resto de porquería. Luego abrió los grifos al máximo y dejó que corriera el agua y, para rematar la faena, fregó la pila con Vim. Además, abrió la puerta trasera, vació el cubo al pie de un macizo de arbustos bastante desastrado y cogió un par de botellas de leche que había en el escalón. En ese momento volvió el señor Ames y resultó un instante de peculiar relevancia. La silueta de Cluny, alta y delgada, oscura a contraluz, exhibía un equilibrio admirable entre el cubo que llevaba en una mano y las botellas en la otra, y, cuando volvió la cabeza, la ridícula coleta trazó una llamativa floritura en el aire. No se parecía a nadie en el mundo salvo a Cluny Brown y, al mismo tiempo, cuando entró con la leche, daba la impresión de pertenecer íntimamente a aquel entorno. Por alguna razón que no alcanzaba a entender, el señor Ames se imaginó de pronto un mirlo en la ventana.
—¡Pues ya lo tiene! —exclamó Cluny—. ¡Liquidado!
Dejó el cubo y las botellas y se quedó mirándolo. El señor Ames le devolvió la mirada y hubo un breve silencio.
—Si no cree que valga diez chelines… —añadió Cluny vacilante.
—Por supuesto que sí…
—Y el taxi han sido tres chelines y seis peniques, pero no necesito coger otro para volver.
—Digamos entonces que una libra y estamos en paz —concluyó el señor Ames.
Pero Cluny no quiso. Cogió el billete, le dio el cambio de seis chelines y seis peniques y empezó a recoger sus cosas. En unos minutos se habría ido; el señor Ames era consciente de cada segundo que pasaba, pero la creciente y acelerada presión de sus deshonrosas intenciones, como si fuera una leve conmoción cerebral, lo había dejado sin palabras. Por primera vez en la vida, no sabía cómo empezar. Y, sin embargo, había una jugada tan simple, tan obvia, que la propia Cluny la planteó de la forma más natural.
—¿Podría lavarme un poco?
—¡Por Dios, claro que sí! —exclamó el señor Ames.
Mientras la acompañaba al cuarto de baño, recuperó todo su aplomo. Era el lugar perfecto para despertar en ella, como ya deseaba con urgencia, un sentimiento de asombro y admiración. Confiaba en su cuarto de baño y no le decepcionó. Ante la inmensa bañera de color ámbar, los espejos tintados del mismo tono, las cortinas de seda impermeable y los innumerables y relucientes artilugios, esta vez fue Cluny la que se quedó sin habla. No hacía más que mirar y mirar a todas partes, hasta que sus ojos se convirtieron en dos charcos de tinta.
—¿Bonito? —apuntó el propietario.
—¡Cielos! —resolló Cluny.
—A mí también me gusta —dijo el señor Ames—, aunque mis amigos creen que parece un nidito de amor.
Tenía la costumbre de introducir este término en la conversación con las jovencitas a las que acababa de conocer, para observar su reacción. La de Cluny fue inesperada.
—¡Ojalá el tío Arn estuviera aquí!
Algo chafado, el señor Ames preguntó por qué el tío Arn.
—Porque es fontanero —le explicó Cluny.
Con aire profesional, examinó los grifos, los desagües y la serpenteante manguera de la ducha de mano. La estera de goma amarilla y el cenicero en forma de pez le provocaron una emoción puramente estética, y, al contacto de las suaves cortinas contra sus mejillas, estuvo a punto de ronronear como un gato.
—¡Es tan bonito como en las películas! —suspiró al fin—. ¿De verdad puedo lavarme aquí?
—Por supuesto. Dese un baño —sugirió el señor Ames.
Se encendió un cigarrillo mientras Cluny consideraba la propuesta. Era una situación poco corriente, ya que la joven necesitaba un baño de verdad, y el señor Ames, que tenía más experiencia, estaba sin duda más sorprendido que Cluny. Tuvo la impresión de que nunca había empleado esa táctica en circunstancias tan favorables y aquello le pareció un buen presagio.
—Es usted muy amable… —empezó a decir Cluny.
—No tiene la menor importancia. Le traeré una toalla.
Sin embargo, Cluny Brown aún no se había decidido. En el mundo de los Porritt-Trumper donde se había criado, uno no se daba un baño así como así, con tanta ligereza. Había que planearlo de antemano, prestando la debida consideración a cuándo se encendía la caldera y quién más quería bañarse. Y, sobre todo, después hacía falta una muda limpia. Por supuesto, Cluny no había llevado ropa para cambiarse y eso la disuadió. Además, estaba segura de que disfrutaría casi igual aseándose en el lavabo.
—Solo voy a lavarme —dijo—, pero gracias de todas formas.
—Es mucho mejor darse un baño —insistió el señor Ames.
—¿Huelo mal? —preguntó Cluny intranquila.
Y aquel fue el error del señor Ames. Debería haberle dicho la verdad, que de hecho apestaba bastante, pero no estaba acostumbrado a que la gente se tomase bien la sinceridad.
—Santo cielo, no.
—Entonces solo me lavaré —repitió Cluny—. Váyase.
En la cerradura no había llave, pero eso no la preocupaba porque el señor Ames, claro, ya sabía que ella estaba dentro. Se quitó la parte de arriba del vestido, empezó a baldearse enérgicamente con aquella deliciosa agua caliente y se cubrió de espuma con un maravilloso jabón perfumado de geranios. (El señor Ames, que había vuelto a abrir la puerta sin hacer ruido, no vio nada salvo su espigada espalda de marfil; y Cluny, con los ojos llenos de espuma, no vio al señor Ames.) Aspiró encantada ese aroma dulce y picante, que neutralizó con facilidad el persistente olor del agua estancada del fregadero, y volvió a colocarse el vestido con una justificada satisfacción. Tenía la nariz brillante otra vez, pero por alguna feliz casualidad los artículos de aseo incluían un gran tarro de polvos. Cluny no era de las que perdían la herradura por un solo clavo. Cuando volvió al estudio, el señor Ames, que estaba preparando unos cócteles, la olió antes de verla.
No habló de inmediato; la oportunidad se presentaba de nuevo (el señor Ames conocía bien esos momentos). Al igual que se había sorprendido antes por la extraña familiaridad con la que Cluny entraba por la puerta de atrás, se sorprendía ahora por la familiaridad con la que venía de su cuarto de baño. La miró detenidamente y luego el hielo tintineó en la coctelera cuando la dejó sobre la mesa.
—¿Cóctel o té? —le preguntó.
—Cóctel —dijo Cluny sin vacilar.
Ames le tendió una copa helada, el primer cóctel que iba a probar Cluny Brown. Era un martini seco y le bajó por la garganta de marfil en un único y prolongado trago.
—¡Santo Dios! —exclamó el señor Ames—. ¡Eso no se bebe así!
—Pues la cerveza sí —repuso Cluny sin más.
Extrañamente conmovido por aquella falta de sofisticación, el señor Ames la hizo sentarse en el diván y esperó, con una inquietud casi paternal, a que llegasen los efectos. No parecía haber ninguno. A su pregunta de cómo se encontraba, Cluny contestó que muy bien y le pidió otra copa para bebérsela como es debido. El señor Ames le sirvió una no muy llena y se puso otra para él y, bajo su dirección, Cluny volvió a intentarlo: iba bebiendo a sorbitos y apoyaba la copa, entre uno y otro, en una mesa baja de café. El diván también era bajo, muy amplio y mullido, con el respaldo lleno de cojines. Cluny se arrellanó a sus anchas, feliz al estar convencida de que, como los cócteles eran al parecer mucho más relajantes que el zumo de naranja, sin duda tonificarían mejor el organismo. El señor Ames se apoyó en un codo y la miró. Ahora le parecía increíble que alguna vez la hubiese considerado fea: solo era capaz de ver la extraordinaria y delicada textura de su piel blanca y el magnífico y nítido contorno de sus párpados sobre aquellos almendrados ojos negros.
—¿Y su fiesta? —preguntó Cluny de repente.
—Se quedará usted, claro.
—¿Cree que debería?
—Seguro.
—Muchas gracias.
El señor Ames se esforzó por contenerse. El deseo que tenía de hacerle el amor era, para entonces, desmedido, pero el tiempo corría en su contra. Algunos de sus amigos podrían llegar en cualquier momento, como esa mujer, Drake, que siempre se presentaba al menos una hora antes para contarle sus problemas. Y para beberse un cóctel como preámbulo y reclinarse, al igual que Cluny ahora, en el amplio diván… El recuerdo fue tan molesto que el señor Ames reconoció, con un escalofrío de placer, uno de los primeros síntomas de un auténtico romance: el deseo de borrar el pasado. Podía permitirse la espera, al menos hasta que terminara la fiesta y Cluny se quedase para ayudarlo a recoger. Para evitar la tentación, el señor Ames se apartó de los cojines y Cluny empezó también a incorporarse creyendo que ya era el momento de dar otro sorbito. La joven se inclinó hacia delante para coger su copa, sus hombros se rozaron y, en ese preciso instante, sonaron unos pasos en la trascocina. Alguien había entrado por la puerta de atrás, alguien que estaría ya en el umbral del estudio, y, recordando la espantosa manía de aquella tal Drake por querer sorprenderlo, el señor Ames se obligó a darse la vuelta con una pálida sonrisa.
Pero no era la Drake, después de todo. Allí estaba, con cara de pocos amigos, el señor Porritt.
IV
Cluny, que en verdad quería mucho a su tío, se levantó de un salto como loca de contenta. El señor Ames también se puso en pie, pero más despacio. Más tarde convertiría todo aquello en una buena historia, pero en ese momento la situación no le hacía ninguna gracia. El señor Porritt tenía un aspecto extrañamente temible.
—¡Tío Arn! —gritó Cluny—. ¿Has venido por el fregadero?
El señor Porritt no contestó. En lugar de eso, se acercó a ella, le quitó la copa de la mano, la olió y tiró el contenido al suelo.
—¡Oiga! —protestó el señor Ames. Era un hombre conocido por su presencia de ánimo, su rápido ingenio y su savoir faire, pero la estampa del fontanero era tal que, en ese momento, las tres cualidades lo abandonaron y solo fue capaz de articular aquella débil exclamación—. ¡Oiga! ¿Qué le ocurre?
—Esto —replicó el señor Porritt muy serio—. Darle a una muchacha una bebida tan fuerte. Cluny Brown, ven aquí. —Obediente, Cluny dio un paso más hacia su tío. El olor a geranios lo golpeó como una oleada—. ¿A qué has venido a esta casa?
—Este señor ha llamado porque tenía un atasco en el fregadero.
—Bien sabes que eso no es asunto tuyo.
—Creí que podría arreglar un fregadero. Y lo he hecho. ¡Ven a verlo! —dijo Cluny muy orgullosa—. Además, me ofrecía diez chelines.
—¡Diez chelines! ¿Y tú te lo has tragado?
Creyendo, aunque se equivocaba, que así demostraría la buena fe del señor Ames, Cluny sacó enseguida el billete. Por suerte, el señor Porritt ni siquiera lo miró y no vio que era una libra; solo se lo quitó de la mano y lo tiró también al suelo. Estaba preparando la pregunta decisiva.
—¿Te ha hecho algo que yo deba saber?
—No, creo que no —repuso Cluny.
La respuesta, tan insatisfactoria para su tío como para el ahora avergonzado señor Ames, no era más que un intento de ajustarse a la verdad: Cluny creía que, en efecto, no había nada que contar, pero lo que pensara su tío era otra cuestión.
—Entonces coge tu abrigo —dijo el señor Porritt con voz espesa.
Cluny miró al señor Ames y este último, con tanta indiferencia como fue capaz de mostrar, fue a por él al dormitorio. Mientras abría la puerta, notaba la mirada hostil del fontanero taladrándole la espalda, atravesándolo, posándose (con una sospecha del todo injusta) sobre la cama doble. Injusta ahora, por lo menos, pues los últimos minutos habían purgado casi por completo cualquier pensamiento indecoroso de su mente.
—Tío Arn —dijo Cluny.
—¿Qué?
—Antes de irnos, ¿no te gustaría ver el cuarto de baño?
El señor Porritt jamás, en toda su vida, le había levantado la mano a una mujer, pero casi lo hace entonces. Y Cluny se dio cuenta. Solo el regreso del señor Ames los salvó a los dos. Cluny cogió su abrigo y se lo puso, el señor Porritt recogió con un gesto automático su bolsa de herramientas y salieron juntos del estudio, ambos furiosos, ambos con ganas de bronca, sin prestar más atención al señor Ames que si hubiera sido… una ficha del juego de la pulga.
V
La bronca estalló en cuanto estuvieron fuera, se fue caldeando según bajaban por Carlyle Walk y llegó a su apogeo en el Embankment. Lo que más enfurecía a Cluny era haber perdido los seis chelines y seis peniques, el cambio del billete de una libra, y esta actitud, a su vez, exacerbaba la cólera del señor Porritt. Su tío estaba mucho más consternado de lo que Cluny era capaz de advertir, y la torpeza de la joven hizo que este abandonara su decoro natural a la hora de hablar y que le espetase, con estas mismas palabras, que se había librado por los pelos de que aquel tipo la sedujera y que, además, creía que ella misma se lo había buscado. Cluny se paró en seco en el Embankment y se puso primero roja como la grana y luego tan blanca que el señor Porritt creyó que iba a desmayarse. Estaba mareada, de hecho, pero era porque los cócteles, en un estómago vacío salvo por el zumo de naranja, empezaban al fin a hacer efecto. Lo que la abrumaba, sobre todo, era una arrolladora y desesperada sensación de rabia ante la estupidez del universo que representaba su tío. Era tan inmensa que resultaba casi impersonal —esa rabia generosa de la juventud ignorante— y Cluny tuvo que apoyarse en el muro según la invadía.
—Está bien, no te lo has buscado tú —se retractó el señor Porritt—. Te creo. Pero en cuanto a él…
—¡Tampoco! —protestó Cluny—. ¡Tú solo lo has visto un momento, yo he estado allí horas!
—¡No hacen falta horas para arreglar un fregadero! —gritó su tío.
—Tenía que lavarme un poco, ¿no? Casi me doy un baño.
—¿Que casi qué?
—Me doy un baño. Me ha dicho que podía, ha sido encantador.
—Si lo hubiera sabido… —bramó el señor Porritt, pero se detuvo porque la gente empezaba a mirarlos. Le hervía la sangre. A esas alturas ya había olvidado por completo el verdadero aspecto del señor Ames y solo veía una figura enorme henchida de perversa lujuria. Cluny veía a un amable caballero algo entrado en años. La verdad, a medio camino, se les escapaba a ambos, pero en conjunto el señor Porritt había actuado de la forma más prudente.
—¡Si no hubiera venido! —murmuraba sin cesar cuando volvieron a ponerse en marcha. La idea le horrorizaba. Fue pura casualidad que se marchara de casa de los Trumper varias horas antes de lo habitual; pura casualidad que echase un vistazo al libro de avisos y viera el apunte del puño y letra de Cluny. Luego, por supuesto, se vio obligado a ir allí para comprobar que no hacía ningún estropicio, pero si no hubiese ido…
—¿No podemos coger un autobús? —preguntó Cluny de pronto.
Tenía un aspecto espantoso, todo ojos y nariz, y una vez más cualquier sentimiento que ocupase el pecho del señor Porritt dejó paso a la mera estupefacción. ¿Qué veían en ella? ¿Qué podía ver nadie en ella? Floss, recordó, siempre salía en defensa de la muchacha y decía que no era tan fea como la gente daba a entender, pero Floss era así, amable. Y Cluny la había querido mucho; fue después de la muerte de su tía cuando la joven se había desmandado tanto. «No puedo con ella», se dijo apenado el señor Porritt. Había justificado a Cluny delante de los Trumper, pero en el fondo sabía que tenían razón: había que enseñarle cuál era su lugar.
Cuando llegaron a la parada del autobús, el señor Porritt ya había tomado una decisión. Se volvió hacia Cluny y la miró muy serio.
—Después de esto lo tengo claro —le dijo—. Entrarás a servir.
CAPÍTULO 3
I
Nada más fácil para una muchacha, en aquel año de 1938, que entrar a servir en una buena casa. Las mansiones solariegas de Inglaterra esperaban con las puertas abiertas. Cluny Brown, además, tenía ciertas ventajas: era alta, desprovista de atractivo (aunque de piel clara) y absolutamente inexpresiva. Esta última cualidad no era algo constante, pero la mujer de la oficina de colocación no lo sabía y veía en Cluny el arquetipo de aquella especie tan preciada y que tan rápido estaba desapareciendo: la Doncella de Altura. Addie Trumper también conocía el paño; ella misma había servido con una buena familia y, ahora que los lacayos estaban casi extintos, le daba la impresión de que no habría en todo el país una casa tan principal que Cluny no pudiese aspirar a colocarse en ella. La señora Trumper estaba en la gloria: no solo habían seguido su consejo, además habían dejado todo el asunto en sus manos. Se sentó junto a Cluny, en la oficina de colocación, como quien exhibe el ejemplar que se ha llevado el primer premio en una feria de ganado.
—Hay que ser conscientes —dijo la señorita Postgate en tono de reproche— de que su sobrina carece por completo de experiencia.
—Como casi todas hoy en día —replicó Addie.
Las dos mujeres se tomaron la medida: la señorita Postgate, propietaria y directora de un célebre establecimiento que, cuando muriese, dejaría una suma de veintidós mil libras, y Addie Trumper, de Portobello Road.
—Eso es cierto —concedió la señorita Postgate—. Veamos, hay un sitio en Devonshire…
Cluny Brown no hizo ningún comentario. Tras dos días de continuas y clamorosas protestas, había aceptado la derrota, aunque aún seguía desconcertada por todo aquello. Que su tío Arn ya no la quisiera con él era increíble y, de hecho, el señor Porritt admitió, apurado, que le daría pena verla marchar. («En cierto sentido», añadió enseguida.) ¿Quién iba a atender el teléfono cuando no estuviera en casa?, le preguntó Cluny. El señor Porritt, al recordar lo que había ocurrido cuando la joven cogió la llamada del domingo, dijo que ya se las apañaría. ¿Y quién iba a remendarle los calcetines? Addie Trumper se encargaría. Addie también iba a buscar una mujer respetable que le llevase la casa y, además, podía ir a comer a Portobello Road siempre que quisiera. Addie Trumper, pensó Cluny, estaba echando bien la zarpa, y le dirigió una mirada de odio tan evidente que fue una suerte que la señorita Postgate no lo viera.
—Dos criadas más —estaba diciendo la señorita Postgate— y una excelente gobernanta. Un servicio reducido, pero de la mejor clase. La conozco personalmente y, como ella me conoce a mí, no habrá problema con las referencias. Friars Carmel, por supuesto, está en el campo…
—Tanto mejor —terció la señora Trumper.
—Pero el sueldo es bueno. Y si quiere para su sobrina una disciplina rigurosa, en ningún sitio aprenderá más que con la señora Maile. Le escribiré de inmediato. —La señorita Postgate recogió unos cuantos papeles para dar a entender que la entrevista había concluido y se volvió hacia Cluny con una agradable sonrisa—. No voy a decir que espero volver a verla, señorita Brown, porque no es así. Espero que vaya a Devonshire y que se quede allí muchos muchos años.
—¡Venga! —voceó la señora Trumper—. Cluny, ¡da las gracias!
Cluny se humedeció los labios. Solo había hablado una vez en todo ese tiempo, para decir su edad, y la señorita Postgate se había llevado una buena impresión tanto por su voz grave como por el hecho de que después hubiera permanecido en silencio.
—¿Ha leído usted La cabaña del tío Tom? —le preguntó Cluny alto y claro.
—No, creo que no —dijo sorprendida la señorita Postgate.
—Pues debería —repuso Cluny.
II
Las gestiones siguieron avanzando con espantosa fluidez: la señorita Postgate escribió a la señora Maile; la señora Maile, cabe suponer que después de consultarlo con su patrona, lady Carmel, contestó con prontitud y adjuntó el dinero para un billete de ida de tercera clase; y Addie Trumper invadió la casa del señor Porritt para supervisar cómo se preparaba el equipaje, incluyendo el lavado y zurcido de toda la ropa de Cluny. El uniforme se lo darían allí. ¡Una chica con suerte!, exclamó la señora Trumper muy animada. ¡No tener que buscarse sus propios delantales! Cluny no dijo nada. Esos últimos días apenas abría la boca y el señor Porritt estaba casi tan callado como ella. Por la noche, cuando Addie se marchaba por fin, el silencio caía como un apagavelas sobre la antes alegre morada de String Street. Los dos habían dicho ya lo que tenían que decir, casi con demasiados pormenores, y al menos el señor Porritt estaba decidido a no volver a empezar. Pero la última noche que Cluny iba a pasar en casa, justo ocho días después de su incursión en la vida artística, su tío llegó con un paquetito rectangular y lo dejó en silencio delante de ella: dentro había tres fotografías, una de él, otra de Floss y otra de la madre de Cluny, dispuestas una junto a otra en un marco dorado de estilo inglés.
—¡Oh, tío Arn!
—He pensado que deberías tenerlas —dijo el señor Porritt algo brusco—. No he encontrado ninguna de tu padre.
—¡Tú eres como mi padre! —exclamó Cluny con vehemencia—. Tío Arn, ¿por qué tengo que marcharme?
—Es lo mejor.
Cluny observó su rostro, cuadrado, un poco chato y de expresión decidida, y se dio cuenta de que nada le haría cambiar de opinión. Tenía que irse, entrar a servir en Devonshire. Era su destino. Lo que la suerte le tenía reservado. Las viejas preguntas —Cluny también era consciente de ellas— por fin tenían una respuesta. ¿Quién te crees que eres, Cluny Brown? RESPUESTA: Una Doncella de Altura.








