Cluny Brown

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—¡Tío Arn! —suplicó Cluny—. ¿Puedo volver si no me gusta?
—No —dijo el señor Porritt—. Que no te guste no es razón suficiente.
—¿Y si no me dan de comer? ¿Y si me pegan? —insistió Cluny a la desesperada.
—No harán nada de eso —le aseguró su tío—. Si lo hacen, escríbeme.
Cluny contempló la habitación con cara de espanto, como si fuera un furgón policial que iba a llevarla a prisión. La imagen de algunas de sus cosas aún desperdigadas por ahí —restos de costura, su colección de calendarios, un libro que había que devolver a la biblioteca de dos peniques— se burlaba de ella con ese falso aire hogareño y, cuando vio el pájaro de cristal hilado en lo alto del reloj, el que había guardado del último árbol de Navidad que la tía Floss y ella habían adornado juntas, se le llenaron los ojos de lágrimas. Pero no sirvió de nada; no había lágrimas que pudieran ablandar a su tío, que ahora rellenaba su pipa con parsimonia mientras endurecía el corazón con la idea de que aquello era lo mejor. Cluny cogió el marco con las fotografías y lo envolvió de nuevo con cuidado.
—Es un regalo muy bonito. Pensaré mucho en ti.
—En lo que tienes que pensar es en el trabajo —repuso su estricto consejero.
Cluny exhaló un profundo suspiro y rodeó la silla donde estaba sentado su tío, se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
—Buenas noches, tío Arn. Mañana ya no estaré contigo.
—Buena chica —dijo el señor Porritt.
III
Cluny Brown subió a su habitación y con gran esfuerzo, como si la tristeza fuera un obstáculo físico, se preparó para irse a la cama. Por primera vez en la vida se sentó para cepillarse el pelo, pero después de dos pasadas desistió. Le parecía que la pena llenaba su cuarto como el agua de una cisterna, y aquel símil tan familiar, tan evocador de la pasada felicidad, hizo que Cluny se sintiera peor que nunca. El mundo de la fontanería la había rechazado. Ya no haría facturas por revisar una caldera ni oiría por teléfono los emocionantes indicios de un sótano inundado ni enviaría a su tío como si fuera un coche de bomberos al lugar del desastre; nunca más, en las acogedoras horas de la noche, lo recibiría a su vuelta y le oiría contar cómo se había encontrado un ratón en el desagüe. Era el fin, se había acabado. «¿Por qué las chicas jóvenes dejan sus hogares? —pensó Cluny con amargura—. Porque las echan.»
Aquella invectiva, sin embargo, consiguió desviar el curso de su pensamiento. ¿Qué queja tenía su tío de ella? Ni más ni menos —porque todo se reducía a eso— que no sabía cuál era su lugar. Cluny no lo entendía. Pensaba en sus dos grandes delitos y no entendía por qué su lugar no iba a estar en el Ritz, si podía permitirse pagar por tomar el té allí, o en la fiesta del señor Ames, si este tenía la amabilidad de invitarla. (Aquello aún le dolía; era como recibir un portazo en la cara.) Y si dos pequeñeces así podían enojar al señor Porritt hasta el punto de echarla de casa, seguir viviendo con él se le antojaba una interminable pelea de perros. (Nunca se le pasó por la cabeza que tal vez ella debería enmendarse.) Entrar a servir en Devonshire, por otra parte, le ofrecía al menos un horizonte más amplio, y ampliar sus experiencias era en general lo que Cluny buscaba de manera inconsciente. Era lo que estaba buscando cuando fue al Ritz, y cuando se bebió el cóctel del señor Ames, y cuando —ahora volvió a acordarse— había comprado un cachorrito por media corona en Praed Street. Todo aquello le había traído problemas, en especial el cachorrito, que el señor Porritt la obligó a regalar al lechero. Los problemas, de hecho, parecían ser lo suyo, pero si había más esperándola en Devonshire, al menos serían de una clase distinta.
Como resultado de estas reflexiones, Cluny se metió en la cama con una actitud mucho más optimista. No se había resignado, pues nunca lo hacía, pero sentía cierta expectación. Al menos le estaba ocurriendo algo, y eso era lo único que Cluny Brown había deseado de manera constante toda su vida. No verse ignorada por el destino, incluso al precio de recibir algún garrotazo; no esconderse, ni siquiera de la tormenta; no llevar una vida tranquila, en suma, sino plena.
CAPÍTULO 4
I
En la casita del jardín de Friars Carmel, el sábado anterior, lady Carmel estaba preparando las flores para los jarrones. Como muchas mujeres inglesas de su edad y posición social, encontraba en esta tarea un desahogo estético y no necesitaba ningún otro. Sus arreglos florales al estilo holandés gozaban de una merecida reputación.
—¡Por favor, querido! —murmuró—. ¡Estás tirando la ceniza sobre el ciruelo!
La persona a la que se dirigía era su hijo Andrew —recién licenciado en Cambridge y llegado, aún hacía menos tiempo, de un viaje por el continente—, que estaba sentado en un extremo de la mesa de las flores y fumaba con aire impaciente. Tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el talón.
—Madre, ¿quieres hacer el favor de escucharme? Esto es muy importante.
—Te estoy escuchando. Has invitado a un amigo a que pase aquí una temporada y estoy segura de que será muy agradable.
—No es un amigo. Es un hombre de letras polaco sumamente distinguido.
—Pues mucho mejor, cariño. Invitaremos a cenar al párroco. Estuvo a punto de ir a Polonia hace solo dos años. No creas que estoy diciendo tonterías —se apresuró a añadir lady Carmel—. Aunque al final no fue, había leído mucho sobre el país en las guías de viaje. Dime otra vez el nombre de tu amigo, querido.
—Adam Belinski. —Andrew respiró hondo—. Acaba de venir de Alemania. Ha conseguido escapar con vida. No creo que debamos invitar al párroco a cenar; de hecho, cuanta menos gente sepa que está aquí, mejor.
Lady Carmel esbozó una sonrisa indulgente. Su querido Andrew, pensó, ¡aún era un chiquillo que creía en misterios y conspiraciones! Y, por otra parte, estaba hecho un hombre, siempre preocupado por la política y el Gobierno.
—¡Mi querido Andrew! —dijo en voz alta.
Andrew se bajó de la mesa y empezó a pasearse inquieto de un lado a otro.
—No puedo hacer que lo entiendas, ¿verdad? —se lamentó con amargura.
—¿Entender qué, cariño?
—Lo que pasa en Europa. Cómo son las cosas fuera de este… de este bendito rincón del mundo. —Se quedó mirando, más allá de la puerta abierta, el césped que bajaba en suave pendiente, los límites arbolados de la finca, las colinas protectoras que se alzaban al otro lado—. Estamos al borde del derrumbe y yo he visto algunas de las grietas.
Lady Carmel puso cara de preocupación. Era lo que correspondía, por aquel entonces, ante cualquier mención de Europa, y de hecho hubo momentos, mientras Andrew seguía en el extranjero, en los que había estado muy preocupada de verdad. Ahora, sin embargo, era una expresión puramente automática, como la de devoción en la iglesia. Cogió una rama de rododendro para probar el efecto que hacía en un jarrón blanco craquelado y de inmediato se le aclaró el semblante.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó Andrew—. ¡Deja eso de una vez!
Sobresaltada en su ensimismamiento, lady Carmel dejó caer la rama y, al volverse hacia su hijo, se asustó también por la amargura de su rostro. Las palabras de reproche murieron en sus labios y lo cogió suavemente de una manga para que se quedase quieto.
—¿Qué ocurre, querido?
—¡Pero si te lo estoy diciendo!
—¿Es por tu amigo? Pobre hombre. Si ha tenido problemas, razón de más para ser amables con él. A ese respecto sí confiarás en nosotros, ¿verdad?
Andrew la miró a los pálidos ojos azules y, de pronto, se tranquilizó. Había al menos una cosa que no cambiaba, inalterable: la hospitalidad de la casa de su madre.
—Claro que sí. Siento haber sido grosero, pero quiero que os déis cuenta de que tenerlo aquí sería una… una responsabilidad.
—Uno siempre es responsable de sus invitados, jovencito.
—Una responsabilidad peligrosa. He hablado con papá y a él no le importa, pero creo que no se lo toma en serio. Por favor, madre, escúchame: no sabemos si los nazis siguen aún detrás de él. Creemos que no, pero es posible. Si prefieres no correr el riesgo, sería muy normal y no tienes más que decirlo.
En todo aquel fantástico y, a su juicio, bastante increíble galimatías, lady Carmel solo distinguía una cuestión importante.
—Pero ya le has invitado.
—Sí, pero no ha querido aceptar porque no lo había consultado con vosotros primero.
—Parece un hombre muy educado. Y ya que no hay nazis por aquí, no veo razón alguna para decirle que no venga. Sería una auténtica descortesía.
—¿Puedo volver a Londres y trasladarle tu invitación, entonces?
—Por supuesto, querido. También puedo escribirle yo misma una nota y enviársela por correo.
Pero Andrew, que gustaba de hacer viajes relámpago tan a menudo como podía, insistió en ir él en persona y, tras dar a su madre un beso de sincero afecto, la dejó terminar con sus flores en paz. Creía haber hecho todo lo posible, aunque, como le habrían faltado palabras para expresar su desilusión si se hubiera negado, tampoco tenía ganas de hacer nada más. Mientras cruzaba a grandes zancadas el jardín, en dirección a las cuadras, pasó junto a un pequeño estanque ornamental repleto de patos. Chapoteaban y se zambullían, levantando salpicones de agua, y las brillantes gotitas les rodaban por el suave lomo impermeable como si fueran de mercurio. Andrew no tenía mucho sentido del humor, pero se fijó en aquellos patos y esbozó una sonrisa burlona.
II
Lady Carmel, que llevaba el bouquet para la escalera principal, cruzó el vestíbulo con cuidado, subió al primer rellano y depositó su carga en el lugar que le correspondía. Era, en este caso, el amplio alféizar de una ventana, y puesto que la luz entraría por detrás de las flores, estas debían ser de colores intensos y formas notables. Los lirios, las peonías y las dedaleras eran perfectos en sus respectivas estaciones, pero no había nada, pensó lady Carmel, que igualara a los rododendros, y le parecían tan asombrosamente magníficos que llamó a quien fuera que estuviese rondando por el piso de arriba para que bajara a verlos.
Resultó ser la señora Maile, que salía del cuarto de la ropa blanca, y menos mal, pensó la gobernanta, que desaprobaba tajantemente la costumbre de su señoría de distraer a las doncellas de su trabajo para que fuesen a admirar las flores.
—¡Mire, Maile! ¿Alguna vez ha visto algo tan hermoso?
—No, milady —contestó la señora Maile por cortesía. No es que fuera insensible a la belleza de las flores: un centro de claveles rosas, en un jarrón de plata pulida adecuado, le gustaba como a la que más.
—Ya están todos, salvo el de la mesa de la biblioteca —continuó lady Carmel—, y para ese aún tengo que cortar. Si alguien me necesita, estaré fuera. ¡Ah, Maile!
—¿Sí, milady?
—Va a venir un amigo del señor Andrew, un caballero extranjero, a pasar una larga temporada con nosotros. Creo que llegará en un par de días. Ha estado muy enfermo —Lady Carmel tradujo por instinto la fantástica verdad en esta razonable ficción— y necesita descansar. ¿Qué le parece la habitación del ala este?
—Es muy tranquila, milady. Y da el sol por la mañana.
—Que sea esa, entonces. Puede utilizar el vestidor como despacho, al parecer es una especie de profesor.
—Sí, milady. Ya he tenido noticias de Postgate, milady: la nueva muchacha estará aquí el martes.
—Magnífico —repuso lady Carmel.
III
La señora Maile siguió su camino y fue al saloncito del servicio, donde acababan de llevar el té de las once para ella y para el señor Syrett. El mayordomo ya estaba allí, leyendo su ejemplar del Times, que dejó a un lado con educación en cuanto entró su colega. Era un hombre de corta estatura, con la cabeza más grande de lo normal y una mata de pelo grueso y plateado tan perfecta que a menudo se hacían apuestas, entre los más pipiolos del personal, sobre si era o no un peluquín. Pero nadie llegaba a averiguarlo.
—¿Alguna novedad, señor Syrett? —preguntó ceremoniosa la señora Maile.
—Nada importante —contestó el señor Syrett—. Parece que las cosas van volviendo a su cauce.
—Me alegro de oírlo. Su señoría acaba de decirme que esperamos la visita de un amigo del señor Andrew y que se quedará aquí una temporada. Un profesor extranjero.
La expresión del mayordomo se tornó de inmediato sumamente reservada. Desconfiaba de cualquier amigo del señor Andrew, pues aún no se había recuperado de aquel verano tan espantoso merced a las vacaciones que fueron a pasar allí los miembros de una sociedad cinematográfica de Cambridge. En el fondo, aunque habría preferido morir antes que admitirlo, creía que el heredero de Friars Carmel no estaba a la altura de su elevada posición.
—Es mejor que los actores —lo consoló la señora Maile.
—Extranjero —repitió el señor Syrett en tono sombrío.
—Los extranjeros pueden ser personas muy distinguidas —replicó la señora Maile, que nunca olvidaba que era la más veterana del personal doméstico por una diferencia de tres años.
—Si están relacionados con el cuerpo diplomático, sí.
—Pues podría ser. Cuando el señor Andrew se fue al continente, llevaba cartas de presentación para los círculos más exquisitos, y una persona que el señor Andrew haya conocido en una de nuestras embajadas es lo bastante buena tanto para usted como para mí. Además, al parecer es un hombre tranquilo que se está recuperando de una operación. No creo que dé problemas. Nunca olvidaré —añadió la señora Maile con toda intención— los tejemanejes de aquella joven.
Fue un golpe muy astuto, pues la llegada, el año anterior, de la honorable Elizabeth Cream, ahora conocida como «aquella joven», había sido recibida por el señor Syrett con el entusiasmo más imprudente: augurios de un gran anuncio, incluso planes para la celebración. Pero ¡ay de sus esperanzas! La visita de la señorita Cream coincidió con una semana de un clima magnífico. Con cualquier excusa se quitaba la ropa para tomar el sol y, de hecho, lo único que excusaba quitarse era el sombrero… El señor Syrett retiró sus objeciones al profesor de manera implícita, cambiando de tema.
—¿Postgate ha podido ayudarla, señora Maile?
La gobernanta volvió a exhibir su calma habitual.
—Va a enviarme a alguien, así que supongo que debería estarle agradecida. Veinte años y sin ninguna cualificación. No obstante, tal y como he señalado en mi carta de respuesta: mejor sin cualificación que mal enseñada.
IV
Antes de ir a arreglarse para el almuerzo, lady Carmel se asomó al despacho de su marido y lo vio escribiendo. A medida que sus facultades físicas se deterioraban y le hacían imposible cazar, sir Henry se había entregado a la pluma. En todos los rincones del mundo, sus amigos de juventud empezaron a recibir las larguísimas y aburridísimas cartas que les enviaba: Rodesia, Tanganica, Singapur, Australia, India, Nueva Zelanda y las Bermudas… Las epístolas de sir Henry viajaban siempre muy lejos, pues no creía que valiese la pena escribir a nadie que estuviera más a mano. Así pues, las cartas tardaban mucho tiempo en llegar y las respuestas aún más en volver, y cualquier noticia se quedaba anticuada en el camino, pero aquello otorgaba a su correspondencia un peculiar carácter atemporal que resultaba muy reconfortante.
—Harry, querido —le dijo lady Carmel—, ¿ha hablado Andrew contigo sobre ese amigo suyo?
—¿El gánster? Sí, me lo ha dicho —repuso sir Henry.
—Querido, no es ningún gánster, estoy segura. Creo que lo has entendido mal.
—No tenía ni pies ni cabeza —admitió su marido—. Andrew dice que es un caballero y confío en el juicio del muchacho. También me ha contado algo sobre las cuadras, así que espero que le gusten los caballos. ¿Tú sabes quién es?
—Sí, querido, claro que sí —contestó lady Carmel—. Y deberías prestar más atención porque, por algún motivo, Andrew se toma el asunto muy a pecho. Es un profesor polaco que ha tenido problemas con los nazis. Andrew cree que aún podrían intentar hacerle algún daño, pero desde luego eso es ridículo y yo creo que el profesor le habrá dicho que deseaba pasar unas vacaciones tranquilas, lo cual es muy natural, y Andrew se ha imaginado el resto. Siempre ha sido un romántico.
—Pobre tipo —dijo sir Henry refiriéndose al profesor. Había dedicado toda su vida a los deportes sangrientos y era una de las personas más bondadosas del mundo.
V
De modo que así, capa tras capa, sin ningún esfuerzo consciente, la ostra que era Friars Carmel pulió y recubrió su grano de arena para dar lugar, como si fuera una perla, a un distinguido profesor asiduo de la embajada británica que se estaba recuperando de una operación y era aficionado a los caballos.
Por supuesto, no sucedió nada parecido con la nueva doncella.
CAPÍTULO 5
I
Cluny Brown llegó a Friars Carmel en un Rolls-Royce. Ese no era el plan original; tendría que haberla recogido el jardinero, junto con un paquete de Harrod’s, en la camioneta, pero a última hora resultó que el jardinero se había ido a buscar un cortacésped y lady Carmel se había llevado el coche. La señora Maile, entonces, telefoneó al jefe de estación, que le dijo que el coronel Duff-Graham estaba en el andén, y el coronel Duff-Graham se mostró más que dispuesto a llevar cualquier cosa a Friars Carmel. No contaba, claro, con que fuese una doncella. Él estaba esperando a un perro labrador, un viajero nervioso que requeriría toda su atención, pero, tal y como se dieron las cosas, el labrador ya había conocido a Cluny, quien, deambulando por el convoy, había descubierto a la magnífica criatura en el vagón del jefe de tren y se pasó el resto del viaje con él. Salieron juntos de un salto, los dos muy contentos de poder estirar las largas piernas, y el coronel fue a toda prisa hacia Roderick con el jefe de estación pisándole los talones. El jefe de estación reconoció a Cluny de inmediato porque era la única persona del andén a la que aún no conocía.
—Señorita C. Brown —afirmó.
Cluny admitió su identidad y la situación quedó explicada enseguida. Salieron en busca del Rolls. Cluny, por supuesto, tendría que haber ido delante, pero Roderick no dejaba de intentar saltar para ir con ella, con tanta insistencia que tras recorrer apenas un kilómetro el coronel hizo parar el coche y la invitó a sentarse detrás. El labrador se echó de inmediato sobre sus rodillas como si fuese una bonita manta.
—Parece que se ha encaprichado de usted —dijo el coronel.
—Es que he ido hablando con él todo el camino —le explicó Cluny.
—¡No me diga! Pues ha sido muy amable por su parte —repuso el otro con cordialidad—. Es un animal de mucho nervio.
—Es una preciosidad.
Tras una rápida ojeada, el coronel decidió que aquello era más de lo que se podía decir de ella: jamás había visto a una joven tan poco agraciada. No es que eso fuera algo importante en una doncella y, en todo caso, no parecía una muchacha vulgar. Con gran cortesía, empezó a señalarle objetos de interés local, bonitas vistas y graneros que necesitaban alguna que otra reparación.
—¿A qué distancia queda Friars Carmel? —preguntó Cluny.
—A unos diez kilómetros. El pueblo a ocho, la mansión a diez.
—¿Y tienen perros?
—No, ninguno —repuso el coronel con cierto aire de reproche—. Al viejo terrier de sir Henry tuvieron que sacrificarlo el año pasado y ya no quiere otro. Es natural, desde luego. ¿Usted tiene perro?
Cluny negó con la cabeza.
—Mi tío no me deja. Dice que Londres no es lugar para un perro.
—Un hombre sensato. Debería estar prohibido por ley.
—¿Podré tener un perro en Friars Carmel?
—No veo por qué… —empezó a decir el coronel, pero se detuvo. En los últimos minutos había olvidado que estaba hablando con una doncella y ahora se acordó. Por supuesto que no podría tener un perro siendo una doncella—. Lo dudo —se apresuró a rectificar.
Cluny no dijo nada, pero sus ojos negros se volvieron hacia él con una expresión de lo más triste. ¡Qué mirada! A la vez brillante y acuosa, trágica y fiera, inocente y profunda. El coronel Duff-Graham se quedó asombrado. No era, en realidad, más que la mirada de cualquier jovencita afligida, pero el coronel no estaba acostumbrado a observar de cerca a las muchachas jóvenes. (Es cierto que tenía una hija, por la que sentía el debido afecto, pero a ella no le prestaba ese tipo de atención.) Y así, influido por la mirada de Cluny, llegó a concebir una idea extrañamente heterodoxa, la primera de ese tipo que tenía en años: ¿de qué servía tratar bien al servicio, darles buena comida y todo eso, si no les permitías tener un perro? Aquello lo turbó de veras.
—Le diré lo que puede hacer —dijo en tono amable—. La tarde que tenga libre, venga a mi casa y llévese a Roddy a dar un paseo.
El rostro de Cluny se despejó de inmediato, le brillaban los ojos e irradiaba felicidad.
—¡Le tomo la palabra! —exclamó entusiasmada.
El chófer los había oído y estaba tan escandalizado que, cuando llegaron a Friars Carmel, ignoró la orden de su patrón de acercarse hasta la entrada de la mansión y detuvo el coche en la casa del guarda. Cluny abrazó a Roderick, estrechó la mano al coronel y se bajó con su equipaje. Se quedó allí de pie un momento, agitando el brazo a modo de despedida hasta que perdió de vista el coche, y luego, con una maleta en cada mano, se dio la vuelta y cruzó la verja con paso lento para entrar a servir.
II
—Quítate el sombrero, querida —dijo la señora Maile.
Cluny, que estaba de pie y bastante pálida en el saloncito del servicio, obedeció. La coleta salió disparada de inmediato y tanto la señora Maile como el señor Syrett se llevaron una sorpresa. (Este último estaba presente por pura casualidad; como norma, él solo entrevistaba a los criados varones. Sin embargo, hacía mucho tiempo que en Friars Carmel no había criados varones.)
—Tendremos que hacer algo con eso —añadió la señora Maile—. ¿Es la primera casa en la que sirves?
—Sí —contestó Cluny.
—Di: «Sí, señora». Veo que habrá que empezar por el principio. Te dirigirás a mí como «señora», al señor Syrett aquí presente como «señor» y, en caso de que su señoría hable contigo, la llamarás «milady».
—Y «milord» a su señoría, su esposo —concluyó Cluny con una mirada inteligente.
—«Sir» —la corrigió la señora Maile con paciencia—. Sir Henry no es un lord, es un baronet, aunque con mucha más solera que la mayoría. Si alguna vez tienes que hablar con él, lo cual es improbable, dirás «sir». Ahora Hilda te dará un poco de té y, cuando hayas colocado tus cosas, vuelve a verme.
Cluny salió de la habitación y dejó a la señora Maile y al señor Syrett intercambiando una mirada de conmiseración.
—Al menos es alta —dijo la gobernanta al fin.
—A mí me parece un pollo de avestruz —observó el señor Syrett.
—Y limpia. Sabía que podía confiar en Postgate a ese respecto.
—Usted siempre saca lo mejor de la situación, señora Maile.
La gobernanta agradeció el cumplido con una melancólica inclinación de cabeza. Aún recordaba los días en los que Friars Carmel empleaba a seis doncellas internas, todas cuidadosamente seleccionadas; su mente vagó por la larga sucesión de Gracies, Florries, Bessies, destinadas casi desde su nacimiento a servir en Friars, progresando en el orden apropiado y establecido desde fregona a primera doncella. La señora Maile suspiró. Si Cluny estaba desconcertada, ella no lo estaba menos.
—Fuera de lugar —dijo muy seria—. Los tiempos cambian, señor Syrett, y debemos cambiar con ellos, pero no puedo evitar pensar que, en una casa como esta, la muchacha está fuera de lugar. No obstante, me ocuparé de ella. Y al menos, con su aspecto, no tendremos que preocuparnos por que dé problemas como los de Hilda.








