Cluny Brown

- -
- 100%
- +
—Desde luego —convino el señor Syrett.
III
Querido tío Arn:
Esta casa es muy grande para mantenerla limpia; mirándola desde fuera, uno diría que es imposible, pero la señora Maile dice que no. Hay veintisiete habitaciones y la reina Isabel durmió en una de ellas, pero yo tengo que compartir la mía. La otra chica se llama Hilda. El año pasado tuvo un bebé, pero la señora M. hizo la vista gorda. Díselo a la tía Addie. Por las mañanas vamos vestidas de marrón y por las tardes de negro, nos levantamos a las seis y media, limpiamos las escaleras, limpiamos el vestíbulo, Hilda limpia la sala del desayuno, la cocinera prepara el desayuno, desayunamos, arreglamos la salita matinal, hacemos las camas, arreglamos el salón y lady C. prepara las flores. La he visto una vez, la señora M. me hizo entrar y dijo: «Esta es Brown, la nueva doncella». Lady C. dijo: «Espero que trabaje bien y que esté contenta, Brown», y luego la señora M. me hizo salir. ¿Hay alguna forma de saber si alguien lleva peluca con solo mirarlo? Podría ganarme un chelín. También limpio los metales y zurzo las sábanas, pero todavía no sirvo la mesa. La señora M. dice que en una casa como esta debería haber una lavandera, pero que de dónde la van a sacar hoy en día que las muchachas no tienen sentido común.
Un abrazo de tu sobrina.
Cluny Brown
P. D. Si me necesitas, volveré enseguida.
CAPÍTULO 6
I
Las circunstancias del primer encuentro de Andrew Carmel con el señor Belinski no tuvieron nada que ver con la imagen pintada por la señora Maile. No se habían conocido en ninguna embajada, en efecto, sino en una fiesta en Hampstead a la que Andrew acudió con Betty Cream y un amigo de Cambridge, John Frewen. Era la típica velada caótica, medio artística medio literaria, y los tres estaban ya empezando a aburrirse cuando John volvió de la barra con cara de asombro.
—¿Sabéis quién está aquí? Adam Belinski.
—¡Cómo! ¿El escritor europeo? —exclamó Andrew.
—Jamás he oído hablar de él —dijo Betty, que era bastante ignorante.
—Querida, es el hombre del momento —la informó Andrew—. Pero creía que lo habían puesto a la sombra.
—No. Solo le dieron una paliza —repuso John con una mueca—. Estaba dando una charla en Bonn y dijo algo que no gustó a la Herrenvolk. Lo vi el año pasado en Varsovia y lo he reconocido enseguida. Está allí, al lado del piano.
Los tres se quedaron mirándolo. El célebre personaje estaba en una postura peculiar, encogido entre el instrumento y la pared, como si hubiera ido retrocediendo hasta quedarse sin espacio para recular más. Debía de rondar los treinta y pocos, era de constitución menuda y tenía el rostro cuadrado y los ojos de color azul claro.
—No parece muy contento con la vida —observó Andrew.
—Probablemente no lo está.
—Yo creo —dijo Betty de pronto— que tiene un aspecto de lo más desgraciado.
Fue como si la fuerza de su concentración le tirase de la manga. Se dio la vuelta, cruzó la mirada un instante con los tres pares de ojos y enseguida la desvió de nuevo.
—Vamos a hablar con él —propuso Betty—. Le preguntaremos qué hace aquí. Para mí que lo detesta.
Demasiado guapa para saber lo que era la falta de confianza en sí misma, cruzó la estancia con sus amigos pisándole los talones. Belinski los vio acercarse a él —incluso a Betty— sin un ápice de interés.
—Sabemos quién es —le espetó la joven con descaro—, pero usted no nos conoce. Yo soy Elizabeth Cream y estos son Andrew Carmel y John Frewen.
—Somos grandes admiradores suyos —dijo John en alemán.
Belinski les dirigió una solemne inclinación de cabeza.
—Nos alegramos mucho de tenerle aquí —añadió Andrew en francés.
El otro volvió a inclinarse.
—Y nos preguntábamos si se lo está pasando bien —dijo Betty en su lengua materna—, porque lo cierto es que nosotros no.
El polaco pareció considerar aquel sencillo comentario con mucho detenimiento. Contestó con prudencia y en un inglés excelente.
—Hacía tiempo que no iba a una fiesta y estoy algo aturdido, pero me parece una velada encantadora.
Betty, sin embargo, era imparable. Su falta de educación se lo ponía fácil.
—¡Imposible! —protestó—. No tiene por qué ser cortés con nosotros, no es nuestra fiesta. ¿Cómo es que ha acabado aquí?
Por primera vez, el semblante de Belinski se relajó.
—Pues es algo bastante extraño, la verdad. Había venido a preguntar por una persona que vivía aquí, pero que al parecer se ha mudado, y me han invitado a pasar. ¿Por qué? No lo sé.
—Yo sí —dijo Betty—. Sylvia siempre anda corta de hombres. Pero no hay razón para quedarse en una fiesta si uno no quiere. De hecho, nosotros nos íbamos a comer algo. ¿Quiere venir?
La joven le dio una patadita a John en el tobillo.
—Para nosotros sería un honor extraordinario, señor —dijo John Frewen—. Si no le parece aburrido, claro está.
Belinski dirigió una mirada muy seria a Andrew. Era raro: hablaba inglés muy bien, era evidente que los entendía a la perfección, y aun así parecía no comprender lo que oía. Necesitaba que se lo confirmasen todo.
—Nada nos haría más felices —añadió Andrew con formalidad— que disfrutar de su compañía.
—¿Ahora?
—Sí, claro que ahora —dijo Betty—, antes de que alguien nos retenga. Vaya a por su abrigo.
Se quedaron otra vez los tres solos mientras Belinski se aplicaba en buscar a la anfitriona. Betty Cream estaba animadísima, pero Andrew y John parecían muy solemnes. Al contrario que ella, eran conscientes de la importancia de su invitado.
—No sé cómo has tenido valor —dijo Andrew—. Es uno de los hombres más distinguidos de Europa.
—Parecía tan perdido… —comentó Betty con aire ausente—. ¿Adónde lo llevamos?
—Al Claridge —sugirió John.
—Muy remilgado. Vamos al Soho, al Moulin Bleu.
—Deberíamos ir al club —replicó Andrew—. ¡Qué demonios, deberíamos ofrecer una cena en su honor!
—Con Betty, el club está descartado. Sigo diciendo que al Claridge.
En ese momento, Belinski volvió a aparecer. Betty lo puso al corriente enseguida.
—¿Prefiere ir a un sitio donde hay buena comida pero que parece un cementerio o a un lugar más excéntrico pero divertido?
—Me pongo en sus manos —dijo el señor Belinski.
II
Fueron, por supuesto, al Soho, y cada minuto que pasaba, durante la prolongada comida, la atmósfera iba enrareciéndose más y más. No había forma de hacer hablar a Belinski, salvo si se le preguntaba directamente, y sus respuestas revelaban una situación en extremo alarmante. Su periplo, por ejemplo: desde Bonn, donde habían empezado los problemas, iba a regresar a Berlín, pero acontecimientos políticos —dijo sin más— lo hacían desaconsejable, de modo que fue en dirección opuesta, a París. Allí descubrió que lo consideraban un alborotador: las autoridades polacas se oponían a que volviese a Varsovia y la policía francesa lo tenía en el punto de mira. Vendió un par de condecoraciones incrustadas de joyas y viajó a Londres, donde esperaba encontrarse con su editora americana, que por desgracia se había marchado una semana antes. En ella aún depositaba Belinski sus esperanzas, pues habían hablado de un posible viaje del escritor a Estados Unidos, y aparte de eso parecía no tener ningún plan en absoluto. Entretanto, vivía al día como en un vacío. Tenía una habitación en Paddington y pasaba la mayor parte del tiempo en bibliotecas públicas. No se había dado a conocer a nadie y no quería que lo buscasen. Relataba aquellos hechos con voz melancólica y sin reticencia, como si fueran algo corriente y desprovisto de interés que debía de ser bastante aburrido escuchar.
—¡Santo cielo! —exclamó John al fin—. Pero si tiene que haber gente, instituciones, deseando contar con usted. Cambridge, sin ir más lejos, o cualquier universidad. En fin, es usted famoso. Sería un… un lujo para ellos. No lo entiendo.
—Bueno, ya estoy harto de todo eso —repuso el señor Belinski.
Se quedaron más sorprendidos que nunca. Los jóvenes miraban a Adam Belinski con los ojos como platos mientras este se entregaba a su sabayón. ¿Harto de todo? ¿Harto de ser un alborotador? ¿Harto de ser el centro de disputas, de investigaciones secretas, de enredos internacionales? Tal actitud solo les parecía explicable por una razón: la mala salud. Aún no se habría recuperado de la paliza…
—Necesita un buen descanso —dijo Betty en tono alentador.
—Necesito trabajar —corrigió el señor Belinski—. Soy un artista, no una figura política. Ese es el problema en Polonia: no hay suficientes polacos distinguidos y los que hay tienen que cumplir una doble función. Fíjense en Paderewski, el mejor músico del mundo: pues teníamos que hacerlo también presidente. Si ganas una carrera de coches, te nombran ministro de Comercio. Como yo tengo éxito con mis obras, debo convertirme en profesor. Gracias a Dios que no me pusieron al frente de la policía. Y así me veo envuelto en esta lucha y apenas puedo trabajar. —Hizo un aspaviento con la mano y, por primera vez, los jóvenes se dieron cuenta de que tenía la muñeca torcida, como si se le hubiera roto y no se la hubiesen recolocado bien—. Yo no quiero ser más que lo que soy y estoy decidido a conseguirlo. Además, al parecer causo problemas. Incluso si volviera a dar conferencias, no iría a una de sus universidades para, tal vez, crearles dificultades.
—Pues sí que está usted en el candelero —dijo Betty muy interesada.
Sin embargo, era evidente que el conocimiento del idioma de Belinski no llegaba a esos coloquialismos. Parecía confuso.
—Quiere decir —tradujo Andrew— que entiende muy bien, como todos nosotros, por qué tiene que pasar inadvertido. Pero es una infamia.
Luego miró a John Frewen y, en ese momento, el gran plan afloró en sus mentes. Apenas necesitaron hablar; con unas cuantas palabras, por debajo de la cháchara de Betty, los detalles más importantes quedaron decididos.
—¿Horsham? —murmuró John refiriéndose a su casa.
—Mejor en Devon, que está en el quinto infierno —repuso Andrew también en un susurro.
—¿Y tu familia?
—Sin problema, creo. ¿Se lo decimos ya?
—No, espera. Mañana. Que parezca que lo hemos consultado con la almohada…
A la hora de la verdad, sin embargo, ambos temieron que, una vez se separasen de él, Belinski pudiera desaparecer de nuevo antes de que lograran salvarlo; así que, mientras John acompañaba a Betty a su casa, Andrew se fue con el señor Belinski a Paddington, con el pretexto —pues al principio rehusó su compañía— de tener que coger un tren. Con absoluta solemnidad, entonces, el polaco insistió a su vez en acompañar a Andrew hasta la estación y este último, que hasta el momento había sido incapaz de llevar la conversación más allá del plano abstracto, se sentía francamente ridículo. Parecía que ya iba a perder la oportunidad, pero estaba decidido a no dejarla escapar.
—Señor Belinski —le dijo.
—¿Sí? ¿Es que no encuentra su tren?
Andrew se dio cuenta de que había estado mirando los paneles indicadores y se ruborizó.
—Señor Belinski, ¿le gustaría venir a pasar una temporada con mi familia en Devonshire?
—Disculpe, ¿cómo dice?
—A mi casa, en el campo. Es un sitio muy tranquilo. Allí podrá trabajar, sin duda, porque no hay nada más que hacer.
Belinski lo miró divertido.
—¿Se trata de otra fiesta? ¿Una de fin de semana?
—No, no —repuso Andrew—. He pensado que podría quedarse unos años.
En ese momento, un mozo de estación se abrió paso a empujones entre ellos (era, de hecho, el tío de Cluny, Trumper) porque también quería ver los indicadores. Andrew se apartó a un lado y Belinski al otro y, durante ese instante de separación, la mente de este último debió de trabajar a toda velocidad, pues cuando volvió a reunirse con Andrew ya no parecía perplejo, sino simplemente encantado.
—Mi joven amigo —dijo con afecto—, me faltan palabras para expresar lo mucho que aprecio tanta generosidad. ¡Es espléndido!
—Tonterías —contestó Andrew—. ¿Cuándo vendrá?
—Pero, por supuesto, no puedo aceptar —se apresuró a aclarar el señor Belinski.
Andrew le preguntó enseguida por qué no. El señor Belinski vaciló. Tenía lo que él consideraba una razón indiscutible, pero no creía que a su nuevo amigo se lo pareciese, de modo que eligió otra.
—No soy un invitado muy oportuno.
—¡Qué disparate! —exclamó Andrew despreocupado—. He llevado a casa a tipos mucho más raros que usted.
El adjetivo se le escapó de los labios antes de que pudiera remediarlo, pero Belinski no parecía ofendido. Miraba a Andrew con cierto recelo, pero también con cierta simpatía.
—Por favor, no insista, ya me parece muy descortés por mi parte rechazar su propuesta. Sus padres no me conocen de nada, por ejemplo. Lo que sugiere es de lo más generoso, pero también imposible.
—No veo por qué —se obstinó Andrew—. Puede que le resulte tremendamente aburrido…
—No se trata de eso —concluyó el señor Belinski.
Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y salió a toda prisa de la estación, pero Andrew corrió tras él y lo siguió hasta el lugar donde se alojaba. Una vez supo la dirección, John Frewen y él pudieron seguirle los pasos e intentar convencerlo por turnos; Andrew (como ya se ha visto) fue a Devonshire para obtener el consentimiento de sus padres y volvió con una invitación por escrito de lady Carmel, y, después de otras dos semanas, el señor Belinski (aunque también influyeron otros factores) de pronto cedió y se dejó llevar una vez más por su errático destino.
III
—Iremos en mi coche —dijo John Frewen—. ¿Puede venir Betty también?
Andrew lo miró absolutamente horrorizado.
—Yo diría que no. La última vez escandalizó a toda la casa. No voy a llevar allí más influencias perniciosas —replicó Andrew con aire de superioridad.
Конец ознакомительного фрагмента.
Текст предоставлен ООО «ЛитРес».
Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию на ЛитРес.
Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.








