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Como respuesta, en París, la huelga del 12 de febrero de 1934, realizada conjuntamente entre comunistas y socialistas, fue el bautizo de la unidad de acción (desechada en 1928) que quedó definitivamente consagrada el 27 de julio del mismo año cuando se firmó el pacto de unidad.35 El acuerdo contemplaba realizar acciones conjuntas contra el “fascismo”, organizadas a través de un comité de coordinación paritario de catorce miembros en donde no se aceptaba en la creación de frentes únicos a los sin partido.36 El Comintern dio su bendición a la unión entre el PCF y la SFIO en mayo de 1934, en medio de los preparativos del VII Congreso. A pesar de que Dimitrov, en un gesto reconciliador, eliminara el término “socialfascista”, la Internacional Obrera Socialista fue reacia a aceptar durante 1933 y los primeros meses de 1934 cualquier acercamiento. A partir de ese momento, el Comintern buscó alianzas más amplias que abarcaran al conjunto del “pueblo” y lo unieran en contra de sus enemigos. Por lo mismo, se hicieron algunos retoques en la estrategia de la lucha de clases que interpelaba, en teoría, sólo a la clase obrera, extendiéndola hacia una esfera más amplia: el espacio de lo popular y de lo nacional, a modo de acabar con la temida “amenaza” fascista. La airada defensa de los intereses nacionales dio a los comunistas los argumentos en contra de quienes los tachaban de simples títeres de las políticas moscovitas, legitimándolos de cara a la formación de alianzas con los partidos burgueses.37
Las conclusiones de Dimitrov –de que en una época de retirada, la izquierda debía luchar por objetivos más amplios como la defensa de la democracia– esperaban tranquilizar a los sectores sociales donde debía abonarse la idea del Frente Popular: liberales, radicales, republicanos, movimientos religiosos, demandas sectoriales, movimientos pacifistas, incluyendo a sectores conservadores que estuvieran dispuestos a defender la paz y la democracia en Europa. De paso se pretendía sacar del aislamiento y debilitamiento que sufrían los partidos comunistas. Visto de esta manera, la estrategia del Frente Popular fue exitosa, pues permitió que los socialistas y radicales redujeran el rechazo de unirse con un partido de proyecto revolucionario.
El ¿exitoso? ejemplo europeo para Chile: Francia y España (1934-1937)
La formación de frentes populares en Francia y España fue seguida con atención por el incipiente frentepopulismo chileno. En noviembre de 1935 el diario radical La Hora se hizo eco de este entusiasmo:
“En Francia –señaló un dirigente radical– el fascismo, mezcla de clericalismo, bonapartismo, monarquismo y burguesía es una realidad amenazadora, al igual que para nosotros. Pues bien, los trabajadores de todas las tendencias (socialistas, comunistas, radical-socialistas) han ido a cobijarse bajo el gran manto de la Democracia para sostener que el único medio para frenar al fascismo es robustecer, vigorizar y mantener las grandes conquistas democráticas”38.
La prensa chilena siguió con atención las huelgas promovidas en Francia por las ligas fascistas que repudiaban el sistema parlamentario que provocaron la sorpresiva renuncia del primer Ministro, el radical Edouard Daladier, en de febrero de 1934. Aunque para los comunistas franceses (y de todo el mundo) el seguimiento de las consignas del llamado “Tercer Período” aún estaban vigentes, el líder comunista francés Maurice Thorez llamó a la creación del “Frente Popular del trabajo, la libertad y la paz” interpelando directamente a socialistas y radicales a sumarse a la discusión de cuestiones nacionales como la defensa de la Constitución, la disolución de las ligas fascistas, la mejora de los salarios, la creación de nuevos impuestos sobre las fortunas y una serie de ayudas y subvenciones dirigidas al pequeño comercio y al campesinado. Con una buena cuota de pragmatismo, el emplazamiento de Thorez tuvo sustento en el avance electoral de los comunistas y el acuerdo de amistad franco-soviético de mayo de 1935. Ese mismo pragmatismo permitió la unidad sindical entre comunistas y socialistas en el Congreso de unificación de Toulouse en marzo de 1936. La simbólica manifestación del 14 de julio de 1935 reforzó la imagen de unidad nacional en contra del fascismo que vio la luz cuando en enero de 1936 se firmó el programa de Gobierno del Frente Popular. Las elecciones del 26 de abril y del 3 de mayo de 1936 dieron la victoria electoral a los partidos del Frente Popular en la que en la primera vuelta los comunistas duplicaron el número de sus sufragios afianzando la mayoría del Frente Popular en la Cámara de los Diputados. Los comunistas ocuparon 72 escaños (en lugar de 10), los socialistas 146 (en lugar de 97), en tanto que los radicales bajaron de 159 a 116. El Frente Popular logró 370 escaños frente a los 258 de los partidos de derecha.
Las elecciones parlamentarias francesas de abril de 1936 fueron leídas desde Chile con un particular interés; la flamante coalición frentepopulista criolla debutaba en una elección senatorial. Aunque la atención estuvo en los dos Frentes Populares europeos, el caso francés tuvo menos eco que el español. Aunque más similar a Francia en el proceso político, el frentepopulismo español acaparó las miradas de la política chilena. Durante el “bienio conservador” de Alejandro Lerroux (1933-1934) se intensificó el conflicto político y social en la frágil república española. Al incoporar a la Corporación Española de Derechas Autónomas (CEDA) Lerroux acrecentó conflicto social expresado en la huelga de Asturias de 1934 y en el conflicto con el país vasco y la Generalitat de Catalunya En Francia, las masivas huelgas de comienzos de 1937 y el freno de Blum a las reformas sociales comenzadas durante el Frente Popular dieron la impresión en Chile que los factores internos podían ser decisivos para hacer fracasar un proyecto frentepopulista. Aunque en España también fue un conflicto interno el que acabó con el Frente Popular y la República,tuvo la característica de ser una guerra civil la que abortó dicho proyecto.
Del caso francés, la prensa santiaguina destacó el clivaje entre fascismo contra democracia. Así, el diario La Opinión, del Partido Radical Socialista, destacó que la campaña electoral francesa “será aún más reñida que en ocasiones anteriores, pues el centro ha dejado de existir temporalmente en vista que los Radical Socialistas se han unido con los socialistas y comunistas, mientras los centristas de derecha cooperan con otros nacionalistas. La prensa chilena denominó estas elecciones como las del ‘fascismo contra la democracia’”.39 Así, el día 26 de abril de 1936 once millones de franceses volvieron a votar en la repetición de las elecciones en 119 distritos. Se esperaba un ajustado pero seguro triunfo del Frente Popular y se informaba que no se habían registrado incidentes en las elecciones. Los socialistas chilenos enfatizaron el “entusiasmo que causa en España el triunfo del Frente Popular francés […] y el temor que generó en las derechas españolas […] el triunfo de las izquierdas francesas anime a los izquierdistas españoles. Las derechas españolas tienen especialmente aprensión con respecto a los socialistas y comunistas. Creen que los rojos franceses y españoles están obrando con estrecha relación con la ayuda de Moscú”.40
Una de las cuestiones que sorprendió del frentepopulismo francés fue la reticencia de los comunistas a participar en el poder, cosa que fue “… fuertemente criticada por los otros partidos del Frente Popular, quienes dicen que millón y medio de electores que votaron por los candidatos comunistas, deberían tomar parte en las responsabilidades del Gobierno de izquierda”.41 Lo positivo para Chile fue el anuncio de Francia de aumentar la compra de salitre chileno. Esto debido, especialmente, a que los socialistas deseaban impresionar a los agricultores en el momento de subir al poder, y que, por lo tanto, podían reducir los costos de los nitratos.
A partir de mayo de 1936, la prensa frentepopulista chilena alarmó sobre la intensificación del movimiento huelguístico francés.42 Las huelgas iniciadas en las factorías Bréguet de L’Havre se extendieron con rapidez en diferentes sectores productivos, a excepción de los servicios públicos. Se calcula que la paralización de faenas y el movimiento reivindicativo del poder obrero tomaron carácter de verdadera fiesta. Una de las principales características del movimiento huelguístico, a juicio de Adrian Rossiter, fue su rápido esparcimiento y su aparente espontaneidad, en la que ni siquiera los propios huelguistas conocían las demandas ni la cabeza política del movimiento.43 La respuesta de Blum (ganador de los comicios del 3 de mayo) tardó algunos días, dado que su Gobierno asumió el 4 de junio. Una vez en el poder, Blum se aferró a la legalidad ante la primera negativa de los patrones a negociar cualquier tipo de acuerdo hasta que los manifestantes desocuparan las fábricas. La negociación entre Blum y los patrones reveló en cierta medida la problemática del poder del frentepopulismo: la gestión de las demandas populares y los costos que ello tiene en la base política de apoyo. Las negociaciones incluyeron las famosas 40 horas semanales, las vacaciones pagadas, el aumento de salarios y el no pago de los días de huelga: el acuerdo entre los sindicatos, el Gobierno y las patronales quedó firmado pasado la medianoche del 7 de junio, conocido como los acuerdos de Matignon.44
A mediados de 1936, el Gobierno del Frente Popular pudo mostrar con éxito los acuerdos de Matignon, pero se vio acorralado por el desborde de las demandas populares. A pesar de que el PCF no formó parte del Gobierno de Blum –dándole una ventaja abierta frente a los socialistas y radicales– se preocupó de alertar sobre las consecuencias que producirían las huelgas en el Gobierno. Por ello, el discurso de los comunistas fue el de supeditar las huelgas al carácter táctico de la lucha contra el “fascismo” y no como un camino hacia la revolución social, por lo que había que poner un límite para no afectar al Gobierno frentepopulista y, al mismo tiempo, lograr los objetivos de mejoras sustantivas en las condiciones laborales de los trabajadores. No contaban con que los radicales, el socio más reacio a los comunistas, volvería a aliarse con la derecha en junio de 1937. De esta forma, el Gobierno del Frente Popular quedó aislado por la derecha y, luego de las primeras críticas a Blum ante la crisis económica interna y la grave situación del Frente Popular español en junio de 1936, por la izquierda. Esto alertó sobre la naturaleza que debía tener la alianza.45
El comienzo de la Guerra Civil Española dejó mal parado al premier socialista francés, pues luego de su apoyo inicial a la causa republicana tuvo que retroceder y quedar a favor de la no intervención, debido a las presiones de los radicales y del Gobierno británico de no prestar ayuda al frentepopulismo español. En octubre de 1936, el ministro de Hacienda Vincent Auriol anunció la devaluación de franco, aumentando la oposición de centro y de derecha; en febrero de 1937, imposibilitado de continuar con el gasto público, Blum frenó las reformas sociales iniciadas meses atrás por lo que sumó el malestar de los comunistas y del ala izquierdista de su propio partido.
Los problemas internos en la coalición, especialmente con los radicales, a raíz del Frente Popular español y la Guerra Civil del mismo país, llevaron, junto con la actividad de fuerte oposición de las fuerzas capitalistas y de derechas, a que el Frente Popular entrara en crisis y con ello la dimisión Léon Blum en junio 1937. El conflicto interno de los partidos frentepopulistas franceses continuó hasta comienzo de la Segunda Guerra Mundial, hundiendo la estructura de la Tercera República que, para el inicio del conflicto, podía darse por agotada. El derrumbe del Frente Popular francés dejó abruptamente de tener importancia para la prensa frentepopulista chilena y un marcado interés para la prensa liberal como El Mercurio. A partir de julio de 1936, el protagonismo se lo llevó el golpe de Estado llevado a cabo por Franco. Sin embargo, el Frente Popular español tuvo un seguimiento más detenido de la prensa chilena probablemente por la cercanía cultural e idiomática con España. Otro factor importante fue la presencia de una consolidada colonia española. Hacia 1930, la población hispana radicada en Chile era de unos 45.000 residentes repartidos sobre todo en las grandes ciudades de Santiago, Valparaíso y en las provincias del norte.
Las elecciones de enero de 1936, en las que debutó la versión española del Frente Popular, fueron seguidas con abiertas comparaciones al frentepopulismo chileno. El diario radical socialista La Opinión señaló en su Editorial:
“no hay nada que atraiga más simpatías ni que procure mejor ambiente de adhesión y solidaridad que el ser perseguido injustamente. […] en Chile estamos, tal vez, camino de desanudamientos semejantes, pese al ensoberbecimiento con que hoy las fuerzas reaccionarias imperantes desafían y vejan al único gran juez de la Democracia: el pueblo […] El mayor problema que deberá sortear Azaña será frenar las aspiraciones excesivas de las izquierdas asociadas y comunistas, amparándose en el compromiso de alianza con el acto electoral. El gobierno ha decidido intensificar una política social que permita ampliar el campo de los pequeños propietarios, como una panacea para combatir el extremismo”.46
Desde aproximadamente 1933, el Partido Comunista Español levantó tímidas iniciativas frentepopulistas como el Frente Popular en Málaga o el apoyo de las Alianzas Obreras –luego del levantamiento de Asturias de octubre de 1934–. Estos acercamientos estuvieron dirigidos para reactivar los vínculos con el sector más radicalizado del Partido Socialista Obrero Español (PSOE).47 A partir de 1934, los espacios casi obligados de convivencia se fueron haciendo más comunes, aún sin tener la claridad táctica (o conveniencia política) de sus homólogos franceses y, al igual que otros partidos comunistas, incluyendo al chileno, el PCE tuvo a comienzos de 1935 confusiones acerca del nombre de la nueva estrategia política. El VII Congreso del Comintern no había comenzado y la experiencia francesa no daba una referencia clara para nombrar la nueva estrategia: ¿Frente Único o Frente Popular para nombrar la unidad de acción? El historiador Santos Juliá señala que esta confusión tuvo una justificación al menos para el verano boreal de 1935:
“[…] la preferencia que durante este verano se muestra hacia la expresión ‘unidad de acción’ sobre la tradicional de ‘Frente Único’ para designar la nueva política, indica que incluso ha existido la preocupación de introducir cambios semánticos que no levanten viejas resonancias. Ciertamente, los comunistas no renunciarán a la expresión de Frente Único, ni siquiera cuando la unidad de acción haya dejado paso al Frente Popular”.48
A pesar de esta aparente o real polisemia, el PCE actuó desde 1934 guiado casi exclusivamente por el PCF en materias políticas, traduciendo en muchos casos de manera literal las cartas que los comunistas franceses enviaban a los dirigentes de la SFIO, con la diferencia de que los socialistas españoles hacían caso omiso de los llamados a la unidad de acción de los comunistas. Los socialistas creían que el espacio natural de convergencia era la Alianza Obrera y no el Frente Popular.49 A pesar de que los socialistas españoles, al igual que en Chile y en Francia, eran más numerosos, temían organizar instancias en que estuvieran representados los diferentes partidos por la desconfianza de que los comunistas, menos numerosos, tendieran a utilizar esas instancias para su provecho, tal como hiciera la socialdemocracia alemana durante la República de Weimar que, a pesar de tener una clase obrera más preparada y especializada que los comunistas, no pudo con la propaganda del “socialfascismo” del KDP que terminó por hundirlos electoralmente.50
A partir de 1930 el socialismo español pudo revitalizarse con su entrada en el primer gabinete de la II República en los ministerios de Hacienda, Trabajo y Justicia, transformándose en el partido más votado en las elecciones de 1931. A pesar de ser la fuerza parlamentaria, a fines de 1933 el sufragio socialista disminuyó frente a la derecha. Las divisiones entre las diferentes facciones socialistas aumentaron la crisis entre quienes optaban directamente por la revolución, como Largo Caballero, y quienes seguían defendiendo el modelo socialdemócrata, como Julián Besteiro. El encendido discurso de Largo Caballero tuvo eco entre los sectores más radicalizados de la izquierda no comunista en el pacto que dio vida a la Alianza Obrera en 1933, a la que sumaron el Bloc Obrer i Camperol de Joaquín Maurín, algunos sectores trotskistas, la catalanista Unión Socialista de Catalunya y otros grupos anarquistas escindidos de la CNT. Los comunistas, anclados en las consignas del “tercer período”, vieron en esas alianzas otro experimento “socialfascista” repitiendo la estrategia del Frente Único.51
La entrada de la CEDA al Gobierno, en octubre de 1934, activó con mayor energía los contactos entre comunistas socialistas, a lo que se sumaría el partido de Izquierda Republicana liderado por Manuel Azaña. De hecho, las demandas de los radicales de Izquierda Republicana se presentaron como convergentes a las de socialistas y comunistas. Ellas incluían el restablecimiento de las garantías constitucionales, la libertad para los presos detenidos por los sucesos de octubre, la revisión de los expedientes de los funcionarios y obreros despedidos y el restablecimiento de los derechos sindicales eliminados luego de las revueltas ocurridas en octubre de 1934. Fue, como señala Juliá, una especie de pre-programa del Frente Popular, que luego se materializará a comienzos de 1936.52
La centralidad que tuvo en la conformación del Frente Popular el parti-do de Azaña hace que esta experiencia difiera del proceso frentepopulista francés en el que los comunistas tuvieron un peso más gravitante, quizás porque en Francia el apoyo del Comintern fue más decidido que en España. En ese sentido, y salvando las enormes diferencias, es posible buscar algunas similitudes con el proceso frentepopulista chileno, debido a que en él el factor decisivo no fue tanto la alianza entre socialistas y comunistas sino el desembarco de los sectores de centro, afines a la izquierda.
De cara a las elecciones de enero de 1936, el programa electoral del Frente Popular español fue reproducido en extenso en los diarios frentepopulistas chilenos. En especial interesaron los mecanismos internos de los partidos y las organizaciones participantes de cómo “dejar a salvo los postulados de sus doctrinas, han llegado a comprometer un plan político común que sirva de fundamento y cartel a la coalición de sus respectivas fuerzas en la inmediata contienda electoral y de norma de gobierno que habrán de desarrollar los partidos republicanos de izquierda con el apoyo de las fuerzas obreras, en el caso de victoria. Declaran ante la opinión pública las bases y los límites de su coincidencia política”.53 Los frentepopulistas chilenos vieron puntos de encuentro, más allá del tema fascismoantifascismo, entre sus propuestas y las del programa del Frente Popular español. Especialmente en el primer punto del programa español referido a la “amnistía y readmisión de los despedidos y reparación de las víctimas”, en el punto 2 de la Defensa de la República y cumplimiento de la Constitución y Libertad y justicia y en lo relativos al fomento y protección de la industria, obras públicas y enseñanza54. Otras medidas del Gobierno de Azaña, comentadas en clave chilena, fueron la disolución de las ligas fascistas y las sanciones al personal en retiro que participara en asociaciones ilegales: la referencia era a las milicias republicanas y al golpismo ibañista transversalmente omnipresente en la política chilena.55
Para los frentepopulistas chilenos, el Frente Popular español fue un ejemplo digno de ser imitado, sobre todo porque se “está desarrollando una labor utilísima para las masas que lo componen y que prueba hasta qué puntos de innegable trascendencia general se desplaza la actividad de organizaciones de su naturaleza”. Así como la unidad de los sindicatos franceses tuvo una buena acogida entre los trabajadores chilenos, la unidad de las juventudes socialistas y comunistas también fue un hecho celebrado por las milicias jóvenes de ambos partidos en Chile, así como la posibilidad de que en España, la Confederación Nacional de Trabajo (CNT) abriera vínculos con la Unión General de Trabajadores (UGT) que contaba con 500 mil adherentes56. Evidentemente, los frentepopulistas chilenos se iban nutriendo de elementos tácticos que realizaban los frentistas españoles, pero de manera más funcional que efectiva, ya que las supuestas equiparaciones que se intentaron establecer entre las derechas y las izquierdas españolas con las chilenas eran forzadas y poco ajustadas al debate interno del frentepopulismo chileno.
Pero también había recelo y cuidado. Sobre todo por las resonancias internas que provocó la unión con comunistas y socialistas cuando en el contexto chileno aún no se superaban las desconfianzas mutuas entre socialistas, comunistas y radicales. El 23 de febrero se alertó que “el premier Azaña sabe que tendrá que frenar las aspiraciones excesivas de las izquierdas asociadas y comunistas, amparándose en el compromiso de alianza con el acto electoral. El gobierno ha decidido intensificar una política social que permita ampliar el campo de los pequeños propietarios, como una panacea para combatir el extremismo”.57
El optimismo con el Frente Popular español sirvió también como revulsivo ante la política represiva impuesta por el Gobierno de Alessandri, quien, gracias a la mayoría parlamentaria, impuso “facultades extraordinarias y el Estado de Sitio” para establecer el orden público, a raíz de la declaración de huelga de los sindicatos de ferroviarios. Esto implicó la detención, encarcelamiento y relegación de numerosos dirigentes de los partidos frentepopulistas. La semana del 24 de febrero de 1936 se reprodujo en los periódicos frentistas (La Hora, La Opinión, Consigna y Frente Popular) extensos párrafos del programa electoral del Frente Popular español, subrayando sobre todo el hecho de que “sin perjuicio de dejar a salvo los postulados de sus doctrinas, han llegado a comprometer un plan político común que sirva de fundamento y cartel a la coalición de sus respectivas fuerzas en la inmediata contienda electoral”58. Además, dada la situación del Estado de Sitio y de la persecución llevada a cabo por Alessandri, se enfatizó el punto primero del programa español que hablaba de la “Amnistía y readmisión de los despedidos y reparación a las víctimas”.59 Por lo mismo, se calificaba que “el Frente Popular español, que hemos citado en otras oportunidades como ejemplo digno de imitación, está desarrollando una labor utilísima para las masas que lo componen y que prueba hasta qué puntos de innegable trascendencia general se desplaza la actividad de organizaciones de su naturaleza”.60
Luego de julio de 1936 y el golpe de Estado encabezado por Francisco Franco, la discusión frentepopulista se volvió más ideológica, influida en parte por la evolución de la Guerra Civil Española y por el desarrollo del Frente Popular con Léon Blum en Francia, pero en un sentido distinto. Dados los fracasos frentepopulistas español y francés se borrarán todas las posibles similitudes con Chile y se enfatizará la peculiaridad del frentepopulismo chileno y su carácter no rupturista. Sin embargo, el Frente Popular español siguió generando expectativas en una posible reedición en el contexto chileno. El 27 de julio se señaló que “la revolución de España es una lección para el Frente Popular de Chile cuando gobierne”.61
Ante las críticas oficialistas que remarcaban las consecuencias violentas del conflicto civil en España, el frentepopulismo chileno trató de mantener una prudente distancia con el Frente Popular español. Una editorial del diario La Hora señaló que la derecha presenta a todos los partidos “confundidos bajo la etiqueta comunista. Se va aún más lejos en este sistema confusionista y se identifica al Frente Popular español con el Frente Popular chileno y se atribuyen a este último de antemano los desmanes que según ciertas noticias (siempre desmentidas) comete el primero”.62
Por lo mismo, a pesar del conflicto español y de las similitudes que se podrían establecer, el frentepopulismo chileno fue cauto en no romper los débiles lazos que existían entre los partidos. El Partido Comunista, en su diario Frente Popular, advierte sobre los posibles beneficios de una alianza con sectores de centro, dado que “sería útil conducir al proletariado a un conflicto con fuerzas que pueden ser sus aliados en los primeros tramos de su movimiento emancipador”.63 Los radicales socialistas del diario La Opinión (Radical Socialista) matizaron la presencia comunista en el Frente Popular destacando que éste:




