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La Violencia se apoderó del país después del 9 de abril. Al presidente Mariano Ospina Pérez le siguió Laureano Gómez, un conservador que admiraba a Francisco Franco y que profesaba ideas fascistas. Organizó un cuerpo de policía, los “chulavitas”, y los envió por los campos para que mataran liberales. En represalia, en los pueblos de mayoría liberal perseguían a los conservadores. En los Llanos Orientales se organizaron las guerrillas liberales y el ejército las combatió en una verdadera guerra civil. En San Carlos aparecieron los primeros chusmeros que venían del Magdalena y se desató una ola de asesinatos. Aunque Jorge nunca participó en política, era liberal, lo que lo convertía en enemigo declarado de los gamonales de San Carlos. Una tarde estaba en Risaralda en compañía del mayordomo y su familia. Hacia las seis llegó un peón con la noticia de que los chusmeros lo buscaban. De milagro salvó la vida escondiéndose en el monte, pero perdió el ganado, porque no pudo regresar a recogerlo. Era, de nuevo, la crisis económica. Vendió la casa y el Pontiac y la familia rodó por casas arrendadas. Fueron años de estrecheces y vida sencilla. Cada cambio implicaba nuevas amistades, nuevas rutinas, nuevos ambientes. Echabas de menos al grupo cerrado de la barra de Villa y el sentido de pertenencia que de ella emanaba. Ahora vagabas por espacios abiertos y tenías que estar vigilante para no caer en territorios dominados por jóvenes pendencieros y agresivos. Te refugiabas en el cine y en la lectura y te volviste huraño.
En realidad, tus padres te protegían. Y la forma de protegerte era manteniéndote en la ignorancia. Regía la ética del decoro: silencios, verdades a medias, “mentiras piadosas”. Por eso no te enterabas de las cosas del sexo, de los cambios del cuerpo al avanzar la adolescencia, de las dificultades económicas de la familia y las razones para cambiar de casa y de barrio, del pleito por la herencia del abuelo, las enfermedades que sufrían, las costumbres licenciosas de tal o cual pariente, de la pederastia de los curas, la corrupción de los políticos, los malos manejos de los empresarios, las masacres y actos de barbarie en los campos. Los niños, a veces, encontraban llorando a la mamá, o la sentían triste; o al padre de mal humor, evasivo, callado; o que suspendían la conversación cuando llegaba alguien; y siempre quedaba flotando el misterio. A tus padres los oías cuchicheando en la alcoba hasta tarde y te ardía la curiosidad; nunca lograbas saber de qué hablaban tanto.
Los libros de G. M. Bruño, que se conseguían en la Procuraduría de los Hermanos Cristianos, se usaban en casi todas las asignaturas, y sus postulados debían ser aprendidos de memoria. Tal fue el sistema que encontraste en la escuela primaria y, ahora, llevado a sus últimas consecuencias, en los colegios de bachillerato de los jesuitas y salesianos. En cuanto a la nómina de educadores, el panorama no era más prometedor. El padre Acosta, insigne acosador de menores, toqueteaba a los niños a la vista de todos, inclusive durante los recreos. Nadie hablaba de sus dotes de educador o de sus conocimientos sobresalientes en algún campo. Su única cualidad era que “amaba a los niños” y se parecía al fundador de la orden, porque no era alto, tenía el cuerpo grueso, el rostro blanco y sonriente, la cabeza calva. La imagen de su persona transitando por los patios y corredores rodeado por una nube de chiquillos era idéntica a la que aparecía en las estampas de San Juan Bosco. Acosta fue tu profesor de varias materias y sobra decir que con él no aprendiste nada. En una ocasión, a la salida de clase, te pidió que esperaras porque tenía algo qué decirte. Cuando todos se fueron, se sentó junto a ti, te preguntó si estabas bien y comenzó a acariciarte. Sentiste en el rostro su aliento pesado, que se mezclaba con el olor agrio de la sotana envejecida, y cierto jadeo en la respiración. Cuando te puso la mano en el muslo y quiso cogerte el pito te zafaste y, sin recoger las pertenencias, saliste corriendo del salón y del colegio. Estabas lleno de asco y no fuiste capaz de contarle a nadie el incidente, como si el pecado hubiese sido tuyo y no del acosador. Lo único que logró fue sembrar en ti el odio y el desprecio por todo individuo que vistiese sotana, sentimientos que no se manifestaron de inmediato sino gradualmente y que crecen desde entonces. Estaban también los padres Yépez, Bernal, Giraldo y del Río, y otros extranjeros. Giraldo enseñaba Anatomía y Fisiología, Química del Carbón y Literatura. El plato fuerte de la primera eran las funciones de la reproducción humana. Las ideas que tenían eran tan vagas, que la sola enunciación los llenaba de expectativa. Pero fue un fiasco porque Giraldo nunca entró a fondo en el tema. En la clase de Química, el experimento más importante fue la fermentación de cáscaras de piña para fabricar “chicha”, paso inicial para la destilación del alcohol. Al final, la cantidad destilada fue mínima porque los muchachos se bebieron la chicha. La de literatura de cuarto la pasaste “raspado”. Al único que recuerdas con cariño es a Mariano del Río, un español gordo y bajito que les enseñaba francés con tanto tino, que al final del último año ya traducías textos de Rousseau. A él le debes, en parte, tu interés por las letras.
Una de las mejores cosas que aprendiste en el bachillerato fue a nadar con algún estilo. El colegio permitía que los estudiantes pasaran en la Biblioteca Pública Piloto cierto número de horas a la semana. (Fue fundada en 1952 y funcionaba en una casa en la Avenida la Playa) Podían leer los libros que quisieran y llevarlos en préstamo. Aunque el fondo era incipiente, siempre encontraste algo de interés. Un día diste con un manual de natación. Estaba escrito por Johnny Weissmüller y tenía fotografías y dibujos. Lo primero que te llamó la atención fue el nombre del autor. Bien lo conocías, pues protagonizaba las películas de Tarzán. En el libro cuenta sus secretos: cómo extender el cuerpo sobre el agua, cómo tomar el aire por la boca con un movimiento de cabeza y expelerlo por la nariz con la cara hundida, cómo mover los brazos y cómo extender las piernas y a la vez mantenerlas flexibles para que la potencia del movimiento sea máxima. Practicabas cuando tenías oportunidad. Nunca tuviste un profesor y, sin embargo, tu estilo llegó a ser aceptable. De hecho, la natación ha sido uno de tus deportes favoritos.
En la Piloto encontraste también una novela de Hermann Hesse, Damián, que leíste sin comprender mucho, pero que te dejó un estado de ánimo taciturno. Salías solitario a caminar por calles y barrios lejanos para meditar sobre el ser y la existencia y por un tiempo te sentiste imbuido de una especie de exaltación poética que nunca antes habías experimentado.
Las vacaciones de julio de cuarto de bachillerato fueron especiales. Por primera vez viajaste en solitario fuera de la ciudad. Tus primos Jaramillo vivían en Buga y fuiste a visitarlos. Carlos Alberto te llevó a los sembrados de algodón y sorgo del padre. Cuando arreciaba el calor se metían en calzoncillos al Cauca aferrados a un cable. Y tuviste la suerte de volar en avioneta. Estaban contratando una fumigación y el piloto quiso hacer un vuelo de prueba con los tanques vacíos de fumigante, por lo cual Carlos Alberto y tú pudieron acompañarlo. El avioncito se encumbró hacia las nubes, giró en redondo, se precipitó en picada hacia el lote que iban a fumigar, voló a ras de tierra hacia un árbol frondoso que marcaba el lindero y cuando te hacías a la idea de que iban a estrellarse, subió y giró hacia la derecha. Al aterrizar casi no podías mantenerte en pie, por el mareo, el temblor en las rodillas y la emoción.
Luego te fuiste para El Espinal. Allí estaban los tíos Cristóbal y Candelaria. Habían dejado Ibagué (donde vivían) por recomendación médica. Cristóbal, que fumaba desaforadamente, había desarrollado enfisema pulmonar, lo asaltaban los más alarmantes ataques de tos y pasaba las noches acezando. (Todavía no se ofrecían tanques de oxígeno para uso doméstico). A la pobre tía no le alcanzaba el ánimo para ayudarle, para ir en busca de un médico o una droga, y para estar al tanto de tu visita. Además, el calor era insoportable. Entonces decidiste viajar a Bogotá. Esto no estaba en el programa, pero te parecía mejor que continuar en aquel ambiente enfermizo. El bus te dejó al medio día en San Victorino (no existían terminales de trasporte). Averiguaste que a las nueve de la noche salía otro para Medellín, compraste el boleto y te fuiste a caminar, sin rumbo, por esa ciudad inmensa y desconocida. Nadie te esperaba. No pensaste en un hotel; el dinero alcanzaba apenas para el regreso. Pero sentías una extraña seguridad, una libertad interior, un deseo de aventura. Deambulaste por la Plaza de Bolívar, la Candelaria y la Séptima. De repente, por puro azar, te encontraste frente a la vitrina de un almacén de instrumentos musicales. Allí estaban exhibidos guitarras, violines, contrabajos, flautas, saxofones y trompetas. También partituras y, al fondo, se veían los pianos. Era el llamado de un mundo feliz, iluminado por las estrellas que desde la primera edad identificabas con lo más elevado del género humano: Bach, Mozart, Beethoven… Tímidamente te asomaste por la puerta y un viejito amable, sin duda un extranjero, te invitó a entrar. Le dijiste que no ibas a comprar nada, que solo querías ver los instrumentos. Él respondió que no importaba, que él mismo iba a enseñártelos. Y así fue nombrándolos, haciéndolos sonar, explicando de dónde provenían y para qué tipo de obras se usaban. Cuando llegaron a las guitarras quedaste extasiado. Al tañer alguna pensaste que la armonía y sonoridad que de allí surgió no podía ser igualada por ningún otro. Regresaste a la calle convencido de que el viaje a Bogotá se había justificado. Por fin te dejaron abordar el bus y dormiste toda la noche acurrucado, transido de frío, aunque nimbado por ensoñaciones en las que te veías interpretando melodías en una guitarra dorada.
Las dos principales aficiones de tu padre fueron la filatelia y la fotografía. Al evocar estos recuerdos viene a la mente la figura de Marco Tulio Jiménez, un abogado que vivía en la Avenida la Playa. Cuando fuiste con tu padre a su casa no habían concluido las obras de la canalización en ese sector. Ya él estaba jubilado y se dedicaba a coleccionar estampillas. Fumaba y mantenía cajetillas de distintas marcas y calidades, que le permitían alternar el tabaco rubio con el negro. De hecho, es la única persona que conozco que podía fumar uno tras otro tal variedad de tabacos. Era flaco, alto, ceremonioso, serio, trascendental, siempre vestido de paño y corbata. En su casa los recibía en un salón penumbroso y con tu padre pasaba horas revisando álbumes de sellos, discutiendo precios y buscando referencias en inmensos catálogos traídos del extranjero. También hablaban de la situación política del país, de la Segunda Guerra Mundial y otros temas importantes; y nunca los oíste reír. Cuando murió, tu padre se sintió afectado porque lo consideraba uno de sus mejores amigos. Jorge continuó con la afición de los sellos, especialmente los de Colombia. De vez en cuando pasaba por la oficina de correos para adquirir las últimas emisiones y en ellas invertía un dinero que a lo mejor necesitaba para cosas más terrenales. Pero siempre tuvo fe en que su colección era un ahorro, una manera de formar un patrimonio que día a día se valorizaba. Cada dos años conseguía el último catálogo y se daba a la tarea –callada, paciente, exhaustiva y efímera– de valorar la colección, buscando sello tras sello en el catálogo y completando una enorme lista de códigos y precios. Al final sumaba. Quedaba satisfecho y orgulloso y le anunciaba a la familia el monto al que había llegado. Cuando murió, estaba seguro de que su tesoro era un buen legado para los hijos. Aspiraba a que alguno continuara la colección. Y en caso de que esto no sucediera, iba a ser sencillo sacarla a remate para obtener unos fondos importantes. Por desgracia nada sucedió. Los álbumes y demás utensilios filatélicos quedaron en algún cajón, acaso saqueados, reducidos a curiosidad de museo y por todos olvidados.
Su afición por la fotografía fue de toda la vida. Se preciaba de tener las mejores cámaras, de haber logrado excelentes tomas, de estar al día en las técnicas más novedosas. Estuvo suscrito a revistas especializadas y no perdía oportunidad de adquirir libros sobre el tema. También perteneció al Club Fotográfico de Medellín. En 1940, cuando viajó a Estados Unidos antes de su matrimonio, llevó su cámara y dejó un legado notable de más de doscientas fotos en blanco y negro. Algunas, ampliadas y enmarcadas, adornaron las paredes de la casa por décadas. Representaban el puente de Brooklyn, los edificios de la Feria Mundial, el Empire State Building y las Cataratas del Niágara. La técnica del color, sin embargo, solo tuvo difusión comercial en Colombia en la década de 1950, y Jorge comenzó a usarla con nostalgia del blanco y negro que, según decía, permitía desarrollos más artísticos. Cuando las circunstancias se lo permitían, compraba un aparato para medir la intensidad de la luz, un juego de lentes o cambiaba de cámara. El archivo fotográfico llegó a ser inmenso y los álbumes ocupaban una buena parte de la biblioteca. Allí quedó consignada la vida de la familia: bautizos, primeras comuniones, navidades, paseos por el campo; paisajes, ganado y cabalgatas en San Carlos; tu mamá presidiendo alguna reunión familiar; Cecilia adolescente vestida de española en su clase de baile y tocando castañuelas o en uniforme de colegio; Jorge Hernán y Gonzalo disfrutando de un baño en la quebrada o montando a caballo; Conny con sus amigas de la calle Argentina.
Por la época de Semana Santa las clases regulares en el colegio eran sustituidas por espacios de meditación y lectura. Era también la ocasión para invitar a algún conferencista externo. Ese año (estarías en cuarto o quinto), las inquietudes sexuales se habían convertido en asunto prioritario. Existía un problema de lenguaje o, mejor, de traducción: cuando los padres y maestros se veían obligados a explicar el coito, lo hacía en términos científicos y poéticos para guardar el decoro. Acudían a metáforas vegetales y se referían a los pétalos y sépalos, el estambre, el pistilo, los óvulos, el polen y la fecundación. Los muchachos quedaban en Babia. Esto, sin embargo, no les impedía a unos cuantos hacer alarde de las mayores y más fantasiosas proezas, para lo cual usaban la jerga callejera. La dificultad radicaba en que los muchachos no establecían las correspondencias entre uno y otro lenguaje. Aquella conferencia causó escándalo. La dio un médico. El rector le pidió que hablara sin rodeos. Así lo hizo y los primeros sorprendidos fueron los curas. Dijo que después de los quince años era normal que el joven visitara una casa de lenocinio, es decir, de putas. Allí los peligros no eran morales sino profilácticos, o, sea, de salud. Al encerrarse en una habitación con una mujer en pelota, venía la erección, es decir, el pene se endurecía. Para que no quedaran dudas, pene era lo mismo que chimbo, como lo llamaban en Antioquia, o verga, como le decían en la Costa. Luego procedió a explicar cómo se introducía el pene en la vagina, y agregó que vagina era lo mismo que chimba. Habló de la eyaculación y aconsejó dos prácticas que él consideraba esenciales: orinar de manera copiosa una vez terminado el acto, para que el chorro limpiara el conducto de la uretra evitando infecciones. Y, ya en la casa y antes de irse a dormir, lavarse el chimbo y las huevas con buena cantidad de agua y jabón, por el mismo motivo. Esto había que hacerlo lo más pronto posible, no dejarlo para el otro día. Se refirió con detalles de laboratorio a la gonorrea, el chancro, la sífilis y las “manetas” –esos insectos pequeñitos que se enquistan en el escroto, es decir, el forro de las huevas, explicó, y producen una rasquiña insoportable–. Terminó ofreciéndose para responder cualquier duda. Sobra decir que el auditorio, compuesto por tres sacerdotes y ochenta o más muchachos, permaneció en el más absoluto silencio. Y aquí, una observación final: el médico no habló del condón, que en esa época era costoso y no se había popularizado. Pero ya lo conocías. Un compañero mantenía uno usado en la billetera. Decía que no era sino lavarlo después de cada ocasión, y lo mostraba orgulloso como su mayor trofeo.
La violencia se había extendido por el país. El presidente Gómez, alegando motivos de salud, le entregó el poder a Roberto Urdaneta, su designado y hombre de confianza. Al ver que las cosas empeoraban, Gómez quiso regresar a la presidencia, pero los militares se lo impidieron, desconociéndolo como comandante y ofreciéndole respaldo a Urdaneta. Este, comprendiendo lo irregular de su situación, se negó a continuar en el cargo. Asumió el general Gustavo Rojas Pinilla –el 13 de junio de 1953–, lo que muchos calificaron de golpe de Estado. La situación era tan complicada que Rojas Pinilla (a quien sus enemigos llamaban Gurropín) recibió apoyo del expresidente Ospina, del propio Urdaneta, de otros políticos y de empresarios antioqueños. Una de las primeras medidas fue decretar una amnistía a los alzados en armas, que muchos acogieron, con lo cual finalizaba el período histórico denominado La Violencia. No todos se sometieron, sin embargo. En varias regiones siguieron delinquiendo y luego entraron a engrosar las filas de los nuevos grupos guerrilleros que empezaron a formarse después de 1960. Durante el gobierno de Rojas Pinilla ocurrió, además, uno de los episodios más tristes de la historia del país: el 7 de agosto de 1956, explotaron en Cali siete camiones del ejército que llevaban más de cuatro mil cajas de dinamita para la construcción de carreteras en Cundinamarca. Venían de Buenaventura. Media ciudad quedó destruida, murieron más de cuatro mil personas y doce mil quedaron heridas. Según parece, se trató de un accidente, aunque historiadores no han descartado un atentado político.
A medida que los acontecimientos se sucedían, a Jorge se le dificultaba encontrar recursos para sostener a la familia. Regina, sin duda, era la más afectada. Trataba de sortear el diario vivir mostrándoles a sus hijos, ya adolescentes, un rostro amable y soportando en la intimidad la más aguda decepción. Lloraba y se quejaba de soledad. Había perdido la amistad de sus hermanos. ¿Había sido correcta la decisión de iniciar el pleito? El daño en las relaciones familiares no había redundado en nada positivo. Pero no exteriorizaba sus sentimientos. Nunca le escuchaste una palabra de crítica o reclamo.
Hasta que un día el país vio una luz prometedora: las “fuerzas vivas” (en especial los industriales antioqueños agrupados en la ANDI, ahora en oposición al gobierno que habían apoyado) organizaron un paro nacional que obligó a Gurropín a abandonar el poder. Subió una Junta Militar de cinco miembros que convocó a elecciones, y se cocinó el pacto entre liberales y conservadores que vino a llamarse “Frente Nacional”. Alberto Lleras Camargo, un político liberal a quien tu padre admiró siempre, ganó las elecciones de 1958, fecha que también se recuerda porque las mujeres pudieron votar por primera vez en el país. Al presidente Alberto Lleras le siguió Guillermo León Valencia.
El ambiente cambió. La violencia amainó en San Carlos y Jorge regresó a Risaralda. Los problemas por hipotecas y préstamos se habían acumulado de tal forma que tuvo que liquidar la inversión. Entregó en pago una buena parte de las tierras y, con la ayuda de amigos y vecinos trajinó los bosques en busca de reses sobrevivientes de su antiguo hato. El resto de las tierras las canjeó por una finca de menor tamaño que ostentaba el pomposo nombre de “Hacienda Soná” (abreviatura de “Sonadora”, nombre antiguo de una quebrada de la región), en la confluencia de la San Blas con el río San Carlos, “a solo” dos horas a caballo del pueblo. A Soná llevaron el hato incipiente y contrató un nuevo crédito con la Caja Agraria. Por aquellos días se hablaba de la carretera a Nare y de una represa para generar energía en gran escala, ambos proyectos vecinos a la nueva propiedad.
Así renacía la fe en el futuro.
Entre tanto, tú te refugiabas en el cine. En Medellín había un buen número de teatros. Frecuentabas los de Buenos Aires, Colombia, Cuba, Avenida y Junín. Este último era el preferido. Cuando ibas con amigos se ubicaban en “gallinero”, porque allí la entrada era más barata y se podía hacer “recocha”, que consistía en gritar vulgaridades y arrojar escupitajos o colillas a la platea. Cuando ibas solo, preferías la platea, porque allí era fácil establecer relaciones con las muchachas. Los domingos, en “matinal”, pasaban cintas de Dean Martin y Jerry Lewis, Abbott y Costello y Walt Disney. En las tardes asistían a “matinée”. La lista de estrellas se había enriquecido con nombres como Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, John Wayne, Elizabeth Taylor, Ava Gardner, Rita Hayworth y la perra Lassie. Las cintas más apetecidas eran las “para mayores de dieciocho” o las que aparecían como “prohibidas” en la censura que publicaba El Colombiano. Una prohibida que causó escándalo entre los adultos y enorme placer entre los jóvenes fue Deshojando la margarita, con Brigitte Bardot, que viste en el teatro Cuba, donde el portero dejaba pasar menores de edad a cambio propinas.
A los quince años leías novelas de vaqueros y de guerra que intercambiabas con amigos; novelas policíacas de Agatha Christie y Georges Simenon –que tu padre tenía por decenas–. En un viaje a Buga encontraste en casa de tus tíos unos libros viejos firmados por tu padre. Algunos tenían las pastas calcinadas, nunca supiste bajo qué circunstancias, y esto les daba cierto misterio. Dos en particular te llamaron la atención, Edipo Rey, de Sófocles, y La interpretación de los sueños, de Freud. Entendiste algo que ya intuías: el sexo no era fuente de pecado, como decían los curas, sino el impulso de vida más auténtico. Esa revelación te llevó a otras obras: Alfred Adler y Wilhelm Stekel (que encontraste en el nochero de tu padre) al igual que el resto de la tragedia griega.
Por un tiempo vivieron en la carrera Brasil. En la terraza había una habitación espaciosa, pero sin terminar. Las escalas –descubiertas al cielo– y el piso de la habitación eran de cemento burdo; las paredes estaban con los ladrillos a la vista y faltaba el vidrio en alguna ventana. Tu madre usaba el lugar para guardar muebles viejos. Pero esos detalles no te impidieron solicitar permiso para mover allí tu cama y estudio. La solicitud fue acogida porque la familia se sentía estrecha y tú compartías un cuarto con uno de los hermanos. Así encontraste la soledad que buscabas. Nadie subía a visitarte, podías escuchar la radio en la emisora que te diera la gana y, sobre todo, leer hasta altas horas y sin molestar a nadie, los libros que por entonces te interesaban: El discurso del método, de Descartes, y La casa de los muertos, de Dostoievski.
Era enorme la sed de conocimiento y fantasía. Pretendías saciarla en el cine y la lectura; pretendías responder las preguntas que la vida cotidiana te suscitaba. Allá, en la fantasía, las cosas tenían un comienzo, un desarrollo y un final. Alcanzaban sentido y razón. Cada individuo llevaba su propia historia y la vida fluía hacia un universo armónico. Aquí, en la realidad, solo veías caos; nada parecía comenzar, los desarrollos eran desordenados y la tragedia acechaba a cada paso. ¿Cuál era tu historia? Estabas perplejo, inerme y solitario. Vacío en tu interior y como asustado frente al entorno. La realidad carecía del más mínimo sentido.
Por aquella época empezó a celebrarse la Feria de las Flores que, desde el comienzo, recibió la oposición de las autoridades eclesiásticas. Se trataba de entronizar viejas costumbres y tradiciones: los silleteros, los mercados de flores en los barrios, los jardines. Medellín era “la ciudad de la eterna primavera”, “la tacita de plata”, y se hacía necesario celebrarlo, para lo cual organizaron (en mayo) exposiciones, desfiles, tablados con orquestas y demás espectáculos. La Iglesia se oponía porque no se hacía homenaje especial a ningún santo, no se celebraban liturgias ni procesiones ni otras ceremonias religiosas. Se trataba de “un goce pagano” y los curas bramaban desde los púlpitos y alertaban a los feligreses sobre los peligros morales y físicos que el evento iba a traerle a la ciudadanía.
También se celebraba (con más aceptación por parte de las autoridades eclesiásticas) “la retreta dominical” de la banda de la Universidad de Antioquia, dirigida por el maestro checo Joseph Matza. Tenía lugar en el Parque de Bolívar a la salida de la misa de once, frente al teatro Lido y las cafeterías Sayonara y San Francisco. Rara vez dejabas de asistir; y, cuando el bolsillo lo permitía, ibas a los conciertos organizados por la Asociación Pro Música en el Lido. Allí escuchaste a Claudio Arrau, Yehudi Menuhin, Jascha Heifetz y otros músicos extranjeros. También a artistas locales como Harold Martina, Teresita Gómez y Blanca Uribe. Rafael Vega Bustamante, cuñado de tu padre, mantenía a disposición de los clientes una extensa sección de discos importados en la Librería Continental y escribía los textos para los programas de mano y reseñas para los periódicos. En ese ambiente sobresalía la figura de Diego Echavarría Misas. Era de público conocimiento su generosidad para el patrocinio de artistas y eventos. Llegaba en compañía de su esposa alemana Benedikta, Dita, y su hija Isolda en un Packard antiguo conducido por chofer de librea. A Diego, Dita e Isolda los veías como figuras paradigmáticas y no sospechabas que un tiempo después iban a tener papel importante en tu vida.




