- -
- 100%
- +
1. Pretérito Perfecto
Формула: haber в настоящем времени + participio: he hablado, has comido, ha vivido, hemos visto. Используем, когда период времени ещё не закончился или событие важно для настоящего момента. Частые маркеры: hoy, esta semana, este mes, este año, ya, todavía no, nunca.
Ejemplos: Hoy Clara ha visto una foto de Daniel. Esta semana ha vuelto a la universidad. Lucía ya ha hablado con Clara.
2. Pretérito Indefinido
Используем для законченного действия в завершённый период прошлого. Частые маркеры: ayer, anoche, el año pasado, en junio, hace dos días. У правильных глаголов: hablar → hablé, hablaste, habló; comer → comí, comiste, comió; vivir → viví, viviste, vivió.
Ejemplos: Clara y Daniel terminaron en junio. El verano pasado Clara trabajó en una cafetería. Ayer Marta volvió a Salamanca.
3. Сравнение
Сравните: Esta semana Clara ha pensado mucho en Daniel. Здесь неделя ещё продолжается. En agosto Clara pensó mucho en Daniel. Август уже закончился. На уровне A2-B1 важно сначала смотреть не на само действие, а на временной период, в котором оно происходит.
Ejercicios de gramática
Ejercicio 1. Elige el tiempo correcto
1. Hoy Clara ______ una foto de Daniel. (ha visto / vio)
2. Clara y Daniel ______ en junio. (han terminado / terminaron)
3. Este lunes Clara ______ a la universidad. (ha vuelto / volvió el año pasado)
4. El verano pasado Clara ______ en una cafetería. (ha trabajado / trabajó)
5. Esta tarde sus amigas ______ una idea. (han propuesto / propusieron en 2024)
6. Ayer Marta ______ al piso. (ha vuelto / volvió)
7. Este mes Clara ______ una nueva etapa. (ha empezado / empezó en 2020)
8. En agosto Clara ______ dos invitaciones. (ha rechazado / rechazó)
Ejercicio 2. Completa con Pretérito Perfecto o Pretérito Indefinido
1. Hoy Lucía ______ (enseñar) una fotografía a Clara.
2. Clara y Daniel ______ (romper) en junio.
3. Este verano Clara ______ (leer) seis novelas.
4. El año pasado Clara ______ (llegar) a Salamanca.
5. Esta tarde Marta ______ (escribir) una lista.
6. Ayer Leo ______ (hablar) con Marta.
7. Esta semana Clara ______ (decidir) probar algo nuevo.
8. En julio Clara ______ (trabajar) algunas semanas en una cafetería.
Ejercicio 3. Corrige el error
1. Hoy Clara vio una foto y todavía piensa en ella.
2. En junio Clara ha terminado con Daniel.
3. El año pasado ha llegado a Salamanca.
4. Esta semana Clara escribió una lista y la semana todavía no ha terminado.
5. Ayer sus amigas han cenado juntas.
6. Este mes Clara empezó un nuevo curso y el mes todavía continúa.
Ejercicio 4. Traduce al español
1. Сегодня Клара узнала о новой девушке Даниэля.
2. Клара и Даниэль расстались в июне.
3. На этой неделе Клара вернулась в университет.
4. Прошлым летом она работала в кафе.
5. Сегодня её подруги придумали необычный план.
6. В августе Клара отказалась от двух приглашений.
7. В этом месяце она решила знакомиться с новыми людьми.
8. Вчера Лео пришёл за конспектами.
Respuestas. Gramática
Ejercicio 1: 1. ha visto; 2. terminaron; 3. ha vuelto; 4. trabajó; 5. han propuesto; 6. volvió; 7. ha empezado; 8. rechazó.
Ejercicio 2: 1. ha enseñado; 2. rompieron; 3. ha leído; 4. llegó; 5. ha escrito; 6. habló; 7. ha decidido; 8. trabajó.
Ejercicio 3: 1. Hoy Clara ha visto una foto y todavía piensa en ella. 2. En junio Clara terminó con Daniel. 3. El año pasado llegó a Salamanca. 4. Esta semana Clara ha escrito una lista y la semana todavía no ha terminado. 5. Ayer sus amigas cenaron juntas. 6. Este mes Clara ha empezado un nuevo curso y el mes todavía continúa.
Ejercicio 4: 1. Hoy Clara se ha enterado de la nueva novia de Daniel. 2. Clara y Daniel terminaron en junio. 3. Esta semana Clara ha vuelto a la universidad. 4. El verano pasado trabajó en una cafetería. 5. Hoy sus amigas han inventado un plan poco común. 6. En agosto Clara rechazó dos invitaciones. 7. Este mes ha decidido conocer a gente nueva. 8. Ayer Leo vino a recoger los apuntes.
Fin del capítulo 1
Capítulo 2. El chico perfecto
Vocabulario del capítulo
llegar puntual — приходить вовремя
la terraza — терраса кафе
causar buena impresión — произвести хорошее впечатление
hacer una pregunta — задать вопрос
hablar de uno mismo — говорить о себе
interrumpir — перебивать
presumir de — хвастаться
prestar atención — обращать внимание
tener algo en común — иметь что-то общее
sentirse incómodo / incómoda — чувствовать себя неловко
quedarse en silencio — замолчать
cambiar de opinión — изменить мнение
despedirse — прощаться
darse cuenta de — осознать, заметить
olvidarse de — забыть о
Capítulo 2. El chico perfecto
El miércoles llegó demasiado rápido. Clara había pasado el martes fingiendo que la cita con Álvaro no tenía ninguna importancia, pero el miércoles a las cuatro de la tarde estaba delante de su armario con tres camisetas sobre la cama y una expresión de absoluta desesperación. La ventana de su habitación estaba abierta. Entraba una brisa templada que movía ligeramente las cortinas y traía el ruido de la calle. Septiembre seguía pareciendo una continuación amable del verano: el cielo estaba limpio, las terrazas continuaban llenas y los árboles apenas empezaban a mostrar algunas hojas amarillas entre el verde. Clara se miró en el espejo. Llevaba el pelo negro suelto, con ondas suaves en las puntas. Había probado una blusa blanca, después una camiseta negra y finalmente una camisa color terracota que Lucía había dejado sobre su cama sin pedir permiso. La camisa le gustaba, pero admitirlo significaba reconocer que su amiga tenía razón, algo que Clara intentaba evitar siempre que era posible.
—La terracota —dijo Lucía desde la puerta.
—No te he preguntado.
—Pero necesitas ayuda.
—Necesito que salgas de mi habitación.
—También necesitas pendientes.
—Lucía.
—Los pequeños dorados. Ya me voy.
Lucía desapareció y volvió treinta segundos después con los pendientes. Clara terminó poniéndoselos. A las cinco y media, Marta llegó de clase y se unió a la operación. Las dos amigas trataban la primera cita como si estuvieran preparando a una atleta antes de una competición importante. Clara recordó que la idea del experimento era precisamente dejar de convertir cada encuentro en un acontecimiento enorme. A las cinco y cuarenta y cinco guardó el teléfono, las llaves y un pequeño monedero en el bolso. Álvaro había elegido una cafetería cerca de la Plaza Mayor. Clara conocía el lugar. Tenía mesas pequeñas en una calle peatonal, plantas junto a las ventanas y una terraza que por las tardes recibía la última luz del sol. Era un sitio bonito, pero no demasiado romántico. Perfecto para una primera cita que, según las reglas, solo tenía que ser una conversación con alguien nuevo.
—Recuerda —dijo Marta—, no tienes que gustarle.
—Lo sé.
—Y él tampoco tiene que gustarte.
—También lo sé.
—Y no investigues a su familia durante el camino.
—Eso pasó una sola vez.
—Ayer —dijo Lucía.
Clara salió del piso antes de que pudieran darle más consejos. Caminó hacia el centro intentando no mirar el teléfono cada treinta segundos. Las calles estaban llenas de estudiantes. En una esquina, un grupo compartía patatas fritas sobre el capó de un coche. Cerca de una librería, una pareja discutía sobre qué película ver. Las fachadas doradas de Salamanca reflejaban la luz de la tarde y hacían que todo pareciera más bonito de lo normal. Clara decidió que, si la cita era horrible, al menos el paseo habría valido la pena. Llegó a las cinco y cincuenta y siete. Álvaro ya estaba allí. Eso fue lo primero que le gustó. Estaba de pie junto a una mesa de la terraza, con una camisa azul clara, pantalones oscuros y el pelo perfectamente colocado. En las fotografías parecía atractivo; en persona, incluso más. Cuando vio a Clara, sonrió y levantó una mano.
—Clara.
—Álvaro.
—Has llegado puntual.
—Tú también.
—Siempre llego antes.
—Yo normalmente llego exactamente a tiempo.
—Entonces hoy los dos hemos tenido éxito.
Se sentaron. Durante los primeros minutos todo fue sorprendentemente fácil. Álvaro preguntó si había encontrado bien el sitio y explicó que iba allí desde el curso anterior. Clara pidió café con hielo y él una limonada. Hablaron del comienzo de las clases, de profesores y de lo extraño que era volver a estudiar después del verano. Clara empezó a relajarse. Quizá Lucía y Marta habían tenido una idea menos absurda de lo que parecía. Álvaro estudiaba Derecho y quería trabajar en una empresa internacional. Hablaba con seguridad y tenía una forma clara de explicar las cosas. Cuando Clara mencionó que estudiaba Historia, él dijo que siempre le había interesado, especialmente la historia política. Aquello parecía un punto en común. Clara estaba a punto de preguntarle qué periodo le gustaba más cuando Álvaro continuó hablando.
—Mi padre dice que Derecho me va muy bien porque siempre he sabido discutir.
—Eso puede ser útil.
—Muchísimo. En el colegio participé en debates. Gané tres competiciones.
—Ah, qué bien.
—Una fue regional. La final fue bastante difícil porque el otro equipo era muy bueno, pero yo preparé casi toda nuestra estrategia.
Clara sonrió y bebió café. Álvaro empezó a contar la historia completa de aquella competición. Después habló de otra. Luego explicó que también había jugado al tenis durante ocho años. Clara hizo dos preguntas sobre el deporte y recibió una descripción detallada de sus entrenamientos, sus torneos y una lesión de muñeca que había tenido a los dieciséis años. Al principio no le molestó. Era normal hablar de uno mismo en una primera cita. Además, Álvaro contaba las cosas con energía y no parecía nervioso. El problema apareció después de veinte minutos, cuando Clara se dio cuenta de que él todavía no le había hecho una sola pregunta real. Había preguntado si había encontrado el café y qué quería beber. Nada más.
Decidió hacer una pequeña prueba. Cuando Álvaro terminó una historia sobre un torneo en Valladolid, Clara mencionó que ella también había practicado un deporte durante varios años.
—Yo hice natación casi seis años.
—Qué bien. Yo probé natación un verano, pero me aburría porque prefiero deportes competitivos. En tenis tienes a otra persona delante y eso cambia todo.
—Sí, claro.
—Además, siempre he sido muy competitivo. Mi entrenador decía que ese era mi mejor defecto.
Clara esperó. Álvaro no preguntó por qué había dejado la natación, si competía o si le gustaba. En menos de diez segundos la conversación había vuelto a él. Clara miró su vaso y escondió una sonrisa. No estaba enfadada todavía. La situación empezaba a parecerle un experimento dentro del experimento. Intentó otra vez. Comentó que había trabajado en una cafetería durante el verano. Álvaro respondió que él nunca había tenido un trabajo así porque había pasado julio viajando con sus padres por Italia. Entonces sacó el teléfono y empezó a enseñarle fotografías de Roma, Florencia y Venecia. Las imágenes eran bonitas. Clara vio edificios, platos de pasta, una playa y aproximadamente quince fotografías de Álvaro delante de diferentes monumentos.
—Esta es Florencia.
—Sí, la reconozco.
—La luz era increíble. Hice muchas fotos.
—Veo que sí.
—Tengo casi mil.
—Espero que no vayamos a verlas todas.
—No, tranquila. Solo las mejores.
Clara no supo si estaba bromeando. Durante los siguientes siete minutos vio veintitrés fotografías. A las seis y cuarenta, la camarera se acercó para preguntar si querían algo más. Clara pidió agua. Álvaro pidió otro café y, mientras la camarera se alejaba, empezó a explicar que había dejado de beber café por las tardes durante un mes porque afectaba a su sueño, pero que después descubrió una técnica de respiración que le ayudaba a dormir. Clara escuchó la explicación completa de la técnica. La cita no era horrible. Eso era casi lo peor. Álvaro era educado. No decía nada ofensivo. No miraba el teléfono mientras Clara hablaba porque Clara apenas hablaba. Sonreía, pagaba atención a sus propias historias y parecía sinceramente convencido de que estaban teniendo una conversación excelente.
Clara empezó a contar mentalmente las preguntas que él le hacía. A las siete llevaba cuatro: qué quería beber, si conocía el café, si tenía frío y si quería compartir una tarta. Ninguna tenía relación con su vida, sus gustos o sus ideas. Cuando llegó la tarta, Álvaro habló de comida. Su madre cocinaba muy bien. Su padre hacía una paella excelente. Él sabía preparar pasta, tortilla y una receta de pollo que había aprendido en Italia. Clara decidió intervenir antes de escuchar la historia completa del pollo.
—¿Qué buscas en una cita? —preguntó ella.
—¿Cómo?
—Qué esperas cuando conoces a alguien.
—Buena pregunta. Creo que una persona interesante, con sentido del humor, que tenga sus propios planes. Me aburren las personas que no tienen nada que contar.
—Entiendo.
Clara tuvo que morderse el interior de la mejilla para no reírse. Álvaro continuó explicando qué tipo de personalidad le atraía. Quería alguien independiente, espontáneo y curioso. También prefería personas a las que les gustara viajar. Clara se preguntó si, en algún momento, iba a comprobar si ella tenía alguna de esas características. Entonces ocurrió algo que convirtió la cita en una historia que sabía que Lucía y Marta disfrutarían durante semanas. Álvaro apoyó los brazos sobre la mesa y sonrió.
—Creo que tenemos bastante en común.
—¿Sí?
—Sí. La conversación ha sido muy fácil.
—Ha sido fácil para ti.
—¿Qué quieres decir?
Clara lo miró. Podía fingir que no pasaba nada y terminar la cita con educación. Sin embargo, una de las razones por las que había aceptado el experimento era aprender a comportarse de una forma diferente. No quería seguir sonriendo automáticamente cuando algo le molestaba.
—Que llevamos más de una hora aquí y casi no sabes nada de mí.
—Claro que sé cosas.
—¿Qué cosas?
Álvaro abrió la boca y se quedó en silencio. Clara esperó. Él miró la mesa como si las respuestas pudieran estar escritas junto al plato.
—Estudias Historia.
—Eso te lo dije en los primeros cinco minutos.
—Trabajaste este verano.
—Sí.
—Y... te gusta el café.
—Estoy bebiendo café.
—Exacto.
Clara empezó a reírse. Intentó detenerse porque no quería humillarlo, pero la expresión de Álvaro era tan sinceramente confundida que resultaba imposible. Después de unos segundos, él también sonrió.
—Vale. Creo que he hablado demasiado.
—Un poco.
—¿Mucho?
—Sé el nombre de tu entrenador de tenis de cuando tenías quince años.
—Roberto.
—Lo sé, Álvaro. Ese es el problema.
Por primera vez en toda la tarde, Álvaro pareció avergonzado. Se pasó una mano por el pelo y miró hacia la calle.
—Lo siento. Cuando estoy nervioso hablo mucho.
—¿Estabas nervioso?
—Muchísimo.
—No lo parecía.
—Ese es mi talento.
—Pensaba que tu talento era discutir.
—Ese es el segundo.
Aquello cambió un poco la impresión de Clara. De repente, el chico perfecto y seguro parecía simplemente un joven de veinte años intentando causar buena impresión y haciéndolo de la peor manera posible. No se convirtió mágicamente en el hombre de sus sueños, pero dejó de irritarla. Durante los siguientes veinte minutos, Álvaro hizo un esfuerzo evidente por preguntar. Quiso saber por qué Clara había elegido Historia, qué libro estaba leyendo y qué había hecho durante las vacaciones. A veces interrumpía sin querer y tenía que detenerse. Clara descubrió que él podía escuchar, aunque claramente necesitaba práctica. Cuando hablaron de libros, encontraron un punto en común real: los dos odiaban que alguien revelara el final de una historia. Álvaro contó que su hermana había arruinado para él el final de una serie y Clara respondió con una experiencia parecida. Por primera vez, la conversación fue de los dos. No había química romántica, pero al menos Clara dejó de sentir que estaba viendo un documental titulado La vida de Álvaro.
A las siete y media decidieron marcharse. Álvaro insistió en pagar su café. Clara pagó el suyo. Él no discutió, lo que le dio un punto a favor después de una tarde bastante irregular. Caminaron juntos hasta la esquina de la Plaza Mayor.
—Gracias por decirme lo de hablar demasiado —dijo Álvaro.
—Espero no haber sido desagradable.
—No. Mi hermana me lo dice siempre, pero pensaba que exageraba.
—Tu hermana parece una mujer inteligente.
—No voy a decírselo.
—Como quieras.
Álvaro sonrió. Hubo una pausa que normalmente habría sido incómoda, pero Clara ya sabía que no quería una segunda cita. No necesitaba inventar una excusa ni dejar una puerta abierta por educación.
—Me ha gustado conocerte —dijo él.
—A mí también.
—¿Repetimos algún día?
Clara respiró. Antes de junio habría dicho “sí, claro” y después habría buscado una manera de cancelar. Aquella tarde decidió probar otra cosa.
—Creo que no como cita.
—Ah.
—Pero me has caído bien. Y ahora sé demasiado sobre tu tenis como para desaparecer completamente.
—Es justo.
—Además, quiero saber si Roberto sigue siendo tu entrenador.
—No lo es desde hace cuatro años.
—Entonces ya tengo información inútil para toda la vida.
Álvaro se rio y se despidieron con un abrazo breve. Clara siguió caminando sola. El sol ya estaba bajo y la piedra de los edificios tenía un tono naranja intenso. Las mesas de las terrazas empezaban a llenarse para la cena. Ella se sentía extrañamente ligera. La cita no había sido un éxito romántico, pero tampoco había sido un fracaso. Había conocido a alguien, había pasado una hora y media fuera de su rutina y, lo más importante, había dicho lo que pensaba sin convertirlo en un drama. Tal vez el experimento sí tenía sentido. Sacó el teléfono para escribir al grupo del piso. Antes de hacerlo, vio a alguien conocido al otro lado de la calle. Leo estaba saliendo de una papelería con un tubo grande de cartón bajo el brazo. Llevaba una camiseta blanca y una chaqueta verde oliva, y el pelo rubio estaba más desordenado que el lunes.
Clara consideró seguir caminando. Después recordó su comentario sobre el desastre y decidió que no iba a darle la satisfacción de pensar que la primera cita había terminado mal.
—¡Leo!
Él levantó la cabeza, la reconoció y cruzó la calle.
—La chica de las quince citas.
—Tengo nombre.
—Clara, la chica de las quince citas.
—Mucho mejor.
—¿Ya ha sido la primera?
—Sí.
—¿Y?
Clara intentó responder con una frase sencilla. No pudo.
—Sé que empezó a jugar al tenis a los ocho años, que su entrenador se llamaba Roberto, que ganó tres competiciones de debate, que estuvo en Italia este verano, que su padre hace paella y que una vez se lesionó la muñeca en Valladolid.
—Parece una cita muy informativa.
—Muchísimo.
—¿Y él qué sabe de ti?
Clara se quedó quieta. Leo había hecho exactamente la pregunta correcta.
—Que estudio Historia.
—Bien.
—Que trabajé en verano.
—Dos cosas.
—Y que me gusta el café.
—Tres. Esto va mejor de lo que esperaba.
Clara lo miró con falsa indignación.
—Al final mejoró.
—¿Le has dado una segunda cita?
—No.
—Entonces no mejoró tanto.
—No todo tiene que acabar en otra cita.
—Eso es sorprendentemente sensato para alguien con una lista de quince.
—¿Vas a burlarte de esto todo el otoño?
—Probablemente.
Empezaron a caminar en la misma dirección. Leo tenía que volver a la facultad para dejar unos materiales y Clara iba hacia su piso. Durante unos minutos hablaron de cosas normales. Él explicó que el tubo contenía planos para una entrega. Clara preguntó por su proyecto y Leo respondió en menos de un minuto. Después le preguntó cómo había sido su primer día de clases. Clara notó el contraste inmediatamente. Era una pregunta pequeña, pero después de noventa minutos con Álvaro casi parecía un gesto extraordinario.
—Bien. Historia Contemporánea a primera hora.
—¿Te gusta?
—Sí, aunque el profesor habla como si tuviera miedo de quedarse sin tiempo.
—¿Muy rápido?
—Muchísimo. Hoy he escrito cuatro páginas y solo entendí tres.
—Eso parece eficiente.
—No para mis apuntes.
Leo se rio. Llegaron a una esquina donde debían separarse. Clara se dio cuenta de que la conversación había durado apenas seis minutos y, aun así, Leo sabía más sobre su día que Álvaro después de una hora.
—Entonces, ¿cómo se llama? —preguntó Leo.
—¿Quién?
—El chico perfecto.
—Álvaro.
—Bien. Pensaba que después de escuchar tantas historias sobre él habías olvidado su nombre.
—No soy tan terrible.
—Todavía quedan catorce oportunidades.
Clara levantó una mano para despedirse.
—Hasta luego, Leo.
—Hasta luego, Clara. Suerte con el número dos.
—No necesito suerte.
—Eso también lo veremos.
Cuando llegó al piso, encontró a Lucía y Marta sentadas en la cocina con una bolsa de palomitas en el centro de la mesa. La hoja naranja seguía pegada a la nevera. Habían añadido debajo del título una nueva sección: “Informe oficial”.
—No pienso rellenar eso —dijo Clara.
—Siéntate —ordenó Marta.
—¿Cuánto duró? —preguntó Lucía.
—Una hora y media.
—Eso es bueno.
—Depende de quién habla durante esa hora y media.
Clara contó la historia completa. Cuando llegó a las veintitrés fotografías de Italia, Lucía empezó a reírse. Cuando explicó la conversación sobre Roberto, Marta casi dejó caer las palomitas. Sin embargo, ambas se sorprendieron cuando Clara contó que había dicho directamente que no quería una segunda cita.
—Estoy orgullosa —dijo Marta.
—Gracias.
—Hace tres meses habrías aceptado otra cita por no ser borde.
—Probablemente.
—Entonces el experimento ya funciona —dijo Lucía.
—Ha pasado una cita.
—Exactamente. Eficiencia máxima.
Marta tomó el bolígrafo y escribió junto al número uno: “Álvaro. Guapo. Educado. Habla demasiado. Roberto, entrenador de tenis”. Clara protestó por la última parte, pero Lucía dijo que era información histórica y, por tanto, apropiada para una estudiante de Historia. Después Marta hizo la pregunta que Clara esperaba.
—¿Nota del uno al diez?
—No vamos a poner notas a personas.
—Nota de la cita, no de la persona.
—Seis.
—¿Seis? —preguntó Lucía—. Parecía un cuatro.
—Mejoró al final.
—Entonces seis.
—Y no quiero que escribáis “seis” en la nevera.
—Demasiado tarde.
Clara intentó quitarle el bolígrafo, pero Marta se apartó. La cocina se llenó de risas y, por primera vez desde que habían inventado el plan, Clara sintió verdadero entusiasmo por continuar. No porque esperara encontrar al chico perfecto en la siguiente cita. Precisamente lo contrario. Había descubierto que una cita podía salir regular y aun así convertirse en una buena tarde. Más tarde, mientras se lavaba los dientes, recibió un mensaje de Álvaro: “Gracias por hoy. Y gracias por ser sincera. La próxima vez intentaré hacer más preguntas”. Clara respondió con una cara sonriente y deseó que le fuera bien. Después guardó el teléfono. En la cama pensó brevemente en la conversación. Álvaro había parecido perfecto durante los primeros diez minutos: puntual, guapo, seguro, educado y con planes claros. Sin embargo, una persona no era una lista de cualidades. La forma en que hacía sentir a los demás importaba más que una camisa bonita o tres competiciones ganadas.
También pensó, sin querer, en Leo. Había hablado con él seis minutos y él le había hecho cuatro preguntas. Clara decidió que la comparación era injusta. Leo no estaba en una cita. No estaba nervioso. Además, era simplemente el amigo de Marta que disfrutaba burlándose de su experimento. Se giró hacia la pared y cerró los ojos. En la cocina quedaban catorce líneas vacías. La primera ya tenía una historia, una nota y el nombre de un entrenador de tenis que Clara probablemente recordaría durante años. La cita número uno había terminado. Y, contra todo pronóstico, Clara tenía ganas de descubrir qué podía salir mal en la número dos.




