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2. Lleva un pequeño ______ en el bolso.
3. Un fuerte ______ empieza durante el paseo.
4. Clara y Marcos tienen que ______ delante de una tienda.
5. Esperan debajo de un ______ rojo.
6. Marcos casi ______ al saltar un charco.
7. Llegan ______ a la cafetería.
8. Cuando la lluvia ______, salen otra vez.
9. Leo ______ a Clara hasta su portal.
10. Clara intenta no ______ más, pero vuelve a llover.
Ejercicio 3. Verdadero o falso
1. Clara cree por la mañana que no va a llover.
2. Marcos recuerda llevar su paraguas.
3. El paraguas de Clara se rompe por el viento.
4. Marcos cae completamente al suelo.
5. Clara y Marcos entran en una cafetería.
6. Clara decide que nunca quiere volver a ver a Marcos.
7. Leo aparece con un paraguas grande.
8. Clara cuenta a sus amigas que compartió paraguas con Leo.
Respuestas. Vocabulario
Ejercicio 1: 1-d, 2-a, 3-g, 4-f, 5-b, 6-j, 7-h, 8-i, 9-c, 10-e.
Ejercicio 2: 1. pronóstico; 2. paraguas; 3. chaparrón; 4. refugiarse; 5. toldo; 6. resbala; 7. empapados; 8. escampa; 9. acompaña; 10. mojarse.
Ejercicio 3: 1. Verdadero; 2. Falso; 3. Verdadero; 4. Falso; 5. Verdadero; 6. Falso; 7. Verdadero; 8. Verdadero.
Gramática. Estar + gerundio y acciones en progreso
В этой главе повторяем конструкцию estar + gerundio. Она нужна, когда действие происходит прямо сейчас или находилось в процессе в определённый момент.
1. Образование gerundio
Глаголы на -ar получают окончание -ando: hablar → hablando, caminar → caminando. Глаголы на -er и -ir получают -iendo: comer → comiendo, vivir → viviendo. Некоторые формы неправильные: leer → leyendo, dormir → durmiendo, pedir → pidiendo.
2. Presente: estar + gerundio
Используем для действия, которое происходит сейчас: Está lloviendo. Clara está caminando con Marcos. Los camareros están recogiendo las mesas.
3. Imperfecto: estar + gerundio
Для действия, которое было в процессе в определённый момент прошлого, используем estaba / estabas / estaba / estábamos / estabais / estaban + gerundio: Clara estaba caminando cuando empezó a llover. Marcos estaba hablando cuando llegó la camarera.
4. Два действия в прошлом
Очень полезная модель уровня A2-B1: действие в процессе выражаем Imperfecto или estaba + gerundio, а короткое событие, которое его прерывает, часто ставим в Pretérito Indefinido. Ejemplo: Estaban caminando cuando se rompió el paraguas.
Ejercicios de gramática
Ejercicio 1. Forma el gerundio
1. hablar → ______
2. caminar → ______
3. comer → ______
4. vivir → ______
5. leer → ______
6. dormir → ______
7. pedir → ______
8. llover → ______
Ejercicio 2. Completa con estar + gerundio
1. Ahora ______ (llover).
2. Clara y Marcos ______ (caminar) por Salamanca.
3. Los camareros ______ (recoger) las mesas.
4. Clara ______ (intentar) arreglar el paraguas.
5. Marcos ______ (reírse) de la situación.
6. Leo ______ (volver) a casa con un paraguas grande.
Ejercicio 3. Elige entre acción en progreso y acción puntual
1. Clara ______ (caminar) con Marcos cuando ______ (empezar) a llover.
2. Ellos ______ (buscar) una cafetería cuando Marcos ______ (resbalar).
3. Clara ______ (beber) chocolate cuando la lluvia ______ (perder) fuerza.
4. Leo ______ (volver) a casa cuando ______ (ver) a Clara.
5. Lucía y Marta ______ (esperar) en el piso cuando Clara ______ (llegar).
Ejercicio 4. Traduce al español
1. Сейчас идёт дождь.
2. Клара и Маркос гуляют по городу.
3. Они гуляли, когда начался ливень.
4. Клара пыталась починить зонт, когда Маркос засмеялся.
5. Лео шёл домой, когда увидел Клару.
6. Подруги ждали Клару дома.
7. Официанты убирали столики, когда дождь усилился.
8. Маркос пил чай, а Клара пила горячий шоколад.
Respuestas. Gramática
Ejercicio 1: 1. hablando; 2. caminando; 3. comiendo; 4. viviendo; 5. leyendo; 6. durmiendo; 7. pidiendo; 8. lloviendo.
Ejercicio 2: 1. está lloviendo; 2. están caminando; 3. están recogiendo; 4. está intentando; 5. se está riendo / está riéndose; 6. está volviendo.
Ejercicio 3: 1. estaban caminando, empezó; 2. estaban buscando, resbaló; 3. estaba bebiendo, perdió; 4. estaba volviendo, vio; 5. estaban esperando, llegó.
Ejercicio 4: 1. Ahora está lloviendo. 2. Clara y Marcos están caminando por la ciudad. 3. Estaban caminando cuando empezó el chaparrón. 4. Clara estaba intentando arreglar el paraguas cuando Marcos se rio. 5. Leo estaba volviendo a casa cuando vio a Clara. 6. Sus amigas estaban esperando a Clara en casa. 7. Los camareros estaban recogiendo las mesas cuando la lluvia se hizo más fuerte. 8. Marcos estaba bebiendo té y Clara estaba bebiendo chocolate caliente.
Fin del capítulo 3
Capítulo 4. Mi madre ya lo sabe
Vocabulario del capítulo
una cita a ciegas — свидание вслепую
presentar a alguien — познакомить кого-либо
conocer de vista — знать в лицо
tener confianza — чувствовать себя свободно, доверять
hacer una buena pareja — быть хорошей парой
la coincidencia — совпадение
sospechar — подозревать
meterse en la vida de alguien — вмешиваться в чью-либо жизнь
ponerse nervioso / nerviosa — нервничать
disimular — скрывать, делать вид
mandar un mensaje — отправить сообщение
dar vergüenza — смущать
llevarse bien — хорошо ладить
hacer de casamentero / casamentera — сводить людей
guardar un secreto — хранить секрет
Capítulo 4. Mi madre ya lo sabe
El lunes siguiente, Clara descubrió que había algo peor que una cita que salía mal: una cita organizada por una amiga que se negaba a explicar de dónde había sacado al candidato. Lucía llevaba desde el desayuno sonriendo de una manera sospechosa. Cada vez que Clara preguntaba por qué, ella respondía que no pasaba nada y cambiaba de tema con una rapidez que solo aumentaba las sospechas. La hoja naranja de la nevera ya tenía dos historias. Junto al nombre de Álvaro aparecía la frase “habla mucho, pero sabe pedir perdón”. Junto a Marcos, Marta había dibujado un paraguas roto y escrito “posible repetición”. Clara había intentado borrar el dibujo, pero Marta lo había repasado con un rotulador permanente. Aquella mañana, debajo del número tres, había una nueva inscripción: “3. Cita a ciegas. Martes, 18:30”. No había nombre.
—No pienso ir si no me dices quién es.
—Entonces deja de mirar la nevera —respondió Lucía.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es una cita a ciegas. La idea es no saberlo.
—Sé cómo funciona una cita a ciegas. Lo que no sé es por qué confío en ti.
—Porque llevamos años siendo amigas.
—Precisamente por eso sé de lo que eres capaz.
Marta, que desayunaba cereales frente a ellas, observaba la discusión con evidente satisfacción. La propuesta había aparecido la noche anterior. Lucía conocía a un chico de veinte años llamado Pablo a través de una compañera de clase. Según ella, era divertido, educado, estudiaba Fisioterapia y acababa de terminar una relación hacía varios meses. Clara preguntó por qué no podía ver una fotografía. Lucía respondió que entonces dejaría de ser una cita a ciegas de verdad. Clara aceptó principalmente porque había aprendido algo después de dos citas: sus primeras impresiones no eran especialmente fiables. Álvaro había parecido perfecto durante diez minutos y después había hablado casi una hora sobre sí mismo. Marcos había empezado como el chico que olvidaba la cartera y había terminado siendo una de las personas más agradables que había conocido aquel mes. Quizá no ver una fotografía antes de una cita no era una tragedia.
El martes amaneció claro y cálido. Después del chaparrón del viernes, Salamanca había recuperado el sol. Algunas hojas amarillas se acumulaban junto a los bordillos, pero las terrazas seguían llenas y los estudiantes todavía caminaban en camiseta durante las horas centrales del día. Clara tuvo dos clases por la mañana y pasó la tarde en la biblioteca. A las cinco recibió el primer mensaje de su madre. Mamá: ¿Qué tal las clases? Clara: Bien. Mucho trabajo ya. Mamá: ¿Y esta tarde qué haces? Clara miró la pantalla. La pregunta era completamente normal. Su madre preguntaba a menudo por sus planes. Sin embargo, aquel día algo le pareció extraño. Tal vez era la cita a ciegas. Tal vez estaba empezando a sospechar de todo el mundo. Clara: He quedado con unas amigas.
Era técnicamente una mentira. Clara sintió una pequeña culpa y guardó el teléfono. Tres minutos después llegó otro mensaje. Mamá: Qué bien. Diviértete. Clara frunció el ceño. Su madre había añadido un corazón. No era una prueba de nada. Su madre utilizaba corazones para cumpleaños, recetas, fotografías de gatos y noticias sobre descuentos en el supermercado. Aun así, Clara sintió una alarma absurda. A las seis volvió al piso para cambiarse. Lucía ya había preparado una camisa azul oscuro sobre su cama. Clara decidió ponerse una blusa color crema solo para demostrar independencia. Dejó el pelo negro suelto y eligió unos pantalones marrones. Cuando salió de la habitación, Lucía la examinó como una directora de casting.
—Muy bien.
—No necesito tu aprobación.
—Eso mismo le dijiste a Leo.
—¿Por qué mencionas a Leo?
—No sé. Me he acordado.
—Pues olvídate.
Clara cogió el bolso. Desde la noche del viernes había pensado más veces de las necesarias en el paraguas negro de Leo. No porque hubiera ocurrido nada. Precisamente porque no había ocurrido nada. Él simplemente la había acompañado dos calles. El problema era que Lucía y Marta parecían capaces de convertir dos calles bajo un paraguas en una novela de cuatrocientas páginas.
—¿Dónde es la cita? —preguntó Clara.
—En La Taza Verde.
—¿Cómo lo reconoceré?
—Él te reconocerá.
—Eso no me tranquiliza.
—Llevas una blusa crema y tienes el pelo negro. Ya le he dicho cómo vas.
—¿Le has dado una descripción completa?
—Solo la necesaria.
La cafetería estaba a diez minutos. Clara llegó a las seis y veintisiete y eligió esperar fuera. Había decidido que no quería entrar y examinar a cada hombre solo de la terraza pensando si era Pablo. Dos minutos después se acercó un chico alto con gafas, pelo oscuro y una chaqueta verde.
—¿Clara?
—Sí.
—Soy Pablo.
Sonrió. Clara sintió alivio inmediato. No porque fuera especialmente guapo, aunque era atractivo, sino porque parecía tan nervioso como ella. Se dieron dos besos y entraron. Pablo propuso sentarse en la terraza porque todavía hacía buena tarde. Los primeros minutos fueron normales. Pablo estudiaba Fisioterapia, era de un pueblo cerca de Valladolid y compartía piso con tres chicos que, según él, no sabían que una cocina necesitaba limpiarse. Clara contó que vivía con Lucía y Marta y que ellas habían organizado la cita. Pablo admitió que su amiga Irene había hecho lo mismo con él.
—Entonces ninguno de los dos ha tenido control sobre esto —dijo Clara.
—Exacto. Somos víctimas.
—Me siento mejor.
—Yo también.
Pablo tenía un humor tranquilo. No intentaba impresionar y tampoco convertía cada silencio en una emergencia. Hablaron de la universidad, de las peores comidas que habían preparado viviendo solos y de la cantidad absurda de grupos de mensajería que tenían para cada asignatura. Clara empezó a relajarse. A los veinte minutos, Pablo mencionó que su madre trabajaba en una farmacia. Clara no prestó atención hasta que dijo el nombre del barrio. Era el barrio donde vivían sus padres.
—Espera. ¿Cómo se llama tu madre?
—Elena Ruiz. ¿Por qué?
Clara dejó lentamente la taza sobre el plato. Conocía ese nombre. No muy bien, pero lo había escuchado muchas veces. Su madre compraba productos en aquella farmacia desde hacía años y hablaba con una farmacéutica llamada Elena.
—¿Tu madre trabaja en la farmacia que está al lado de la panadería San Juan?
—Sí.
—Mi madre va allí.
—Bueno, es una farmacia. Va mucha gente.
—Se llama Teresa Martín.
Pablo se quedó quieto. Su expresión cambió de curiosidad a reconocimiento.
—No puede ser.
—¿Qué?
—Mi madre conoce a tu madre.
—¿Cómo de “conoce”?
—Bastante.
Clara sintió que el universo acababa de gastar una broma demasiado elaborada. Pablo sacó el teléfono.
—Espera. Creo que tengo algo.
—¿Qué cosa?
—No te enfades.
—Todo el mundo dice eso justo antes de enseñarme algo horrible.
Pablo abrió una conversación con su madre. No necesitó desplazarse mucho. Había un mensaje de aquella misma mañana. Elena: Esta tarde vas a conocer a Clara, ¿verdad? Pablo: Sí. Elena: Su madre dice que es muy simpática. Clara cerró los ojos.
—Mi madre ya lo sabe.
—Parece que sí.
—Voy a cambiar de apellido.
—Creo que ya es tarde.
Pablo empezó a reírse. Clara también, aunque una parte de ella quería llamar inmediatamente a Teresa Martín y exigir una explicación. En lugar de hacerlo, abrió su propia conversación con su madre. El corazón del mensaje de las cinco adquirió de repente un significado completamente diferente.
—Por eso me ha preguntado qué hacía esta tarde.
—Mi madre me ha preguntado si me había puesto una camisa limpia.
—Esto es peor.
—Mucho peor.
Durante los siguientes minutos reconstruyeron la conspiración. Irene, la amiga de Lucía, era prima de Pablo. Irene había hablado con Lucía sobre el experimento de las quince citas. Pablo necesitaba, según su prima, “salir más de casa”. En algún momento Irene comentó el nombre completo de Clara delante de Elena. Elena reconoció el apellido y preguntó a Teresa. Las dos madres descubrieron que sus hijos iban a tener una cita antes de que los propios protagonistas supieran casi nada el uno del otro.
—Nuestras madres tienen mejor información que nosotros —dijo Clara.
—Y más rápido.
—Esto parece un servicio secreto.
—Con recetas y consejos sobre ropa.
Clara recibió un mensaje en ese momento. Mamá: ¿Todo bien? Miró a Pablo. Él levantó las manos.
—No he informado a nadie.
—Todavía.
Clara escribió despacio. Clara: Mamá. ¿Sabías que estaba con Pablo? La respuesta tardó exactamente nueve segundos. Mamá: ¿Con qué Pablo? Clara enseñó la pantalla a Pablo.
—Está intentando disimular.
—Muy mal.
Llegó otro mensaje. Mamá: Ah, ¿el hijo de Elena? Qué coincidencia. Clara empezó a reírse tan fuerte que una mujer de la mesa de al lado la miró. Clara: Mamá. Mamá: ¿Qué? Clara: Hablamos luego. Mamá: Vale. Guardó el teléfono boca abajo.
—No voy a sobrevivir a esta familia.
—Si te sirve de consuelo, la mía es igual.
La coincidencia rompió cualquier tensión que quedaba entre ellos. A partir de ese momento la cita se convirtió casi en una investigación cómica. Pablo contó historias sobre su madre intentando presentarle a hijas de amigas. Clara confesó que Teresa podía preguntar “¿y ese chico quién es?” después de ver medio segundo de una fotografía de grupo. Descubrieron que sus madres habían coincidido incluso en una clase de pilates durante algunos meses. Clara recordó vagamente a Elena en una cena de barrio dos años antes. Pablo pensó que quizá había visto a Clara de lejos. La posibilidad de que ya se hubieran cruzado sin saberlo les hizo gracia. La conversación siguió siendo agradable. Pablo era atento, divertido y tenía una forma amable de escuchar. Le gustaban los documentales, jugaba al baloncesto con amigos los domingos y quería hacer prácticas en rehabilitación deportiva. Clara le contó más sobre Historia y sobre el trabajo de verano. También le habló del desastre bajo la lluvia con Marcos.
—¿Así que soy el número tres?
—Oficialmente.
—Nunca había tenido un número en una cita.
—No es una clasificación.
—Menos mal. ¿Hay premios?
—No.
—Entonces el sistema necesita mejoras.
Clara sonrió. Con Pablo se llevaba bien. Mucho. Quizá demasiado bien de una forma poco romántica. La conversación se parecía a hablar con un amigo que conocía desde hacía meses. No había nervios, pero tampoco esa pequeña curiosidad que había sentido al conocer a Marcos. Clara empezó a comprender que “una buena cita” y “querer otra cita romántica” no eran exactamente lo mismo. A las ocho pidieron algo de comer. Pablo eligió una tostada y Clara una porción de tortilla. Ninguno parecía tener prisa. Hablaron de viajes y de ciudades donde les gustaría vivir. Pablo quería pasar una temporada en Lisboa. Clara soñaba con conocer más lugares de España antes de pensar en irse lejos. Entonces Pablo miró el teléfono y puso una cara de horror.
—No.
—¿Qué pasa?
—Mi madre.
—¿Qué ha hecho?
Pablo giró la pantalla. Elena: Teresa dice que Clara es muy responsable. Hacéis buena pareja. Clara se tapó la cara con las manos.
—Llevamos una hora y media.
—Nuestras madres ya han llegado a la fase de pareja.
—A este ritmo mañana reservan restaurante para la boda.
—Mi madre conoce uno muy bueno.
—No bromees con eso.
Ambos rieron. Pablo escribió a Elena: “Mamá, por favor, deja de hablar con Teresa durante dos horas”. Elena respondió con un pulgar arriba. Clara estaba segura de que no iba a obedecer. Cuando terminaron de cenar, el cielo ya estaba oscuro, aunque el aire seguía siendo suave. Pagaron cada uno lo suyo y caminaron juntos hacia la Plaza Mayor. Había músicos en una esquina y grupos de estudiantes ocupaban los bancos. La piedra iluminada parecía casi dorada.
—Tengo una propuesta —dijo Pablo.
—Me da miedo después de los mensajes de nuestras madres.
—No es matrimonio.
—Bien.
—Creo que nos caemos muy bien.
—Sí.
—Pero no creo que esto sea muy romántico.
Clara lo miró sorprendida y después sintió alivio.
—Pensaba exactamente lo mismo.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Sí. Así nadie tiene que inventar una excusa.
—Me caes genial.
—Tú también. Y nuestras madres estarán devastadas.
—Eso es un beneficio extra.
Decidieron que podían volver a verse como amigos, especialmente porque ahora tenían un enemigo común: la red de información formada por Elena y Teresa. Se despidieron riéndose y Pablo prometió avisarla si recibía nuevas instrucciones maternas. Clara caminó hacia casa pensando que aquella había sido probablemente la cita más fácil de las tres. No había química, pero tampoco decepción. Había conocido a una persona divertida y había descubierto que su madre poseía capacidades de investigación preocupantes. Cuando estaba a mitad de camino, el teléfono sonó. Esta vez era una llamada de su madre. Clara dudó unos segundos antes de responder.
—Hola, mamá.
—Hola, cariño. ¿Qué tal con tus amigas?
—Mamá.
—¿Qué?
—Sabes perfectamente dónde he estado.
Hubo un silencio breve.
—Bueno, Elena me comentó algo.
—¿Algo?
—Que Pablo iba a quedar con una chica llamada Clara.
—Y tú, por casualidad, no preguntaste nada más.
—Solo lo normal.
—¿Qué es “lo normal”?
—Qué estudiaba, cuántos años tenía, dónde vivía...
—Mamá.
—Quería saber si eras tú.
Clara se apoyó en una pared y empezó a reírse. No podía enfadarse de verdad. Su madre sonaba demasiado inocente.
—No necesito que me busques pareja.
—Yo no te he buscado a nadie.
—Has dicho a Elena que hacemos buena pareja.
—Solo he dicho que parecéis dos chicos responsables.
—Eso no es lo mismo.
—¿Te ha caído bien?
—Sí.
—¿Ves?
—Como amigo.
—Ah.
El “ah” de su madre tenía exactamente la misma intención que el “ah” de Marta cuando Clara mencionaba a Leo.
—Y no pongas esa voz.
—¿Qué voz?
—Esa.
—No he dicho nada.
Clara decidió cambiar de tema. Hablaron unos minutos sobre las clases y sobre una visita que Clara haría a casa más adelante. Antes de colgar, su madre prometió no investigar a sus próximas citas. Clara no creyó la promesa ni por un segundo. Al llegar al piso encontró a Lucía y Marta en el salón. Leo también estaba allí, sentado en el suelo junto a la mesa baja con varios papeles y un portátil. Clara se detuvo en la puerta.
—¿Qué haces aquí?
—Buenas noches para ti también —respondió Leo.
—Está ayudándome con una presentación —explicó Marta.
—Yo pensaba que estudiaba Arquitectura.
—Y yo pensaba que tú sabías saludar.
Clara dejó el bolso. Leo llevaba una camiseta gris y el pelo rubio estaba ligeramente despeinado. Sobre la mesa había dibujos de edificios junto a las diapositivas de Marta. Lucía apareció desde la cocina con tres tazas y, al ver a Clara, abrió mucho los ojos.
—¡Número tres!
—Por favor, no delante de invitados.
—Ya conoce la lista —dijo Marta.
—Desgraciadamente —añadió Leo.
Clara se sentó en el sofá y contó la historia. Intentó resumirla, pero era imposible explicar la cita sin incluir a las dos madres. Cuando llegó al mensaje “hacéis buena pareja”, Marta se dobló de risa. Lucía pidió ver las capturas. Incluso Leo tuvo que dejar el lápiz sobre la mesa.
—Tu madre sabía de la cita antes que tú —dijo.
—Casi.
—Eso es impresionante.
—Eso es aterrador.
—¿Y Pablo?
—Muy simpático. Vamos a ser amigos.
—Entonces cita tres: sin desastre.
—No todo tiene que ser un desastre.
—Estoy empezando a preocuparme por mi predicción.
Clara sonrió. Había algo extraño en contarle a Leo sus citas. Él escuchaba como si fueran episodios de una serie que seguía cada semana. Hacía bromas, pero nunca parecía juzgarla por el experimento.
—Por cierto —dijo Leo—, tu paraguas.
Abrió la mochila y sacó un paraguas pequeño de color burdeos.
—¿Qué es eso?
—Un objeto que protege de la lluvia.
—Sé lo que es un paraguas.
—Después del viernes no estaba seguro.
—¿Por qué me das un paraguas?
—No te lo doy. Te lo presto hasta que compres uno.
—Tengo otro.
—¿Funciona?
—Probablemente.
—Entonces necesitas este.
Clara tomó el paraguas. Era sencillo y bastante nuevo. Miró a Leo.
—¿Siempre llevas paraguas de repuesto?
—No. Este estaba en casa.
—Entonces lo has traído para mí.
Leo tardó una fracción de segundo en responder.
—Lo he traído para proteger a la ciudad de tu próximo paraguas roto.
—Ah, claro.
—Responsabilidad ciudadana.
Lucía miró a Marta. Marta miró a Lucía. Clara vio el intercambio y decidió ignorarlo. Colocó el paraguas junto a su bolso y se levantó para buscar agua. Mientras estaba en la cocina, escuchó a Lucía preguntar a Leo si él también tenía una madre casamentera. Clara no oyó la respuesta completa, solo una risa. Aquella noche, Marta añadió la tercera línea a la hoja naranja: “Pablo. Muy majo. Nuestras madres ya planeaban el futuro. AMIGO”. La última palabra estaba escrita en mayúsculas para evitar cualquier interpretación. Clara se quedó unos segundos delante de la nevera. Tres citas. Tres historias completamente diferentes. Álvaro le había enseñado que una buena primera impresión no garantizaba una buena conversación. Marcos le había enseñado que un desastre podía convertirse en una tarde divertida. Pablo le había demostrado que dos personas podían llevarse perfectamente bien sin necesitar romance. Después miró el paraguas burdeos apoyado junto a la puerta.
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