Septiembre en Valdemora

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Глава
SEPTIEMBRE EN VALDEMORA
Una historia romántica para estudiantes de español
Jules Honing
Nivel A2-B1
Capítulo 1. Mi vida cabe en seis cajas
Mudanza • objetos personales • empezar de nuevo
Vocabulario clave
mudarse - переезжать
hacer las maletas - собирать вещи / чемоданы
una caja - коробка
guardar - складывать, убирать, хранить
tirar - выбрасывать
quedarse con algo - оставить что-либо себе
llevarse algo - забрать / взять что-либо с собой
hacer falta - быть нужным, требоваться
estar lleno/a de - быть полным чего-либо
vacío/a - пустой
un recuerdo - воспоминание; памятная вещь
despedirse de - прощаться с
dejar atrás - оставлять позади
empezar de nuevo - начинать заново
cambiar de vida - изменить свою жизнь
Mi vida cabe en seis cajas
En el piso quedaba olor a café frío y a cartón. Cada vez que Lucía movía una caja, la cinta adhesiva crujía en el silencio.
A las ocho y doce de la mañana, Lucía estaba sentada en el suelo de su salón, rodeada de seis cajas de cartón, tres bolsas de basura y catorce tazas. Catorce. Las había contado dos veces porque no podía creerlo.
-¿Por qué tengo catorce tazas? -preguntó en voz alta. Nadie respondió. Vivía sola y, por desgracia, las tazas tampoco hablaban. Lucía tomó una taza blanca con letras doradas: «Hoy será un gran día». La había comprado hacía cuatro años, durante una semana en la que todos los días habían sido bastante malos. La miró unos segundos.
-Tú vienes conmigo. La puso dentro de la caja número tres.
Lucía llevaba tres días intentando hacer las maletas para mudarse de Madrid a Valdemora. En teoría, no era complicado. Había visto varios vídeos sobre cómo organizar una mudanza y todos decían lo mismo: conservar solo las cosas útiles o importantes. El problema era decidir qué significaba «importante». ¿Necesitaba siete jerséis negros casi iguales? Probablemente no. ¿Necesitaba una lámpara que no funcionaba desde 2023? Claramente no. ¿Necesitaba catorce tazas? Se fijó en la caja.
-No vamos a hablar de eso. Su móvil sonó. Era su madre.
-Buenos días -dijo Lucía.
-¿Ya has cambiado de idea?
-Buenos días a ti también, mamá.
-Solo pregunto.
-Y yo ya sé lo que estás preguntando. Lucía puso el teléfono sobre una caja y siguió doblando ropa.
-No he cambiado de idea. Me voy mañana. Hubo un pequeño silencio.
-Lucía, cariño, la gente normalmente se muda de un pueblo pequeño a Madrid. No al revés.
-Pues yo soy innovadora.
-Tú eres muchas cosas. No sé si innovadora es una de ellas. Lucía sonrió. Su madre llevaba dos semanas intentando convencerla de que no fuera a Valdemora. Lo hacía con cariño, pero también con una energía impresionante.
Valdemora era el pueblo donde su madre había nacido. Había vivido allí hasta los diecinueve años y después se había ido a Madrid para estudiar. Según ella, salir de Valdemora había sido una de las mejores decisiones de su vida. «Allí no pasa nada», repetía. Lucía esperaba exactamente eso. Nada. Durante los últimos diez años, en su vida habían pasado demasiadas cosas y, al mismo tiempo, ninguna que realmente le importara. Había estudiado una carrera que parecía práctica. Después había encontrado un trabajo que parecía bueno. Luego otro trabajo que parecía mejor. Había empezado un curso de fotografía, clases de italiano, yoga, cerámica y, durante exactamente once días, running. Nada había durado.
Dos semanas antes había dejado su trabajo. Su jefe había dicho:
-¿Estás segura? Lucía había respondido:
-No. Él había esperado unos segundos.
-¿Y aun así te vas?
-Sí. Aquella conversación resumía bastante bien su situación actual. No sabía qué quería hacer con su vida. Solo sabía que no quería seguir haciendo lo mismo. Por eso había comprado una casa vieja en Valdemora. «Vieja» era una palabra amable. La agencia inmobiliaria la describía como «una casa tradicional con mucho potencial». Lucía había aprendido rápidamente que «con mucho potencial» significaba «vas a gastar muchísimo dinero».
-¿Y si no te gusta? -preguntó su madre por teléfono. Lucía abrió otra caja.
-La vendo.
-¿Y si no puedes venderla?
-La alquilo.
-¿Y si nadie quiere alquilarla? Lucía dejó de doblar una camiseta.
-Mamá.
-¿Qué?
-¿Tienes preparada una lista de catástrofes?
-No necesito una lista. Soy tu madre.
-Eso explica muchas cosas. Su madre suspiró.
-Solo quiero que estés bien. La expresión de Lucía cambió. Miró alrededor: las paredes blancas, el sofá gris, la mesa pequeña junto a la ventana. Durante cinco años aquel piso había sido su casa. Ahora parecía un lugar donde otra persona podía empezar a vivir mañana.
-Yo también -dijo Lucía-. Por eso necesito irme. Su madre no respondió inmediatamente.
-Vale. Pero llámame cuando llegues.
-Te llamaré.
-Y no intentes reparar nada tú sola.
-¿Por qué dices eso?
-Porque te conozco.
-Sé usar herramientas.
-Lucía, una vez intentaste abrir una botella con un destornillador.
-Y la abrí.
-Rompiste el destornillador.
-Detalles. Su madre se rio por fin.
-Hasta mañana, hija.
-Hasta mañana, mamá. Lucía terminó la llamada y miró la habitación. Todavía tenía mucho trabajo.
La primera regla de su sistema era sencilla: guardar lo necesario, tirar lo inútil y regalar lo que todavía podía usar otra persona. La regla funcionó durante aproximadamente nueve minutos. Encontró una camiseta de un concierto al que había ido con su mejor amiga a los veintitrés años. Ya no se la ponía. Tenía un pequeño agujero. La puso en la bolsa de basura. La sacó treinta segundos después.
-Es un recuerdo -se explicó. Después encontró unos zapatos preciosos que no llevaba desde hacía seis años porque le hacían daño.
-Estos sí se van. Los puso en una bolsa para donar. Los volvió a sacar.
-Pero son preciosos. Cinco minutos después seguían en el suelo mientras Lucía negociaba consigo misma como si estuviera comprando una empresa.
A mediodía llegó su amiga Sara con dos bocadillos y una expresión de preocupación.
-¿Por qué hay una tostadora en la caja de la ropa? Lucía miró la caja.
-No sé.
-¿Y por qué has escrito «IMPORTANTE» en cuatro cajas?
-Porque son importantes. Sara abrió una.
-Aquí hay velas, tres novelas, una manta y... ¿una piedra? Lucía se la quitó de la mano.
-Es de Portugal.
-Es una piedra.
-Es un recuerdo de Portugal.
-Lucía, Portugal tiene más piedras.
-Pero esta es mía. Sara levantó las manos.
-De acuerdo. La piedra se queda contigo.
Sara se sentó en el sofá y abrió su bocadillo.
-Entonces, mañana te vas de verdad.
-Sí.
-A un pueblo de dos mil habitantes.
-Creo que son tres mil.
-Ah, perdón. Una metrópolis. Lucía le lanzó un calcetín. Sara se rio.
-¿Qué vas a hacer allí? Era la pregunta que todo el mundo hacía. Lucía ya tenía una respuesta preparada.
-Voy a arreglar la casa y venderla.
-Eso no es lo que te he preguntado. Lucía la miró.
-¿Qué quieres decir?
-¿Qué vas a hacer tú? Lucía bajó la vista hacia el bocadillo.
-No lo sé. Sara asintió.
-Bien.
-¿Bien?
-Sí. Llevas años diciendo que tienes que saber exactamente qué quieres hacer. Quizá puedes pasar unos meses sin saberlo.
Aquello sonaba demasiado razonable, así que Lucía decidió cambiar de tema.
-Ayúdame con las cajas.
-¿Cuántas vas a llevarte?
-Seis. Sara miró el salón.
-Tienes cosas para dieciséis.
-Por eso estás aquí. Durante las siguientes dos horas trabajaron juntas. Sara era mucho mejor tomando decisiones.
-¿Esto te hace falta?
-Quizá.
-Eso significa que no.
-Pero...
-No.
-Eres muy agresiva.
-Y tú tienes cuatro abrelatas.
-Uno puede romperse.
-¿Los cuatro el mismo día? Lucía pensó un momento.
-Sería un día muy malo.
Al final consiguieron llenar seis cajas. La primera estaba llena de ropa. La segunda, de libros y documentos. La tercera contenía cosas de cocina, incluidas nueve de las catorce tazas. Sara había impuesto un límite. La cuarta tenía objetos personales y fotografías. La quinta estaba llena de cosas que Lucía aseguraba que le hacían falta para trabajar, aunque todavía no sabía en qué iba a trabajar. La sexta era un misterio.
-¿Qué hay aquí? -preguntó Sara. Lucía miró la etiqueta. «VARIOS».
-Varias cosas.
-Gracias por la información.
-Para eso estoy. Cuando terminaron, el piso parecía enorme. Los armarios estaban casi vacíos y las paredes desnudas. Lucía caminó lentamente de una habitación a otra.
Por primera vez sintió algo extraño. No era tristeza exactamente. Tampoco alegría. Era la sensación de que algo estaba terminando. Se acercó a la ventana. Abajo, Madrid seguía igual: coches, autobuses, gente caminando deprisa, una moto tocando el claxon porque un taxi bloqueaba la calle. Durante años había pensado que quería vivir allí para siempre. Ahora estaba preparada para dejar atrás aquella vida. O al menos intentarlo.
-¿Estás bien? -preguntó Sara.
-Sí.
-Mientes fatal. Lucía sonrió.
-Estoy un poco asustada.
-Eso tiene más sentido.
-¿Y si mi madre tiene razón?
-¿Sobre cuál de las cuarenta catástrofes?
-Sobre Valdemora. ¿Y si odio vivir allí? Sara se acercó a la ventana.
-Entonces vuelves.
-¿Así de fácil?
-Sí. Lucía la miró con desconfianza.
-Las cosas nunca son así de fáciles.
-A veces sí. No estás firmando un contrato con el pueblo para los próximos cincuenta años. Vas a probar algo diferente.
-He comprado una casa.
-Bueno, eso sí ha sido un poco dramático. Las dos se echaron a reír.
-Siempre puedo venderla -dijo Lucía.
-Exacto.
-Después de repararla.
-Exacto.
-Yo misma puedo hacer muchas cosas. Sara dejó de reír.
-No.
-¿Qué?
-No hagas eso.
-He visto vídeos.
-Eso me preocupa más. Lucía cogió un cojín y se lo lanzó.
Por la tarde llevaron varias bolsas a una tienda de segunda mano. Lucía decidió tirar finalmente la lámpara rota y quedarse con los zapatos incómodos.
-No has aprendido nada hoy -dijo Sara.
-He aprendido que los zapatos son importantes.
-No puedes caminar con ellos.
-No todo tiene que ser práctico.
-Esa frase explica tu piedra portuguesa. Cuando volvieron, quedaba solo una tarea: limpiar. A las nueve de la noche estaban agotadas. Sara se puso la chaqueta.
-Mañana voy contigo a la estación.
-No hace falta. Mi tren sale temprano.
-Voy contigo. Lucía no discutió. En la puerta, Sara la abrazó.
-Vas a estar bien.
-¿Cómo lo sabes?
-No lo sé. Pero suena mejor que «probablemente tendrás problemas».
-Gracias. Muy útil.
-Para eso están las amigas.
Después de despedirse de Sara, Lucía cerró la puerta y volvió al salón. Ahora sí estaba sola. Se sentó en el suelo entre las seis cajas. No quedaban sillas: el hombre que había comprado la mesa y cuatro sillas había venido por la tarde. Abrió la caja número tres y sacó una taza. La blanca. «Hoy será un gran día».
-Espero que tengas razón -le dijo. Fue a la cocina, preparó té y regresó al salón. Bebió despacio mientras miraba las cajas. Seis cajas. Eso era todo lo que iba a llevarse. Le parecía extraño que una vida pudiera entrar en tan poco espacio.
Aunque, pensándolo bien, no era toda su vida. Los domingos con su madre no estaban allí. Las noches hablando con Sara tampoco. No podía meter en una caja sus errores, sus planes abandonados, los trabajos que había odiado ni las veces que había pensado: «Tiene que haber algo más». Los objetos podían guardarse, regalarse o tirarse. El resto era más complicado. Lucía apoyó la cabeza contra la pared. Quizá por eso necesitaba cambiar de vida. No para convertirse en otra persona. No para encontrar una respuesta mágica en un pueblo pequeño. Solo quería tener espacio para escuchar sus propios pensamientos. Y, por primera vez en mucho tiempo, quería empezar de nuevo.
A la mañana siguiente, a las seis y veinte, Lucía bajó la última caja al portal. El conductor que había contratado para llevar sus cosas a Valdemora miró las seis cajas, después la maleta y finalmente a Lucía.
-¿Eso es todo?
-Sí. Él pareció sorprendido.
-Para una mudanza no es mucho. Lucía sonrió.
-He tenido que tomar decisiones difíciles. En ese momento, la caja número tres hizo un ruido extraño. El conductor levantó una ceja.
-¿Qué lleva ahí?
-Tazas.
-¿Cuántas? Lucía abrió la boca.
-Las necesarias. El hombre decidió no hacer más preguntas.
Antes de subir al taxi que la llevaría a la estación, Lucía miró una última vez hacia las ventanas de su piso. Podía ponerse triste. Podía arrepentirse. Podía llamar al conductor y decirle que volviera a subir las cajas. En lugar de eso, respiró profundamente.
-Bueno -murmuró-. Vamos a Valdemora. Su teléfono vibró. Un mensaje de su madre: «¿Has salido?» Lucía escribió: «Sí.» Tres segundos después llegó otro: «¿Has comprobado que llevas los documentos?» Lucía abrió el bolso. Nada. Miró las cajas dentro de la furgoneta. La caja número dos. Documentos.
-¡Espere! -gritó al conductor. Diez minutos después, con el pasaporte y los papeles de la casa finalmente en el bolso, Lucía subió al taxi. Su nueva vida había empezado hacía menos de cinco minutos y ya había perdido sus documentos. Sonrió. Valdemora no sabía lo que le esperaba.
Ejercicios de vocabulario
1. Relaciona las palabras con su significado.
1. mudarse
2. guardar
3. tirar
4. un recuerdo
5. dejar atrás
6. hacer falta
7. despedirse de
8. empezar de nuevo
a. necesitar algo
b. irse a vivir a otro lugar
c. decir adiós a una persona
d. poner algo en un lugar para conservarlo
e. comenzar otra vez
f. una cosa que te hace pensar en un momento del pasado
g. no llevar algo contigo y continuar sin ello
h. poner algo en la basura
2. Completa las frases con la forma correcta.
caja • hacer las maletas • quedarse con • llevarse • vacío • estar lleno de • cambiar de vida • hacer falta
1. Mañana salimos temprano, así que esta noche tenemos que __________.
2. Después de sacar todos los muebles, el salón está casi __________.
3. No quiero tirar esta foto. Voy a __________ ella.
4. ¿Cuántas __________ necesitas para guardar todos esos libros?
5. La mochila está __________ cosas que no necesito.
6. Si vas a cocinar allí, te va a __________ una sartén.
7. Cuando se mudó a otra ciudad, decidió __________ por completo.
8. No puedes __________ todo. El coche es demasiado pequeño.
3. Elige la opción correcta.
1. Lucía decide mudarse / despedirse a Valdemora.
2. Una caja vacía / llena no tiene nada dentro.
3. Si un objeto no sirve y no lo quieres, puedes guardarlo / tirarlo.
4. Una fotografía de un viaje puede ser un recuerdo / una mudanza.
5. Cuando necesitas algo, te hace falta / lo dejas atrás.
6. Antes de un viaje largo normalmente haces las maletas / cambias una caja.
4. Responde usando el vocabulario del capítulo.
1. Si tuvieras que mudarte mañana, ¿qué tres cosas te llevarías?
2. ¿Te cuesta tirar objetos que tienen recuerdos?
3. ¿Qué cosas no te hacen falta pero guardas de todos modos?
4. ¿Alguna vez has querido cambiar de vida o empezar de nuevo?
Respuestas
1. 1-b, 2-d, 3-h, 4-f, 5-g, 6-a, 7-c, 8-e.
2. 1) hacer las maletas; 2) vacío; 3) quedarme con; 4) cajas; 5) llena de; 6) hacer falta; 7) cambiar de vida; 8) llevarte.
3. 1) mudarse; 2) vacía; 3) tirarlo; 4) un recuerdo; 5) te hace falta; 6) haces las maletas.
4. Respuestas libres. Ejemplos: 1) Me llevaría el móvil, mis documentos y algunas fotos. 2) Sí, me cuesta tirar objetos con recuerdos. 3) Guardo libros y ropa que no me hacen falta. 4) Sí, a veces quiero empezar de nuevo en otra ciudad.
Capítulo 2. Bienvenida al fin del mundo
Transporte • camino • pueblo y ciudad
Vocabulario clave
un andén - платформа, перрон
subir a - садиться в / подниматься в транспорт
bajarse de - выходить из транспорта
un trayecto - поездка, путь
hacer transbordo - делать пересадку
llegar a tiempo - прибыть вовремя
perderse - заблудиться
seguir recto - идти / ехать прямо
girar - поворачивать
estar lejos de - находиться далеко от
estar cerca de - находиться близко к
las afueras - окраина
una carretera - дорога, шоссе
un pueblo - небольшой город / посёлок
acostumbrarse a - привыкать к
Bienvenida al fin del mundo
Al bajar del autobús, el aire era más frío que en Madrid. Olía a tierra húmeda y a leña, y las ruedas de la maleta sonaban demasiado fuerte sobre las piedras.
A las siete y diez de la mañana, Lucía estaba en la estación de Atocha con una maleta, una mochila, un café demasiado caro y la sensación de haber olvidado algo importante. Había comprobado los documentos cuatro veces. El móvil estaba en el bolso. La cartera también. El billete estaba en el móvil.
-Perfecto -murmuró-. Soy una adulta responsable. En ese momento vio que estaba esperando en el andén equivocado.
-Una adulta responsable en el andén equivocado. Cogió la maleta y empezó a caminar deprisa.
El tren salía a las siete y veinticinco. Lucía llegó al andén correcto a las siete y veinte, con el café en una mano y la maleta golpeándole una pierna. Cuando consiguió subir al tren, encontró su asiento junto a la ventana y dejó caer la mochila a sus pies.
-Buenos días -dijo una señora mayor sentada a su lado.
-Buenos días.
-¿Va de vacaciones? Lucía pensó en la casa vieja, las cajas y la lista de reparaciones.
-Más o menos. La señora sonrió como si aquella respuesta confirmara algo muy interesante.
La primera parte del trayecto fue tranquila. Madrid desapareció poco a poco detrás de la ventana. Los edificios altos dieron paso a barrios más bajos, después a polígonos industriales y finalmente a campos. Lucía abrió el móvil. Sara: «¿Sigues viva?» Lucía: «Todavía.» Sara: «¿Has perdido algo?» Lucía: «Mi dignidad en Atocha.» Sara: «Eso no cuenta. Ya la habías perdido antes.» Lucía sonrió. El plan era sencillo: tren, hacer transbordo en una ciudad pequeña y después coger un autobús hasta Valdemora. Sencillo. Lucía ya debería haber aprendido a desconfiar de esa palabra.
El tren llegó con ocho minutos de retraso. Su autobús salía doce minutos después. Lucía se bajó del tren y corrió por la estación buscando la salida.
-¿Autobuses? -preguntó a un empleado.
-Fuera, a la derecha.
-Gracias. Salió. Giró a la derecha. Encontró un aparcamiento. Volvió.
-Perdone. No veo la estación de autobuses.
-No hay estación. Es una parada.
-Ah.
-Al lado de la farmacia.
-¿Qué farmacia? El hombre señaló hacia una calle.
-Siga recto y luego gire a la izquierda. Comprobó la hora. Le quedaban seis minutos.
Cinco minutos después estaba completamente perdida. Había encontrado dos bares, una panadería, una tienda de teléfonos y una señora paseando un perro muy pequeño. No había encontrado ninguna farmacia.
-Perdone -dijo a la señora-. ¿La parada del autobús está cerca de aquí?
-Sí, sí. Muy cerca. Lucía respiró aliviada.
-¿Dónde?
-Vuelve por donde has venido, sigue recto, pasa la plaza y gira después del banco.
-¿El banco de dinero?
-No, un banco para sentarse. Lucía cerró los ojos un segundo.
-Claro. Naturalmente.
Llegó a la parada exactamente cuando un autobús azul doblaba la esquina.
-¡Espere! Corrió. El conductor la vio. Lucía levantó una mano. El autobús siguió.
-¡NO! Una mujer que esperaba en la parada la miró.
-Ese no es el suyo. Durante un instante no se movió.
-¿No?
-No. Ese va a San Martín. Lucía intentó recuperar la respiración.
-Ah. Entonces todo estaba bajo control. La mujer asintió lentamente.
-Claro. Su autobús apareció cuatro minutos después y, contra todo pronóstico, Lucía consiguió llegar a tiempo.
El autobús era pequeño y tenía unas cortinas azules que parecían tener aproximadamente la misma edad que Lucía. Había seis pasajeros. Lucía eligió un asiento junto a la ventana.
-¿Va a Valdemora? -preguntó al conductor antes de sentarse.
-Sí.
-¿Seguro? El hombre la miró.
-Bastante. Lucía decidió no explicar por qué necesitaba confirmación. El segundo trayecto empezó por una carretera ancha. Después la carretera se hizo más estrecha. Y más estrecha. A ambos lados aparecieron árboles, campos y pequeñas casas.
Revisó el móvil. Una raya de cobertura. Después ninguna. Volvió una raya.
-Interesante -murmuró. La mujer del asiento de delante se giró.
-En Valdemora hay cobertura.
-Qué bien.
-En casi todo el pueblo. Lucía parpadeó.
-¿Casi?
-En mi cocina no.
-¿Y qué hace?
-Salgo al salón. La mujer volvió a mirar hacia delante. Lucía abrió el chat con Sara. «Creo que estoy entrando en otra dimensión.» El mensaje no salió.
Media hora después, el paisaje era completamente diferente al de Madrid. Había montañas al fondo y árboles que empezaban a cambiar de color. Algunas hojas ya eran amarillas y naranjas. Era principios de septiembre, pero allí el otoño parecía estar esperando detrás de cada curva. El autobús pasó por un cartel: VALDEMORA - 6 KM Lucía se incorporó. El pueblo estaba lejos de Madrid en todos los sentidos posibles. No solo por los kilómetros. No había edificios enormes, tráfico ni gente corriendo para llegar a algún sitio. Lucía todavía no sabía si aquello le parecía maravilloso o aterrador.
El autobús entró primero por las afueras de Valdemora. Lucía vio casas bajas con jardines, pequeños talleres y un supermercado que parecía bastante normal.
-Bien -susurró-. Tienen supermercado. Civilización. Después llegaron las primeras calles del centro. Las casas eran de piedra o estaban pintadas en colores claros. Había balcones pequeños, macetas con flores y árboles a ambos lados de la calle. Algunas fachadas estaban cubiertas de plantas. Lucía pegó un poco la cara a la ventana. No quería admitirlo todavía, pero era bonito. Muy bonito.
El autobús se detuvo en una pequeña plaza.
-Valdemora -anunció el conductor. Lucía esperó. Nadie se movió.



