Septiembre en Valdemora

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-¿Aquí?
-Aquí.
-¿No hay estación?
-No. Por supuesto. Lucía se bajó del autobús y el conductor sacó su maleta.
-Gracias. ¿Sabe dónde está la calle del Olmo?
-Sí. Siga recto hasta la iglesia, gire a la derecha y después a la izquierda. Lucía lo miró con preocupación.
-¿Hay algún banco?
-Dos.
-¿De dinero o para sentarse? El conductor se quedó en silencio.
-Es una historia larga -dijo Lucía.
El autobús se fue y Lucía quedó sola en la plaza. Bueno, casi sola. Un hombre estaba sentado en un banco leyendo el periódico. Dos mujeres hablaban delante de una frutería. Un gato dormía debajo de una mesa. Eso era todo. Lucía sacó el móvil. Cobertura completa.
-Excelente. Abrió el mapa. La aplicación tardó unos segundos y finalmente mostró su posición. Su nueva casa estaba a diecisiete minutos andando.
-Diecisiete minutos no es nada. Empezó a caminar arrastrando la maleta por las piedras de la plaza. Después de cuarenta metros cambió de opinión.
Las ruedas de la maleta hacían un ruido terrible. Tac-tac-tac-tac. Las dos mujeres de la frutería dejaron de hablar y la miraron. Lucía sonrió.
-Buenos días.
-Buenos días -respondieron las dos al mismo tiempo. Siguió caminando. Tac-tac-tac-tac. Cuando llegó a la iglesia, ya estaba sudando. Miró el mapa. Giró a la derecha. El mapa cambió. «Recalculando ruta.»
-No. La flecha le indicó que volviera.
-No, no, no. Había vuelto a perderse. En un pueblo con aproximadamente cuatro calles.
-¿Necesitas ayuda? Lucía se giró. Una mujer de unos sesenta años estaba regando flores delante de una casa.
-Busco la calle del Olmo.
-¿Qué número?
-Diecisiete. La mujer dejó la regadera.
-La casa de Pilar. Lucía no sabía quién era Pilar.
-Supongo.
-La han vendido.
-Sí. A mí. La mujer la observó de arriba abajo con enorme interés.
-¿Tú eres Lucía? Lucía tardó un segundo en responder.
-Sí.
-Soy Carmen. Lo dijo como si eso tuviera que explicar algo. No lo explicaba. Todavía.
-Tu madre es Elena, ¿verdad? -continuó Carmen.
-Sí.
-Yo conocía a tu abuela.
-Ah.
-Y a tu madre, claro. Se fue a Madrid.
-Sí.
-Decía que no volvería nunca. Lucía sonrió.
-Sigue diciendo cosas parecidas. Carmen también sonrió.
-La calle del Olmo está por allí. Has girado demasiado pronto.
-Gracias.
-Tu casa está cerca de la panadería vieja.
-Perfecto.
-Aunque ahora está cerrada.
-Ah.
-Pero hay otra panadería en la plaza.
-Bien.
-Y un supermercado en las afueras.
-Lo he visto.
-Los martes hay mercado. Lucía empezó a sospechar que Carmen podía seguir hablando hasta octubre.
-Muchas gracias -dijo, intentando despedirse.
-¿Vas a vivir aquí?
-Unos meses. Carmen levantó ligeramente las cejas.
-¿Solo unos meses?
-Voy a reparar la casa y después probablemente la venderé. Hubo una pausa. Lucía no sabía por qué, pero tuvo la sensación de haber dicho algo importante.
-Ya veremos -respondió Carmen.
-¿Perdón?
-Nada. Bienvenida a Valdemora. Lucía sonrió.
-Gracias. Continuó caminando. Detrás de ella oyó una puerta abrirse.
-¡Marisa! -llamó Carmen-. ¡Ha llegado la hija de Elena! Se paró a mitad del movimiento. Ni siquiera había llegado a su casa y ya había noticias sobre ella.
La calle del Olmo estaba cerca de la plaza, pero era mucho más tranquila. Había árboles altos y casas antiguas con pequeños jardines. Lucía encontró el número diecisiete. Se quedó inmóvil. La casa era de dos plantas, con paredes de piedra clara y ventanas verdes. Una planta trepadora cubría parte de la fachada. En el jardín había un árbol enorme. En las fotos de internet parecía pequeña. En persona parecía...
-Mía -dijo Lucía. Sacó las llaves. Por primera vez desde que había salido de Madrid, dejó de pensar en trenes, autobuses, mapas y maletas. Solo miró la casa.
Entonces oyó un sonido. Meeee. Lucía miró hacia la izquierda. Nada. Meeee. Miró hacia la derecha. Un animal blanco y marrón la observaba desde el jardín de la casa vecina.
-Hola. La cabra siguió mirándola.
-Tú no eres un perro. Meeee.
-Sí, eso confirma mi teoría. Lucía sonrió y abrió la verja de su jardín. Quizá tendría que acostumbrarse a algunas cosas.
Subió los tres escalones de la entrada y puso la llave en la cerradura. No giró. Probó otra llave. Tampoco.
-Perfecto. Miró las cinco llaves del llavero. La tercera abrió la puerta. Lucía entró. El recibidor olía a madera, polvo y casa cerrada. Había muebles cubiertos con telas blancas y una caja vieja junto a la pared. Cerró la puerta detrás de ella. Silencio. Un silencio enorme. En Madrid siempre había ruido: coches, vecinos, ascensores, música, sirenas. Allí no se oía nada. Lucía sonrió. Entonces algo cayó en la planta de arriba. PUM. Lucía dejó de sonreír.
-No. Esperó. Nada.
-No voy a morir el primer día. Cogió el móvil y encendió la linterna, aunque todavía había luz. Subió lentamente las escaleras.
-Hola -dijo. Silencio.
-Si hay alguien aquí, quiero informar de que no tengo dinero. Otro pequeño ruido. Lucía llegó al pasillo. Una ventana estaba abierta. El viento movía una cortina y había tirado un marco de fotos al suelo. Lucía soltó el aire.
-Claro. Una ventana. Todo bien. Se acercó para cerrarla. La ventana no cerraba.
-Todo... relativamente bien.
Volvió abajo y abrió las puertas de las habitaciones. Salón. Comedor. Cocina. Cuando entró en la cocina, se quedó parada. Era grande. Mucho más grande de lo que recordaba de las fotos. Había muebles antiguos, una mesa de madera y un horno enorme. Lucía pasó la mano por la mesa cubierta de polvo.
-Bueno -dijo-. Tú sí tienes potencial. Su móvil vibró. El mensaje de Sara finalmente había salido. Sara: «¿Has llegado al fin del mundo?» Lucía hizo una foto de la cocina y respondió: «Sí. Tienen supermercado.» Sara: «Entonces sobrevivirás.»
Lucía abrió una de las ventanas de la cocina. Desde allí veía parte del jardín, los tejados del pueblo y las montañas al fondo. El aire olía diferente. Más fresco. Pensó en Madrid, que ahora estaba lejos de allí. Muy lejos. Su madre había necesitado años para acostumbrarse a la gran ciudad cuando era joven. Lucía tendría que hacer el camino contrario. No sabía si podía acostumbrarse al silencio. A que todo estuviera cerca de todo. A no tener metro. A una señora llamada Carmen que conocía su historia familiar antes de conocerla a ella. Y aparentemente a las cabras.
Sacó una botella de agua de la mochila y se sentó en el suelo de la cocina. Había llegado. Había conseguido hacer transbordo, no había perdido el autobús y solo se había perdido dos veces. Para Lucía, aquello era prácticamente un éxito. Miró el horno antiguo. Después miró las paredes. Después el techo. Una pequeña mancha oscura ocupaba una esquina.
-Eso no me gusta. Se levantó y tocó la pared. Estaba seca.
-Seguro que no es nada. Su teléfono sonó. Mamá.
-Hola.
-¿Has llegado?
-Sí.
-¿Cómo es la casa? A su alrededor, todo seguía igual.
-Tiene mucho potencial.
Su madre guardó silencio.
-Eso suena mal.
-No. Está bien. Es bonita.
-¿Funciona la electricidad? Lucía miró el interruptor de la cocina.
-Supongo. Lo pulsó. Nada ocurrió. Volvió a pulsarlo. Nada.
-Lucía.
-Un momento. Probó otro interruptor. Una lámpara del pasillo se encendió. La de la cocina no.
-Funciona aproximadamente el cincuenta por ciento.
-Te dije que no repararas nada tú sola.
-Ni siquiera he sacado las herramientas.
-Prométemelo. Lucía miró el horno, la lámpara y la mancha del techo.
-Lo prometo. En aquel momento todavía pensaba cumplirlo.
Después de hablar con su madre, Lucía salió al jardín. El sol empezaba a bajar detrás de las montañas y la luz era dorada. Algunas hojas secas se movían por el camino. Valdemora era pequeño. Tranquilo. Muy diferente de todo lo que conocía. Tal vez demasiado diferente. Oyó voces al otro lado de la calle. Carmen estaba hablando con otra mujer. Las dos miraron hacia Lucía. Lucía levantó una mano. Ellas saludaron.
-Perfecto -murmuró-. Ya soy una atracción turística. Entró de nuevo en casa. Mañana tendría que comprar comida, limpiar y empezar a revisar todo lo que necesitaba reparar. Pero esa noche solo quería una ducha y dormir.
Subió la maleta al dormitorio, encontró una toalla y entró en el baño. Abrió el grifo de la ducha. Nada. Lo cerró. Lo volvió a abrir. Una gota cayó. Después otra. Lucía miró el grifo.
-No. Una tercera gota.
-No me hagas esto. Desde el jardín llegó un sonido. Meeee. Lucía cerró los ojos. Madrid estaba a cientos de kilómetros. El supermercado estaba en las afueras. La ducha no funcionaba. Una cabra se reía de ella. Sacó el móvil y escribió a Sara: «Corrección: quizá no sobreviva.» Sara respondió inmediatamente: «Bienvenida al fin del mundo » Se quedó leyendo la pantalla. Luego miró la ducha. Y empezó a reírse.
Ejercicios de vocabulario
1. Relaciona.
1. un andén
2. hacer transbordo
3. perderse
4. las afueras
5. un trayecto
6. llegar a tiempo
7. girar
8. acostumbrarse a
a. cambiar de dirección
b. llegar antes o en el momento necesario
c. cambiar de un transporte a otro
d. la parte exterior de una ciudad o pueblo
e. no saber dónde estás
f. el lugar donde esperas un tren
g. empezar a sentir algo como normal
h. el recorrido de un lugar a otro
2. Completa las frases.
carretera • cerca de • lejos de • bajarse de • subir a • seguir recto • pueblo • perderse
1. Valdemora es un __________ pequeño, no una gran ciudad.
2. Para llegar a la plaza tienes que __________ y después girar a la derecha.
3. Lucía tiene que __________ el tren y coger un autobús.
4. Madrid está muy __________ Valdemora.
5. La panadería está __________ la casa de Lucía.
6. Es fácil __________ cuando no conoces una ciudad.
7. El autobús circula por una __________ estrecha entre las montañas.
8. Cuando llega el tren, Lucía tiene que __________ rápidamente.
3. Elige la opción correcta.
1. Si cambias de tren durante un viaje, haces transbordo / giras.
2. Si llegas después de que salga el autobús, no has llegado a tiempo / no estás en las afueras.
3. Un trayecto es una persona / un recorrido.
4. Para ir en tren primero tienes que subir al / bajarte del tren.
5. Si una tienda está a dos minutos de tu casa, está cerca / lejos.
6. Si vives muchos años en un lugar nuevo, normalmente te acostumbras / te pierdes.
4. Responde con el vocabulario del capítulo.
1. ¿Prefieres vivir en una gran ciudad o en un pueblo? ¿Por qué?
2. ¿Te pierdes fácilmente cuando visitas un lugar nuevo?
3. ¿Cómo es normalmente tu trayecto al trabajo o a clase?
4. ¿A qué cosas sería difícil acostumbrarte si te mudaras a un pueblo pequeño?
Respuestas
1. 1-f, 2-c, 3-e, 4-d, 5-h, 6-b, 7-a, 8-g.
2. 1) pueblo; 2) seguir recto; 3) bajarse del; 4) lejos de; 5) cerca de; 6) perderse; 7) carretera; 8) subir al.
3. 1) haces transbordo; 2) no has llegado a tiempo; 3) un recorrido; 4) subir al; 5) cerca; 6) te acostumbras.
4. Respuestas libres. Ejemplos: 1) Prefiero vivir en una ciudad porque todo está cerca. 2) Sí, a veces me pierdo en lugares nuevos. 3) Mi trayecto dura unos treinta minutos. 4) Sería difícil acostumbrarme a no tener metro.
Capítulo 3. La casa de mis sueños (más o menos)
La casa • las habitaciones • los muebles
Vocabulario clave
la planta baja - первый этаж
el primer piso - второй этаж
el pasillo - коридор
el techo - потолок / крыша
el suelo - пол
la pared - стена
una escalera - лестница
un armario - шкаф
un cajón - ящик
un mueble - предмет мебели
estar cubierto/a de - быть покрытым чем-либо
tener vistas a - иметь вид на
dar a - выходить на (об окне/комнате)
espacioso/a - просторный
acogedor/a - уютный
La casa de mis sueños (más o menos)
Por la mañana, la casa olía a madera vieja y a polvo. El suelo estaba frío bajo sus calcetines y, desde el jardín, llegaba el ruido de los pájaros.
Lucía se despertó a las siete y cuarto porque algo golpeaba la ventana de su dormitorio. Tac. Tac. Tac. Abrió los ojos. Tac. Tac. Durante unos segundos no recordó dónde estaba. Después vio las cajas, las cortinas antiguas y una grieta pequeña en la pared. Valdemora. Su nueva casa. Tac. Lucía se levantó y abrió la cortina. Una rama del árbol tocaba el cristal.
-Buenos días a ti también. Miró el móvil. Tenía tres mensajes de su madre, dos de Sara y uno de un número desconocido. «Buenos días, Lucía. Soy Carmen. ¿Has dormido bien?» Se quedó leyendo la pantalla.
-¿Cómo tiene mi número?
Decidió no investigar todavía. La noche anterior había llegado cansada y solo había visto una parte de la casa. Aquella mañana tenía una misión: descubrir exactamente qué había comprado. Se puso unos vaqueros, una sudadera y zapatillas. Después bajó por la escalera con el móvil en una mano y una libreta en la otra. En la primera página escribió: CASA
- COSAS QUE HACER. Debajo añadió: 1. Ducha. Pensó un momento. 2. Luz de la cocina. 3. Ventana del dormitorio. Miró la lista.
-Tres cosas. No está mal. Todavía era muy optimista.
Empezó por la planta baja. El recibidor era pequeño y oscuro. Desde allí se entraba en un pasillo que llevaba al salón, al comedor y a la cocina. Lucía abrió las ventanas del salón. La habitación era bastante espaciosa, con dos ventanas grandes y una chimenea de piedra. Había un sofá antiguo, dos sillones y una mesa baja. Todos los muebles estaban cubiertos de telas blancas. Lucía tiró de una. Una nube de polvo salió directamente hacia su cara.
-¡Achís! Estornudó tres veces.
-Muy romántico. Debajo de la tela apareció un sofá verde oscuro. Lucía lo observó.
-Tú y yo vamos a tener una conversación sobre 1984.
Se acercó a una de las ventanas. El salón daba a la calle y desde allí podía ver las casas de enfrente. Carmen estaba delante de su casa hablando con otra mujer. Carmen levantó la cabeza. Vio a Lucía. Sonrió y saludó con la mano. Lucía saludó también. La otra mujer miró inmediatamente hacia la ventana.
-Fantástico -murmuró Lucía-. Primera emisión del día. Cerró un poco la cortina. El salón podía quedar bonito. Las paredes eran claras y el suelo de madera parecía estar en buen estado. Entonces miró hacia arriba. Había una mancha en el techo. Sacó la libreta. 4. Mancha del techo. La lista empezaba a crecer.
El comedor estaba al lado. Era más pequeño, pero tenía una puerta de cristal que daba al jardín. Había una mesa grande y seis sillas. Lucía pasó un dedo por la mesa. Polvo. Mucho polvo.
-Necesito productos de limpieza. Lo escribió. 5. Comprar productos de limpieza. Abrió un cajón del aparador. Dentro había cucharas viejas, servilletas, dos velas y una llave. Lucía cogió la llave.
-¿Y tú qué abres? Probó el siguiente cajón. Estaba vacío. El tercero no se abría.
-Claro. El único interesante. Tiró un poco más. Nada.
-Volveré. No sabía por qué estaba amenazando a un cajón, pero la casa parecía provocar ese tipo de conversaciones.
La cocina seguía siendo su habitación favorita. Era realmente espaciosa. Había una mesa de madera en el centro, varios armarios, un fregadero grande y el horno antiguo que había visto el día anterior. Una ventana daba al jardín. La otra tenía vistas a las montañas. Lucía se quedó unos segundos mirando fuera. El cielo estaba gris claro y había una fina capa de niebla sobre las montañas. Algunas hojas amarillas cubrían el jardín.
-Vale -dijo-. Esto sí estaba en las fotos. Por primera vez entendió por qué había comprado la casa tan rápido. La cocina tenía algo especial. Todavía no era acogedora, pero podía serlo.
Abrió el primer armario. Platos. El segundo. Vasos. El tercero. Una colección impresionante de recipientes de plástico sin tapa.
-Perfecto. Esto sí es universal. Abrió otro. Vacío. Otro. Más platos. En el último encontró una pequeña tetera amarilla. La sacó y sonrió.
-Tú te quedas. La puso sobre la mesa. Después abrió el horno. Dentro había dos bandejas viejas y un molde redondo. Lucía las sacó. No sabía todavía para qué iba a usar aquel horno, pero le gustaba. Añadió otra línea a la libreta: 6. Limpiar la cocina. Después escribió: 7. Mucho. Y subrayó «mucho» dos veces.
Detrás de la cocina había una puerta pequeña. Lucía la abrió y encontró una despensa. Las estanterías estaban cubiertas de polvo, pero la habitación era más grande de lo esperado.
-Aquí caben muchas cosas. Imaginó comida, cajas, botellas, quizá una pequeña estantería para café y té. Después vio una telaraña enorme.
-Y actualmente cabe una familia de arañas. Cerró la puerta. La familia podía quedarse allí unas horas más. Volvió al pasillo y abrió la última puerta de la planta baja. Era un baño pequeño. Lucía abrió el grifo. Salió agua.
-¡Sí! Abrió el agua caliente. Nada.
-Ah. 8. Agua caliente.
Subió al primer piso. La escalera crujía con cada paso.
-Eso es normal en una casa antigua -se dijo. Criiic.
-Completamente normal. CRAC. Durante un instante no se movió.
-Menos normal. Miró el escalón. Parecía entero. Subió con más cuidado. En el primer piso había tres dormitorios y otro baño. El pasillo era estrecho, con varias fotografías antiguas en las paredes. Lucía se acercó a una. Una mujer joven estaba delante de la casa, sonriendo. Detrás de ella aparecía el mismo árbol que ahora ocupaba medio jardín. Lucía no sabía quién era. Decidió no tirar las fotos.
Su dormitorio era el más grande. Tenía una cama de madera, un armario enorme y una cómoda con cuatro cajones. La ventana tenía vistas a las montañas.
-Esto es peligroso -dijo Lucía. La casa empezaba a gustarle demasiado. Abrió el armario. Una puerta hizo un ruido largo. Ñiiiiiiic.
-Tú también necesitas ayuda. Dentro encontró dos mantas y una caja pequeña. La abrió. Botones. Cientos de botones. Rojos, blancos, negros, azules. Lucía miró la caja.
-¿Por qué? No había respuesta. La guardó otra vez. Aquella casa tenía demasiadas preguntas.
El segundo dormitorio era más pequeño y daba al jardín. Lucía decidió que podía convertirlo en despacho.
-Aquí pondré un escritorio. Miró la pared.
-Una estantería allí. Miró el suelo.
-Una alfombra. Durante unos minutos empezó a imaginar la habitación terminada. Una lámpara bonita. Libros. Plantas. Después recordó que solo pensaba quedarse unos meses.
-No necesitamos plantas. La habitación guardó silencio.
-Ni una alfombra cara. Silencio.
-Quizá una pequeña. Lucía escribió: 9. Alfombra. La casa estaba ganando.
El tercer dormitorio era pequeño, pero sorprendentemente acogedor. Había una cama individual, una mesita y una ventana pequeña. Lucía abrió las cortinas. La habitación tenía vistas a los tejados del pueblo.
-Habitación de invitados. Pensó en Sara. Después imaginó la reacción de Sara al descubrir que el agua caliente no funcionaba.
-Habitación de invitados cuando tengamos ducha. Abrió un cajón de la mesita. Dentro había un libro viejo, una moneda y una nota doblada. Lucía abrió la nota. Solo decía: «Comprar azúcar, harina, mantequilla, huevos.»
-Una lista de la compra. La dejó donde estaba. No sabía que aquella pequeña lista tenía más relación con su futuro de lo que podía imaginar.
El baño del primer piso era el lugar menos romántico de toda la casa. Los azulejos eran marrones. El lavabo era amarillo. La bañera era de un color que Lucía no podía identificar.
-¿Verde? ¿Gris? ¿Tristeza? Abrió el grifo. Una gota. La misma ducha de la noche anterior seguía sin colaborar. Lucía sacó la libreta. 10. BAÑO. Lo escribió en mayúsculas. Luego añadió tres signos de exclamación. 10. BAÑO!!!
-Prioridades. Se miró en el espejo.
-La casa de mis sueños. Una parte del espejo estaba rota.
-Más o menos.
A media mañana, Lucía ya tenía diecisiete puntos en la lista. Había descubierto otra mancha en el techo, una puerta que no cerraba, dos enchufes que parecían demasiado antiguos y una tabla del suelo que hacía un ruido sospechoso. También había encontrado cosas buenas. Las habitaciones eran espaciosas. Había mucha luz. La cocina era preciosa. Las vistas eran increíbles. Y, debajo del polvo y de los muebles antiguos, la casa tenía personalidad. Lucía bajó a la cocina y preparó café con una pequeña cafetera que había traído de Madrid. Se sentó junto a la ventana. Entonces llamaron a la puerta.
Era Carmen. Por supuesto. Llevaba una cesta.
-Buenos días.
-Buenos días.
-Te he traído tomates, pan y huevos. Lucía miró la cesta.
-No hacía falta.
-Ya lo sé. Carmen entró antes de que Lucía pudiera decidir si la había invitado. Miró alrededor.
-No ha cambiado mucho.
-¿Conocía la casa?
-Claro. Pilar vivió aquí cuarenta años.
-¿Pilar era la propietaria?
-Sí. Y era muy amiga de tu abuela. Tu madre pasó muchas tardes en esta casa cuando era niña y adolescente. Carmen pasó la mano por la mesa.
-Cocinaba muy bien. Lucía recordó la lista de harina, azúcar, mantequilla y huevos.
-He encontrado algunas cosas suyas.
-Hay muchas. Pilar guardaba todo. Lucía pensó en sus catorce tazas.
-La entiendo.
Carmen miró hacia el techo.
-Eso tendrás que arreglarlo.
-Sí.
-Y las ventanas.
-Sí.
-Y la instalación eléctrica es antigua.
-También lo he notado.
-Necesitas a Mateo. Lucía levantó la vista.
-¿Quién es Mateo? Carmen pareció sorprendida de que existiera una persona en el mundo que no supiera quién era Mateo.
-El electricista.
-Ah.
-Vive aquí.
-Eso suele ser práctico para un electricista local. Carmen ignoró el comentario.
-Es muy bueno. Puede mirar los enchufes y las luces.
-Perfecto. ¿Tiene teléfono? Carmen sonrió de una forma que Lucía no entendió.
-Sí.
Cinco minutos después, Lucía tenía el número de Mateo guardado en el móvil. Carmen también había conseguido explicarle dónde comprar pintura, qué supermercado era más barato, qué días abría la ferretería y qué vecino tenía una escalera grande.
-Muchas gracias -dijo Lucía.
-Para eso estamos. Carmen caminó hacia la puerta. Antes de salir, miró el salón.
-Puede quedar muy acogedor. Lucía miró los muebles cubiertos de telas, la mancha del techo y las cajas.
-Sí. Algún día.
-Antes de lo que piensas. Otra frase misteriosa. Carmen salió. Lucía esperó diez segundos y miró por la ventana. Carmen ya estaba hablando con la mujer de enfrente.
Lucía cogió el móvil. Nuevo contacto: Mateo - electricista. Escribió: «Hola. Soy Lucía. Acabo de comprar la casa de la calle del Olmo, 17. Tengo algunos problemas con la electricidad.» Miró la lámpara de la cocina. Añadió: «Bueno, varios.» Estuvo a punto de enviar el mensaje. Entonces miró el interruptor. Quizá era una bombilla. Eso sí podía cambiarlo ella. No necesitaba llamar a un profesional para cambiar una bombilla.



