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Sin embargo, ante el subrepticio espacio conquistado por la teoría de la relatividad, el suceder histórico dará paso a la incontenible variedad de los avances tecnológicos. Aquí sólo compete señalar a qué grado los llamados medios masivos, y la cultura que destilan, se configuran como el reflejo más claro de una modernidad en perpetuo desborde. Dimensión conflictiva que, con inigualable claridad, Heidegger avizoró (Heidegger, 1968) cuando advertía a la humanidad del insospechado poder que sobre el destino del hombre habría de adquirir la técnica como tal. Otras búsquedas, centradas en el terreno de la filosofía, la ciencia y el arte contribuyeron a cristalizar ciertas rupturas en las configuraciones perceptuales, en las dimensiones imaginarias y consecuentemente, en las jerarquías valorativas ancladas a título secular.
En consecuencia, tiempo y espacio como entidades per se, otrora dueños de ontologías y metafísicas que norteaban el destino de Occidente, debían recomponerse entre tantos tiempos y espacios como lo exigía la multiplicación de los nuevos descubrimientos, y la diseminación de sus nuevas prácticas. Imágenes visuales y auditivas comenzaron a alcanzar protagonismos imprevistos en los intercambios comunicativos, transitando, en ese proceso, desde el paralelo enriquecedor hasta la concreción de novedosas e imprevisibles fusiones. Así, pues, la fantasmática del audio ya no tenderá, como antiguamente, a una visualización que la represente, o a una figuratividad que la releve, pues inversamente la propia visualidad de la narración irá a procurar, en términos constantes, cercos acústicos que le faciliten un territorio, u oleadas rítmico-melódicas que soporten la dinámica a escenificar. Más que imperio visoauditivo, estaríamos certificando una dominancia audiovisual.
Lo cierto es que con la cultura masmediática, las dimensiones percibidas van a sujetarse a otros ejes, pues en vez de que la pantalla imite al mundo se constata cuánto el mundo se mira en la pantalla. Probablemente esa infraestructura permitió anunciar el modo en que la televisión, luego de ser simulacro, reflejo o mero apoyo de lo real, amenazaba con pasar a constituirse en paradigma de la experiencia, orientador de la opinión, instrumento de captura de la “verdad” (Colombo, 1977). Ello justificaría hablar de un abandono de lo real y un correlativo apego a los efectos de la realidad (Sodré, 1983: 65; 1989: 132). O, en términos más amplios, describir la creación contemporánea de un porno-estéreo que habrá de añadirse a lo real (Baudrillard, 1981: 33-9).
En consecuencia, la realidad actúa en función de la televisión e incluso procura parecerse a ella, en el mismo sentido que las calles romanas terminaron imitando a su correlato fílmico, ése que fuera concebido para el filme La dolce vita (1960). No poca es la sorpresa, e incluso el desconsuelo, que tal efecto duplicador suscita en su genial realizador (Fellini, 1978: 85-98). Según sugieren Bazin y Rohmer habría un efecto, circular si se quiere, aunque de alcance catastrófico, entre un Hitler patéticamente chaplinesco conmocionando al mundo, y el Charles Chaplin lúdicamente hitleriano de El gran dictador (1940) (Deleuze, 1984: 241-43). A la rigidez del bigote, la nerviosa movilidad, y la pequeña estatura, habría que añadir el insustituible impacto de los despliegues gestuales que caracterizara a tan disímiles personajes. Syberberg ha llegado incluso a señalar que el poder alcanzado por el xenofóbico Hitler no puede únicamente explicarse por la emergencia de una serie de valores autoritarios y chauvinismos requeridos de expiaciones objetivables, sino fundamentalmente por sus dones de “cineasta” o, si se quiere, de escenificador ceremonial (ídem, 350, 356-9).
Así, pues, el trabajo de Leni Riefenstal, principal documentalista de Hitler, se vio facilitado por los rigores simétricos-euclidianos con que éste último imaginaba primero, y contribuía a escenificar después, planos, ángulos y secuencias de sus marchas y desfiles (Gubern, 1989: 83-110). Éstos eran los faustos monumentales y arquitecturales, sobre los que se asentaba el impacto y la vigencia nazistas. En un texto soslayado últimamente, Reich demuestra precisamente que una buena dosis del valor propagandístico que la política nazi puso en juego, reposaba sobre una imaginería encargada de embragar hasta el cansancio el par madre-patria, a través de la noción de reproducción (biológica/económica), amén del soporte explícito que el cromatismo y los rasgos biotípicos de la raza aria significaron para consolidar la pretendida pureza de tal etnia (Reich, 1946).
La historia nos habría hecho transitar de la logosfera, que sería la fase de los ídolos fascinantes y de los indicios glorificados por el aura, a la grafosfera, icónicamente representativa y artísticamente placentera; para arribar, en última instancia, a la videosfera, reino de la simulación y la virtualidad, donde la imagen no tiene más referente que ella misma. Del asombro ante lo sobrenatural nos deslizamos hacia la contemplación recreativa, y de ésta a una captura afectivo-cognitiva que la imagen actual, en términos de atención exclusiva aunque pasajera, exige para sí (Debray, 1994: 175-202). Se ha dicho que el mensaje es el masaje (McLuhan y Fiore, 1972). Lo eventual, entonces, será –al mejor estilo de las muchedumbres de Le Bon o de las hordas primitivas de Freud– la convergencia en el espacio, dado que para los destinatarios lo sustancial del efecto radica en la simultaneidad con que son capturados en el tiempo. Tiempo de circulación masmediática, tiempo de globalización, tiempo que todo lo sincroniza y congela.
De ahí, no es vano el especial brillo que para las tecnologías informativas de actualidad alcanzan las transmisiones en “directo”: índice de eficacia, garantía de posicionamiento, invasión del registro y, paralelamente, registro de la invasión. Tal como lo señaláramos en un trabajo anterior (Hevia, 1994: 70) el receptor tendrá la “saludable” impresión de integrar una variante posmoderna de la milenaria Ley del Talión, así pues: ojo por ojo, lente por lente. Similar es la coartada que se maneja hoy en las discotecas juveniles, especie de cronometrización “n” veces refractada, cuando el espectáculo del goce tribal y de los ritmos seriados, es devuelto en una serie de pantallas aleatoriamente ubicadas, ahí donde se recortan “en vivo” los enfervorizados danzantes. La estrategia se complementa gracias a la clonación que diversos espejos procuran a los asistentes. En esa mise en scene el espacio se fragmenta hasta el hartazgo y los tiempos surgen de una espiral que sustrae cuerpos y dona ruidos. Experiencia vertiginosa que esa suerte de caja de resonancia icónica facilita, al duplicar o multiplicar todo. Reino de tatuajes luminosos y “barridos” en continua precipitación.
Para sustentar, por ejemplo, que el cine constituye a su espectador a fuerza de recortes motrices y privaciones sensoriales, se ha apelado a las nociones de pulsión escópica y pulsión invocante, que extraídas de su matriz psicoanalítica permiten diseñar una suerte de imaginario del espectador que durante la penumbra y silencio del ritual se convertiría en un gran ojo y un gran oído (Metz, 1979: 44-66). A propósito de los despliegues tecnológicos podría aludirse, en el extremo, a una concepción experimental de la existencia, quinta esencia del laboratorio, feudo cientificista en el que, por ejemplo, se esgrimen las racionalizaciones necesarias no para reproducir a la naturaleza sino para corregirla (Deleuze, 1990: 102) e incluso, extorsionarla. Adversos a tales afanes, los ecologistas, han hecho de esa denuncia su gran bastión y también su mejor propaganda.
Consecuentemente espacio y tiempo, en vez de ser las coordenadas sensibles del entendimiento van a constituirse en meras variables (dependientes, independientes, de control) que coadyuvan a la reconstrucción de un espacio real según los intereses de la observación sistemática; entretanto el tiempo será convertido en la simple materia del registro cronométrico. Por lo tanto, el espacio se reduce a la arquitectura de un set y el tiempo es vaciado a manera de un replay: tecnología sintética. A propósito de esto último se ha propuesto que lo que le otorga a la contemplación fílmica su magia y fascinación irreductibles, es ese poder de privarnos del tiempo inmediato para proceder, más libremente, a la entrega de los avatares narrativos (Scheffer, 1980: 7-23). Tal sustracción, que es la de lo real del cuerpo, supone invocar otras memorias, remotas, distantes, incluso ajenas. Episodios que recuperan la cándida expectativa y el terror paralizante con que el mundo era atisbado en su intimidad y espectado desde sobrecogedores contrapicados.
Se ha ido quebrando, en la visión de Lefebvre, la bipolaridad sígnica, la sacrosanta correspondencia entre los mensajes y sus contenidos, y en ese descoyuntamiento emergen masas fluctuantes de significantes; camadas dispersas de imágenes; series caóticas de impresiones, atravesando múltiples circuitos e imponiendo, por exceso o por carencia, usos y consumos del más variado espectro. Así, pues, tal como lo demostrara Barthes, los diseñadores de moda suelen manipular un ideolecto estacional, una futurología de corto aliento, como quien da el reporte del tiempo y grafica el techo atmosférico, auxiliándose en una terminología cautiva (Barthes, 1978: 49-59, 169-75). Tal dispositivo se constituye como un filtro, incluyendo a los iniciados y bloqueando, en el mejor estilo platónico, a los falsos pretendientes. Las sectas místicas, dado el discurso paranoico del que se hacen cargo, (Guattari, 1976) leen apocalipsis, redenciones y exorcismos ahí donde el ciudadano común no pasa de distinguir, y con mucha dificultad, probabilidades dramáticas y azares insospechados.
Los aparatos publicitarios desgastan y renuevan sus propuestas afectando eróticamente cuanto objeto alcanzan, entremezclando advertencias y exhortaciones con el cliché de sus gags y la ironía aplastantemente efectiva de sus jingles y slogans: administración farmacográfica para el siempre entusiasta fetichismo del consumidor (Peninou, 1976: 107-26, 166-227; Baudrillard, 1974: 88-107). El fútbol, caleidoscopio privilegiado de la era actual, torna fraternas en sus locuciones las isotopías bélicas con las señalizaciones topográficas; los desequilibrios hidráulicos con las trayectorias geométricas; y, por si fuera poco, resuelve y disuelve crisis económicas y disconformidades políticas, nivelando la expectativa general y potencializándola con el festejo colectivo (Verdú, 1980: 44-67, 156-92).
Una de las inequívocas consecuencias del crepúsculo referencial que la entrada del siglo XX supone fue, sin lugar a dudas, la afirmación de una filosofía del lenguaje, que entre prescripciones y descripciones cumplió con el propósito analítico de disolver el culto a la lengua. En esa línea, y luego de una paternidad que no es ajena a la obra de un Russell, se eleva con brillo propio un personaje de la talla de Wittgenstein. Con inusual rigor, este pensador interroga incansablemente al discurso científico y al sentido común, desenmascarando por partida doble los más caros sueños de una metafísica conceptual que desoye las variaciones que el contexto dicta (Wittgenstein, 1988: 423, 435, 485, 497). Acaso sin esas precedencias no es posible sopesar el reconocimiento que hoy se otorga a Austin, lingüista norteamericano y sistematizador de la denominada pragmática. Tal disciplina, que fuera definida como la del espacio ocupado por los actos del habla, se ha orientado principalmente a demostrar cómo y cuánto los aspectos ligados a la locución (lo dicho) y a la ilocución (lo expresado y actuado durante esa dicción) se encuentran inextricablemente ligados. Ese ejercicio desarrollado al unísono apunta, en último término, a crear en el otro (receptor o destinatario, auditorio o enunciatario, terreno del trabajo conativo) una serie de refracciones; una secuencia de respuestas abiertas o sesgadas; un conjunto de expresiones intencionales o involuntarias, materias todas con las que se configuraría el denominado efecto perlocutivo (Austin, 1971: 139-52) En otras palabras, el efecto perlocucionario emerge como una suerte de impresión suplementaria, de impacto en el oyente o interlocutor, suscitado tanto por la naturaleza de la expresión como por la escenificación ritual de lo expresado.
Al insistir en la complementariedad entre lo dicho –a título, si se quiere, abstracto– y el acto o la actuación que torna posible tal dicción; al recuperar el nexo entre la enunciación y la ejecución que la evidencia, la pragmática hace un llamado implícito a la correspondencia, necesariamente guardada, entre una oratoria discursiva y el aparato convencional con que se acostumbra transmitirla. Los matices ilocucionarios que tal teoría contempla han sido las más de las veces calificados como rasgos suprasegmentarios (Deleuze y Guattari, 1988: 106), modalidad engañosa de reconocerles una presencia/ausente; de atribuirles una presencia continua y global, aunque siempre inaprehensible, en el ámbito del habla.
Sin embargo por estar, tales matices, íntimamente ligados al repertorio expresivo que los ritos cotidianos reclaman, su estudio, de uno u otro modo, se instala en la óptica de autores como Goffman y Garfinkel (Wolf, 1982), cuyas metodologías parecen deberle tanto a los trabajos etnográficos. Se trata, en otros términos, del efecto teatral indispensable para la recreación de un verosímil que el oyente/espectador precisa, y sobre el cual el remitente deberá trabajar a plenitud. Jakobson, uno de los padres de la lingüística moderna, se refería al impacto dado por lo que él denominó la función emotiva, la misma que es ejercitada por el destinador. Ni emocional, ni psicológica, la expresión de tal ejercicio debía activar, en el destinatario, la función conativa; debía movilizar, en el otro extremo del circuito, alguna impresión (Peninou, 1976: 82-3).
El peso menor que hasta períodos recientes ocupó la pragmática, se correlaciona, en una gran medida, con las particulares dificultades que para el abordaje analítico representan los timbres, los tonos y las inflexiones fonemáticas delante del rigor formal que ha caracterizado, desde sus inicios, a las opciones más fervientemente ligadas al orden sintáctico y a sus estructuras subyacentes. Al lado de los funcionalismos, principalmente emparentados con la sociología y la antropología; y de los conductismos, más cercanos a la psicología y la pedagogía, la propia pragmática fue también tildada de puro andamiaje técnico, metodológicamente soslayada por detectivesca e ideológicamente afecta a la conservación del statu quo.
Sin embargo el orden del habla y la dimensión oral en la que se realiza ya han sido reivindicadas por autores de reconocida valía. Así, pues, contra todo pronóstico y recorriendo un sendero cuyo andamiaje epistémico es por demás reconocido, Derrida ha demostrado que toda la tradición del pensamiento occidental se encuentra inspirada en un platonismo que hizo de la oralidad el terreno por excelencia de los valores efímeros; de la palabra hablada, el recipiente de los atributos inefables; del verbo, una luminosidad irrepetible. Habría incluso, según demuestra el autor, una escritura primigenia en el cuerpo, una inscripción anatómica sobre la que se funda la emisión del habla (Derrida, 1971: 7-35, 97-126). No lejos se encuentra el psicoanálisis, cuando reflexiona sobre el modo en el que la letra marca el cuerpo, sobre la manera en que la letra se encarna (Lacan, 1989 I: 179-213). Ya desde la pragmática propiamente dicha suele aludirse al acto performativo, acontecimiento en el que Deleuze y Guattari se apoyan para destacar las llamadas transformaciones incorporales a las que ciertas performances dan lugar (1988: 85-6).
Desde otra orilla, y siguiendo la lección de Nietzsche en su recuperación de las superficies, Baudrillard ha demostrado que el embrujo procedente de las apariencias ha sido, en tanto objeto de pavor, sistemáticamente neutralizado por el pensamiento oficial. Los regímenes científicos procuraron típicamente profundidades no menos ficticias, detectando estructuras ausentes, y procurando apoyo en otras escenas donde a priori se objetivara lo invisible. El autor insiste en denunciar los fundamentales desvíos perpetrados por Saussure y Freud en sus propias obras; la sintomática y reveladora omisión de ciertos fenómenos hacia los que dichos autores parecieron inclinarse originariamente (Baudrillard, 1981: 55-60).
Saussure, por ejemplo, huyó sin dilaciones de la trama visiblemente escurridiza que, a sus ojos, representaban los anagramas. El conflicto lo vivía el teórico a propósito de la probable incompatibilidad entre el ingenio multilineal y los despliegues lúdicos que los anagramas suponen, respecto al quehacer analítico más riguroso. Información al margen, es preciso recordar que para el célebre lingüista ginebrino tales urdimbres escriturales fueron, desde su juventud, materia de irresistible atractivo. Es probable que su posterior rechazo, opina Baudrillard, respondiera a motivos análogos a los que el lingüista levantara contra el fenómeno del habla, adjetivado como heteróclito, como diverso, cuando no inconvenientemente marcado por iniciativas individuales (Saussure, 1974: 49-66). En consecuencia, el gesto de Saussure supuso, en buen romance, dejar de lado características no sistemáticas, ajenas al sistema de la lengua o a la estructura de su funcionamiento.
De otro lado Freud, luego de haber confiado en su teoría de la seducción como pivote explicativo ante el discurso histérico, optó en su trabajo clínico por dejar entre paréntesis esa noción e insertar, en su lugar, el célebre trauma inconsciente. Luego de ello se pudo entregar abiertamente a la sustancial tarea de capturar las ramificaciones y distorsiones manifiestas de dicho trauma, y aplicar ahí el bisturí de la interpretación psicoanalítica (Laplanche y Pontalis, 1977: 467-71, 209-11). En tal movimiento el padre del psicoanálisis no sólo adelgaza el valor de lo manifiesto, y enfatiza lo reprimido-latente, sino que además descarta el peso de los otros reales para incidir en las resonancias que, en un sujeto inconsciente, dejan aquellos.
Más globalmente se sabe que la semiótica y el psicoanálisis, bajo el aura de un Greimas o un Lacan, fieles a sus textos o a sus discursos se esforzaron en rescatar, debajo de aquéllos, o al lado de éstos, semas y significantes que a manera de vehículos ad hoc permitieran que nos aferremos a los recorridos del sentido o a las pulsiones del deseo. Dicho de uno u otro modo, en una u otra jerga: planos profundos, dimensiones de base o estructuras primigenias, éstas debían ser inevitablemente, una y otra vez, reconquistadas, recargadas, puestas a buen recaudo. Y si es cierto que el proceso primario sólo cobra valor en la terapia psicoanalítica en tanto materia princeps a ser esculpida, o enigma a ser traducido para y en el proceso secundario, cobra plena vigencia aquello de que no se trata de interpretar al inconsciente sino de permitirle producir; que no se trata de encontrarlo sino de construirlo (Deleuze y Guattari, 1973: 11-42; 1988: 285).
No faltan las demostraciones que revelan hasta qué punto la sesión analítica puede convertirse en un diálogo de sordos o en un paralelo delirante entre regímenes discursivos irreductibles (Laing, 1983: 70-3; Deleuze y Parnet, 1980: 92-3). Mientras que, en otra línea, Goffman ha sabido detectar la destreza y plasticidad con que los internos de un hospital psiquiátrico devuelven a médicos y enfermeras el ritual que éstos le destinan a aquéllos: el estigma se torna, en estos casos, identidad y el artificio, naturaleza (Goffman, 1972). Incluso este autor se plantea no tanto la necesidad de ubicar divergencias o desvíos como opositores de una norma abstracta, sino más bien inventariar los grados de divergencia posibles en un orden social dado o, para decirlo en sus propios términos, caracterizar más que las divergencias poco habituales que se apartan de lo corriente, las divergencias corrientes que se apartan de lo habitual (Goffman, 1970: 149).
Si de pragmáticas se trata, habrá que recordar que no sólo están las que se despliegan bajo la lupa de la observación oficial, sino también las que concretan los propios especialistas, observados a su vez. Se trata de un conjunto de efectos que tales agentes, más protagónicos de lo que su supuesta neutralidad les hace creer, destilan en su propia labor. Toca pues sopesar, en medio de los escrúpulos y las resistencias clásicamente esgrimidos por los estrategas del saber, el modo y grado en que la presencia del investigador, con su química y física particulares, limitan, sesgan y en el límite, transforman la calidad de la observación. Cuestionamiento medular, entonces, de la neutralidad de la técnica y del llamado tratamiento objetivo de los datos. Hénos aquí, confrontados ante el principio de incertidumbre que Heisenberg desde la física cuántica anunciara. Tal llamado permite entonces, recortar de modo menos iluso los umbrales y paradojas a los que el deseo investigativo no podría dejar de someterse (Ibáñez, 1986: 71-4), salvo que se aferrara a la política del avestruz.
En tal sentido Nadel, confrontado a la imposibilidad de eximir al antropólogo de juicios de valor y de subjetividades condicionadas desde el origen, propuso que las investigaciones aprendan a nutrirse, en vez de sentirse contaminadas, de las marcas con que el informante destila sus enunciados así como del particular perfil que el investigador principal comporta. A este último dispositivo Nadel le llamó ecuación personal, aspecto que al ser “culturalmente” integrado en el balance de la exploración permitiría entrever la manera mediante la cual el antropólogo recorta, sustrae y potencia ciertos rasgos o acontecimientos de un mundo que se desplaza ante su mirada, y que él, recíprocamente, desplaza con su propia mirada (Marzal, 1996 V.III: 161-2).
Tales temáticas anticipan la encendida polémica del Etic-Emic que dividiera a los antropólogos norteamericanos a partir de los años sesenta y cuyos planteamientos más audaces dan cuenta de la necesidad de transformar al participante original en observador familiarizado, en vez de procurar más artificiosamente convertir al observador distante en participante súbito (Geertz y Clifford, 1991). A propósito de lo mismo, aunque centrándose en las técnicas de grupo, se han adicionado las nociones de preceptor (Ibáñez, 1979) o de prescriptor (Canales y Peinado, 1995) que, a diferencia del moderador o del monitor tradicionales, destacan la necesidad de que aquel que conduce al grupo se constituya como un dispositivo propiamente dicho, operador suficientemente plástico como para reajustarse a las variantes del discurso que contempla y del que además es parte constitutiva.




