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Don Gil le comunicó que no veía madera en Fernando para labrarse un futuro en la mina si no era con el pico y la pala. Por ello, le aconsejó que escuchase al chico y que, si necesitaba ayuda para lograr que entrase en la escuela de aprendices y convertirse en maquinista, si el chico demostraba tener aptitudes para ello, solo tenía que pedírselo. Gabriel simplemente le dio las gracias, asegurando que lo valoraría. En cualquier caso, la decisión ya la tenía tomada. Demostraría a don Gil que se había equivocado y, si algo tenía claro, era que el futuro de Fernando no discurriría por los raíles del hullero. Un par de semanas después, le comunicó a su hijo cuál sería su destino.
—Ahora que ha finalizado la guerra de Marruecos, habrá numerosas licenciaturas en el ejército y no es mal momento, según dice don Gil, para incorporarse a filas y hacer carrera, ya que también ha habido mengua de oficiales caídos en el frente. Entrarás en la academia militar y veremos de qué madera estás hecho.
Fernando mostró una tímida oposición, un gesto que le costaría sufrir una nueva serie de bofetadas y correazos, pero era el trámite necesario para asumir padre e hijo la nueva situación. Uno por ser obligado a golpes, otro por no entender la educación de un hijo de otra manera.
Don Gil realizó las gestiones pertinentes para lograr los propósitos de Gabriel y se mostró muy conforme con la decisión tomada. En cierta manera le sabía decepcionado y creía que en tal gesto, anidaba cierto revanchismo por demostrar que se había equivocado con Fernando. No le censuraría por ello, Gabriel seguiría su fiel mano derecha para gestionar con orden su mina y la izquierda también para realizar las labores menos ortodoxas.
1930
6. Pilar
Cuando Fernando abandonó Dolor para convertirse en militar, contrariamente a lo que habría imaginado, se sintió liberado, dejando atrás los lamentos diarios del padre por la desaparición de su hermano. A veces, el Mastín, tras la misa vespertina del domingo en Villanueva, se echaba la escopeta al hombro, metía una botella de orujo en un pequeño zurrón y se perdía la jornada entera por los montes hasta bien entrada la noche. No sabía Fernando si es que seguía buscando algún rastro de la desaparición de Gabrielín, o si iría a perderse por la montaña para, después de beberse la botella, descerrajarse un tiro. Así que verse libre de sus palizas, de sus lamentos y de aquel abatimiento que subyacía bajo un permanente enfado era esperanzador. Las historias de los mandos veteranos de la guerra de Marruecos dibujaron un porvenir de aventura en su imaginación. Un ímpetu que le empujó a entrar en la escuela de cadetes de infantería, aunque no llegaría nada lejos en su propósito. Contrariamente a lo que su padre le decía al patrón sobre las aptitudes de su hijo, Fernando se despistaba con facilidad y no salía de un arresto para meterse en otro. Además, los permisos de salida los aprovechaba emborrachándose con los más bravucones y montando peleas por allá donde fuesen. De no mediar una guerra, su carrera militar sería un fracaso. Pasados dos años asomó la posibilidad de hacerse guardiacivil. Entró en el cuerpo y, sorpresivamente, su primer destino fue muy cercano a su casa, incorporándose al puesto de La Vecilla. Sin él saberlo, don Gil, a petición del Mastín, había hecho valer su influencia para que no le destinasen en otra provincia, proceder habitual del cuerpo armado. Así que, por cercanía, retomó esporádicamente el contacto con el padre, también con sus amigos, aunque lo que le hizo realmente feliz fue conocer a Pilar, la hija del sargento de su cuartelillo.
Pilar tenía dieciocho años y, casi desde su llegada, se fijó en él. Afloró entre ellos una amistad que hacía sospechar a todos los que vivían en la casa cuartel que aquel asunto podía terminar en romance, algo que a todos los uniformados les parecía bien.
Ciertamente, al padre de la chica le costaba más aceptarlo, pero tenía, a su vez, un muy buen concepto de Fernando, que ahora era disciplinado, obediente y siempre dispuesto a presentarse voluntario para lo que fuese.
Como otros padres, el sargento Isidro Matamoros habría fantaseado con casar a su hija con un hombre importante, con una buena posición, incluso mejor que la suya, pero cuando veía a los dos chicos conversar y escuchaba las risas de ella, se convencía de que ¡por qué no! Si su hija se convertía en la mujer de un guardia, de un buen guardia, por supuesto, porque ya se encargaría él de que así lo fuese Fernando, podía ser un enlace conveniente, y lo que también era importante, podría tenerla cerca. Fernando evitaba contrariar a su sargento, su relación con Pilar se limitaba a pequeñas conversaciones por los alrededores y nunca buscando lo íntimo de cualquiera de las veredas que por los sotos serpenteaban por las márgenes del Curueño.
La víspera de la festividad del Corpus, Fernando se armó de valor y le solicitó al sargento, permiso para acompañar a su hija a la romería. Pilar ya le había advertido a su padre de que así lo haría y, aunque se mostró huraño, lo cierto es que no le desagradó.
Y así fue como aquel día de primavera de 1930, Pilar conoció a los amigos de infancia de Fernando, a Ramiro y a Julio, que asistieron a la romería con otros mozos de Dolor y de Villanueva. Hacía mucho que no veían a Fernando. Sabían de él por alguna carta que cruzaban durante el año, por eso acudían divertidos, por si veían a Fernando vestido de uniforme. Julio estaba en mitad del prado de la romería escanciando sidra cuando sintió un dedo en su espalda, a modo de que alguien le estuviese encañonado. Una voz rotunda y sería sonó en su nuca.
—¡Identifíquese!
Se giró y tras una exclamación de alegría, en la que cada uno pronunció el nombre del otro, recibió el abrazo de Fernando mientras sujetaba en sus manos el vaso y la botella de sidra. Después fue Ramiro quien recibió la atención de Fernando. Durante un par de minutos hablaron los amigos atropelladamente, porque no se habían visto en tres años. Tras el efusivo encuentro, fue inevitable que Julio y Ramiro se interesasen por la chica que parecía acompañar a Fernando y permanecía divertida, observando la escena a pocos metros de ellos.
—¿Y esa moza? ¿Está contigo?
—Ven, Pilar, ven que te presento a mis amigos.
Pilar se acercó atrapando sus miradas, su pelo moreno y lacio se desparramaba en una larga coleta, por uno de sus hombros y las líneas lisa de su melena, enmarcaban un rostro bronceado, en el que unos ojos verdes centelleaban igual, pensó Julio, como algunos de los minerales cristalizados en las piedras, que sus compañeros de la mina arrancaban a la montaña y que él se encargaba de acarrear.
—Hola, soy Pilar —les saludó estrechando sus manos.
Pasaron buena parte de la tarde juntos, rememorando aventuras del pasado. De vez en cuando, Fernando se volvía a Pilar y le preguntaba si quería bailar, si se estaba aburriendo, pero ella le decía que no, que le divertía escuchar todo aquello de sus vidas, que ella siempre había vivido en cuarteles y que nunca había logrado tejer una amistad con nadie, como ellos habían hecho.
Más tarde, cuando Fernando se despidió de los amigos, se perdió con Pilar paseando por los caminos para robarle un beso primero y pedirle relaciones formales después.
—¡Pero qué bobo eres!
—¿Yo? ¿Por qué?
—¿Qué es eso de que te gustaría algún día poder llegar a ser mi novio?
Fernando dudó.
—Bueno, pues eso, que…
—Anda, ¡cállate!
Pilar tiró de las solapas de su uniforme hacia sí, rodeó a Fernando con sus brazos por sus hombros y, muy despacio, fue acercando su boca a la suya. Cuando sus labios estaban a punto de rozarse, el cálido aliento de ella le susurró las palabras más hermosas que Fernando nunca hubiese escuchado.
—Sí, ya somos novios.
Fernando separó un poco su rostro del de ella para contemplarla. Entonces Pilar le besó.
—Desde que te vi por primera vez, me dije: «¡Ahí está el hombre de mi vida!».
Fernando estaba en una nube. Había estado casi toda la noche anterior en vela, planeando cómo expresarle a Pilar sus sentimientos y ahora todo se había venido abajo. No hacía falta ya porque ella, con su naturalidad, adivinaba todos los sentimientos que ella le despertaba. Y a cada frase de Pilar, Fernando asentía sonriente. La sensación que experimentaba entre su garganta y pecho era indescriptible.
—Pilar… no te estarás cachondeando un poco, ¿no?
Ella se rio.
—Cuando te vi me gustaste, me gustaste sin más…
—¿Entonces eso de que «ahí estaba el hombre de tu vida?».
Volvió a reír.
—Bueno, eso es verdad, pero podía ser solo un capricho. Después, al conocerte más en profundidad, he de decir que, además de guapo… eres bueno, y eso es lo más importante en un hombre.
Aún se alejaron más del bullicio de la romería para abrazarse, besarse, tocarse y fantasear con el deseo sexual que los dos reprimían. Muchos años después, Fernando recordaría aquella tarde como el momento más feliz de su vida.
A finales del verano, Fernando abordó al sargento para pedirle formalmente relaciones con su hija. Este, que ya se imaginaba que aquella cuestión llegaría en cualquier momento, había sido previsor.
Intuía que por estar tan juntos, la pareja acabaría yendo más allá de lo estrictamente correcto en sus encuentros y lo que menos quería, a pesar de que Fernando ya le gustaba como yerno, era casar a su hija embarazada. Un temor para el que la hija nunca le dio motivos de preocupación, pero el atractivo de Pilar era indisimulable, llamando a la atención de cualquier hombre, algo que le irritaba profundamente.
En el cuartel de Cistierna tenía un primo, sargento como él, con quien urdió su estrategia. Gestionó con la comandancia la necesidad del traslado de Fernando a aquella localidad, distante a unos cuarenta kilómetros. Lo suficientemente cerca como para que la relación entre los chicos no se rompiese, pero también lo suficientemente lejos para que cesasen los cada vez más frecuentes encuentros furtivos que mantenían. De esa manera, podría constatar si el interés de ambos, permanecía tal cual a pesar de la distancia tras un prudente lapso. Fernando recibió la frustrante noticia con entereza. Apenas lo vio el sargento Matamoros pestañear cuando le notificó su traslado, motivado por la necesidad de reforzar algunos acuartelamientos de la provincia, especialmente en los de la zona minera, donde a cada día el ambiente estaba más enrarecido, sucediéndose huelgas y frecuentes enfrentamientos con la autoridad.
—Deja esto de mi cuenta, Fernando, que conseguiré que vuelvas a reincorporarte a este puesto en poco tiempo —le tranquilizó el sargento.
—Y… disculpe. Eso, ¿cuándo sería posible?
—Diría que en no menos de un año y no más de dos.
La joven pareja tuvo que separarse. Por fortuna para ellos, cada diez o quince días Fernando volvía a La Vecilla, en cualquier tren, llevase pasaje o volviese de vacío desde Bilbao tras dejar la hulla fundiendo el mineral de hierro en los altos hornos. Se subía en Cistierna en la misma locomotora si era preciso y bajaba en el apeadero de La Vecilla. Allí entraba a la cantina que había frente a la estación donde estaría Pilar esperándole, pues mediante el teléfono, dejaba aviso de su llegada en el cuartel. Después, solía ser invitado a comer con la familia de la chica, daban un breve paseo y de vuelta al tren para regresar a Cistierna.
Fue en una de esas rápidas visitas cuando volvió a encontrarse con Julio en la cantina. Su amigo le dijo que se había acercado precisamente hasta allí para encontrarse con un carretero de vinos y licores, que pasaría a lo largo de la mañana por la taberna, con destino a León, para entregarle la cantidad de dinero suficiente para comprarse una bicicleta y, así, el carretero en su próximo viaje de regreso se la traería desde la capital en la carreta. Fernando le quitó la idea de la cabeza.
—Guárdate ese dinero, que te traigo una bici dentro de un par de semanas. Tenemos unas cuantas en el cuartel, pero hay dos o tres que no se usan. Fueron requisadas a algún ladronzuelo y allí están, en una cuadra muertas de risa y oxidándose. Ya te la voy a poner a punto.
Dos semanas después, Fernando cumplió su palabra y dejó la bicicleta a cuidado de Pilar para que se la entregase a su amigo cuando llegase a buscarla.
Con el invierno, las visitas de Fernando se espaciaron, la nieve, en muchas ocasiones, bloqueaba la vía y, aunque quizá lograse llegar a la Vecilla, no era seguro disponer de tren para realizar el regreso y no podía correr tal riesgo.
Por contra, Julio, cuando la carretera estaba despejada de nieve, bajaba algunos domingos hasta la Vecilla y aprovechaba para enviar en el tren algún paquete con embutido a su hermano, que seguía estudiando en León. En alguna ocasión se encontró con Pilar y a ella le agradaba tener un amigo con el que charlar, tan aburrida como estaba en aquel pueblo. Los encuentros imprevistos, pasaron a ser planificados de un domingo a otro. Entre esos intervalos, alguna vez consiguió Fernando acercarse a visitar a Pilar, pero ella no estimó necesario comentar que alguna vez coincidía con Julio de manera «casual». Al margen de aquello, las noticias que llegaban del mundo, que allí lo hacían con cuentagotas, alertaban de un inminente cambio político que iba a remover conciencias y desatar pasiones, en algunos casos de manera visceral.
LIBRO DEL VIAJERO
3. Juanito y las chicas del Muga
Julen termina el bachiller sin unas calificaciones brillantes, pero ha conseguido el título, de momento con eso le vale. Ahora lo fácil sería dejarse llevar, comerse un año cuartelero y listo. Pero sus convicciones antimilitaristas son fuertes y a pesar de sentir miedo, está decidido a desobedecer una ley que considera injusta. Al salir del instituto, pasa por el Txoriburu a celebrar con una cerveza sus estrenadas vacaciones y exponer a Piru, sus planes más inmediatos.
—Julen, asume que al final te apresarán. Lo que me choca es que quieras echarte al monte.
—¿Qué es echarse al monte?
—Pues aquello de la posguerra cuando a los que perseguían, huían de sus casas y se refugiaban por las sierras, formando partidas de guerrilleros.
—Joder, Piru, que solo te he preguntado si te parece buena la cordillera Cantábrica para desconectar de todo un par de semanas, pero sin estar aislado como si fuese el puto Himalaya. Tú que te has recorrido medio mundo subiendo montes, algo sabrás del asunto, digo yo.
—De hecho, estuve hace cuatro años en el puto Himalaya, como dices. Fuimos a subir el Manaslu, un ocho mil. Por culpa de las tormentas nos quedamos a solo doscientos metros de la cima.
—Una putada, sí, pero ahí sigue el monte. Otro día volvéis, pero ahora escucha. Hasta mitad de julio no tendría que ir al cuartel y quiero estar fuera de casa hasta que pase la fecha. Dejar pasar varios días desde que me vengan a buscar, que lo harán y, luego, ya valoraré qué hacer.
—En fin, voy a ver si entre mis trastos encuentro algún mapa.
Piru desaparece hacia el almacén del bar. Por allí tiene una caja con mapas de macizos montañosos. Después de encontrar lo que busca, toman asiento en una de las dos mesas que hay al fondo del pequeño bar, desplegando un mapa sobre ella.
—Esta zona es del norte de León y sur de Asturias…
—¿Picos de Europa? Mejor no, que por ahí habrá mucho turista…
—Eso queda fuera de este mapa. Este territorio es igual de espectacular, pero muy desconocido y está casi despoblado. Por aquí no vas a encontrar más que a los pastores y a cuatro vecinos que quedan por estos pueblos, ¿lo ves?
Julen examina la zona que Piru le propone, en parte coincidente sobre la que había estado rebuscando sin éxito en un mapa de carreteras el nombre de Dolor.
—Podría valer.
—Ya te digo que por aquí, podrías estar el tiempo que quieras sin que te encontrasen. Siempre, claro, que no reveles tu identidad en un banco, te registres en un hotel o te paren los picoletos… Pero lo más importante es que no le digas a tu tía que te he ayudado, que después me la lía.
—Tranquilo, ya sé que habéis tenido movida.
—¿Qué te ha contado?
—Estaba bastante jodida y básicamente me dijo que se te ha ido el tema de las manos.
—Bueno…, pero ya está todo arreglado.
—¿Seguro?
—Voy a deshacerme del bar y después a limpiarme.
—Tienes suerte de que Kattalin todavía confíe en ti, aunque no es solo del caballo de lo que te tienes que preocupar. No la cagues.
Como si los dos hubiesen pensado lo mismo, vuelven sus miradas hacia la calle. Desde el fondo del bar también se ve la acera de enfrente y en una pared tras ella, a modo de advertencia o amenaza para Piru, una pintada en contra de los traficantes.
Ya entrado julio, Julen emprende su viaje. En casa cuenta que realizará varias travesías por los Picos de Europa con un amigo de Bilbao. Adelanta su partida de Bermeo en un día, pues el plan es dormir esa noche en casa del amigo y temprano tomar el tren. No concreta mucho más y tampoco despierta extrañeza, pues en casa saben que cuenta con bastante experiencia, tanto por las numerosas veces que, de crío, ha subido montes y acampado por ellos con Kattalin y sus amigos, así como en los últimos años con los suyos, ascendiendo la mayoría de las cumbres destacadas de Euskadi. Para Julen no es problemático improvisar cobijo bajo una tormenta o solventar cualquier imprevisto que pueda surgir en la montaña. Pero a Begoña le preocupa que, estando tan próxima su incorporación a filas, se marche a los montes. Julen, además de prometer telefonear regularmente, intenta trasmitirle tranquilidad, aduciendo que tiene margen para regalarse esas pequeñas vacaciones antes de irse a la mili. Una mentira ante la que su tía calla, pero que aborda con él antes de que se marche.
—Te he seguido la corriente, pero en cuatro días tendrías que ir a al cuartel y amama cree que no es hasta final de mes.
—Mejor así.
—La hemos engañado y no me siento bien.
—No le digas que lo sabías. Voy a darme unos días para hacer lo que me gusta. Después de que haya pasado la poli a buscarme, vuelvo y tomaré una decisión.
Kattalin abraza a su sobrino y le viene el recuerdo de otro abrazo como aquel. El que se daba con su hermana todas las mañanas al despedirse. Ella se iba a la escuela y Leire al instituto o a trabajar.
Confía en su sobrino, pero ha sentido miedo al abrazarle y presiente que algo que trastocará profundamente sus vidas, acaba de ponerse en marcha.
—Venga, me marcho, tía, que pierdo el tren.
Echa a correr con dificultad al portar a sus espaldas una enorme mochila que casi pesará veinte kilos, con una pequeña tienda de campaña sujeta en las barras portabultos, un diminuto hornillo, un cazo, sartén y platillo, ropa, unas botas… Sube al tren y, al momento, las puertas se cierran.
Durante la hora de viaje a Bilbao, repasa el mapa que Piru le ha prestado, ideando rutas, memorizando pueblos. Un mapa, según le ha explicado, con una información muy detallada de todos los arroyos, fuentes o incluso cabañas que podría encontrar por los montes. Calculando los desniveles que debería salvar, para realizar varias etapas en sentido este-oeste, resoplaba de vez en cuando, solo al pensar en el esfuerzo a la hora de portar todo aquel peso. Pero solo será eso: esfuerzo, que ya descansará cuando quiera. Solo con imaginarse en lo alto de una montaña, durmiendo al raso en una noche de verano, se ilusiona, se siente libre, porque de ese viaje espera emborracharse de libertad. Llegando a Bilbao, guarda el mapa en uno de los bolsillos laterales de la mochila y en cuanto sale de la estación de Atxuri, impone un ritmo alto a sus pasos cruzando la ría por el puente de San Antón hacia el barrio de Bilbao la Vieja. Sube por la calle San Francisco y luego gira por una estrecha bocacalle hacia la calle Cortes donde se concentran numerosos puticlubs y una buena parte del trapicheo de drogas de la ciudad. Por allí debe buscar la pensión en la que Ángel le dijo que vivía Juanito. Transita precavido por aquella zona marginal popularmente conocida como La Palanca. Cruza frente a algunos toxicómanos que, improvisando corrillos, pretenden disimular sin éxito que esperan a sus camellos. O desfila al lado de tipos a los que evita sostener la mirada, que apuran un cigarrillo apostados por esquinas o junto a algunos portales a modo de vigilantes. Pasa por entre tres prostitutas que hacen la calle y una pareja de policías municipales que patrullan a pie, constatando los agentes que todo está dentro del orden tolerable. Pero miran a Julen extrañados, pues un tipo ataviado tal que parece que va a partir a los Andes no encaja entre el elenco de personajes que, día a día, representan una obra que suele desarrollarse con el mismo guion. Que si algunas redadas, que si un atraco, que si algún ladrón echando carreras a la policía, que si un navajazo, un ajuste de cuentas…
Camina fijándose en los números de los portales. Previamente había buscado la pensión Salamanca en la guía telefónica, pero antes de encontrar el inmueble, un cartel colgado en un balcón le indica el lugar del hospedaje. Un par de yonquis permanecen apostados junto al portal. El que se apoya junto a los timbres del portero automático mira hacia los lados, atento a quienes se acercan por la acera. El otro, ligeramente reclinado en un coche aparcado frente a su compañero, vigila el interior del portal. Siente un nudo en el estómago al acercarse a ellos, pero sabe que, en situaciones potencialmente tensas, lo mejor es mostrar aplomo en lo que se dice y hace. El que está junto a los timbres no se mueve al plantarse Julen frente a él, a pesar de que le hace un gesto de que quiere apretar uno de aquellos botones.
—¡Quita, coño! que no me dejas ver —le dice en un tono cordial, a la vez que le aparta hasta hacerle descender del escalón de entrada al portal.
—¡Qué pasa, tú…! —responde con una agresividad forzada, puesto que la desgana con la que lo hace, evidencia que el tipo está bastante aturdido.
Aprieta el botón de la pensión y hasta pasados unos diez o doce segundos, que a Julen se le hacen eternos, no escucha ninguna voz.
—¿Sí?
—Abre —ordena rotundo.
La voz enlatada parece dudar, pero quizá pensando que se trata de alguno de los hospedados, abre la puerta del portal. El interior está en penumbra. Acciona un interruptor situado junto a unos destartalados buzones, pero ninguna bombilla se enciende. Si, por contra, lo hacen las de los pisos superiores, al llegar el refulgir de sus bombillas por la escalera situada al fondo del portal y a cuyo inicio, otros dos tipos ultiman la preparación de un pico. Pasa por su lado y ellos, a pesar de su llamativo aspecto con la mochila, le ignoran. Mientras sube hasta la pensión, supone que entre los yonquis de dentro y de fuera del portal, se están turnando para administrase sus dosis de heroína.
Se detiene ante una puerta que presenta nada menos que cuatro cerraduras, aunque dos parecen inservibles, a todas luces descerrajadas por algún intento de robo. En mitad de la puerta, un letrero de chapa muestra la leyenda «Hospedaje Salamanca». La cuidada grafía que ofrece y su aspecto cuidado, pues aparenta ser un rótulo muy viejo, quizá de primeros de siglo, es una prueba fehaciente de que corrieron tiempos mucho mejores en aquella zona de la ciudad.
Julen hunde el dedo en el timbre despertando un chirrido eléctrico, que más parece que esté a punto de producirse un cortocircuito a que alguien llame a la puerta. Una mujer de mediana edad atiende a la llamada recibiendo a aquel viajero con desgana.
—Está todo completo.
—Buenos días, estoy buscando a un pariente que se aloja aquí.
La casera no contesta, con los brazos cruzados y una de sus zapatillas dando pequeños golpes sobre la deteriorada tarima del pasillo, aguarda a recibir más detalles.
—Es mi tío, se llama Juan y como estoy de paso por Bilbao, quería saludarle.
—Juan, ¿Juan qué más?
Julen improvisa, pues no tiene ni idea de cómo se puede apellidar.
—Bueno, es mi tío porque estaba casado con mi tía… pero no recuerdo su apellido.
—En fin, ya que no hay otro Juan, será Juanito. Espera.




