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Con el tiempo, el bullicio y los juegos de los críos volvieron a aquel rincón de las montañas, aunque para Julio, Ramiro y Fernando nada sería igual. Aceptaron, como el resto, la teoría de que a Gabrielín se lo habría llevado un sacamantecas, y se horrorizaban al pensar a qué horribles tormentos le habría sometido aquel demonio. Por doloroso que fuese, Fernando no esquivaba la cuestión, necesitaba hablar de ello. Después, los tres intentaban jugar a algo, pero el entretenimiento era forzado y no duraba mucho, así que solían terminar sentados en el murete de la fuente, en la parte más baja que se extendía como abrevadero para el ganado y allí, con una vara en la mano, dibujando trazos en la tierra del suelo o arrojando piedras contra el caño de la fuente, dejaban que el tiempo lamiese su herida, que se encargase de cicatrizarla. Pero era tan lento en hacerlo…
7 El Sacamantecas es un personaje arraigado en el imaginario popular desde, al menos, la Edad Media, aunque el término volvió a popularizarse de nuevo durante el siglo XIX y comienzos del XX. Se trata de un hombre que mata principalmente, a mujeres y niños para extraerles las mantecas (grasa corporal)y hacer ungüentos curativos, pues para algunas personas existía la creencia de que la grasa corporal de personas jóvenes y sanas tenía propiedades curativas.
1925
4. Julio, el minero
Cumplidos los quince años, Julio entró a trabajar a la mina. Había dejado de estudiar un año antes y durante ese tiempo se dedicó a ayudar a su madre cuidando un pequeño rebaño de cabras y adecentando unos metros de terreno como huerta que resultó ser un notable aporte a la apretada economía familiar, mientras Ramiro seguía en la escuela. El benjamín poseía una gran capacidad para los estudios. En la escuela, los que más duraban lo hacían hasta los catorce años y no eran muchos. A partir de esa edad, si no se seguía estudiando, cada cual según su familia o posibilidades, empezaría a trabajar y a contribuir al sustento de la economía familiar. Don Víctor, el maestro, intuía el potencial de Ramiro. A su juicio, ya tenía el mismo nivel y conocimientos que los chicos mayores y teniendo once años, hacerle pasar otros tres sin progresar, le parecía un desperdicio. Es por ello por lo que aconsejaba insistentemente a sus padres, que valorasen la posibilidad de enviarlo a estudiar con los frailes agustinos en León. Todos tenían muy claro que Ramiro no iría para cura, pero solo de esa manera adquiriría cultura y no estaría condenado a ser minero.
—¡Quien sabe! —le animaba su madre—, quizá podrías ser maestro… o médico.
—O ingeniero de minas —apuntaba Juanón—, nuestra tierra está horadada de ellas y podrías ganar un gran sueldo sin tener que irte lejos.
—Ya, pero… no sé si aguantaré tanto tiempo allí solo —les respondía disimulando la congoja que le daba ausentarse de su hogar.
—No te diré que no sea duro, hijo, porque lo será —aseguraba Juanón—, pero vendrás en Navidad y verano y te prometo que, al menos un par de veces a lo largo del curso, nos acercaremos a verte a León. Además, harás nuevos amigos, piensa que todos estarán en una situación similar a la tuya, al ser un internado. Tenemos que aprovechar la ocasión de que tanto tu maestro como don Gil nos brindan redactando sendas cartas de recomendación en las que aseguran que tu educación es una inversión a futuro.
—Eso no lo he entendido bien, padre.
—Pues que el patrón igual te ve con posibilidades de ser uno de sus ayudantes en la mina y si no fuese en esta, fíjate la de ellas que hay.
—No sé… Yo creo que lo que me gustaría es ser maestro, como don Víctor.
—Calla, calla, maestro no, hombre, ¿no ves que tampoco salen de pobres? Ya de estudiar, es mejor apuntar más alto.
Julio, por su parte, no decía nada, pues, aunque valoraba el interés y sinceridad de don Víctor, sabía que los argumentos de don Gil no eran tan benévolos. Todo se había desatado un par de semanas atrás, justo antes de que él empezase a trabajar en la mina.
Varias veces el patrón, y otras el Mastín, apodo con el que en Dolor se referían a Gabriel, el capataz, siempre, claro está, que no estuviese delante, habían sugerido a Juanón lo conveniente de que Julio, un mozo fuerte y casi con la complexión de un hombre, comenzase ya a trabajar en la mina.
Juanón esquivaba el asunto, sabedor de que solo a regañadientes aceptaría su hijo bajar al pozo, pues en varias ocasiones le había trasladado a su padre el pavor que sentía solo de imaginarse descendiendo a las profundidades de la mina. Julio no ofrecía una simple excusa, pues varios de los mineros sufrían del mismo mal y se pasaban más de la mitad del turno rezando entre dientes. Cada vez que bajaban, que hacían explotar una carga de dinamita; cuando, como gatos, se adentraban en galerías medio derruidas para extraer arrastras el mineral.
La excusa de Juanón ante el capataz para eludir convertir a su primogénito en un minero más, era que ya que se habían hecho con un puñado de cabras y que la huerta empezaba a rendir a cuenta del trabajo que tanto su esposa e hijo le dedicaban, no era necesario que se dedicase, como él, a la minería y que, por el contrario, para su familia era mucho más conveniente que las cosas siguiesen como estaban. Si las cosas no iban mal, Julio podría ir aumentando el rebaño y bajar a Villanueva, a fin de cuentas, allí estaba también su casa, aunque ahora sus tíos Andrés y Elisa, la usasen como establo y cobertizo. Por otro lado, el maestro de Villanueva estaba empeñado en que Ramiro se fuese a estudiar a León. Todo el esfuerzo de los tres en casa iría dedicado a conseguir una educación de gran nivel para el pequeño de la familia.
Don Gil, en una de sus visitas quincenales por la explotación, fue conocedor por el Mastín de las intenciones de Juanón y debió pensar en que aquel minero tenía demasiados sueños, así que le trasladó al capataz la orden de que Juanón acudiese a entrevistarse con él cuando terminase su turno de trabajo en los barracones que en los primeros tiempos de la mina pernoctaban los trabajadores y donde ahora se habían instalado un par de despachos.
—Pasa, Juanón, y toma asiento. Me dice Gabriel que no quieres que tu hijo sea minero. ¿Tan mal te hemos tratado?
—Eso no es así, señor. Ya le expliqué al capataz la situación en la que nos encontramos. Hemos comenzado a cultivar una pequeña huerta y eso hace que…
Juanón se detuvo en explicaciones al ver que el patrón, recostado sobre la silla de su despacho le hacía un gesto con la mano para que se callase mientras encendía un cigarro, retomando la conversación tras una pausa en la que profirió unas intensas caladas al cigarro y que llenaron con una densa nube de humo el despacho.
—Estoy al corriente de tus excusas y, la verdad, no quería creer lo que el capataz me contaba. Ahora que las oigo de tu boca, lamento que todo no se debiese a un malentendido. Te tenía en mejor consideración.
El aludido fue a intervenir, pero un nuevo gesto del dueño de la mina le hizo refrenarse.
—No entiendo cómo puedes ignorar todo lo que he hecho por ti, ¿o ya no te acuerdas en el lío que te metiste cuando aquella huelga en Matallana? Solo te había mandado a recoger las bombas de agua que reparaban en los talleres del lavadero de carbón y aún no comprendo cómo cojones te pudiste involucrar con algo que ni te iba ni te venía. Si no es por mí, Juanón, no te libras de caer preso y, por consiguiente, perder tu trabajo, dejando a tu familia sin un puto techo. Ahora me dices que tienes una huerta y creo que no entiendes nada. Verás, Juanón, verás, tú y tus compañeros no tenéis nada aquí, ¿entiendes? ¡Na-da! Las casas que levantasteis están edificadas sobre terreno de mi propiedad, esa huerta que dices que tienes y para la que deseo toda clase de venturas —hizo una pausa para reírse de su propia expresión— también es mía. ¿Y acaso os cobro una renta? ¡No! Y no lo hago porque sé que no podríais pagarla. Os doy un trabajo, un lugar donde vivir, un techo bajo el que cobijaros y, a cambio, solo pido una cosa: lealtad. ¿Sabes qué significa esa palabra? Ahora sí que puedes contestar.
—Sí, señor, claro que lo sé.
Don Gil había logrado mantener a raya siempre cualquier reclamación de sus subordinados. No le era difícil ganarse la lealtad, como decía, teniéndolos a todos pendientes de su voluntad y capricho, máxime cuando, con los años, aquellos mineros que solo ocupaban barracones, lo hicieron en humildes casitas con las familias que empezaban a conformar. Dolor era su capricho. Fue la primera explotación minera que tuvo en la provincia y por sus características logró que la marea de la lucha obrera no llegase hasta allí. Solía trasladar desde alguno de sus otros pozos a algunos de los trabajadores en los que veía que no prendería nunca la chispa revolucionaria. Confeccionando una plantilla que, para él, era un experimento vivo, un auténtico rebaño al que podía mantener al margen de las convulsiones que se extendían por el resto de valles mineros.
Para Juanón, su prioridad era buscar la manera de evitar que su hijo fuese uno más de sus compañeros de galería, pero ¿cómo hacerlo? Ya conocía de sobra las estratagemas de don Gil y su credo casi mesiánico, al verse como un padre benefactor de sus mineros. Le corroía por dentro sentirse uno más de aquellos corderos, pero, de momento, se mantenía paciente, a la espera de que llegasen días propicios y el cordero pudiese revelarse como lobo.
Pero cuando el patrón expuso claramente sus intenciones, las dudas se le disiparon enseguida y supo que no tenía más salida que aceptar su voluntad.
— …Y yo he respondido a vuestra lealtad con mi amparo y protección. Vamos a ver, ¿conoces a alguien que trabaje para mí o que dependa de los que trabajan para mí que haya sido llamado a filas?
—¿A filas?
—Sí, a filas, no me pongas esa cara de bobo que parece que no supieses que hay una guerra en Marruecos y la patria necesita cada poco reemplazar sus fuerzas allí destinadas.
Juanón empezó a vislumbrar a dónde le iba a llevar. Desde luego que sabía que aquella guerra era un desastre, una carnicería a la que solo iban los pobres, sobre todo desde que el Gobierno dictaminase que se podía eludir la prestación del servicio militar aportando una cantidad de dinero, algo únicamente al alcance de las clases pudientes.
—No, señor, a nadie. De los únicos que sé que han sido movilizados son dos mozos de Villanueva, pero que, obviamente, no trabajan para usted.
—Obviamente. ¡Muy bien! ¿Y sabes por qué ocurre que no movilizan a ninguno de los míos?
Juanón dudó en responder, esperanzado que fuese una simple cuestión retórica a la que el patrón daría repuesta, pero no era así. Aquel hombre iba a llevar la humillación hasta el final.
—Quizá porque usted lo impide.
—Así es, porque correspondo a la lealtad con protección. Entre nosotros, Juanón, te confieso que esa guerra demasiada sangre ya le ha costado a España para el beneficio que se espera obtener, pero así es la política. Aunque también es política mantener las infraestructuras necesarias para el funcionamiento de un país, y las minas por supuesto que lo son, por eso muevo los hilos pertinentes para que mis trabajadores no tengan otra cosa en su cabeza que extraer mineral y procurar el pan de sus hijos. Así que espero que nadie me tome por un pusilánime. Si no hay lealtad, no hay protección.
—Pero mi hijo es muy joven para ir a filas.
—Eso está por ver. Mientras la guerra se alarga y se alarga y, si no es ahora, puede ser el año que viene. Por cierto, ¿qué edad tiene, Juanón?
—Treinta y cinco.
—Pues incluso alguien como tú podría ser requerido para el ejército si aquí resultase prescindible.
—Le ruego que recapacite. Hablaré de nuevo con mi hijo y le expondré la necesidad de que se incorpore a la mina.
—A mí no me tengas esperando. Dime ahora si tengo o no un minero más.
—Lo tiene.
El patrón esbozó una sonrisa, rebuscó en la caja de cigarros uno que había visto ligeramente deteriorado y se lo ofreció a Juanón.
—Tranquilo, lo puedes guardar para después y fardar delante de tus compañeros de que el patrón y tú fumáis el mismo tabaco. ¿Has visto como no ha sido tan difícil entendernos? Solo era cuestión de hablar.
—Sí, patrón.
—Es posible que te preguntes a qué viene por mi parte tanto interés en contar con tu hijo para la mina…
—Bueno, no lo sé, la verdad.
—Piensa en lo que dije antes. En el fondo, aquí somos una especie de empresa familiar y todos los varones de Dolor y sus hijos tienen con su esfuerzo el deber de que esta empresa no decaiga. Vosotros ahí abajo no lo veis, pero vienen tiempos difíciles y he estado tentado en reducir gastos. No de prescindir de ningún trabajador, todos son necesarios, pero sí de rebajar ligeramente el sueldo. Es una cuestión que llevo tiempo meditando ¿y sabes quién me ha desvelado la solución?
—No, señor.
—Mi señora esposa, ¿qué te parece? Ella me ha hecho ver que rebajar el salario a mis empleados, además de ser una medida impopular, no sería justo. ¿Por qué deberían verse resentidas vuestras economías si lo logro evitar? Máxime cuando siempre he percibido vuestra lealtad. Es por ello por lo que los jóvenes que entren trabajar, tras un par de meses a prueba, en los que no cobrarán, puesto que se están formando, pasarán a cobrar medio jornal hasta que la situación mejore y siempre que sigan viviendo a cobijo de la casa paterna. No sería de recibo que un joven, con intención de formar un hogar, una familia, cobrase medio jornal, en tal caso, lo hará como cualquier otro.
Tras la explicación, los dos se quedaron en silencio. De sobra sabía don Gil que les sería muy difícil, por no decir imposible, echar por tierra sus intenciones. Durante todos esos años, los que allí trabajaban se habían mantenido al margen de los movimientos obreros que pugnaban en casi todas la minas de alrededor por la defensa de los derechos de los trabajadores. La mayoría de los que allí estaban habían sido labradores y pastores, con escasos o nulos recursos. El trabajo en la mina de Dolor, aun siendo duro, les había reportado tener un techo, incluso adecentar una parcela de terreno para tener una pequeña huerta, un corral… el precio por vivir allí sería la sumisión total.
—Y ahora que nos hemos entendido, puedes irte a casa, ya no te entretengo más.
—Sí, señor.
Cruzó Juanón el despacho hasta la puerta, abrió el picaporte, pero se quedó quieto, pensativo. El patrón que le había seguido con la mirada, dudó ante ese gesto de que no estuviese dispuesto aquel a presentar otra evasiva.
—¿Ocurre algo?
El minero cerró la puerta, se giró y caminó de nuevo hacia la mesa de su jefe.
—Una última cosa. Ya que Gabriel, el capataz, le puso al día de mi situación, quizá le hablase de mi hijo pequeño.
—¿De tu hijo pequeño?
—Es muy buen estudiante y el maestro nos ha recomendado que lo mejor sería mandarlo a los frailes agustinos. Me preguntaba si usted podría recomendarle por carta al director de ese instituto. El maestro nos ha dicho que, aunque juntásemos el dinero, seguiría siendo complicado que lo aceptasen.
—Bueno, eso es cierto, otra cosa es que fuese a cargo de la beneficencia, o a cuenta los frailes con objeto de que el mozo acabe de cura, pero claro, siendo hijo tuyo… vocación no tendrá mucha, ¿verdad?
—Me temo que no, pero es muy inteligente y asegura el profesor que podría ser médico o ingeniero.
—La verdad es que cuando has empezado a hablar he pensado: «Este cabrón todavía te va a pedir dinero», pero ya he visto que me equivocaba —afirmó soltando seguido una ligera risa—. Reconozco que tienes cojones y, mira, aunque Dios tenga dispuesto para los hombres destinos distintos por su condición, tal y como debe ser, me gustan los tipos valientes y, sobre todo…, ¡leales! No lo olvides.
—Sí, señor, leales.
—Cuenta con esa carta, que aquí estamos para ayudarnos en lo que buenamente se pueda. Hablaré con el maestro ese y valoraremos a qué institución debe ir a proseguir con sus estudios, Quien sabe, sería posible que tu hijo…
—Ramiro.
—Que tu hijo Ramiro acabase siendo un prominente ingeniero de minas. ¿Te lo puedes creer? Imagínalo en un despacho como este.
—Gracias, señor. El tiempo dirá.
—Pues buenas tardes y cierra al salir.
El dueño de la mina se quedó ciertamente satisfecho. Por una parte, pensaba ir empleando argucias similares con el resto de mineros siempre que le conviniese, en el fondo estaba harto de escuchar de sus iguales que era demasiado indulgente con sus asalariados. Tampoco les hacía demasiado caso y observaba en ellos un cierto recelo, pues cada poco o tenían huelga o algún tipo de conflicto en sus pozos, algo que a él también le sucedía en otras explotaciones, excepto en Dolor, y estaba por ver si ocurriría o no ahora que estaba dispuesto a limar gastos en los salarios. Pero después de darle el discurso a Juanón, a quien tenía por uno de sus mejores trabajadores, casi que se emplazó a creerse, aunque solo fuera un poco, aquello de que debían ser como una familia, máxime que iba a ayudar con una recomendación para que el hijo de un minero recibiese una buena educación. Dinero no le había pedido y en ningún caso le habría dado un solo real, ahora que en la casa de Julio entraría otro jornal o, mejor dicho, medio jornal a cuenta de su hijo.
Juanón, en casa, expuso todo lo sucedido a Julio e Isabel. Tras escucharlo, todos quedaron en silencio, aceptando la voluntad del patrón. Con suerte, el destino de Ramiro podría ser otro.
Julio llevaba un mes trabajando en la mina y desde el primer día quedó a cargo como aprendiz de uno de los entibadores más veteranos, un tipo que a la par que no decaía en su productivo ritmo de trabajo a lo largo del turno, tampoco lo hacía con los sorbos que regularmente le daba a la bota de vino, como si aquel fuese el combustible que mantenía en marcha su actividad. Por ello, mantenía un estado ebrio más o menos constante, pero ese era su estado natural, una cualidad propia y nadie lo recordaba de otra manera. Una cuestión que no presentaba en apariencia problema alguno ni para la realización de su tarea ni para su relación, siempre cordial, con los demás.
A Julio le sorprendió las enormes cantidades de vino y orujo que algunos de sus nuevos compañeros consumían. Era normal hacerlo fuera de la mina, por supuesto, pero la penosidad en el trabajo empujaba a algunos a afrontarla con la anestesia del alcohol. Así, cuando se detenían un instante a recuperar el resuello daban profundos tragos a las botas o botellas que mantenían protegidas en estratégicos recovecos de las galerías.
Juanón advirtió a su hijo del riesgo de trabajar con algunos compañeros, especialmente llegado el final del turno, cuando el alcohol había hecho mella en sus reflejos, pero poco más podía hacer, Julio mismo debería imponerse y encontrar su espacio en su relación con los compañeros.
Una tarde, a punto de terminar la jornada laboral, el joven sujetaba una viga crucero que un entibador apuntalaba a golpes de maza mientras maldecía entre dientes, pues el madero parecía no querer buscar el acomodo adecuado sobre las vigas laterales.
—Lo retiramos y lo rebajamos un poco con el cepillo, es demasiado largo.
—¡Tú qué sabrás, chico! Aguanta el crucero y calla.
Julio evitó contradecirle, ya se encargaría el roble de la madera, indemne a los golpes de la maza, de convencerle en desistir y cepillarlo. Julio giró la cabeza para evitar el agrio aliento a vino de su fatigado compañero cuando un golpe de la maza fue a dar de lleno contra el dorso de su mano izquierda. Evidentemente, cesó de sujetar el crucero, que cayó un poco por delante de ellos, estallando en estridentes gritos. Por si fuese poco el dolor, ver al compañero que hacía gestos como de que estaba exagerando fue la gota que colmó el vaso de su paciencia. Como si acabase de reparar en la advertencia de su padre, se le encaró estrellándole su puño derecho en el mentón. El gesto del chico pilló por sorpresa al corpulento minero que, sorpresivamente, se vio derribado.
Otra pareja de entibadores que estaba unos metros por delante en la misma galería, y que alertados por los gritos de Julio fueron testigo de lo sucedido, se apresuraron a intermediar para que la cosa no fuese a mayores, pues el minero derribado no había soltado la maza. Uno sacó a Julio de la galería, acompañándolo hasta la jaula del elevador para que le atendiesen fuera de la mina, y el otro se quedó reprimiendo al aturdido entibador, que confuso no acertaba a hilvanar con los hechos que habían dado con él en el suelo.
La siguiente madrugada, antes de incorporarse a una nueva jornada de trabajo, pasó por casa de Juanón a disculparse con Julio. En la puerta se encontró con el padre del chico, que también salía de casa hacia la boca del pozo.
—Se queda en casa y mejor que todavía no te vea. ¡Me cago en tus muertos!
—Bueno, fue accidental, ya sabes cómo es esto…
—Sí, claro, ya sé.
—Mira, luego le dices que mientras esté jodido compartiré con él mi jornal, a fin de cuentas, no tengo familia que mantener.
Juanón, al escuchar aquello, arqueó las cejas sorprendido. La verdad es que aquel era un tipo que, a pesar de ser de los más bebedores nunca tenía problemas con nadie y, aunque le costaba reconocerlo, parecía sinceramente afectado.
—Porque no será mucho lo que esté sin venir al agujero, ¿no?, un día o dos…
—No lo sé, luego irá a que le miren la mano, puede que la tenga rota.
—¡Rota!, joder, en ese caso no sé yo si…
De repente, parecía arrepentirse de la propuesta de compartir sus ingresos y Juanón le instó a ponerse en marcha hacia el trabajo a empujones.
—Venga, vamos para el pozo, que ya es hora.
Julio, desde el jergón, había escuchado la conversación, pero en ese momento parecía haber encontrado una postura cómoda, el dolor en su mano le había impedido conciliar el sueño en toda la noche y, además, lo que menos le apetecía era volver a toparse con el borracho de su compañero por mucho que acudiese a disculparse.
Ramiro ya se estaba levantado. Isabel le sirvió a su hijo un tazón con algo de caldo que había sobrado de la cena. Previamente, hubo de añadir algo más de agua y que fuese suficiente para sus dos hijos. El aroma llegó hasta la alcoba de los hermanos, donde Julio permanecía aún tumbado, a fin de cuentas, no tenía más que hacer. Aquel olor despertó su apetito y, precavido por si acaso su hermano le dejaba sin desayuno, se levantó y compartieron los tres el desayuno, añadiendo unos mendrugos de pan y así se hicieron unas sopas.
—Hoy te acompaño a la escuela.
Isabel asintió, de esa manera podría ir a que la curandera le examinase la mano.
Casi una hora después, bajaba por el sendero con su hermano y Fernando en dirección a Villanueva.
Fernando, al verlo con el brazo en cabestrillo, se interesó por lo sucedido y por verlo con ellos. Julio simplemente le dijo que se había golpeado con la maza y que iba a que la loca, su tía abuela Elisa, se lo examinase.
Con el paso de los años, la mujer se fue aislando del mundo, asumiendo como propio el carácter de su marido. Y si en Villanueva, Andrés era el raro o quizá estaba loco, ella, por su actitud y ser la mujer del loco, se convirtió en la loca, o puede que en una medio bruja, pues sí que había una cuestión por la que la requerían sus vecinos cuando se veían muy apurados. Elisa se ganó un cierto prestigio como sanadora de animales y, por extensión, también de las personas. Los conocimientos nadie sabía de dónde le venían y, por supuesto, su marido nunca le cuestionó al respecto, pero de no ser por esa función que desempeñaba aleatoriamente, apenas habría tenido relación con nadie.
La escarcha de la madrugada se había enseñoreado por los pastos y matorrales que les salían al paso por la estrecha vereda. Bajaban con tiento de no pisar alguna piedra lisa y helada en su superficie, pues nada mas encarar la primera cuesta, Julio había patinado y evitó el accidente gracias al cayado que portaba, precisamente para evitar resbalones a cuenta de la helada.
Iban en silencio, cada uno meditando en sus cosas hasta que a mitad de camino Fernando rompió la quietud con una pregunta a Julio de profundo calado.




