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—No sé, salgamos del terreno de lo obvio.
Salvaje ensayó una respuesta premeditada, hasta que comprendió que debía responder sin pensar.
—Mi libertad, probablemente. Nada valoro tanto como las alas invisibles que recorren mi espalda y me permiten emprender vuelo.
Rufino era un hombre tan rudimentario para algunas cosas, tan cavernícolamente prehistórico, que, en un acto reflejo, inclinó su cuerpo para cerciorarse de que las alas invisibles no se encontraran efectivamente allí.
—Seguramente pensarás que soy un hombre desquiciado —continuó Salvaje—, pero de alguna manera envidio la inconmensurable libertad del vagabundo que extrema precauciones para mantenerse por fuera del sistema y anda callejeando sin rumbo fijo en una ciudad que se despliega como un abanico de oportunidades, y colores y telas y varillas que se agitan y sacuden la monotonía diaria con una bocanada de aire que no se puede hallar en las prácticas habituales del buen samaritano; la fiesta inimputable con colegas esporádicos que se visten el día y se desvisten la noche según los harapos que hayan podido recolectar por obra y gracias del Espíritu Santo, tomándose un tinto de cartón con la fiel compañía de cuatro o cinco perros de raza dudosa que en su perra vida imaginaron convertirse en ávidos concurrentes de semejantes tertulias.
—Efectivamente creo que estás desquiciado —reflexionó Rufino.
—Establecer domicilio en cualquier esquina y pasar la noche con un cobertor contra la cara y un recipiente de hojalata con granos de maíz para que picoteen las tórtolas y demás plumíferos; mear a la sombra de un ombú, o a la fresca del jacarandá de alguna esquina olvidada; el alboroto hormonal por la emancipación a la presión impositiva, a la contingencia del impuesto a los ingresos brutos, a las ganancias, a respirar y a los jefes abusivos. Y de cuando en cuando, algún golpe de suerte al tropezar con un billete de lotería aprisionado entre dos juntas de adoquines, o con una moneda de 5 pesos, o con una revista de turf que te tira la fija de la sexta carrera del domingo.
—También hay otra cara de la moneda —mencionó Rufino—. Da pena verlos durmiendo a la intemperie en noches congeladas, sentirse eludidos por su olor nauseabundo, o sucumbir a la contingencia de no poder contar con un sistema de salud adecuado, o comer del basurero o de cuando en cuando escapar a los tumbos de los palos de la policía.
—Daños colaterales que ni se comparan con la sublime sensación de cagarte en el deber ser, en tener la fortuna de no tener nada, exceptuando lo único que nadie no puede no tener: libertad. Preguntale a un preso si no le cambia su vida a un mendigo.
Rufino bajó los ojos por un momento. Una especie de lluvia fina le humedeció sus convicciones, le encogió sus certezas y lo apuró a reservar un billete de cien pesos para el vagabundo que estableció domicilio en la esquina de su casa.
—¿Qué cosas no te dejan dormir de noche? —continuó Rufino.
—El irritante zumbido del mosquito —contestó Salvaje con una literalidad digna de Rufino, pero no de él.
—Dípteros zancudos, una manga de crápulas —asintió Rufino mientras retiraba lentamente la película plástica de celofán que reposaba arriba de la mesa y recubría un paquete de cigarrillos, lo acercaba a su boca y comenzaba a resoplar con tal maestría que un chillido similar al zumbido de un mosquito emergió en el ambiente y se hizo carne en los oídos de Salvaje, pzzzpzzzpzzz.
—¡Aflojá, flaco! Me produce dentera ese sonido, al igual que el arrastre de la tiza y las uñas en la pizarra.
—Vos te la buscaste, che, te estoy hablando en serio.
—No sé por qué, pero creo que perder la elección por tercera vez consecutiva sería el fin de mi carrera política. Me considero un tipo joven y con mucho hilo en el carretel. ¿A qué me dedicaría después?
—A vagabundear por las calles —dijo Rufino sin un atisbo de ironía. A veces se expresaba como un niño que no había crecido y que escupía a borbotones su ingenuidad.
—El Partido Republicano se juega mucho en esta elección, no solamente la gobernación de la provincia de Buenos Aires, sino también otras quince gobernaciones provinciales, incluyendo la jefatura de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, intendencias, municipios y obviamente la presidencia de la nación donde la doctora Septiembre Del Mar se postula por primera vez como candidata a ejercer la primera magistratura.
La sola mención de Septiembre Del Mar le fue absolutamente indiferente a Rufino, pero mortalmente devastadora a Salvaje que intentó eludir de manera estéril involuntarias convulsiones de espinas clavadas en cada vocal, en cada consonante, en cada acentuación, en cada unidad estructural que conformaban el nombre de Septiembre y que no podía quitar ni con las migajas del amor evidentemente no correspondido.
Salvaje apretó los dientes y siguió hablando como si un tren no lo hubiera pasado por encima.
—Septiembre Del Mar ordenó alinear la campaña de todos los candidatos del Partido Republicano bajo una misma línea de comunicación, bajo una misma premisa, y bajo el mismo liderazgo indiscutido del gurú de la comunicación política, el licenciado Mariano Menéndez.
—Altísimas enunciaciones de bajo… —murmuró Rufino.
—¿Eh?
—No nada, seguí nomás...
—Para de esa manera apoderarnos de un estilo de comunicación propio y reconocible que represente a todos los candidatos por igual, ya que en definitiva militamos en el mismo espacio político.
—¿Mariano Menéndez no era acaso aquella persona a la que le cancelaste la reunión el otro día?
—Sí.
—Extraña manera de tratar a un gurú.
—Por como viene la mano con vos, he de reconocer que tal vez me apresuré un poco.
—De todas maneras, me extraña semejante desorden analítico de una mujer inteligente —reflexionó Rufino mientras se rascaba a mano limpia el sobaco izquierdo. Como si todos los candidatos estuvieran cortados por la misma tijera, como si no se tratara de personas que piensan y sienten diferente, como si se los pudiera enlatar como conservas de picadillo de paté o como una novela brasileña. Las personas no votan partidos, las personas votan personas, y cuanto más genuinas sean, mayores chances de ganar una elección.
—Es verdad eso que decís, Rufino. De hecho, me tomé la libertad de introducir a Septiembre y a todo su equipo de asesores en comunicación a nuestra conversación sobre Jung y su teoría de los arquetipos. De una vez por todas tenía que animarme a patear el tablero y agitar las aguas estancadas de mis convicciones. No soy de amedrentarme fácilmente ante ciénagas pantanosas desprovistas de huellas humanas. Esa mañana me dio por ensayar un decente alegato sobre las marcas arquetípicas y su posible comportamiento en territorios políticos inexplorados.
—Debo reconocer que llevás bien puesto tu nombre —dijo Rufino.
—Tras un largo recorrido sobre el posicionamiento y el propósito de marcas icónicas como Coca-Cola o Harley-Davidson, más una detallada descripción de sus logros comunicacionales establecidos en décadas de coherencia estratégica, propuse apropiarnos de ese estilo de comunicación de productos y convertirnos en pioneros de una nueva etapa de comunicación política sustentada en principios emocionales arquetípicos y no solo en valores racionales empíricos. Al dar por concluido mi alegato, me recliné en la silla y aguardé de brazos cruzados las conclusiones de la comitiva presente, mejor dicho, la sentencia, ya que un silencio sepulcral se apoderó de la sala.
—El silencio habla a gritos, Salvaje.
—Luego de varios minutos de sigilo que parecieron horas, algunos miembros de la comitiva del Clavo Menéndez comenzaron a reírse bajito como en una transición suave y progresiva de colores en degradé que se fueron superponiendo uno por encima del otro en risitas tibias que se amontonaron en carcajadas y desafiaron las cualidades acústicas de la sala. Era tal el alboroto que andaban todos doblados de risa y con los ojos fijos en mí. Bueno, en realidad no todos porque Septiembre se mantenía con un temple sereno, sosegado, sin emitir opinión ni manifestar dictamen alguno.
—Es de no creer cómo se contagia la risa —ironizó Rufino.
—Es evidente que no supe explicarlo bien. No cuento con tu poder de convencimiento.
—Tal vez porque no estás del todo convencido.
—Si no lo estuviera no me hubiera expuesto ante la candidata a la presidencia de la nación. ¿No te parece?
—Me parece que sí, hermano, perdoná…
—Septiembre se mantenía imperturbable, con gesto adusto, carente de emoción. Se la notaba por demás intrigada e inmiscuida en el relato que acababa de escuchar. Al notarla tan abstraída en sus propios pensamientos las sonrisas mermaron considerablemente y un silencio de submarino a mil metros de profundidad se apoderó nuevamente de la sala.
—Ya habían expresado su opinión, Salvaje, eso quedó tan claro como las turbias aguas del Riachuelo.
—Una opinión, al menos, con ciertos altibajos. En ese instante, Septiembre arrinconó al Clavo Menéndez, le pidió su opinión, y lo expuso como a una rana en un laboratorio. Se lo notaba inquieto, intranquilo. Era evidente que no se sentía a gusto en esa situación. De haberse podido escabullir como una rata lo hubiera hecho, pero ya no le quedaba ratonera por donde escapar.
—¡Le pagan para eso! ¿O acaso lo hace gratis?
—Gratis no, pero regalado sí. Al verse tan comprometido no le quedó otra opción que afinar desganadamente las cuerdas vocales y comenzar a despotricar contra los arquetipos, contra Jung, contra el inconsciente colectivo, y de paso te embarcó a vos también en una etimología de “todos a la misma bolsa”.
—Qué macana, che. Jung se estará revolcando en su tumba.
—Te tenía estudiado, eso quedó claro cuando inició su alegato. Dominaba en detalle aspectos personales de tu vida; estaba al tanto de tus miserias y de la mugre que cada uno oculta debajo de la alfombra. Y las expuso sin remordimiento alguno por defenestrar de semejante manera a un colega.
—He tenido algunos logros en mi vida, también.
—No se detuvo en ellos.
—Probablemente porque no estaba al tanto de la sífilis que me contagié a los diecisiete años al entregarme a los placeres de Michu, la madama del prostíbulo de avenida Santa Fe al mil quinientos y pico. Qué lindas épocas aquellas... haceme acordar que te cuente cuando me hice pasar por Napoleón y me corrieron cuatro locos en el Borda.
—El clavo Menéndez te describió como a un hombre sumamente reservado, de una reputación resbaladiza, un publicitario de poca monta, farsante, embustero, mujeriego, y con una dudosa teoría psicológica que no había sido probada dentro de la cultura de marcas y mucho menos dentro del mundo de la política.
—Es la delicadeza misma —reflexionó Rufino.
—Parece que te conoce bastante bien.
—El Clavo y yo nos parecemos menos de lo que parece.
—Ante semejante exabrupto hacia tu persona, Septiembre se alineó a él y dio la orden de ejecutar todas las campañas publicitarias de los candidatos del Partido Republicano bajo los mismos lineamientos de comunicación.
Lejos de amedrentarme, le manifesté que pretendía candidatearme por tercera vez consecutiva a la gobernación de la provincia de Buenos Aires consciente de que en las últimas dos elecciones había salido derrotado comportándome como el mejor compañero de la clase, pero que esta vez prefería ganar la medalla al más desobediente de la escuela. Le expresé abiertamente que había llegado la hora de emanciparme, hacer valer mis propias convicciones y revelarme al sistema, y que mi renuncia se encontraba a su disposición en caso de que no comulgara con mis ideas.
Una cosa había que reconocerle a Salvaje y era su empecinamiento cuando algo se le metía en la cabeza. Ese mismo empecinamiento que habían sufrido el Aconcagua y los siete mares ante un intruso que en un par de expediciones los dejó culo para el norte.
—¿Y qué pasó después?
—Como no podía ser de otra manera el Clavo Menéndez se mostró escéptico de mi comentario, pero Septiembre se sintió atravesada por un sentimiento ambivalente entre la imperiosa necesidad de encolumnar a la tropa y el noble encandilamiento de reconocerse en un soldado que se animaba a romper filas por seguir su intuición. Finalmente primó el sentido común y accedió a liberarme de las cadenas del partido y a darme luz verde para hacer y deshacer mi candidatura como mejor me pareciera, de manera independiente y autónoma. Aunque fue intransigente al afirmar que en caso de que saliera nuevamente derrotado sería el fin de mi carrera política.
—Me alegra que haya accedido, Salvaje. Todo el mundo despotrica contra las ovejas negras, pero al final del día, son las únicas que se atreven a saltar la verja.
—El Clavo Menéndez intentó persuadirla y comenzó a agitar sus brazos vehementemente intentando evitar que me utilizaran como conejillo de Indias, ya que entendía que la única fórmula para acceder al poder se limitaba a la elección de un buen candidato, y en menor medida, a la confección de una buena campaña.
—Es increíble cómo muchas veces la desesperación te obliga a enterrarte a vos mismo pegándote un tiro en un pie. Suena por demás contradictorio el argumento de Menéndez —reflexionó Rufino sin inquietarse. Pero hay algo de cierto en sus palabras: en primer lugar, el candidato, después la campaña. Pero no como entidades independientes ni autónomas entre sí, sino como una simbiosis de dos elementos heterogéneos que se fusionan y forman un núcleo homogéneo. Una ensalada de candidato y campaña condimentada con arquetipos. Envase y contenido todo revuelto en una misma unidad indisoluble.
—¿Envase y contenido? —se interesó Salvaje.
—Una asociación mancomunada de dos elementos perdurables.
—Los envases vacíos se tiran.
—Justamente por eso debemos llenarlos de contenido.
—Por lo visto nos vamos entendiendo.
—Así parece, pero retomemos la senda de nuestra catarsis biográfica. ¿Tus películas favoritas? —preguntó Rufino.
—Indiana Jones, Star Wars, Náufrago —enunció Salvaje recuperando la línea de la conversación mientras levantaba la mano para pedir su segundo café, aunque en esta oportunidad la balanza se inclinaría por una infusión Medium Road originaria de Kenia.
—¿Un personaje admirado?
—Neil Armstrong, Jacques Cousteau, Ernest Hemingway.
—¿Una marca de autos?
—Jeep.
—¿Un deporte?
—Surf.
—¿Una marca?
—Red Bull.
—¿Una marca de indumentaria masculina?
—Timberland, Wrangler, Patagonia.
—¿Una bebida alcohólica?
—Johnny Walker.
A medida que avanzaba la entrevista, Salvaje sacudió sus prejuicios, se fue aflojando el nudo que le aprisionaba la garganta, y su evocación floreció como un árbol genealógico cuyos brotes ramificaron la conversación por el espacio de horas y horas transportándolo a Manchita, su fiel dogo de la infancia cuyo apodo no le hacía justicia a la fama del animal, a su abuela Nelly que a los noventa y cinco años había muerto de nada, que es la manera más difícil de morir, al pelotazo en el vidrio roto del vecino, a su ojo en compota por esa noble adicción de perseguir amores imposibles, a sus sueños incumplidos de convertirse en piloto de líneas comerciales, a su tía Malela y su mousse de chocolate con doce huevos batidos a mano y sus budines de naranja. Compadecía la indulgencia de sus padres por haberse mantenido unidos por amor a sus hijos y no por amor a ellos mismos; como si sus hijos fueran a aplaudir la resiliencia de sus padres de extender la agonía, en lugar de celebrar la desobediencia por claudicar a un amor envejecido.
A pesar de haber contraído matrimonio en dos oportunidades, se quebró al adentrarse en las vicisitudes del amor verdadero del que se sentía ajeno y despojado, ya que jamás había tenido la deferencia de golpear a su puerta, y si lo hizo, él no se encontraba en casa. Era acaso la expresión más pura y sosegada de un hombre al que le brotaban por los poros secreciones hormonales de adrenalina por adentrarse en desafíos imposibles (adjetivo al que le había amputado el prefijo para convertirlo en posible) mediante un espíritu explorador que le permitió conquistar el Aconcagua, navegar los siete mares y cruzar el mar de las Antillas en kayak. Tan a gusto se sentía esa mañana en Starbucks que incluso confesó su próxima proeza que se debatía entre atravesar el océano Atlántico desde el Puerto de Santa Cruz de Tenerife hacia Venezuela en una primitiva balsa de troncos a vela y sin timón, o descender por el hueco de un volcán apagado en Nicaragua.
Sacando pecho, le enseñó la medalla de plata que había recibido al obtener el segundo puesto de la America’s Cup, la competición a vela más importante del mundo, y que siempre llevaba consigo como fiel reflejo de su espíritu deportivo.
Rufino escuchó atentamente a Salvaje hasta convencerse de que el arquetipo que mejor lo representaba era tan encarnizadamente brutal, tan elípticamente proporcionado que hasta un niño lo hubiera detectado con la módica asistencia de su intuición y una lupita que hiciera combustión con las hojitas secas de su pasado. Por un momento lo inquietó haber acordado semejantes honorarios en dólares para un territorio de comunicación tan evidente, tan elocuentemente coetáneo para todo el mundo, menos para Salvaje.
—Ya es tiempo de que saquemos a relucir el aventurero que hay en vos, Salvaje —reflexionó Rufino con un convencimiento tal que hasta los fondos buitre hubieran cedido parte de su ganancia en acciones caritativas.
—¿Aventurero?
—Tan aventurero sos que hasta te llamás Salvaje. Ante semejante exposición, puedo asegurar sin temor a equivocarme que el arquetipo que mejor te representa es el “aventurero” porque siempre se mantuvo latente en tu interior, en la dermis, no en la epidermis, en todo lo que se mantenía oculto, pero acaba de asomar la cabeza por la rendija de la persiana. Es hora de que dejes de ponerte las medias al revés, que te entreabras la camisa y dejes de ahorcarte con la corbata. Tu próxima campaña debe transpirar aventura en cada acción, en cada palabra, en cada gesto. Marcas aventureras como Heineken, Red Bull o Jeep utilizan un tono de comunicación individualista, cosmopolita, inquieto, intrigante, bohemio. Debemos convertirte en el trotamundos de la política, el bon vivant de los grandes placeres de la vida.
—Son justamente las marcas que enuncié anteriormente —balbuceó Salvaje.
—Y esas cosas no pasan por casualidad. Johnny Walker es el whisky escocés más vendido en el mundo. Sus fundadores aprovecharon el apellido de la familia para posicionarse como una marca aventurera.
Su eslogan lo refuerza aún más: “Keep walking”.
El famoso y popular logo de la marca, mejor conocido como “el caminante”, surge en 1908 y, al mejor estilo de la época, representa a un caballero con galera y bastón, elegante y refinado. Su comunicación más emblemática retrata aquellos momentos bisagra de la humanidad: la llegada del hombre a la luna, el primer vuelo a motor, la construcción de la ciudad de Nueva York y la caída del muro de Berlín: “Quién sabe a dónde nos llevará el próximo paso”, declara el concepto de campaña.
—Otra emblemática marca aventurera es casualmente el sitio que nos cobija —continuó Rufino mientras relojeaba vagamente todo aquello que lo rodeaba—. Los orígenes de Starbucks se remontan a la famosa novela Moby Dick escrita en 1851 por Herman Melville que narra la historia del capitán Ahap, quien tiene una extraña obsesión por perseguir a una ballena blanca por los mares de todo el mundo a bordo de su embarcación Pequod. Podrás deducir rápidamente el nombre del primer oficial del barco.
—¿Starbucks?
—Acertaste —confirmó Rufino—. En ese personaje se inspiraron los tres socios fundadores de la que es hoy la cadena de cafeterías más grande del mundo. ¿Sabés en qué sitio abrieron la primera cafetería?
—No.
—En el Pike Place Market, a unos metros del muelle de Seattle, famoso por sus puestos de pescado fresco. Por favor, mirá a tu alrededor y decime qué figura representa su isologo.
—Una sirena, evidentemente —respondió Salvaje mientras comenzaba a explicarse el motivo por el que estaba tan cómodo aquella mañana.
—Una sirena, sí, pero no cualquier sirena; una de color verde, verde naturaleza. En cualquiera de sus 26.000 sucursales se pueden degustar sabores que provienen de todas partes del mundo. Como ese Gold Coast blend que pediste al llegar, o el Medium Road de Kenia que ahora te quema la garganta. Prestá especial atención al mobiliario: madera anudada con grandes tornillos metálicos. A vos que navegaste los siete mares, ¿te recuerda algo?
—Me recuerda a mi embarcación: La Tempestad.
—Es así como decís. La experiencia de compra tampoco se encuentra librada al azar, ya que se distingue justamente por la modalidad de ofrecerte un simple café para que prosigas tu viaje, no para que te detengas.
”Primero te venden la libertad y después te venden el café. Una simple receta que no falla.
”No se trata de un ámbito que se caracterice precisamente por la amabilidad de sus cómodas sillas que inviten a instalarse durante horas a conversar de bueyes perdidos con amigos de ocasión. Cada mínimo detalle, cada pequeño elemento, ha sido estudiado y analizado a la mínima expresión. ¿O realmente alguien se puede imaginar que todo esto es casualidad? Al momento en que una persona se detiene en un Starbucks no solamente absorbe el café, sino también el posicionamiento inconsciente del aventurero y emprende una travesía simbólica en una embarcación en medio del mar, una pequeña licencia que de alguna manera nos ha permitido por un instante escapar de la rutina y de la jungla de cemento. Y esa percepción inconsciente es la que nos predispone a pagar un poco más por un café similar al que encontraríamos a la vuelta de cualquier esquina a un precio ridículamente más bajo.
”Todo es arquetípico en Starbucks; todo, hasta lo que parece que no se ve. Puedo asegurarte que se trata de una de las marcas más admiradas en el mundo, aunque la gente no lo pueda exteriorizar conscientemente. Simplemente aman la marca, aunque no puedan explicar por qué.
”Eso mismo es lo que intentaremos construirle a tu imagen, a tu personalidad, a tu esencia, a tu candidatura a gobernador de la provincia de Buenos Aires. Te garantizo que todos aquellos votantes indecisos entre un candidato u otro se inclinarán por aquel que los confronte, ya que las razones inconscientes actuarán como motor de la conciencia racional. Simplemente se mostrarán incondicionales al candidato, tal como se muestran con aquellas marcas arquetípicas que los representan.
A Salvaje se le había enfriado su Medium Road de Kenia, se le habían caído todos los papeles y algo la mandíbula. Se percató rápidamente de que el verdadero motivo por el cual Rufino lo había convocado en Starbucks era para que se sintiera a gusto, como en casa, o como en una embarcación navegando por las calmas aguas del mar (que para el caso era lo mismo).
La entrevista era una mera formalidad. Rufino conocía de antemano su arquetipo, aunque no lo hubiera de reconocer.
Nada estaba librado al azar en Starbucks, como tampoco nada lo estaba en la mente de Rufino.
—¿Nunca dudaste de mi arquetipo, cierto? Ese fue el motivo por el que me convocaste acá —quiso saber Salvaje.
—Lo intuía —mintió Rufino—. Quizás al final todo se ordena en su justa medida y los planetas se alinean en una antología de fragmentos fortuitos dignos de destacar.
—Nada es fortuito en esta conversación, Rufino. Exceptuando aquellas personas que nos rodean. Todo lo demás ha sido deliberadamente orquestado como en un ensayo que imprevistamente se convierte en la cartelera principal de la noche.
—No me subestimes, Salvaje, en una de esas las personas que nos rodean también toquen en esta afinada orquesta.
—Lo dudo, ya que la mayoría de los músicos abandonaron el lugar en cuanto los instrumentos comenzaron a desafinar con el chasquido de los dedos.
—El arte está en todos lados, hermano, solo que hay gente que no lo sabe apreciar.
—Siempre que hablás de marcas arquetípicas hacés foco en marcas internacionales. ¿Por qué?




