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Por no contaminar la escena, Rufino interrumpió el paso de una pareja que accidentalmente se paseaba por allí y se disponía a interponer, desinteresadamente, su silueta entre la lente de las cámaras y la figura del agua, el viento y la embarcación hecha carne y hueso. Todo el ritual fue documentado por la periodista del diario amarillista que volvió a percatarse de un qué sé yo que le llamaba la atención en Salvaje. No encontraba motivos para explicar el porqué de un momento al otro le había dejado de pasar indiferente.
—¿Por qué navega? —preguntó intrigada la periodista.
—¿Y usted por qué respira? —respondió Salvaje.
—¿Acaso busca transmitir algún tipo de mensaje a alguna persona? —insistió la periodista.
—A mí, probablemente —respondió Salvaje.
—Lo que me asombra es que lo noto distinto; no sé cómo explicarlo, tal vez más plantado en su eje, o mejor parado, o en armonía consigo mismo.
—Es usted muy aguda en su razonamiento. Probablemente esta corta travesía me haya servido para hacer las paces conmigo mismo.
—¿Por qué? ¿Estaba peleado con usted mismo? ¿Le desagradaba la imagen que le devolvía el espejo?
—Digamos que si pudiera hacer las cosas diferentes las haría. Tal vez, como bien dijo anteriormente, me siento más plantado en mi eje aspirando este suave atardecer.
—¿No le molesta viajar solo?
—No viajé solo.
—¿Quién lo acompañó?
—El viento, el agua, la embarcación.
—He notado una barba más pronunciada y un cabello más largo que lo normal. ¿Piensa dejarlos crecer?
—Definamos normal.
—¿No cree que un candidato a gobernador debería cuidar su apariencia?
—Justamente es eso lo que estoy haciendo. En realidad, me parece que jamás debería haber salido del rincón donde empezó mi existencia.
La conversación se extendió por unos minutos y viró hacia las implicancias del viaje y sus imprevistos y después se perdieron en otras cosas. Al finalizar la entrevista la periodista le preguntó por Rufino a lo que Salvaje respondió que era quizá la persona que lo había coaccionado a pensar en lugar de repetir.
Al otro día, una de las páginas interiores del matutino retrataba la aparición de Salvaje en el puerto de Buenos Aires. A su vez, el material audiovisual comenzó a viralizarse por innumerables canales de YouTube.
Esa mañana, Salvaje se dirigió a su oficina engamado en su jean gastado y en su camisa leñadora pegada en la piel. Para robustecer su imagen de trotamundos y bon vivant, enterró el saco y la corbata en el último cajón del último armario de la última pieza que resguardaba la formalidad de su pasado. Su barba prominente y su piel dorada por el sol le daban un talante renovado que se concatenaba con su raíz interior. Su temple era sereno y su andar reposado. Se hacía visible un distinguido aplomo al hablar, un sosiego, una moderación que solo aquellos que han salido airosos de las garras de la muerte pueden detentar. Su legítimo retorno a su esencia lo había depositado nuevamente en el centro de la escena. A esa altura se mostraba confiado en poder revertir la elección. Por primera vez en su vida tenía un norte, una brújula, un puerto cierto a dónde dirigirse. Ya no navegaba a oscuras, ni en círculos, ni en aguas turbulentas, y a pesar de los despiadados vientos huracanados y las corrientes cruzadas, su embarcación se dirigía en línea recta hacia el faro que lo iluminaba y lo invitaba a tierra segura.
En los cuatro meses subsiguientes incursionó en innumerables desafíos naturales que la prensa, cada vez menos hostil, se encargaba de amplificar: escaló el volcán Ojos del Salado en Catamarca, navegó a las islas Malvinas e hizo una ofrenda a los caídos en el cementerio de Darwin, cruzó en kayak el mar de las Antillas, atravesó la Cordillera en globo, se lanzó en paracaídas a siete mil metros de altura en la ciudad de Lobos, y hasta se lo vinculó sentimentalmente con una enigmática filántropa. Poco a poco, los medios de comunicación fueron adquiriendo el hábito de cubrir sus exóticas aventuras en virtud del interés de las audiencias.
A solo dos meses de las elecciones generales, las encuestas revelaban una considerable merma de cinco puntos entre Micaela Dorado y Salvaje Arregui, quienes ahora se disputaban la gobernación de la provincia de Buenos Aires en un margen menor de los dos puntos.
Micaela no acreditaba lo que estaba sucediendo y montó en cólera al percatarse de semejante retroceso en las encuestas. Desperdigando los últimos cartuchos de dignidad que aún le quedaban, se puso en contacto con Jalid Donig, su amado presidente (en sentido literal y figurado), quien la recibió desganadamente en Casa de Gobierno.
Al reconocerse, se apretaron tibiamente las manos y cuidaron las formas ya que la comitiva que los acompañaba desconocía la relación sentimental que se profesaban. Era indispensable guardar distancia para evitar suspicacias acerca de algo que podría llamarse amor contraindicado, ya que Jalid se hallaba infelizmente casado, y Micaela infelizmente divorciada. La simple revelación a la prensa acerca del romance entre ambos contendientes a cargos públicos podría derrumbar su imagen y hacerlos trastabillar en las elecciones.
—¿No sé si tuviste oportunidad de observar las últimas encuestas a la gobernación de la provincia de Buenos Aires? —preguntó Micaela a Jalid, afligidísima mientras desplomaba su humanidad en un mullido sillón color obispo, testigo involuntario de innumerables enredos de sábanas inconfesables hasta para la tonalidad prelada del sillón. El aire se cortaba con el filo de una navaja y entre la comitiva se podía observar, inquieto y alarmado, a Ulises Cáceres, el jefe de campaña de Micaela Dorado.
—Sí, afirmó escuetamente Jalid, amonestándola y clavándole los ojos como dos estalactitas puntiagudas que le minaban la confianza.
—No logro entender lo que está sucediendo. En apenas cuatro meses de campaña Salvaje Arregui redujo la brecha en cinco puntos. Aún me mantengo dos puntos por encima de él, pero de persistir esta tendencia nos encontraríamos en un hipotético empate técnico al día de las elecciones. ¡Debemos actuar rápidamente para revertir la tendencia antes de que sea demasiado tarde!
Jalid Donig era un embustero, un embaucador, un profeta del sofismo, pero a la hora de referirse a Salvaje Arregui procedía con total sinceridad.
—¿Qué sugerís que hagamos, Micaela? No tengo la menor idea de lo que está pasando. No encuentro explicaciones racionales. Supuse que vos me las darías.
—Tampoco logro hallar una explicación lógica —se apenó Micaela—, pero olfateo algo extremadamente extraño. Su plataforma política se mantuvo inalterable y su aprehensión a renovarla lo han llevado al fracaso en las dos últimas elecciones. Además, sus propuestas económicas no se adaptaron a los nuevos valores de época ni a las exigencias del electorado. Lo que no logro dilucidar es de qué manera se reinventó a sí mismo. Hace unos pocos meses era una reliquia prehistórica, un fascinador de lo extinguido. Hoy se ha convertido en un encantador de serpientes. Tampoco ha renovado a su cartera de ministros y a los pocos a los que se vio forzado a reemplazar fue por causas tan extremas como la jubilación o la muerte. No sé si habrán advertido que últimamente se ha convertido en un pendeviejo insufrible, un hombre que no asume su edad. Un bon vivant despojado de todo charme.
El cabello enrollado en la nuca de Micaela le daba a la escena un aire aún más trémulo y extravagante.
Ulises Cáceres vio una apertura en la conversación para congraciarse con el razonamiento de Micaela.
—¡Es increíble cómo se puede perder la dignidad en un minuto!
—En los últimos meses ha descuidado la campaña. Se dedicó a navegar por mares inhóspitos, a atravesar el cielo en globo, a escalar montañas —se exasperó Micaela. Es evidente que le importa poco la gobernación y no tiene la menor intención en ganar las elecciones. Pero a veces uno encuentra lo que no busca buscando lo que no encuentra. Muchas veces, la mejor estrategia para acceder al poder es justamente esquivarla. Estamos hablando de un hombre que se encuentra más allá del bien y del mal. Y es un enigma indescifrable luchar contra una persona que no tiene nada que perder.
Jalid la dejó hablar mientras revolvía unos papeles, firmaba unos documentos y miraba de reojo el celular. Parecía no darle demasiada importancia al asunto, aunque era un hombre tan impredecible que habitualmente se manifestaba de manera contraria a lo que proclamaba. Cuando decía A era B, cuando decía B era C, y así hasta llegar a la Z. Era como el tero que cacarea de un lado y pone los huevos del otro. Era como el escorpión que inyecta su veneno a quien lo pretende auxiliar. Era veneno en ornamenta de escorpión. Acechaba a su víctima con pinzas repletas de toxicidad. Estaba en su esencia, no lo podía evitar. Había algo que lo llevaba a inferir que la suerte ya estaba echada en favor de Salvaje. Era una corazonada, un presentimiento. Haberle recortado cinco puntos en unos pocos meses eran una pésima señal. En el fondo sabía que la fecha de expiración de su amor por Micaela coincidía con la fecha en que saliera derrotada de la elección. Le permitió desahogarse sin prestarle su hombro, sin ofrecerle contención, como a una botellita que se lanza al mar y se bambolea de un lado al otro sin poder manotear un tronco de donde aferrarse.
—Yo te escucho, aunque no parezca —ironizó Jalid.
—Me gustaría que escuches y que también lo parezca —se quejó Micaela.
—Hiciste bien en venir —dijo Jalid en un tono moderado—. Y no hay de qué preocuparse. Un gobernador debe parecerse a un gobernador, debe expresarse de manera correcta, vestir de forma adecuada, cuidar las formas y transmitir aplomo y moderación. En cambio, este excursionista de camping devaluado se presenta ante la ciudadanía en una tupida barba plateada que se confunde, en una danza siniestra, con extensos mechones de cabello dorado que, a su vez, se impregnan de una viscosidad grasosa y mal oliente desprendida por la combustión de su pipa. Sus palabras ampulosas, casi místicas, apelan a factores naturales, a corrientes marinas, a chispas de lava que parpadean eclipsando la garganta oscura de su voz. Ahora parece que se le ha antojado practicar deportes extremos sin tomar ningún tipo de recaudo. Es evidente que lo hace por llamar la atención, para que nos pasemos el día hablando de sus peripecias. Por el momento la estrategia le ha funcionado, pero una cosa es verlo y otra muy distinta es votarlo. Es como la rosa: a simple vista te atrae, pero al ponerle la mano encima te repele.
—“No interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error”, se despachó Ulises Cáceres aludiendo a un supuesto enunciado de Napoleón Bonaparte y girando repetidamente la bombilla para darse un poco de luz en el mate.
—¿A qué error te referís? —gritó Micaela enardecida—. ¡Salvaje Arregui nos acaba de recortar cinco putos puntos, infeliz, por si no te has enterado!
—Al margen de la incomprensible conducta de los votantes, podría sospecharse que nos estamos enfrentando a un hombre más cercano al arpa que a la guitarra —reflexionó Ulises. Entregar el voto a un candidato con intenciones evidentemente suicidas no concuerda con la lógica de sensatez que la ciudadanía ha expresado en tantos años de democracia. Salvaje es libre de arrojarse sin paracaídas de una avioneta a diez mil metros de altura, pero la ciudadanía es libre de no votar a un insensato. El pueblo busca previsibilidad y concordancia en el futuro gobernador que dictará los destinos de la provincia de Buenos Aires por los próximos cuatro años.
No debes angustiarte, Micaela. En un mes mandaremos a relevar nuevas encuestas que resultarán en una caída segura en la imagen de Salvaje Arregui que se derrumbará como un castillo de arena arrastrado por la crecida del mar.
Micaela puso una cara semejante a la de una madre primeriza que retiene sus impulsos homicidas al verse sermoneada por su suegra sobre la manera correcta de criar a su bebé.
—Puede que Ulises esté en lo cierto —dijo Jalid poniendo paños fríos. Simplemente hay que dejar que la naturaleza haga su trabajo.
—¿Cómo pueden estar tan seguros? —interrumpió Micaela.
—Son años de profesión… —alardeó Ulises subiéndose a un pony.
—No te vengas a hacer el argentino conmigo —lo amonestó Micaela.
—Es de manual, Micaela —insistió Ulises—. Un hombre que luego de años se afeita la barba llama la atención el primer día; pero después de un tiempo, la cara al ras se vuelve tan indiferente como la tupida barba plateada.
—Esta dialéctica de jardín de infantes no nos lleva a ningún lado —sentenció Micaela. Y como yo no iba a quedarme de brazos cruzados viendo cómo mis votos se evaporaban por arte de vaya uno a saber qué, contraté a una consultora privada para que indagara sobre los verdaderos motivos de este enamoramiento repentino de los votantes por Salvaje. ¿Pueden imaginar lo que respondieron?
—No —contestó Ulises tragando la poca saliva que aún le quedaba.
—La mayoría de la gente dijo que hay un no sé qué en Salvaje.
—¿Un no sé qué? —repitió Jalid.
—Te lo juro, eso dijeron. Su nueva figura despierta algo incomprensible que les infunde confianza, respeto y admiración. Es como si los hubiera hechizado con el movimiento perpendicular de un reloj pulsera. Como si les hubiera lavado la cabeza y hubiera aplazado su razonamiento. No sé, nunca vi una cosa igual. Lo más inquietante es que lo veneran hasta el punto de querer imitarlo. Y tal como les mencioné anteriormente su plataforma política se mantuvo inalterable. No logro entender lo que está pasando, si es que está pasando algo que no logro entender.
—No quiero propagar noticias alarmantes —vaciló Ulises transpirando una espesa gota gorda que recorría el laberinto de su cerebro argentinizado—, pero me ha llegado el rumor de que Salvaje ha sumado a un nuevo asesor a su séquito de consejeros en comunicación.
—¿Quién? —quiso saber Micaela.
Ulises hizo un esfuerzo para recordar su nombre.
—Un tal Rufino Crada, o Creda. No, no, Rufino Croda —confirmó Ulises consciente de que acababa de cavar su propia fosa; aunque muchas veces la lengua es más rápida que la pala.
—¿Alguien tiene referencias de él? —preguntó Micaela.
—Algo escuché —dijo Ulises tartamudeando y aferrándose al palo enjabonado en el que se encontraba y del que no tenía ninguna intención de caer—. Tengo entendido que promueve una extraña teoría de arquetipos que jamás ha sido implementada en campañas políticas.
—¿Arquetipos? Nunca escuché nada sobre eso —lo interrumpió Micaela—. ¿Para qué sirven?
—Creo que tienen algo que ver con la psicología de Freud y Lacan.
—Freud y Lacan —repitió Jalid.
—Sí, algo relacionado con la teoría freudiana.
—En la única psicología en la que creo es en la de los sofistas —alardeó Jalid, dorándose la píldora—. Lo que daría por tener asesores como Protágoras, o Gorgias.
—Tampoco avivemos giles —ironizó Micaela—. Debe ser otro impostor, otro tipo que ronca como tanta gente.
—A ciencia cierta, solo se me ocurren dos teorías que oscilan entre el materialismo y el idealismo —continuó Ulises—: o bien Salvaje está utilizando su campaña arquetípica con el único propósito de levantarse minas, o bien Septiembre Del Mar lo está utilizando como rata de laboratorio para que, en caso de comprobar que efectivamente los arquetipos funcionen, utilizarlos en su campaña presidencial.
La sola mención de la campaña presidencial de Septiembre Del Mar prendió una mecha de dinamita en la corta estatura de Jalid que agarró a Ulises por la manga de la camisa.
—Por tu bien espero que la teoría materialista se imponga a la teoría idealista porque de lo contrario surgirá mi teoría subjetivista y todas las balas apuntarán a tu cabeza —gritó Jalid amenazándolo con una pistola de dedos fofos, pelos, uñas mal cortadas y una sustancia oscura y polvorienta similar a restos de pólvora que se apilaban debajo de las cutículas.
Las palabras petrificadas de Ulises solo atinaron a decir algo que pensaba de Jalid, pero se lo imputaba a Salvaje.
—Es evidente que Salvaje no busca asesores en comunicación, busca culpables.
—Ha habido guerras más difíciles que esta —continuó Jalid. Vamos a alimentar a los hongos silvestres para que se sigan intoxicando en su propio veneno. En una de esas ese tal Rufino no sé cuánto se convierta, sin saberlo, en nuestro principal aliado para enterrar de una vez por todas las aspiraciones del Partido Republicano.
Luego de una corta siesta Ulises continuó con su repertorio escatológico.
—Además, nos encontramos en vísperas del lanzamiento de la campaña publicitaria masiva que nos permitirá recuperar esos puntitos perdidos. No tengo dudas de que nuestro mensaje sobrio y recatado actuará como contrapunto del mensaje estrafalario que seguramente estarán impulsando para apuntalar una imagen obscena de Salvaje. Me permito conjeturar que, en caso de replicar en la campaña publicitaria al grotesco Indiana Jones que intentan mostrarnos en esta devaluada saga de Steven Spielberg, se estarán azotando en la espalda con su propio látigo, ya que jamás podrán valerse del arca perdida para obtener los votos necesarios para convertirse en gobernador. Imaginen a Salvaje enfundado en su chaqueta de piel, camisa safari color caqui suave, sombrero cazador y una pipa en su boca intentando concientizar a la ciudadanía sobre las implicancias de la justicia social, la previsibilidad económica y el funcionamiento de las instituciones. Es indudable que se va a convertir en el hazmerreír de todos los argentinos.
Tras meditarlo unos minutos, Micaela se convenció de que debían arriar las velas y permitir que Rufino Croda y su extraña teoría arquetípica hundieran en su propia incapacidad a Salvaje.
—Vamos a mantenernos como hasta ahora, pero nos veremos las caras en un mes para corroborar los nuevos datos de las encuestas.
Jalid no le puso atención al comentario de Micaela.
Sus verdaderas intenciones se escondían detrás de una sonrisa falsa.
El expedicionario
Al mismo tiempo en que Micaela, Jalid y Ulises discernían sobre mitología arquetípica y las relacionaban con sirenas, unicornios y centauros, Rufino se disponía a correr los velos de la campaña a gobernador de la provincia de Buenos Aires y descubrir su contenido a Salvaje y a dos de sus asesores en comunicación que lo acompañaban. Se dieron cita en las oficinas de Innocence donde los gemelos Salvador, quienes desempeñaban el papel de directores generales creativos, desplegaban bocetos y guiones en un tablero especialmente acondicionado para la ocasión. Los gemelos Salvador eran tan idénticos que solo se diferenciaban porque uno mascaba chicle y el otro no. El que mascaba chicle era el más creativo y el otro el más estratégico. Aunque a veces intercambiaban el chicle y se armaba un matute de la madona. Como en un acto de ilusionismo, las luces de la sala se disiparon tenuemente y comenzaron a oscurecer el ambiente mientras focos refulgentes se prendían y reproducían héroes, villanos, bufones, rebeldes y reyes que se proyectaban y se esparcían por las ochavas del recinto.
—Antes de correrle el tul a la novia —alardeó Rufino con el pecho inflado por los cinco puntos descontados a Micaela Dorado—, debés recordar que es indispensable mantenernos firmes en nuestra estrategia de comunicación expedicionaria. Por ningún motivo debemos desviarnos del camino trazado que tan buenos resultados nos ha dado hasta el momento.
—No abras el paraguas antes de tiempo —respondió distendidamente Salvaje, mientras observaba detenidamente a los gemelos Salvador y se esforzaba por descubrir los cristales recubiertos de una capa metalizada de mercurio que evidentemente se superponía entre ambas figuras. Para colmo de males, eran de una perversión tan sádica que hasta vestían exactamente igual: remera negra con un estampado en el centro del emoji amarillo de la carita apretando los dientes y una falda negra al estilo escocés.
Los gemelos Salvador se pusieron de pie y se dispusieron a contar la primera idea con el aplomo de quien conoce su oficio de sobra. Una pantalla de amplias dimensiones reproducía una imagen cenital de Salvaje en su travesía en kayak por el mar de las Antillas. Era una secuencia tomada por un dron a más de cien metros de altura. Envuelto íntegramente en un traje de neoprene verde fosforescente con franjas naranjas, Salvaje remaba incesantemente entre las furiosas olas del mar.
Sobre el azul del cielo se leía en letras blancas un titular de gran tamaño:
“El 30 de octubre, declará tu independencia”. Salvaje Arregui gobernador.
Los gemelos Salvador quedaron expectantes a la reacción de Salvaje que se mantenía abstraído en sus pensamientos, como solidificado en un molde de hielo impenetrable. Imposibilitados de picar con un cincel esa concentración de astronauta alunizando continuaron con su exposición y se sumergieron en el comercial de televisión. La película reflejaba una escena desesperante de un padre a la deriva junto a sus dos pequeños hijos que se debatían en una pequeña embarcación en medio de un mar embravecido que azotaba con olas de más de dos metros de altura y vientos huracanados capaces de estremecer al navegante más avezado. La pequeña embarcación se zarandeaba de un lado al otro como un barquito de papel que choca con el desagüe de una alcantarilla y comienza a tambalearse en círculos de agua que engordan las células de celulosa y comienzan a desprender fragmentos húmedos de papel. Era evidente que la pequeña embarcación no podría resistir por mucho más tiempo los embates del mar enfurecido. El padre se persigna, mira al cielo y se encomienda a Dios esperando por un milagro. En ese preciso instante, entre las vísceras del mar hambriento de embarcación y de carne y de huesos, emerge un buque de rescate que se dispone a socorrerlos. El padre y sus dos pequeños hijos se aprietan en un abrazo de tres gotas de agua que se funden en una sola gota más grande. Dios les acaba de tender una mano. Están salvados. El buque se encuentra a pocos centímetros de la embarcación, casi pueden tocarse las manos. En ese momento surge la figura del capitán que, en lugar de lanzarles un cabo para sujetarlos al buque, les suelta una urna y se pierde a toda velocidad por el embravecido mar. El hombre en la pequeña embarcación extrae de su bolsillo una boleta de Salvaje Arregui y la inserta en la urna. Al instante, vemos que la tormenta se disipa, el mar se aquieta, el viento cede y el cielo dibuja un arcoíris hialino y luminoso. Por corte, vemos que de la nada surge una pequeña isla paradisíaca que se abre paso arremetiendo hacia la pequeña embarcación. Escuchamos la voz del locutor: “El 30 de octubre, declará tu independencia”. Salvaje Arregui gobernador.
El segundo comercial mostraba a una alpinista colgada de un arnés y sostenida por un cabo a más de mil metros de altura en un empinado peñasco rocoso en medio de una cadena montañosa. De repente, sin previo aviso, cientos de rocas se desprenden del risco y comienzan a caer ladera abajo a gran velocidad. La intrépida alpinista logra eludir los primeros desprendimientos de rocas, pero una nueva andanada más furiosa que la anterior la golpea con dureza en el casco, en los hombros, en los brazos y le arrebatan de su cintura las cuerdas, las cintas y los alicates. Su vida pende de un hilo, literalmente. El desplazamiento también arrastra árboles, ramas, lodo y todo lo que encuentra en su camino que multiplican el golpeteo incesante de las rocas. La situación se torna dramática. Parece no haber escapatoria. Al límite de sus fuerzas y a punto de desvanecerse vemos que inesperadamente un avezado rescatista desciende de la cumbre para socorrerla. Al llegar a su lado, en lugar de encordarla a sus propios anillos para sujetarla e iniciar el ascenso, le suelta una urna y asciende con extrema destreza eludiendo el alud de rocas que sigue cayendo. Con las pocas fuerzas que no le sobran extrae de su bolsillo una boleta de Salvaje Arregui y la inserta en la urna. Inesperadamente el alud comienza a ceder, las rocas se disipan, el lodo caudaloso se solidifica y la calma vuelve a renacer. La alpinista recobra fuerzas y comienza a ascender con suma agilidad haciendo cumbre rápidamente en la montaña. En ese momento escuchamos la voz del locutor: “El 30 de octubre declará tu independencia”. Salvaje Arregui gobernador.



