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—¡Nag, nag! —advirtió colérico otro de aquellos demonios verdes. Se distinguía de los demás por la vistosidad de su collar, con mayor número de trofeos, y por el capacete de hierro emplumado que le cubría la cabeza. Constituían, por lo visto, los signos visibles de su jefatura.
Levantó la lanza mientras increpaba agriamente a los suyos con una jerga rara, mezcla de cloqueos y ladridos ininteligibles. Lo único que los humanos pudieron interpretar de esa sucesión de gestos y chillidos salvajes fue que pretendían cazarlos vivos.
Las mantis que bordeaban el talud izquierdo habían encontrado por fin un camino para salvar el desnivel hasta la orilla del río y empezaron a descender en fila india por una pendiente tendida de tierra, intentando cortar el paso a los fugitivos que corrían en la dirección de la corriente.
Al verlos el Ad-whar volvió a detenerse, apuntó hacia arriba, disparó su ballesta sobre la bestia que iba en cola y volvió a dar en el blanco. Esta vez, la bestia herida derrapó por la cuesta terrosa arrastrando consigo a otra cabalgadura que iba delante, en medio de los alaridos de sus jinetes.
Miles aprovechó la confusión que él mismo había creado para reemprender la huida detrás de sus compañeros, que le jaleaban excitados. Apenas había dado un puñado de zancadas, cuando un enjambre furioso de flechas silbó a su espalda. Los enanos con piel de lagarto se habían rehecho y lo perseguían saltando sobre las rocas. Intentaban derribar al hombre en plena carrera. Un par de proyectiles se clavaron en el escudo que, por suerte para él, llevaba colgado atrás. Las demás flechas se perdieron en el río, entre la rociada que Miles salpicaba al correr.
No resultaba fácil acertar sobre un blanco tan móvil y rápido. Pero tampoco iba a ser fácil escapar de aquellos cazadores sanguinarios, avezados en el arte de matar.
De nuevo se habían dividido y avanzaban formando un tridente. Tres de aquellas cabalgaduras monstruosas aún seguían en pie. Sus jinetes habían cambiado las cerbatanas por unas redes y muy pronto adelantaron al errante. Su intención era pescar al humano como si fuese un gran pez.
Al sentirse acorralado, Miles descargó todas las flechas que le quedaban directamente sobre las mantis. En un combate cuerpo a cuerpo, el guerrero prefería vérselas con hombres antes que con esos insectos monstruosos. Sin embargo, en esta ocasión no tuvo tanta fortuna; bien por las prisas o porque estorbaban las redes para hacer puntería, ningún proyectil se clavó en el blanco. Todos rebotaron en las corazas de los insectos. El guerrero arrojó entonces la ballesta contra la cabeza de uno de sus atacantes, para desestabilizarlo, y asestó un espadazo a las cuerdas del enorme retel que portaban, abriendo un agujero en la malla. Pero ya no pudo escapar.
Los enanos con se habían dado cuenta de que el guerrero moreno era un objetivo muy peligroso, con el que tendrían que emplear todas sus armas y eso hacían. Usaron a los insectos para rodearlo, con sus patas aserradas y sus corazas duras de cangrejo. Lo habían escogido como primer plato de caza, dejando de lado a los demás, aunque no se daban prisa. No necesitaban apresurarse en su opinión.
Poco a poco fueron formando una tenaza,
Al mismo tiempo, el guerrero retrocedía de espaldas hacia tierra firme, buscando un terreno más favorable para defenderse, sin dejarse atrapar por el arpón de las patas espinadas. Fuera del río, sus piernas ganarían mayor libertad de movimientos y el talud le protegería la retaguardia.
Sus compañeros de fuga observaban de lejos con temor la escena. Se habían parado para mirar, en lugar de aprovechar la ventaja para poner tierra por medio.
—¡Yo voy a ayudarle! —resolvió de pronto Nika, con la inconsciencia y el arrojo propios de su edad.
—¿Estás loca? Ha dicho que nos marchemos —chilló Javier. Pero ella se había puesto ya en marcha.
El Ad-whar no podría resistir solo, eso decía mientras caminaba decidida a contracorriente.
Contagiado por su valor, Javier sacó también su espada y la siguió. Finis intentó detenerlos, en vano. Lo que pretendían era muy peligroso, pero Javier y Nika ya volvían sobre sus pasos, sin escucharla, y ella finalmente echó a correr detrás con cara de fatalidad.
En los planes de Nika no entraba entablar un combate cuerpo a cuerpo con los hombres lagarto. Solo quería distraerlos para que Miles pudiera escapar. Cuando estuvo lo bastante cerca, se parapetó tras una roca y comenzó a arrojar piedras sobre sus perseguidores intentando hacer puntería. Sus amigos la imitaron.
La inesperada lluvia de proyectiles sorprendió a los pigmeos que tuvieron que apartarse para eludirlas. El Ad-whar aprovechó entonces el desconcierto para lanzar una veloz embestida y salir del círculo en el que pretendían encerrarlo. Se abrió paso a golpes de espada y corrió hacia sus compañeros de fuga. Juntos continuaron después la huida.
El chapoteo de sus pies corriendo por el agua se mezclaba con el griterío espeluznante de los cazadores que se rehacían y les perseguían con voluntad implacable.
El terreno resbaladizo entorpecía el desplazamiento de aquellas bestias zancudas, que caminaban por el lecho pedregoso del río como señoritas remilgadas. Pero el olor de la sangre fresca las había soliviantado. Quizá por eso hacían percutir sus picos duros produciendo un claqueteo repulsivo.
Avanzar por el centro de la corriente les permitió ganar unos metros a los que huían. El agua les empujaba y los llevaba consigo, casi flotando. El Ad-whar iba el último, haciendo de escudo, mientras gritaba a voz en cuello:
—Hacia el río. ¡DEPRISA!
Pero cómo… ¿El río no era esto?, se preguntaron los más jóvenes.
Pronto descubrirían que esa torrentera era solo el afluente de otro cauce mayor. La desembocadura estaba muy cerca. De hecho, ya se escuchaba un sonido clamoroso y creciente delante de ellos, el de una corriente caudalosa que llegó como música celestial hasta sus oídos.
Rozaron la salvación con la punta de los dedos. Pero los pigmeos tenían muchas estratagemas para atrapar a sus víctimas y los territorios salvajes como aquel constituían su hábitat natural.
Dos insectos vinieron dando saltos por la orilla derecha. Sus jinetes cargaban con unas redes de malla con boleadoras que lanzaron a distancia sobre las dos chicas en fuga. El caso es que Nika y Finis se vieron de pronto atrapadas dentro de la red, tropezaron y cayeron juntas. Manotearon entre chapuzones para zafarse de las cuerdas y bolas, sin resultado. Cuando Miles quiso acercarse a liberarlas, una de aquellas mantis se interpuso y su jinete le cerró el paso mientras otro golpeaba en la cabeza de las prisioneras con el tacón de su lanza, dejándolas inconscientes. Después echaron mano a otra red boleadora y dirigieron sus monturas hacia el guerrero con el propósito evidente de cazarlo del mismo modo. Los de las orillas disparaban dardos para apoyar a sus compinches.
Poco podía hacer ya Miles, con su espada, para contenerlos. El combate estaba perdido y las damas no se levantaban.
Así que el guerrero agarró rudamente a Javier por la capucha de la sudadera y tiró de él con fuerza, arrastrándolo río abajo, lejos de la contienda. El muchacho quiso zafarse, pero no le sirvió de nada.
—¿Qué haces? No podemos abandonarlas así… ¡Tenemos que salvarlas! —gritó, exasperado. No es que quisiera luchar con aquellos monstruos. ¡Esa idea le aterraba! Pero se resistía a abandonar a las únicas personas amigas que conocía en ese mundo, las únicas con las que podía tener un objetivo en común, salir de allí.
—¡Es inútil! —sentenció el errante tirando con más energías de él.
Llevaba al chico a rastras mientras huía, con el agua ya por la cintura. Sus músculos y tendones de atleta acusaban el esfuerzo y se le marcaban claramente, lo mismo que las venas del cuello.
Lograron ganar unos metros preciosos hacia la libertad porque sus perseguidores no se atrevían a entrar en esa parte estrecha del río, donde la corriente era ya demasiado rápida y las paredes de roca, demasiado altas.
Javier volvió a forcejear con el errante para intentar liberarse. Estaba furioso, creía que solo buscaba salvar su culo.
—¡Ahora, no! —contestó Miles con apremio. Había arrojado la capa contra la cara de uno de los perseguidores para cegarlo momentáneamente y quitarse un peso de encima. También había envainado su espada mientras corría. Con la otra mano aferraba al chico y lo empujaba, obligándolo a caminar torrente abajo, quisiera o no. Para el niño esa huida era una traición.
—Pero, pero… ¡las matarán! —gritó desesperado.
—No. Ya lo has oído. ¡Las necesitan vivas! —Y añadió—: ¡No podremos salvarlas si nos hacen también prisioneros!
El muchacho pareció comprender al fin, porque la expresión de su cara cambió.
—Y ahora, si quieres salir de esta… ¡nada! —recomendó el guerrero lanzándole a lo más hondo del río de un empujón. Después se echó él mismo al agua, aferró el escudo de madera que flotaba sobre las olas y se dejó llevar por la corriente detrás del muchacho.
Desde ahí, el río se precipitaba por un cauce encajonado entre dos escarpaduras. Solo había una vía de escape, el mismo camino peligroso que seguía el agua.
El muchacho apenas podría recordar después los detalles del accidentado descenso por los rápidos y nunca se explicaría cómo había logrado salir vivo de aquel cañón. Pues la fuerza del agua lo arrastraba y más de una vez creyó que iba a morir estrellado contra una roca o ahogado en el torrente.
Un torbellino de olas y espuma arrastró consigo, impetuoso, a los dos fugitivos. Ellos solo podían luchar para mantenerse a flote. Atrás quedaron sus perseguidores.
Dos enanos montados en aquellas mantis negras les habían seguido tenazmente por la parte alta del acantilado, pero tuvieron que frenar la carrera al llegar al borde de una cortadura. Ahora contemplaban coléricos cómo el río les arrebataba a unas presas que ya consideraban suyas.
Viendo el giro que tomaba aquella fuga, los endiablados jinetes consideraron más prudente desistir de su empeño. Si no se ahogaban en esas aguas revueltas, tarde o temprano los humanos tendrían que regresar a tierra firme —eso lo sabían sus perseguidores— y entonces los cazarían; les harían pagar cara su huida, sobre todo a aquel tipo de la ballesta; harían que los insectos se comieran sus ojos para torturarlo. Eso mascullaban, furiosos.
Lo último que vieron los perseguidores fueron dos cabezas, una rubia y otra morena, flotando junto a un tronco a la deriva, mientras se alejaban barranco abajo a lomos de la tempestuosa corriente. Poco después, el tronco desapareció también de la vista de los cazadores en la lejanía.

Mientras Javier y Miles todavía luchaban por salir del río, Nika había despertado con un fuerte dolor de cabeza. Se encontró tirada sobre unas piedras y rodeada por los rostros más feroces y horripilantes que había visto en su vida. Unos rostros escamosos y lampiños de pez abisal, con barbillas salientes, pómulos marcados y frentes en retroceso. Sus ojillos eran pequeños como botones de camisa, con pupilas verticales de serpiente, y sus bocas sin labios eran por el contrario enormes, abiertas de lado a lado de la cara. Unas bocas que dejaban al aire dos filas de dientes de aguja, largos y curvos, con colmillos sobresalientes que al juntarse producían un chasquido siniestro. En cambio, no tenían narices ni orejas, al menos visibles, solo se veían dos pequeños orificios sobre la boca para respirar y unas ranuras oblicuas a los lados de la cabeza protegidas por una especie de aleta de pez y por un pliegue móvil de la piel. Una cresta aserrada y cartilaginosa, que recordaba a la aleta dorsal de algunos reptiles, les recorría el cráneo desde mitad de la frente hasta la nuca. Estaban cubiertos de escamas y tenían dedos largos de lagarto, aunque caminaban erguidos y mostraban la inteligencia de un ser humano primitivo.
Parecían el producto de una mente calenturienta. Un cruce imposible entre hombre, pez abisal y reptil.
Al principio no se dieron cuenta de que la prisionera había despertado.
Espiando a través de las pestañas, Nika contó hasta cuatro de aquellos lagartos duendes. Se golpeaban furiosos las corazas que les cubrían, hechas con cuero y pieles de animales, y esgrimían unas armas toscas. Parloteaban agriamente entre sí, enseñando los dientes, y parecían enzarzados en una disputa. Hablaban con sonidos guturales primitivos, chasquidos de lengua y cloqueos, más que con palabras articuladas. Les faltaba poco para llegar a las manos. Por lo visto, no estaban contentos con los resultados de la caza.
De los seis que habían formado inicialmente la partida, dos pigmeos yacían en el barro, muertos, y los cadáveres de tres mantis gigantes vertían un líquido negruzco en las aguas del torrente.
Estaban acostumbrados a sembrar el terror sin esfuerzo y, cuando salían a cazar humanos, los capturaban sin demasiada resistencia como a conejos asustados. Pero aquel guerrero les había plantado cara con una eficacia y unos reflejos demoledores, sin demostrar miedo. Para colmo, conocía bien el terreno que pisaba y había sabido aprovecharlo huyendo por el único elemento en el que las skrugs se desenvolvían con dificultad y donde más fácil se podía perder el rastro.
Ahora, los pigmeos supervivientes estaban reunidos en corro y reñían entre ellos, dándose empujones y puñetazos violentos. O bien se echaban las culpas los unos a los otros por los errores cometidos o no se ponían de acuerdo sobre el plan de acción que debían seguir.
Apeados de sus monturas parecían más pequeños e insignificantes, pensó Nika. Se desplazaban a saltitos, flexionando las rodillas. Sus brazos flacos tenían una largura desproporcionada y sus manos eran nerviosas y huesudas con unos dedos de reptil y unas uñas negras en punta, tan afiladas como los dientes. Daban grima.
La chica desvió la vista con cuidado de no delatarse para explorar los alrededores. Observó que seguían al fondo del mismo barranco donde la habían capturado. No se habían movido del sitio.
Al mirar a su derecha, tropezó con unas patas aserradas descomunales de cangrejo que se clavaban en la tierra delante de sus narices. Cuando levantó la vista, con un escalofrío, descubrió a su lado a una de aquellas horribles mantis. Estaba alimentándose con los restos de uno de sus congéneres caídos, tan cerca que la chica podía contar cada pelo filoso que salía de su abdomen. Con las pinzas delanteras sujetaba la pieza y al mascar con el pico producía unos crujidos de cáscaras rotas que se mezclaban con el sonido repulsivo que hacía al sorber el contenido.
Mientras ella la espiaba, la cabeza triangular de la skrug giró 180 grados sobre la base del cuello hasta volverse completamente. Nika no pudo evitarlo. Se le escapó un grito de miedo cuando los ojos saltones, globosos y fríos del insecto se clavaron en ella.
Al instante siguiente, uno de los pigmeos se inclinó sobre la muchacha con los dientes puntiagudos de aguja tan pegados a su cara que pudo sentir la humedad de su saliva en la mejilla. Sus ojos amarillos la recorrían con malignidad.
Aturdida y horrorizada por esa visión, Nika hizo un brusco movimiento de retroceso hasta tropezar con otro cuerpo que se interpuso en su camino y la detuvo. Intentó apretar la pulsera para huir, pero entonces se dio cuenta de que tenía los brazos maniatados a un palo e inmovilizados de tal modo que no podía juntar las manos ni llegar con los dedos a la muñeca. No pudo ver qué obstáculo había detrás porque se encontró bajo las fauces de otro pigmeo. Ella cerró los ojos con verdadero terror y se quedó quieta, rogando mentalmente para que alguien la librase de aquella pesadilla.
Solo oyó un grito agrio, mezcla de cacareo y chasquido. Después de eso, los salvajes se apartaron y la dejaron en paz. Volvían a hablar entre sí con aquel lenguaje altisonante, áspero y grosero.
Al cabo de un rato, la muchacha se atrevió a abrir de nuevo los ojos con disimulo. Los pigmeos formaban un corro en cuclillas, a unos metros escasos. Se volvió con precaución para buscar a sus amigos. Las patas de la skrug seguían estando muy cerca, pero se esforzó por ignorarlas. Giró el cuello sin hacer ruido y descubrió que justo detrás se encontraba Finisterre, muy pálida y despierta, empapada también. Era el cuerpo con el que había ido a chocar de espaldas.
La pelirroja le parpadeó un mensaje de ánimo en silencio. Tenía las manos atadas, igual que la niña, y un chichón sangrante en la esquina de la frente. Aparte de eso, no parecía estar herida.
De Javier y Miles no había rastro. Ignoraban que sus amigos habían escapado, porque se habían desmayado antes, y la incertidumbre sobre su suerte las corroía.
Por fin, el que parecía su jefe lanzó un grito, que sonó como un cloqueo, y todos callaron. A una nueva orden, los salvajes se levantaron bruscamente y se pusieron en movimiento a la vez.
Uno de los duendes bajó a la orilla del río y regresó arrastrando consigo la capa y la ballesta del errante, que arrojó delante del hocico de una de las skrugs vivas y dejó que los olfateara. Después las apartó y se montó de un brinco sobre la bestia.
Un temor más grande se apoderó de las prisioneras al ver las posesiones de Miles en manos de aquel duende. ¿Estarían muertos sus compañeros de aventura?
«Que no les haya ocurrido nada malo, por favor...», rogaron, angustiadas.
Dos de los pigmeos las obligaron a levantarse a puntapiés. Agarraron el extremo de la soga con que las tenían maniatadas, tiraron de ellas y les hicieron caminar penosamente montaña arriba tras las patas zancudas de una de las mantis. Uno de los pigmeos iba montado delante en su cabalgadura y el otro detrás, vigilándolas estrechamente.
En cambio, los otros dos pigmeos y la tercera skrug tomaron una ruta distinta, barranco abajo, siguiendo el curso del río. Buscaban algo. ¡O a alguien! A Miles y a Javier, no podían ser otros, se dijeron. Y eso despertó una leve esperanza en el corazón de Nika y Finis.
Ya no pudieron ver más. Habían emprendido un camino distinto junto a sus carceleros, remontando penosamente la cuesta que antes habían descendido a trompicones.
Mientras se alejaban por el bosque, las dos se preguntaban aterradas qué pretendían hacer esas bestias con ellas y adónde las llevarían. ¿Por qué las habían hecho prisioneras? ¿Encontrarían de nuevo a sus amigos, vivos? Pero, sobre todo, ¿volverían algún día a casa?

En cuestión de minutos, una corriente de aguas turbulentas que bajaba de las montañas arrastró a los dos perseguidos muy lejos de los duendes con piel de lagarto y de sus endiabladas monturas, a una velocidad de vértigo. Para Javier Goñi, aquel descenso a tumba abierta por las aguas bravas de un río perdido en la frontera de Aerne-Gorothia sería una travesía de infarto que jamás olvidaría.
Las aguas se precipitaban tumultuosas por una escala natural de piedra. La fuerza del oleaje les sumergía a Miles y a él dejándoles casi sin respiración. Les zarandeaba como si fueran muñecos y les arrastraba barranco abajo. Ellos braceaban desesperados entre olas rugientes de espuma. Pero todos sus esfuerzos por mantenerse a flote resultaban pequeños ante la fuerza elemental de aquel torrente.
Miles tropezó en su accidentada travesía con un tronco que navegaba a la deriva y se aferró a él. Lanzó un grito de aviso a su compañero, pero el fragor de la corriente ahogaba su voz. Así que, aprovechando un golpe de ola, el guerrero Ad-whar pataleó, estiró el brazo todo cuanto pudo y consiguió enganchar al muchacho por la ropa, luego lo atrajo de un tirón hacia él. «¡Agárrate!», chilló. Para Javier fue un alivio encontrarse con aquel inesperado salvavidas, porque estaba a punto de sucumbir.
El tronco les sirvió de ariete y de flotador a la vez durante el descenso, y salvó sus vidas. A cada choque con las rocas saltaba una lluvia de astillas y toda la madera temblaba, pero el tronco seguía adelante sorteando los escollos y cabalgaba sobre las olas salvajes con los dos fugitivos aferrados a su cintura.
Por fin las paredes de la montaña se abrieron. Parecía que su azaroso descenso iba a acabar. Sin embargo, al final del barranco les esperaba un último salto, el más peligroso, una caída hasta un remolino donde el torrente se reunía con su hermano mayor, un río caudaloso de montaña que bajaba crecido por la tormenta del día anterior.
Los dos se zambulleron a la vez en la poza. La fuerza del remolino tiraba de ellos violentamente hacia abajo en medio de un hervidero de burbujas que les impedía respirar. Por suerte, su milagroso salvavidas de madera logró salir a la superficie arrastrando a los dos náufragos consigo.
Sacaron la cabeza con ansia buscando el aire que les faltaba, patalearon y se aferraron con más fuerza al madero que, tras unas vacilaciones, continuó su camino corriente abajo por el cauce de un río ancho y profundo. Y ellos nadaron agarrados al tronco.
Un kilómetro y medio más abajo, aproximadamente, el terreno se allanaba y las aguas dejaron de rugir. La furia del río se fue aquietando. Ellos probaron a dirigir el tronco hacia remansos más tranquilos. Pataleando y remando con un brazo, llegaron hasta una zona donde las aguas se desbordaban mansamente inundando la ribera. Solo entonces, al hacer pie, los dos fugitivos se atrevieron a abandonar su salvavidas y caminaron juntos hasta la orilla más cercana.
Primero Javier y detrás suyo el hombre, los dos salieron del río con pasos tambaleantes, chorreando, tosiendo y vomitando un agua turbia con sabor a barro.
El chico se dejó caer aturdido sobre un trozo de terreno seco nada más pisar la orilla, con respiración jadeante. A sus catorce años, era la primera vez que vivía una situación así, tan al límite, y en ese momento no deseaba protagonizar otra aventura semejante nunca más.
Confuso y mareado, no quería pensar en sus dos compañeras perdidas, en Mónica y Finisterre. No quería pensar en nada. Las sensaciones vividas en el accidentado descenso por aquel torrente embrutecido ocupaban toda su mente. Le dolían las piernas, los brazos, todo el cuerpo. Temblaba.
La ropa chirriada le pesaba tanto que enseguida se sacó a tirones el jersey y la camiseta y los arrojó sobre las piedras. Luego se tumbó boca arriba completamente agotado, sin fuerzas, vacío de todo.
Al contrario que él, Miles se quedó de pie con las piernas medio flexionadas, la cabeza hundida entre los hombros y las manos apoyadas sobre las rodillas. Inspiraba y expiraba el aire con repetida fruición, tan honda y profundamente como se lo permitían sus pulmones. Intentaba recuperar las fuerzas sin rendirse a la tentación fácil de tumbarse en la hierba.
Pronto se dejaron de escuchar sus toses y jadeos. En cuanto pudo respirar con normalidad, el guerrero Ad-whar se irguió en toda su estatura y procedió a examinar los alrededores con su vista aguda. Luego repasó las pertenencias que le quedaban. Había perdido parte de sus posesiones durante la lucha y en la huida posterior; le faltaban el escudo y la ballesta, también la capa. Pero aún tenía el hacha y el cuchillo de monte, y la daga a salvo dentro de su bota. Por supuesto conservaba la espada, jamás se separaba de ella. La desenvainó y examinó la rectitud de la hoja. Pasó el dedo con suavidad por el filo y comprobó, satisfecho, que ningún golpe la había mellado; luego batió el aire con su hoja para pulsar su equilibrio antes de devolverla a la funda y depositarla cuidadosamente sobre la hierba.
Sus movimientos hicieron que Javier despertara de su letargo y abriera los ojos.
—¿Qué… qué eran esas ‘cosas’? —preguntó con un escalofrío aterrorizado. No hacía falta que describiera a las mantis gigantes para que el guerrero supiese de qué hablaba.
—Skrugs. ¡Los caballos del diablo! Son bestias de la Región de Penumbra. Unas depredadoras implacables.




