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Continuó así su fingido rastreo por un tiempo que no sabría precisar pero que le pareció eterno, hasta que oyó la voz áspera del pigmeo en la otra orilla. Al tercer grito comprendió que le llamaba a él, confundiéndole con su compañero muerto. Javier se había metido entre unos matorrales y el enano lo buscaba. Levantó un poco el brazo con la lanza por encima de la cabeza, para dejarse ver, y soltó un gruñido gutural, parecido a los de ellos, mientras calculaba de reojo los metros de distancia que le separaban de la skrug. El insecto dirigía sus ojos globosos y fríos hacia el muchacho, desde la orilla misma del torrente. «Demasiado cerca», pensó angustiado. En cualquier momento, esa horrible bestia cruzaría el cauce en dos brincos, se abalanzaría sobre su cuello, le clavaría las pinzas y le devoraría... Con las rodillas flojas, rezó para que el bicho no pudiera escuchar los acelerados latidos de su corazón y para que el Ad-whar llegara pronto en su auxilio.
Entretanto, Miles había reptado ribera arriba llevando consigo, además de su espada, el arco y las flechas del pigmeo muerto. Una vez fuera del alcance de la vista, se había introducido silenciosamente en el río y lo había atravesado hasta el otro lado del cauce donde había emergido, sin un solo chapoteo, bajo las sombras protectoras de los árboles. Se había arrastrado fuera del agua, gateando sobre las piedras como una lagartija, hasta alcanzar la protección de los matorrales más cercanos. Y una vez en tierra seca, se había desplazado velozmente, de árbol en árbol y por entre las rocas hasta encontrarse con la espalda de sus enemigos. Apenas había tardado unos minutos. Las salvajes figuras de la skrug y de su jinete se dibujaban a contraluz contra el torrente, muy nítidas, tal como se había propuesto. Se apostó tras una peña y preparó el arco y las flechas, de acuerdo con el plan que se había trazado.
Los cazadores se habían convertido, sin saberlo, en la presa.
Tenía la bestia a tiro, pero no a su jinete, que se había apeado de la montura y desaparecía a intervalos irregulares entre la vegetación. Aguardó con paciencia a que se hiciera visible para asegurar el golpe. Quería abatirlos a los dos juntos. De repente el salvaje se irguió y lanzó una llamada desagradable en dirección a la figura cubierta de pieles que merodeaba al otro lado del río. El interpelado, sin levantar la cabeza, respondió con un gruñido que provocó una sonrisa divertida en el guerrero. El enano no se conformó, sin embargo. Algo extraño le había llamado la atención así que aprestó su arco y lanzó esta vez un grito airado, que erizó la cabeza de la skrug y le hizo entrechocar el pico con fuerza. Los dos, bestia y duende, se acercaban ahora a la orilla con sus armas, garras y colmillos preparados, examinando la sombra que se agazapaba al otro lado.
El Ad-whar comprendió que no podía demorarse más. Apuntó, tensó al máximo la cuerda, la soltó y la flecha salió disparada, silbando, para clavarse profunda y certeramente en el ojo del insecto que se desplomó con un chillido estridente de dolor. Su amo, al verlo malherido, buscó alarmado al misterioso autor de aquel ataque mientras se desplazaba con rapidez hasta el cobijo de una roca. Gruñía mostrando sus dientes afilados como un animal. Quienquiera que fuera su atacante, no le daría facilidades para que practicara el tiro al blanco con él.
El salvaje soltó de pronto un alarido de rabia porque desde su nuevo emplazamiento podía ver perfectamente el rostro de Javier, disfrazado con las pieles de uno de los suyos. El muchacho se había puesto de pie para ver mejor y estaba inmóvil, paralizado por los acontecimientos. Había visto caer a la skrug pero no sabía de dónde provenía la flecha y la rapidez de reflejos del darko le había pillado desprevenido hasta el punto de que había olvidado seguir los consejos de Miles. El reptiliano levantó con ferocidad su arco en dirección al chico, dispuesto a acabar con él. Pero antes de que pudiera disparar, otra flecha distinta cruzó el aire, voló hasta su pecho y le atravesó de parte a parte sin que el duende con boca de pez pudiera determinar su origen. Cayó de espaldas y ya no volvió a levantarse. El Ad-whar se había movido deprisa hasta una nueva atalaya y, en cuanto el darko se le había puesto a tiro, había disparado su propio arco sin la menor vacilación. En el instante justo.
Con un tercer dardo remató definitivamente al insecto, que se despatarró boca arriba como un saltamontes pinchado con alfileres, ante los ojos atónitos de Javier.
El guerrero se alzó de su escondite y bajó a saltos, corriendo, hasta la orilla. El segundo pigmeo aún boqueaba y miró a su enemigo rabioso. Este se inclinó sobre él y, apuntándole con su espada sin la menor piedad, le espetó:
—¿Por qué nos perseguís? ¿Quién te paga?
El pigmeo contestó con voz ronca:
—¡Date por muerto, errante!… Tú y la bruja de cabellos rojos… estáis muertos…
—¿Quién nos busca? —insistió Miles, con urgencia furiosa.
—El nigromante… —El reptiliano se atragantó con su propia saliva y chasqueó la lengua dentro de su enorme boca dentuda.
—¿¡El nigromante de Megisto!? ¿Te refieres a Tenebris? —dijo el hombre. Y añadió—: ¿Para qué nos busca?
—El nigromante… Es muy poderoso… Juo, juo, juo…
—¿Qué quiere Tenebris de la mujer?
—Estás muerto, errante, juo juo juo… —repitió el darko con un gorgoteo agonizante. Levantó velozmente el brazo y agarró a Miles por la pantorrilla, clavándole con odio sus uñas negras y afiladas de cuchillo con las últimas fuerzas que le quedaban. Él reaccionó levantando la espada y de un tajo le cortó el cuello. Se cercioró de que estaba bien muerto. Luego se apartó sin examinarse siquiera la pierna, tenía otras cosas más urgentes que hacer.
El darko se había apropiado del escudo del errante, que había encontrado durante su rastreo abandonado en una de las orillas y desde entonces lo llevaba encima. Miles lo recuperó ahora con satisfacción. Recuperó también una por una las valiosas flechas que había lanzado, arrancándolas de un tirón de las bestias. Las limpió en las propias ropas del enano caído y las guardó en el carcaj. También se apropió de las flechas del darko, por si le servían más adelante. Pronto terminó la inspección. El resto de los pertrechos carecían de interés, así que dejó abandonados los cadáveres donde habían caído y volvió a vadear las aguas para reunirse en la orilla opuesta con Javier sin mirar más los cuerpos de sus enemigos.
El muchacho le aguardaba al otro lado, con horrorizada estupefacción. Aún no se había quitado las pieles de darko, ni el casco con las plumas de la cabeza, y todavía llevaba su espada pegada a la mano. Parecía una estatua.
—Ha resultado más fácil de lo que esperaba... —empezó a decir el guerrero al trepar por la orilla. Se interrumpió al ver la expresión del niño—. ¿Qué ocurre?
—¿Por qué has hecho eso? —le preguntó a su vez con brusquedad el muchacho, sin poderlo remediar. Algunas de sus costumbres le parecían bárbaras e inconcebibles.
El guerrero se extrañó por la pregunta, hasta que comprendió el motivo de su enfado. Ceñudo, explicó:
—Antes de dar la espalda a un enemigo como ese, hay que cerciorarse de que está bien muerto. Y tampoco conviene dejar atrás cosas que a él no le van a hacer falta y tú puedes necesitar. Ya lo sabes.
A Javier no le convencían sus razones. Le repugnaba el ensañamiento de esas muertes. Le repugnaba robar a los muertos y, más aún, tener que usar sus ropas manchadas de sangre fresca. Estuvo a punto de expresar una nueva crítica, pero se contuvo, quien sabe si por educación o por prudencia. En lugar de hablar, comenzó a desprenderse de las odiosas vestimentas que se había visto obligado a llevar encima y las fue arrojando con asco a sus pies.
El guerrero intentó impedírselo:
—¡Consérvalo! El peto, al menos. Está hecho con piel dura de serpiente de los pantanos y va forrado con anillas de hierro. ¡Te protegerá! —Como el muchacho no le hacía caso, levantó más el tono y le soltó feroz—: No es una sugerencia. ¡Es una orden!
El chico tuvo que obedecer y volver a colocarse el peto, muy a su pesar. Miles recogió el capacete de hierro que el muchacho había arrojado al suelo y se lo puso también sobre la cabeza, con fuerza, después de quitarle las plumas. Con ese casco y la tela anudada alrededor de la frente mostraba un aspecto curioso, también más combativo; sus amigas se habrían echado a reír al verlo, pero ahora no estaban con ellos y Javier no tenía humor para reír.
—Tendrás que acostumbrarte, «niñato». —El Ad-whar usaba intencionadamente el odioso apelativo que Nika le dedicaba a veces—. A esto y a mucho más, mientras sigas a mi lado... ¡Ya no te encuentras en las faldas de tu dulce madre! Y si esto no es el infierno, no le falta mucho, te lo aseguro.
Se sacudió el barro de las botas y exclamó con cara de tormenta:
—¡Sigamos! Aún no hemos terminado el trabajo.
Un violento escalofrío recorrió la columna vertebral del chico. La tenacidad del guerrero le parecía admirable y terrible a la vez. Daba auténtico miedo.
Estaba empapado, fatigado y herido en el brazo, pero continuaba adelante con tal determinación que Javier sintió lástima por sus enemigos. Le invadió además un profundo desaliento que no se paró a analizar. En el fondo era cansancio, pero también el temor o más bien la certeza de no estar a la altura de lo que se esperaba de él.
No tuvo demasiado tiempo para compadecerse de sí mismo, porque su compañero echó a andar de nuevo y le obligó a seguirlo a trote largo.
Mientras retomaban el sendero, río arriba, Miles lo examinó de reojo sin que se diera cuenta. Había que reconocer que el muchacho empezaba a sacar por fin algo de rasmia, pensó satisfecho para sus adentros. Tenía un aspecto bastante bronco, no solo debido al barro que le cubría, ni por las ropas de cuero y hierro que le tapaban casi hasta las cejas, sino más bien por su actitud. Caminaba con expresión reconcentrada y con los puños firmemente apretados. Estaba dejando de ser el chico inseguro de su primer encuentro y empezaba a mostrar su verdadero carácter. Tenía espíritu, madera de luchador.
Una sana dosis de mal genio era algo que Miles podía comprender y manejar. Lo prefería mil veces a la apatía o la pereza. Porque en su opinión, si algo le faltaba a aquel chaval era un poco más de mordiente. La rabia que ahora veía asomar en él le vendría bien más adelante, le daría fuerzas adicionales para llevar a cabo la tarea que les aguardaba. Por su parte, solo tenía que mantener encendida aquella rabia para que pudiera servir al muchacho de acicate cuando llegara el momento.
Ninguno de los dos sabía que, varios kilómetros torrente arriba, los otros darkos huían por el monte arrastrando consigo a sus compañeras de viaje.

Ni Miles ni Javier volvieron a cruzar una palabra entre sí y la última galopada por la orilla del torrente les llevó sin más interrupciones hasta el punto del bosque donde les habían atacado los darkos. Se habían acercado sigilosamente, adoptando precauciones por si alguien les esperaba, pero lo encontraron desierto.
Les fue fácil reconocer el lugar porque la tierra y la vegetación de la orilla estaban fuertemente pisoteadas y los cadáveres de las skrugs y duendes abatidos por el Ad-whar seguían tirados allí. Sus compañeros no se habían molestado siquiera en cubrirlos con piedras o tierra para ocultarlos a los carroñeros. El olor a muerto había empezado a extenderse por los alrededores y las moscas y buitres acudían en tropel para alimentarse de su carne.
Aparte de los cadáveres, allí no encontraron nada más. Nika y Finisterre habían desaparecido. Javier, que había esperado terminar la persecución en el mismo lugar de partida, se dejó caer sobre un asiento de piedra decepcionado. «Jamás las encontraremos», se dijo con pesimismo.
Al contrario que Javier, el guerrero no se sorprendió. Conocía el espíritu inquieto de los reptilianos y hubiera sido el colmo de la suerte que siguieran allí sentados, aguardando pacientemente a que sus compañeros de expedición regresaran. Habrían establecido otro punto de encuentro y habían partido con las prisioneras hacia ese lugar, se limitó a decir.
Los darkos eran cazadores avezados, pero, habían encontrado un rival a su altura en el errante.
Mientras el muchacho descansaba, Miles rastreó rápidamente el terreno.
Entre los restos olvidados de la lucha, halló la capa de Finisterre y el coletero con el que Nika se sujetaba el pelo, tirados por el barro y pisoteados. También su propia capa y su ballesta abandonadas y aprovechó para recuperarlas.
No le fue difícil localizar las huellas del grupo que había partido llevando consigo a las prisioneras. Las señales del suelo resultaban legibles incluso para el rastreador más inexperto, lo que demostraba la tranquilidad de los captores.
—Aquí está su pista. Los seguiremos —comentó en voz alta para que el muchacho lo oyese.
Las huellas indicaban que el grupo se había internado en las montañas, en dirección suroeste. Habían dejado tras de sí un rastro bastante elocuente. Aunque les llevaban una buena ventaja.
Después de examinar con atención las señales y explorar detenidamente los alrededores, Miles volvió a reunirse con Javier. Este se había entretenido llenando de agua su cantimplora en el riachuelo e intentaba hacer de nuevo acopio de fuerzas. No tenía buena cara. El accidentado descenso por el torrente, las carreras por el monte y el enfrentamiento con los darkos habían hecho mella en él. Su rostro reflejaba una mezcla de cansancio físico y desazón profundos, que su compañero ignoró deliberadamente. El chico necesitaba un descanso. Miles lo sabía, pero sabía también que no podían permitírselo o perderían su ventaja. Tenían que alcanzar a los darkos y sorprenderles antes de que estos echaran de menos a sus camaradas muertos.
—Han dejado un rastro claro y fresco, fácil de seguir —le informó con gravedad—. Tus amigas van a pie. He visto algunas marcas ahí… y allá… Huellas de caídas, pero no hay señales de sus manos.
—¿Eso es malo?
—Para ellas sí. Significa que las han maniatado y no pueden utilizar los brazos. Y después de la lluvia, todo el monte está embarrado y resbaladizo… ¡Puedes imaginártelo, supongo! Probablemente las encontraremos bastante magulladas, espero que con ningún hueso roto... ¡Y ruega para que no sufran nada peor! Tenemos que apresurarnos… Los darkos no suelen ser anfitriones agradables, ni siquiera para los de su sangre.
Las severas prisas con que el otro le azuzaba terminaron por desatar la irritación del muchacho, que necesitaba tiempo para mentalizarse. Comprendía las razones del guerrero y también deseaba liberar a Finisterre y a Nika de sus captores. Pero al mismo tiempo se sentía desbordado por los acontecimientos, nervioso y atemorizado por lo que pudiera ocurrir.
—¿Qué piensas hacer cuando los encuentres? ¿Los matarás por la espalda, a traición, como a los otros? —le preguntó, empujado por aquella irritación que sentía. En realidad, estaba enfadado consigo mismo por su propio miedo, aunque lo descargara en el errante. Pero necesitaba sacarse aquella opresión del pecho de algún modo—. Yo creía que los auténticos caballeros luchaban de cara y daban una oportunidad a sus enemigos para defenderse.
A Miles le dolió la pulla y, por una vez, el muchacho se lo notó en la cara. No obstante, el hombre se rehízo enseguida y respondió muy seriamente:
—Cuando un perro rabioso o una víbora te atacan, no esperas a que se acerquen y te muerdan la mano. Los matas sin contemplaciones. Esos darkos son peor que alimañas; se dedican a cazar a seres humanos y a menudo encuentran a alguien que les paga por hacerlo. No en vano los llaman cazadores de cabezas. Si yo les hubiera dado la menor oportunidad, probablemente uno de nosotros estaría muerto a estas horas. Por eso, a la primera ocasión que tenga, los detendré y no les daré cuartel en efecto. —Hizo una pausa, tras la cual añadió ceñudo—: Comprendo que eso no te guste. O que no te guste yo. Pero mientras sigas a mi lado, deberás respetar mis reglas y tendrás que aguantarte. De todos modos, ¡nunca he pretendido ser un caballero! Así pues, no te extrañe si actúo así.
La mirada oscura del guerrero cayó sobre Javier con la fuerza de un puño, cargada de reproches, y su respuesta le dejó más frío que una ducha helada. Pensó que le debía una disculpa o, siquiera, una reparación. Después de todo, intentaba ayudarles. Sin embargo, no tuvo la oportunidad porque el errante reanudó la persecución por la huella abierta en la montaña. Y Javier volvió a experimentar en su propia carne lo que significaba para Miles perseguir a alguien sin tregua.
De nuevo le condujo a un ritmo infernal, sin apiadarse de él, con la pericia del rastreador experimentado. Tuvieron que escalar taludes, cruzar por encima de un barranco haciendo equilibrios sobre un puente de troncos carcomidos, vadear arroyos de agua helada o correr como atletas a través del monte, hasta que al muchacho le faltó el aliento.
En un momento dado, el guerrero le advirtió:
—¡Apresta tu espada! Tenemos compañía… —Sin parar de correr, sacó su hacha con la mano izquierda y con la derecha desenvainó la espada por encima de su cabeza. Y añadió—: ¡Recuerda lo que te he enseñado!
Javier apenas tuvo tiempo de reaccionar. Cuatro malhechores les salieron al encuentro, saltando desde detrás de unas peñas. Debían estar emboscados allí y se abalanzaron sobre ellos blandiendo hachas y mazas.
El Ad-whar lanzó su hacha contra el más cercano con tal habilidad que la clavó en su pecho y lo derribó. Seguidamente cargó a la carrera contra los otros, sin vacilar, y ordenó a Javier con voz tonante que se colocara a su espalda y se defendiera. El chico no sabía muy bien cómo, pero, a pesar del miedo, intentó cumplir con su parte. Esgrimió su espada con más rabia que valor. La sangre se le había subido a la cabeza y el pulso se le había acelerado. Era su vida lo que estaba en juego, se repetía a sí mismo. ¿Qué había dicho Miles? «No pensar, no tendrás tiempo para pensar», solo debía actuar. Y se encontró intercambiando golpes con furia y revolviéndose, a la sombra de su compañero Ad-whar.
Por suerte, Miles estaba allí. Se movía en círculos, repartiendo estocadas a diestro y siniestro con la espada en una mano y el cuchillo de cazador en la otra. Todo sucedió muy deprisa. De un solo tajo de su espada, cortó la garganta del más corpulento y en el siguiente movimiento detuvo el asalto del segundo atacante sin contemplaciones, sus dos aceros chocaron y a este le lanzó una patada que le hizo perder el equilibrio. A continuación, se giró y arrojó el cuchillo contra el cuarto bandido que se había abalanzado sobre Javier y se lo clavó en el ojo antes de que derribara al chico. El bandido se desplomó, aullando de dolor.
Finalmente, Miles asestó una estocada mortal al tercero de los bandidos, que trastabilló. Una vez más, el Ad-whar no mostró compasión. Le atravesó el pecho. Luego se inclinó hacia él y preguntó:
—¿Quién te paga?
El caído negó con un barboteo ininteligible y una bocanada de sangre salió por su boca antes de desmayarse. El errante terminó la faena rematando a los que agonizaban en el suelo, evitándoles en realidad así un sufrimiento innecesario pues sus heridas eran mortales.
Tras comprobar que ellos dos seguían enteros, el guerrero envainó la espada y recuperó su hacha. Una borrachera de euforia y alivio se apoderó de Javier al ver que aún estaba vivo a pesar de todo. Miles no tardó mucho en bajarle los pies a la tierra, diciendo:
—Quizá encontremos más por el camino. ¡Larguémonos de aquí! —Y reemprendió la marcha con su infernal trote, sin mirar atrás.
Javier respiró hondo y volvió a correr tras sus pasos.
—¿Por qué…? —preguntó mientras lo seguía.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué piensas… que habrá más…? —jadeó.
—Porque alguien nos ha señalado y ahora somos la presa a cazar.
A Javier le invadió el desánimo. El chute de adrenalina le ayudó a mantenerse en pie y correr durante otro par de kilómetros. Pero no pudo ir más lejos. Tenía las baterías muy gastadas.
A la mitad de un repecho empinado, se derrumbó. Le faltaba el aire y sus piernas se negaban a dar otro paso. Cayó con sus rodillas en la tierra y resbaló hasta un matorral que le retuvo y al que se aferró derrotado.
—¡Espera! —llamó entre jadeos. Miles, que llevaba como siempre la delantera, se detuvo pero no retrocedió. El chico explicó sin aliento—: ¡No puedo más...! Necesito... necesito parar...
—No hay tiempo. —El guerrero hablaba con determinación implacable.
—Pero es que yo… no puedo... De verdad que no... no puedo más... —repetía él con un hilo de voz.
Se desplomó de espaldas en el suelo dándose por vencido. Miles volvió a su lado.
—¡Sí que puedes! ¡Si quieres, puedes! —le recriminó, erguido ante él—. Si te lo propones, continuarás adelante. Y cuando estés tan agotado que se te nuble la vista, ¡seguirás caminando, si tu voluntad lo manda así! ¡Créeme!, yo lo sé muy bien.
—Dame unos minutos… —gimió el muchacho, sin fuerzas.
Pero esos minutos podían ser cruciales, la diferencia entre la vida o la muerte para Nika y Finisterre. El errante intentó convencerlo con ese argumento.
Aun así, el chico continuó tendido en el suelo con los ojos cerrados, incapaz de escuchar lo que le decían. Entonces, Miles tomó una decisión fría.
—Está bien. Seguiré adelante solo. Y tú, cuando tengas ánimos, ya me alcanzarás. Iré dejando señales por el camino para que sepas qué dirección he tomado.
Cogió dos palos cortos y unas piedras y los dispuso sobre el suelo. «Dos palos cruzados en aspa significaban camino cortado», dijo con seriedad. Las piedras en pequeños montones mostraban la ruta a seguir. Dos palos dispuestos en uve significaban girar en la dirección que señalaran. Tendría que estar muy atento, para no saltarse ningún hito ni desviarse de la ruta.
Javier le interrumpió, anonadado.
—¡No pensarás abandonarme aquí! —exclamó, saliendo un poco de su desmayo—. No conozco el camino. ¡Me perderé!
—No te perderás si sigues las señales. ¡Hasta un bebé encontraría el camino con solo ver estas marcas! Y tú pronto serás un hombre. —Aún añadió exasperado—: ¡Me pregunto cómo podéis sobrevivir en tu mundo!
No se doblegó a las súplicas del muchacho, ni a sus repetidas protestas.
—La vida de tus amigas puede depender de nuestra rapidez. Y yo no voy a rendirme tan fácilmente
—¡No son mis amigas! —gritó el niño con desesperación. Era una excusa infantil para acallar su conciencia.
—Tal vez no lo sean —respondió con calma el guerrero—. Pero has dicho que querías salvarlas. Si decides algo, cumple tu palabra o de lo contrario no hables.
El chico agachó la cabeza.
—Yo me marcho ahora —advirtió el otro con dureza, sin ablandarse—. Te iré dejando señales como he prometido. Lo que hagas después será cuestión tuya. Adiós.
Javier contempló con incredulidad cómo el errante le daba la espalda y echaba a andar de nuevo.
—¡Aguarda! —pidió con una exasperación cercana a las lágrimas mientras lo veía marcharse—. ¿Es que tú no te rindes nunca?
—¡Nunca! El que se rinde está muerto —fue su respuesta—. La vida no se detiene porque tú te pares, seguirá rodando. ¡Y, si te descuidas mucho, pasará por encima de ti y te aplastará!
La voz rotunda iba perdiendo volumen conforme el hombre se alejaba. Muy pronto doblaría un recodo más allá del cual su figura desaparecería tras las peñas y dejaría de verle.
Un coraje sordo se apoderó del chico. Cerró los puños y se puso de rodillas.
—¡Cabrón! ¿En serio me vas a dejar aquí?
Nunca había estado tan furioso con nadie.
El guerrero continuó alejándose como si no le escuchara.
Entonces Javier inspiró profundamente con rabia. Hizo acopio de toda la energía que pudo encontrar en su interior y la dirigió hacia sus piernas. A una orden de su cerebro, se levantó. Las piernas le temblaban, pero no permitió que se doblaran. Apretó los dientes y volcando toda su rabia en el pie derecho consiguió dar el primer paso. Después movió el otro pie. Agarró un palo de madera que encontró tirado y lo usó como bastón para apoyarse y seguir adelante.




