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—¿De la Región de Penumbra? —repitió el chico a lo tonto. Ignoraba qué lugar sería aquel—. ¿Y esos enanos horribles?
—¡Ellos son el diablo! —declaró el guerrero sin vacilar—. Reptilianos. Seres oscuros. ¡Darkos!, así los llaman. Una raza subhumana de caníbales y cazadores de cabezas.
El niño tragó saliva mientras el guerrero dirigía sus ojos pensativos hacia la montaña, aguas arriba.
—Es raro verlos por aquí. Muy raro… —Hablaba para sí mismo.
Conforme volvía a recuperar las fuerzas y también a recobrar la memoria de todo lo que había pasado, Javier sintió que una garra helada le apretaba el corazón. Cinco días atrás, él estaba tranquilamente de vacaciones en un campamento de verano en la Montaña Alavesa con pantalón corto, zapatillas deportivas y camiseta. Habían ido de excursión por la tarde al despoblado de Ochate incitados por uno de sus monitores, Mikel, que era un friki de Cuarto Milenio y un cazador de misterios, como a él le gustaba decir. Habían ido hasta el pueblo maldito de Ochate, que en la lengua vasca significaba «puerta del frío», por la fama que tenía de avistamientos de ovnis. Y he aquí que de pronto se había formado aquella niebla extraña, cuando regresaban al autobús, y una columna de energía había caído sobre él cuando caminaba por el descampado con Mónica Ramos, esa bocazas, y con Finisterre, la mejor de las monitoras.
Por más vueltas que daba al asunto, no podía entenderlo. Cómo ellos tres habían podido ser abducidos por aquel flujo de energía, y habían aparecido de pronto en una plataforma del espacio delante de una máquina en forma de rueda giratoria que, en realidad, era una puerta interdimensional que conducía a otros universos paralelos, planetas y mundos.
Y ahora estaban allí, en esa tierra desconocida y salvaje, en un reino feudal donde la gente se vestía y actuaba como si hubieran regresado a la Edad Media, rodeado de bárbaros y de bestias peligrosas que les acechaban. Un puñado de esas bestias les había perseguido a través de la montaña, para cazarlos como si fueran animales; habían capturado con redes a sus amigas Nika y Finisterre y él había tenido que escapar a nado por el río de aguas bravas en compañía de aquel sujeto moreno de ojos penetrantes, un guerrero Ad-whar con cara de malas pulgas y peor genio. Algo muy excitante para vivirlo a través de un videojuego, pero nada divertido, más bien angustioso, cuando uno se veía obligado a sufrirlo de verdad en sus carnes con todas las consecuencias.
Se tocó torpemente con los dedos un chichón que le había salido en la cabeza.
—¿Qué va a pasar con ellas, con Finis y Nika? ¿Qué crees que les harán esas cosas y... los darkos? —se atrevió a preguntar al fin, temiendo escuchar la respuesta.
—No las matarán, tranquilo. Tienen que entregarlas vivas a quienquiera que les haya pagado por cazarlas o no cobrarán la recompensa... Aun así, no las tratarán muy bien…
—Pero… pero… ¿por qué nos persiguen a nosotros?
El ceño de Miles se acentuó aún más. Por su frente cruzó una sombra.
—Eso me gustaría saber a mí también —murmuró pensativo. Después bajó la cabeza, miró de frente al muchacho y aclaró—: Ya os dije que soy un proscrito. Mi cabeza tiene un precio en Arn-Goroth que el rey pagará con gusto a cualquiera que se presente con esa cabeza en un saco. Os lo advertí. Pero además… ¡hay un hombre que me busca para matarme!... Alguien que con el tiempo se ha vuelto muy poderoso… con mercenarios a su servicio… ¡Yo también le persigo a él!, por eso he vuelto… Para cobrarle una deuda de sangre que tenemos pendiente, él y yo…
Hablaba entre jadeos, mientras se recuperaba del esfuerzo casi sobrehumano de aquella accidentada huida. Se paró unos segundos más para tomar aire, apoyado sobre las rodillas, y esperó a que su corazón dejara de latir a mil.
Luego reflexionó y dijo para sí:
—Pero es raro… —Él ya esperaba un ataque, sabía que sus enemigos intentarían interceptarlo a toda costa, tenderle una trampa. Lo esperaba, pero no tan pronto ni con esa clase de mercenarios—. Estamos en la frontera… No pueden haber enviado tan rápido, tan lejos a sus sicarios contra mí… Y esos darkos venían de las Tierras Ásperas…
De nuevo clavó sus pupilas aceradas en el chico extranjero con el que había compartido la ruta y al que había tenido que proteger durante los dos últimos días, desde que se habían tropezado con el broncotauro que él pretendía cazar en el Middle Umbra o Bosque Umbrío.
—Venían a por nosotros, por los cuatro… No solo me buscaban a mí… —razonó.
Alrededor de las botas del Ad-whar se había formado un gran charco y seguía chorreando agua, aunque a él eso parecía no importarle. Un poco más calmado y habiendo recuperado el resuello, por fin se puso en acción. Se despojó del peto de cuero y de la camisa, empapada, y examinó un tajo que le sangraba en el antebrazo izquierdo. Tenía un aspecto feo.
—¿¡Estás herido!? —exclamó entonces el chico, alarmado, sentándose de golpe.
—No es nada —le informó el hombre con indiferencia. Se enjugó la sangre, cogió un pellizco de barro fresco y unas hojas verdes cercanas, y se los aplicó sobre la herida. Luego se ató una pequeña venda alrededor del corte con un pedazo de tela arrancado de su propia camisa, para impedir que siguiera sangrando—. ¿Y tú? ¿Estás herido?
El muchacho se repasó bien; tenía moratones por todo el cuerpo e incluso los pantalones desgarrados, pero todos los huesos seguían en su sitio. Lo único digno de resaltar era el corte abultado en la frente que goteaba sangre sobre la ceja izquierda. Había tenido mucha suerte, sí. Su compañero le recomendó que se pusiera barro como había hecho él. En cuanto lo hizo, Miles apretó sin miramientos con el pulgar sobre la herida para cortar la hemorragia.
—Ay —se quejó el chico—, ¡ten más cuidado!
El guerrero no le hizo el menor caso. Rasgó otra tira de la tela de su camisa y se la tendió diciendo:
—¡Tápalo con esto! Las skrugs tienen un olfato del demonio. Pueden oler la sangre a distancia. Y si olfatearan la nuestra, estaríamos perdidos.
Miles volvió a ponerse el peto de cuero directamente sobre la piel, sin las mangas. Rasgó una parte de la camisa rota y se la guardó en el saco, luego hizo una bola con los restos manchados de sangre y la lanzó al río. Contempló cómo flotaba la tela sobre la corriente y, al alejarse, se hundía.
No solo el olfato, las skrugs también tenían el oído fino y sus ojos compuestos eran capaces de distinguir los objetos incluso en la oscuridad de la noche. Así que el guerrero siguió tomando sus precauciones. Esa orilla del río debía ser un abrevadero de animales porque se veían rastros de excrementos por doquier y Miles se restregó a conciencia los pantalones con un puñado de boñigas frescas que encontró.
—¿Nunca has visto a un animal revolcarse en los excrementos de otro para camuflarse y disfrazar su olor? ¿A un perro, a un zorro? —preguntó ante la cara de extrañeza del chico.
—Yo no tengo perro.
El Ad-whar movió la cabeza de un lado a otro con incredulidad, una vez más. Después amasó fango y algas de la orilla, y se cubrió con esa masa los brazos, la piel del rostro y los cabellos. Era un camuflaje perfecto para fundirse con el entorno. Hecho esto levantó de nuevo la cara manchada de barro hacia la montaña y estudió el terreno por el que habían venido. Durante unos segundos permaneció inmóvil escuchando, olfateando el aire como un animal.
Luego se volvió hacia el muchacho y clavó los ojos en él. Más que una mirada, era una orden muda. Por su actitud, Javier comprendió al fin que el guerrero se había preparado para volver a la lucha. Y que esperaba que el chico hiciera lo mismo.
Eso le hizo acordarse de sus compañeras de aventura. Tenían que rescatarlas. Debían encontrar a esos pigmeos, si querían salvar a las chicas. Según dijo Miles, no podían demorarse mucho o perderían sus oportunidades; cada segundo resultaba crucial.
No es que quisiera convertirse en un héroe por culpa de la Bocazas, precisamente. Habría preferido salir corriendo en dirección contraria. Pero aún le atraía menos la idea de quedarse solo en ese mundo extraño.
Así que se incorporó y, sin decir palabra, se cubrió él también el rostro y el cuerpo con barro. Con la banda de tela en la frente y el barro, ahora parecía un indio del salvaje oeste antes de una escaramuza. Torció el gesto y vaciló ante el montón de boñigas frescas; la idea de rebozarse en ellas no le seducía en absoluto; pero ante la orden categórica del errante —«¡hazlo!»— no tuvo elección. ¿Qué sería peor, revolcarse en mierda o terminar devorado por una de aquellas mantis gigantes? La mierda al menos se la podría quitar después con una buena ducha, se dijo para consolarse. Pinchó resignadamente un par de pegotes, lo más pequeños posibles, con la punta de un palo y se los aplicó con muchos escrúpulos en los bajos de la capa y en el pantalón. Tan lejos de su nariz como pudo.
Por fin procedió a revisar lo que llevaba encima, igual que había hecho Miles. Había logrado a duras penas conservar la espada con su funda y ahora se alegró por ello, pero decidió no ponerse el jersey mojado ni tampoco la camiseta, le estorbaban más que otra cosa. Enroscó juntas las dos prendas y se las colgó de la cintura anudándolas por las mangas del jersey. Solo tardó un minuto.
El guerrero aprobó el camuflaje de Javier con un asentimiento de cabeza y, clavando la vista río arriba, exclamó en tono duro y resuelto:
—¡Es hora de salir de caza! Y desde ahora te digo que ¡no habrá tregua! ¡No, hasta que las encontremos a ellas! ¡No, hasta que la última de esas bestias caiga!
Las dos cosas parecían ir unidas en sus pensamientos.

Javier descubrió muy pronto la cruda realidad que se escondía detrás de la promesa del guerrero.
Las caminatas de los días anteriores resultaron paseos domingueros en comparación con el feroz galope que emprendió el errante por peñascales abruptos y bosquetes sin sendas, insensible al dolor e indiferente ante los obstáculos. La maleza crecía espesa allí por donde pasaban, era imposible soslayarla. En ocasiones formaban muros que debían franquear a golpes de hacha abriendo brecha mientras las espinas de algunas zarzas les arañaban sin piedad. Eso retrasaba su avance pues no siempre era posible dar un rodeo. Las zonas con matorrales se alternaban con otras más boscosas. Miles apartaba las ramas con el brazo, sin dejar de caminar ni un segundo. Javier le seguía de cerca aprovechando la senda que había abierto el guerrero y así se evitaba problemas.
De ese modo desanduvieron, a marchas forzadas, parte del camino que antes habían recorrido por el río a lomos de la corriente. No bordearon la orilla, como el chico pensaba que harían, sino que siguieron un camino paralelo, remontando el curso del torrente a una distancia prudencial. El guerrero pretendía ocultar así sus huellas en la espesura. Pero de eso se daría cuenta Javier mucho más tarde.
Llevarían recorridos unos dos kilómetros, cuando el hombre frenó en seco la marcha.
—¡Nos detendremos aquí!
Y, en efecto, se quedó parado como si de pronto le sobrara todo el tiempo del mundo.
Habían llegado junto a un altozano soleado y rodeado de espinos desde el que se veía perfectamente el curso del río durante un buen trecho. Javier comprobó jadeando que ese no era el lugar del que habían partido. Ni siquiera habían llegado al punto donde se juntaban los dos ríos. Todavía debía quedar un buen trecho hasta regresar al punto de partida donde habían dejado abandonadas a sus compañeras, en manos de aquellos demonios horribles.
—¿Por qué nos paramos? No podemos detenernos ahora —exclamó el chico en un tono apremiante inusual en él. Pero es que la carrera entre la maleza le había irritado e insuflado a la vez un ardor combativo.
—¿Por qué no?
—¡Tú mismo has dicho antes que había que darse prisa si queríamos salvarlas!
—Tal vez haya cambiado de idea —respondió Miles, levantando una ceja ante la mirada imperiosa del muchacho. Parecía que le divertía esa actitud.
—Pero... pero... ¡no puedes cambiar de opinión así como así! —insistió Javier, desconcertado por su cambio de planes y a la vez furioso. Aquella situación empezaba a desbordarlo y no sabía cómo reaccionar—. ¡Están en peligro! Tú mismo has dicho que...
—¡Ahora digo que nos paramos aquí! —El guerrero cortó bruscamente sus comentarios, sin gastar saliva en explicaciones. Acto seguido, se puso en cuclillas y se dedicó a analizar el terreno que les rodeaba.
El chico malinterpretó su gesto. Pensó que había perdido interés por la persecución, que se desentendía definitivamente de sus amigas. Y sintió rabia y temor también ante la idea de tener que continuar solo. Pero en lugar de decirlo con sinceridad, estiró el cuello y exclamó:
—¡Ya veo! Eres un rajado. Entonces, ¿no te importa lo que les pase a Finis y a Nika?
—¿Y por qué habría de importarme? —preguntó el Ad-whar con voz cargada de intención—. ¿O por qué tienes que importarme tú? Que yo sepa, no somos «colegas».
Lo subrayaba con mayor intención todavía.
El chico se quedó parado ante semejante análisis, cruel y despiadado, de la situación.
—No debería sorprenderte lo que hago. Sería de tontos querer jugarse la vida por unos forasteros desconocidos como vosotros. Y tú ya sabes que soy un cabrón con cara de cemento, ¿no es así? —recalcó el hombre, impasible.
El rostro de Javier enrojeció intensamente al darse cuenta de que el errante repetía algunos de los calificativos y frases que Nika y él habían empleado horas antes refiriéndose al guerrero, cuando creían que este no podía oírles. Era evidente, por el retintín, que Miles sí había escuchado esos comentarios y ahora los volvía en contra suya. ¿Por qué habrían dicho esas tonterías?, pensó con desesperación.
Bajó la cara avergonzado. No tenía argumentos para su defensa. Pero había un hecho que no podía soslayar, Nika y Finisterre estaban en algún lugar de aquel extraño mundo y él no podía dejarlas abandonadas allí. Debía encontrarlas como fuese, para poder regresar todos juntos a casa.
—¡Está bien! Iré solo —dijo al fin, arrastrando con cansancio las palabras. E hizo ademán de continuar andando.
El guerrero Ad-whar se encogió de hombros con indiferencia.
—¡Adelante! —le animó, con la misma ironía dura—. Puedes continuar solo si te empeñas... Y lo más probable es que entonces también tenga que sacarte a ti de las garras de los darkos. En el caso de que no te hayan matado antes, claro.
Javi se detuvo temeroso.
—¿Por qué dices eso? —preguntó con recelo. Quería creer que Miles simplemente pretendía asustarle, pero en su interior algo le decía que tras las palabras del errante había una razón y eso le puso más nervioso. Era inútil disimular. Seguro que ese tipo adusto se daba cuenta de cómo le temblaban las piernas.
Si lo veía, Miles no dijo nada al respecto. En cambio, avisó:
—Los darkos jamás dejan escapar una presa. Ahora mismo, algunos de ellos estarán bajando por el río en nuestra dirección, rastreando a conciencia las orillas para encontrarnos. Al menos, eso es lo que haría yo en su lugar. Y calculo que no tardarán mucho en llegar aquí con alguna de sus bestias. Aparecerán de un momento a otro...
La idea de que una de aquellas mantis gigantes pudiera estar cerca hizo que Javier se agachara de inmediato y mirara a su alrededor intranquilo. Intentó controlarse y pensar.
—¿Quieres decir que…? Bueno, ¿no estás pensando en abandonarnos? —inquirió.
El guerrero había terminado su examen visual. Tomó un puñado de arena suelta del suelo y la dejó caer desde lo alto observando la dirección hacia donde la llevaba el viento. Y mientras caía la arena, hizo un único comentario:
—¡Yo no soy de los que abandonan!
No se molestó en mirar al chico mientras lo decía. Y, por tanto, no reparó en el rubor intenso que cubrió de golpe su cara. Porque Javier sí había pensado en abandonar, durante la galopada que les había llevado hasta ese punto. Había mirado muchas veces la pulsera digital que portaba en su muñeca, tentado de apretar el resorte que le teletransportaría fuera de ese planeta, solo para escapar de allí. Lo único que le había contenido era pensar que en la estación de las estrellas estaría solo y aquí, al menos, tenía compañía.
¿Acaso aquel tipo podía leer también sus pensamientos? No era posible, se dijo sacudiendo la cabeza. Tragó saliva de todos modos e intentó concentrarse en el verdadero problema.
—Podríamos dar un rodeo para despistarlos... —sugirió bajando la voz, con un carraspeo incómodo.
El guerrero negó con la cabeza.
—Sería peor. Los tendríamos a nuestras espaldas y ya no sabríamos dónde ni cuándo vendrían a atacarnos. Prefiero esperarlos donde yo pueda verlos venir —masculló.
Después de su inspección ocular, volvió a ponerse en movimiento. Había encontrado el punto idóneo para tender una emboscada y Javier le siguió como un cordero, con la cabeza gacha. Se dirigieron a grandes pasos hacia un promontorio rocoso y cubierto de matorrales que sobresalía por encima del torrente. Desde aquella posición, se dominaban las dos orillas del río en un amplio tramo y contaban con vegetación y rocas suficientes para ocultarse. Una senda de animales bajaba de allí hasta la hondonada en cuyo fondo bramaba con fuerza la corriente.
—No tenemos mucho tiempo —advirtió el hombre cuando se apostaron entre los matorrales.
A continuación, le dio unas instrucciones rápidas sobre lo que debía y no debía hacer. Hablaba con perfecta calma, como si no hubieran discutido los dos cinco minutos antes.
—Cuando lleguen los darkos, obsérvalos; estudia cómo se mueven... pero no dejes que ellos te vean. ¡No levantes la cabeza del suelo o te descubrirán! Esos condenados tienen una vista muy aguda. Espía a través del ramaje y te confundirás con las hojas. No te muevas del sitio, ¡ni pestañees!, salvo que yo te lo diga. Y cuando tengas que hacerlo, arrástrate como una culebra, en silencio, sin aplastar ninguna rama y tan despacio como puedas. Al menor ruido, al menor chasquido, los tendremos encima.
El muchacho asintió para hacerle ver que comprendía.
—¡Bien! Vendrán por separado para cubrir más terreno, uno por cada orilla, y probablemente les acompañarán algunas de sus bestias, que son su olfato, sus ojos y sus oídos más agudos. ¡Ojo con esos bichos! Tendrás que convertirte en una estatua cuando lleguen, ¿entiendes? ¡Ante todo, no te descubras! —Después le advirtió—: Estate atento a todos mis gestos y señales porque no hablaré...
El guerrero no estaba seguro de que Javier pudiera hacerlo bien. Era muy joven y a todas luces demasiado inexperto, pero no le quedaba más remedio que confiar. De todos modos, tenía un presentimiento sobre aquel muchacho. La intuición de que bajo aquella apariencia exterior de niño mimado había una roca firme. Y a Miles nunca le había fallado su instinto; desde que levantaba cuatro palmos y era un mocoso, un soldadito de la Centuria, siempre había sabido calibrar a las personas, tenía ese don. Así que echó un último vistazo sobre el chico y luego, definitivamente, fijó sus ojos en el río.
Después de aquella última y perentoria recomendación, los dos guardaron silencio y esperaron tensos, con los cuerpos aplastados contra la tierra.
Fue Miles quien los vio llegar primero y tuvo que mostrárselos al muchacho, que no acertaba a distinguirlos a través del follaje. Con su piel de serpiente y su escaso tamaño, los darkos pasaban fácilmente desapercibidos entre los árboles de la ribera.
Una vez más, Javier se admiró de la exactitud de cálculo del Ad-whar. Había dicho que no tardarían en aparecer y, en efecto, así había sido. Y lo hacían divididos en dos grupos tal y como él había previsto. Eran dos reptilianos y les acompañaba tan solo una skrug. Un insecto tan grande como un caballo y estilizado como una jirafa, con patas largas como zancos, ojos saltones de celdillas múltiples y recubierto por una coraza queratinosa negra ribeteada con puntos rojos fosfóreos que emitían destellos bajo las sombras del bosque. Un depredador de mandíbulas temibles.
Habían sufrido bajas importantes durante su combate con el Ad-whar y supusieron que por ese motivo no habrían podido desplazar más efectivos en su persecución. O tal vez contaban con que el río se hubiera tragado a los dos fugitivos y no tenían miedo de sufrir una emboscada.
Cada pigmeo recorría una orilla con una lanza en la mano, examinando meticulosamente cada palmo del terreno con sus ojillos de pupila vertical, mientras la mantis gigante olfateaba el aire en todas las direcciones llevado de las riendas por uno de los darkos.
El muchacho se dio cuenta entonces de que tampoco el lugar de la emboscada había sido elegido al azar por Miles. El río en aquel punto formaba un oportuno meandro. El recorrido era más largo para uno de los rastreadores, el que estaba en el lado opuesto, por lo que pronto se quedó más rezagado. La propia curva y la densa vegetación de las orillas harían que los perseguidores se perdieran de vista entre sí durante unos minutos, si se descuidaban. Y eso era lo que el guerrero había buscado.
—Vamos a tener suerte, después de todo... —susurró Miles para sí mismo, de un modo casi imperceptible. Lo decía porque el primer pigmeo llegaba por su lado del río mucho más adelantado y venía solo. La skrug rastreaba la otra orilla acompañando al segundo de los reptilianos El errante hizo una seña a su compañero para que permaneciera quieto y luego se alejó con el sigilo de una pantera, empuñando tan solo su cuchillo.
A Javier se le hizo eterno el tiempo que tuvo que permanecer inmóvil. Intentó estudiar a sus enemigos, como Miles le había indicado, pero resultaba difícil hacerlo y permanecer aplastado a la vez entre la maleza. Sus figuras aparecían y desaparecían entre la densa vegetación de las orillas, por lo que a duras penas lograba verles más de unos segundos seguidos. Aun así pudo advertir que tenían un modo peculiar de moverse sobre sus piernas dobladas de alambre, con un andar nervioso y encorvado. Para dar un paso, levantaban primero la rodilla huesuda y después adelantaban el pie mientras descargaban el peso del cuerpo en la otra pierna igual que haría un mono. Y al inclinarse para examinar el suelo abrían las rodillas como los sapos y adelantaban la cara de pez abisal en actitud de alerta mirando alternativamente las huellas y el bosque. Pocas cosas lograrían escapar a la estrecha vigilancia de aquellos ojillos ávidos de lagarto. Cuando un par de ellos se clavó en los arbustos de su promontorio, Javi aplastó aún más su cuerpo contra la tierra y hundió la cabeza en las raíces del boj que le cubría, quedándose tan quieto como pudo.
Cuando menos lo esperaba, Miles se deslizó a su lado de improviso y al ver su cara de susto, se llevó el dedo a los labios para pedirle silencio. Su mano derecha todavía empuñaba el cuchillo, ahora manchado por un líquido oscuro, y con su mano izquierda arrastraba cuidadosamente un fardo de pieles que dejó caer junto al chico. También traía un arco rudimentario y un haz de flechas. Eran las pertenencias que había arrancado al primero de los darkos, después de degollarlo bajo los árboles sin dejarle proferir ni un suspiro.
Mediante mímica, el guerrero ordenó a Javier que se pusiera aquellas ropas. Eran los andrajos más pestilentes y asquerosos que había visto en su vida. Sin embargo, por sus gestos comprendió lo que pretendía Miles con aquel disfraz, que él sustituyera al darko muerto al menos durante el tiempo suficiente para engañar al pigmeo que aún seguía vivo.
Tragó saliva con repugnancia, pero accedió. El Ad-whar le ayudó a esconder su rostro y su pelo castaño bajo el capuchón de pieles.
—No te acerques a la orilla. Camina entre matas... Actúa como ellos... —le siseó al oído en un susurro casi inaudible. Él asintió.
Cuando estuvo preparado, el guerrero le hizo una señal afirmativa y Javier salió a gatas de su escondite con un nudo en el estómago, se alejó en silencio unos cuantos metros y luego, irguiéndose, inició la pantomima. No quiso mirar atrás, aunque sentía que los ojos de Miles le observaban. Empezó a andar encorvado, como un pigmeo, inclinando el cuerpo a un lado y otro, y examinando el suelo. De vez en cuando se agachaba como un sapo y fingía estudiar alguna piedra. Entonces dirigía miradas furtivas hacia el río, espiando los movimientos del otro lado.




