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—¿Y tú como crees que será morirse?
No contestó, siguieron avanzando callados hasta que Ramiro, que cerraba el grupo y viendo que su hermano no respondía quiso aportar su visión.
—Pues lo que dijo el maestro y el cura también. Te mueres y sale el alma del cuerpo, que es como un fantasma, pero invisible, o sea, que nadie te ve, pero tú puedes verlo todo. Eso no está mal, puede ser divertido espiar, meterte en las casas sin que te vean, pero creo que en seguida llegan los ángeles o los demonios, según te juzgue Dios, para llevarte arriba o abajo.
Ninguno puntualizó nada de lo que dijo Ramiro, todos habían oído esa historia u otra similar, pero Fernando quería saber la opinión de Julio, quizá por ser mayor que él, por empezar casi a verlo como un hombre desde que trabajaba en la mina.
—¿Tu qué piensas, Julio?
El interpelado suspiró. No tenía ganas de hablar de nada pero así todo hizo un esfuerzo.
—Piensas en Gabrielín, ¿verdad? Por eso lo dices.
A Ramiro le sorprendió la sinceridad de su hermano. Él también imaginaba que Fernando preguntaba aquello a cuenta de la desaparición de su mellizo. Ahora él fue quien pausó su respuesta, pues Julio tenía razón.
—Bueno, sí, y por saber qué piensa más gente, es un misterio muy grande.
—Es verdad, morir es el mayor misterio de la vida. Bueno, morir y nacer, ese es el gran enigma.
—¿Que significa enigma, Julio? —cuestionó Ramiro.
—Pues lo mismo que misterio, pero como más grande, tanto que nadie puede descubrir la verdad que esconde.
—Ah, ¡un enigma!, pues sí, es un enigma.
Continuaban con la caminata y ya parecía que el tema de morirse había quedado pospuesto para otra ocasión, cuando Julio volvió a él de nuevo.
—No es como dicen.
—¡Y tú qué sabrás! —intervino Ramiro.
—¡Y qué sabrán los demás! —le rebatió Fernando posicionándose del lado de Julio.
—Eso, eso, ¡qué sabrán los demás! —proclamó Ramiro de nuevo.
El benjamín del grupo lo mismo podía pasar del blanco al negro en un instante si los mayores le dibujaban cualquier posibilidad distinta. Iba en su carácter mantener una mente abierta a recibir cualquier aporte inesperado. Eso era algo que él aún desconocía por niño, pero que los demás observaban contrariados y convencidos de que lo hacía por provocar. Años después, descubrirían que no era así.
—Mi compañero en la mina es un borracho, bueno, allí unos cuantos lo son…
—¿Y padre, Julio? ¿Padre también es un borracho en la mina?
Julio se giró irritado y blandiendo en alto el cayado amenazó a su hermano con sacudirle un buen golpe. Fernando, que iba en el medio, se hizo a un lado sonriendo.
—¡Por supuesto que no! Padre bebe vino, pero no se emborracha. Allí todos beben, dicen que les da fuerzas. Padre no se bebe más de una botella, ¡cómo va a ser un borracho, idiota!
—Vale, vale, solo decía si era borracho «dentro» de la mina, no fuera.
—¡Pero qué bobada es esa de dentro o fuera! Cierra la boca y no hables de lo que no sabes.
—Es un mocoso, no sabe lo que dice —sentenció Fernando
—Vale, vale, ya me callo.
—Pues eso, estate callado. Ya te espabilarán los frailes.
La breve discusión parecía haber interrumpido lo que fuese Julio a contar, así que Fernando le insistió en que prosiguiese. Inesperadamente, Ramiro volvió al asunto.
—Y tú, Julio, ¿bebes también en la mina? ¿Orujo o vino?
En esta ocasión sí que reaccionó rápido, girándose y extendiendo el brazo para arrearle con el cayado un buen golpe en las pantorrillas a su hermano.
—¡Que te calles, anormal!
—¡Ay…! Pues mira, no me has hecho daño —mintió.
—Pues sigue tocando los cojones y ya verás.
—Vale, vale, no era para tanto, ya me callo. Pero si un día te emborrachas en la mina me lo cuentas, ¿vale?
Julio ignoró a su hermano reclamando la atención de Fernando.
—Decía que con el que me sacudió ayer con la maza terminé un día hablando de la muerte, tras un susto en una galería, pues se había derrumbado una parte que acabábamos de entibar, justo después de que abandonásemos ese sitio.
—Qué miedo.
—Decía aquel que los muertos a veces tardan en saber que lo están, que les sigue funcionando el pensamiento por un tiempo hasta que lo asumen y se convencen de que deben desaparecer. Pero que lo hacen sin miedo, como si al morir descubriesen el secreto del enigma.
—Joder, Julio, que me cago, no digas esas cosas.
—¡Bah! Como se nota que eres muy pequeño —censuró Fernando a Ramiro—, pero todo eso…, ¿de dónde lo ha sacado ese?
—De su padre, que murió en un derrumbe en un pozo de carbón. Me dijo que se le apareció un día mientras dormía y le puso al tanto del tema.
—¡Venga, Julio, calla ya! Luego por la noche voy a tener pesadillas —replicó Ramiro de nuevo a su hermano.
Fernando tampoco insistió en conocer más detalles y los tres completaron en silencio el resto del camino hacia Villanueva. Pocos minutos después, enfilaban las primeras callejuelas de la aldea.
—Aún no hay nadie en la escuela —observó Julio.
—Sí, aún falta un rato para que abra el maestro, siempre llegamos los primeros. Podíamos acompañarte, a ver qué dice la loca de tu mano.
Julio no puso objeción alguna a la propuesta de Fernando y continuó caminando hasta la casa de los tíos de su padre. La vivienda estaba levantada casi a la salida de Villanueva, por una estrecha senda que descendía hacia un arroyo. A uno de los lados, un cercado circundaba un extenso huerto en cuya mitad se levantaba otra pequeña edificación, la casina, que ahora era empleada en una parte para el almacenaje de diversos aperos de labranza y en otra como cuadra de la docena de cabras que Elisa y Andrés poseían.
—Esa casa es nuestra —señaló Ramiro dirigiendo su dedo hacia la humilde construcción.
—¿Eso? Pero si ahí guardan las cabras. Mira ahora las está sacando ese. —Señaló Fernando justo cuando Andrés se disponía, como cada mañana, a sacar su pequeño rebaño por las laderas de los montes.
—Bueno —intervino Julio—, ahora se guardan las cabras, pero es un trato al que llegaron los tíos con mi padre.
—Eso, eso, es un trato, que nos lo explicó padre, ¿a que sí, Julio?
—¿Y qué trato es ese?
Julio detuvo la marcha para terminar con el asunto antes de repicar con la aldaba en el enorme portón de entrada donde ya habían llegado.
—Esa era la casa de mis abuelos. Después de morir mi abuelo Juan, los tíos acogieron a mi padre hasta que entró a trabajar a la mina y, con los años, llegaron al trato de que podían utilizar la propiedad que ahora ya era de mi padre con una renta muy baja a condición de que a la muerte de sus tíos, siempre que no tuviesen descendencia, sus posesiones pasasen a propiedad de mi padre o a la de sus hijos.
—Descendencia quiere decir tener hijos.
—¡Ya sé que lo que significa, enano! —respondió airado Fernando a Ramiro, que esquivó con éxito la patada que intentó propinarle.
Julio prosiguió.
—Padre prefiere vivir arriba, al lado del trabajo. Así que el día que mueran estos, su casa y la casina serán nuestras, bueno, de mi padre.
—¡Ah!
Julio golpeó fuerte con la aldaba. Andrés desde la distancia, detenido en medio del rebaño de cabras no les quitaba el ojo de encima. Solo rompía aquella quietud los graves ladridos del perro mastín, verdadero pastor de las cabras.
Unos instantes después, Elisa abrió la puerta. No hacía mucho que había cumplido los cuarenta y cinco años, a pesar de lo cual mantenía un aspecto casi juvenil. Seguía siendo muy guapa, al margen de la continua expresión de ausencia de su rostro. De no haber sido la esposa de Andrés, no habrían sido pocos los que se habrían aventurado a intentar seducirla en las prolongadas en intermitentes ausencias de su marido. Su trabajo de mantenimiento de las vías del hullero que llegaba hasta Bilbao le hacía desparecer por prolongadas temporadas de Villanueva. Pero nadie se atrevió a ganarse los favores de la mujer porque aquel tipo silencioso, grande y fuerte, a pesar de sus ya sesenta años, tenía algo turbio en la mirada, maligno decían las más viejas del pueblo. Una mirada que nadie era capaz de sostener de manera prolongada. Tal rumor llegaría, sin duda, a los oídos de Andrés, quien nunca haría el más mínimo esfuerzo por cambiar tal credo, ni en sus vecinos ni en su esposa.
—¿Qué queréis, mocosos? Ah, ya veo —preguntó y seguidamente corroboró al ver el brazo en cabestrillo de Julio.
—Me golpearon con una maza ayer en el pozo.
—¿Ya te ha metido Juanón al agujero? ¡Caramba con tu padre! Pues has de decirle que venga un día, tenemos que hablar. Media cabaña se ha quedado pequeña para las cabras y tendríamos que tirar los tabiques de las dos alcobas para hacerla toda cuadra.
—Bueno, ya se lo diré.
—Entra, que vea cómo está esa mano, y vosotros qué, ¿no tenéis escuela?
Ramiro y Fernando asintieron sin contestar.
—Todavía es pronto, vienen conmigo —apuntó Julio.
Elisa se echó a un lado de la entrada permitiéndoles pasar. Cruzaron por un portal que se abría a un patio interior circundado por una construcción de dos plantas. Para los tres, era la casa más grande en la que nunca hubiesen estado. Debía de tener por lo menos seis o siete habitaciones, además de una extensa cocina en la planta baja, un comedor y otras estancias que permanecían cerradas. A los chicos les llamó la atención el aspecto limpio, decorado y cuidado hasta en los más pequeños detalles que ofrecía aquella vivienda.
Pasaron a la cocina y Elisa les indicó que se sentasen alrededor de una mesa con la encimera de mármol. Ella tomó asiento frente a Julio, que puso el brazo sobre la mesa mientras Elisa le liberaba con cuidado de las vendas.
A pesar de las protestas de Julio y de sus quejidos, examinó con detenimiento la lesión, aunque para hacerlo hubiese de tocar y manipular la zona más lastimada.
—Está rota. Tienes aplastados los huesos del dorso. Solo se pueden hacer dos cosas: ir a León, a que un cirujano intente recomponerla, o la entablillamos y esperamos a ver cómo sueldan los huesos.
—¿Pero cómo voy a ir yo a un cirujano? —cuestionó Julio decepcionado.
—¡Eso digo yo! Vamos a entablillar.
En ese momento, irrumpió Andrés en la cocina, que seguido de su enorme perro, dio un par de vueltas alrededor de la mesa examinando a los muchachos.
—Decidle al padre que tenemos que hablar.
—Ya les he advertido yo —respondió Elisa a su marido—, acércame más vendas y un par de tablillas lisas.
Andrés, silencioso, desapareció para regresar un par de minutos después. Mientras, Elisa había estado extendiendo por el dorso de la mano herida una buena cantidad de un ungüento que ella misma fabricaba, elaborado con caléndula y otras hierbas medicinales, presentaba un color amarillento, desagradable, que a Julio le recordó al pus que, en cierta ocasión, le brotó de una herida mal curada en su rodilla. Una vez terminado de entablillar y vendar el brazo hasta el codo se levantó, dio un par de palmas arrancando a los dos más pequeños, a su esposo y al perro del ensimismamiento en el que se sumergieron mientras no perdían detalle de cómo atendía la mano del herido.
—¡Venga! Cada uno a sus labores, que esto ya está acabado.
—Gracias y… ¿cuánto tiempo tendré que llevar esto?
—Puede que un par de meses. Ven a verme en dos semanas y vemos cómo está. Ya haré cuentas con tu padre cuando lo vea.
Sin decir más, Elisa se retiró quedando los chicos solos en la cocina con Andrés y el perro.
—Bueno, nosotros nos vamos ya a la escuela —propuso Fernando, que seguido recibió la aprobación de Ramiro que había logrado disimular, o eso creía él, la inquietud que le producía su tío abuelo y aquel perro.
Caminaron hasta la puerta de la cocina que salía al patio. Ante ella, inmóvil, tal cual fuese una estatua, les cerraba el paso Andrés. A Julio le pareció más un tipo retrasado o un loco que estaba allí quieto, como si no los viese ante sí. Fernando intentó esquivarlo, pero se detuvo al escuchar el gruñido amenazante del mastín.
—¡Déjanos salir! —ordenó Julio.
Andrés cedió ligeramente en su postura permitiendo que los dos hermanos abandonasen la cocina, pero cuando fue a hacerlo Fernando volvió a obstaculizarle el paso.
—Tú eres el hermano del mellizo, el que se llevó el sacamantecas.
Fernando tragó saliva asustado, levantó la mirada hacia aquella especie de oso y asintió.
—Vamos, Fernando, sal, que llegamos tarde a la escuela —advirtió Ramiro esperanzado en que Andrés le permitiese salir, seguro de que su amigo estaría pasando un mal rato delante de aquel. Entonces Andrés se volvió.
—Hoy no tenéis escuela, hoy venís conmigo y os enseño a cuidar un rebaño.
—Tienen que ir a la escuela —apuntó inquieto Julio.
—He dicho que no hace falta y, tú, mejor ve pensando qué harás de ahora en adelante porque te vas a quedar manco y no conozco mineros mancos. Podrías también aprender a cuidar un rebaño.
Julio frunció el ceño enfadado, retrocedió hasta la entrada de la cocina extendiendo su brazo sano para agarrar por la manga a Fernando y tirar de él hacia fuera hasta que su amigo pudo salvar el obstáculo de Andrés.
—Vámonos ya —ordenó Julio a Fernando que se mostraba asustado—, esos están locos.
Los huesos machacados de la mano de Julio soldaron de una manera anárquica, al albur del desorden en el que quedaron astillados tras el mazazo propiciado por Pedrín, aunque no le hacía gracia ninguna, acudía a que Elisa le examinase la lesión cada dos o tres semanas. Además de ajustarle el entablillado de la férula, no había una sola vez que no le recordase que quedaría manco por no haber ido a un cirujano.
Volvió a la mina, sí, pero los continuos dolores que padeció en su convalecencia no se lo permitieron hasta medio año después del accidente. Su mano izquierda presentaba ahora unos dedos desiguales. El índice y el corazón habían quedado rígidos. Presentaban una cierta curvatura, como si fuesen a sujetar algo, parecían una especie de garfio. Los otros dedos, aunque con grandes dolores, sí que los podía mover, pero algunas labores en el pozo le iban a ser imposibles desarrollar. Así pues, su trabajo sería desescombrar, empujar vagonetas, acarrear materiales o disponer herramientas para otros. Se podría decir que, a partir de entonces, su categoría laboral en la mina quedaba situada por debajo de la de cualquiera de sus compañeros, y justo por encima de los mulos que tiraban de las vagonetas.
Aguantaría unos años más, pero pocos, le decía a sus padres. Ramiro llevaba ya un par de años con los frailes en León y, tal y como preveía el maestro de Villanueva de la Cueva, su porvenir, gracias a los estudios, sería esperanzador.
Aquella cuestión comenzó a ser motivo de discusión con los padres. Él aducía que tampoco es que fuese tonto, que nunca se le dieron mal los estudios y que quizá con un poco más de esfuerzo que su hermano, él también podría haber ido a estudiar con los curas y librarse de la condena del pozo de la mina. Entonces, unas veces su madre, otras su padre, intentaban transmitirle tranquilidad e ir borrando tal idea de su mente, conscientes de que podría prender en su corazón la llama del rencor.
Además, apelaban a su mayor edad para que entendiese el papel de cada uno en un mundo en el que la gente como ellos apenas tiene una oportunidad por mejorar sus vidas, y sí que corren muchos peligros de convertirlas en una condena. Gracias al trabajo suyo y de sus padres, Ramiro podía estudiar. De no ser así, no solo su hermano perdería su oportunidad, sino que, incluso perderían el trabajo y el derecho a poseer la casa y la huerta. En tal caso, deberían descender a Villanueva y ocupar la casina que fuese de su abuelo Juan y que, ahora, Andrés y Elisa empleaban para recoger a sus animales. Emprender una nueva vida en una casa ruinosa trasformada en cuadra, sin más medios que un puñado de metros para sembrar.
Entonces, Julio se marchaba dando un portazo, constatando que tenían razón, que igual sí que era un poco tonto por no pensar en eso y recurrir siempre al mismo argumento para justificarse inconforme con su situación. Salía de la pequeña casa, casi una cabaña que, como otras similares, en hilera y dispuestas en dos filas frente a frente, daban a Dolor el aspecto de un pueblo con una pequeña e única calle. Caminaba hasta donde el camino de descenso al valle se precipita en un empinadísimo sendero y allí apoyaba su espalda en el deteriorado cartel de madera que daba nombre al pueblo.
Miraba el abultado dorso de su mano lastimada, después perdía la vista en la mole caliza del Bodón, en la otra vertiente del valle, la mítica cumbre sagrada y ancestral de los primitivos pueblos que desde la noche de los tiempos ya habitaron aquellos parajes y sentía que su rabia era al menos tan inmensa como aquella montaña, que desafiaba tanto a los cielos, que incluso clavaba en ellos lo más agreste de su cresta, rasgando las nubes si era preciso.
1927
5. El cachorro del mastín
Fernando siguió estudiando en la escuela de Villanueva hasta los catorce años, la misma edad a la que Julio dejó los libros. A esa edad, la mayoría de chicos ya se había puesto a trabajar, bien pastoreando, ayudando en casa, o como Julio, bajando cada mañana al pozo de la Virgen Dolorosa, cuya plantilla se iba incrementando, al ritmo que las galerías seguían ramificándose por el interior de la montaña.
Observaba don Gil, con cierto desdén, a otros empresarios mineros que, constantemente, tenían que enfrentarse a protestas y huelgas, recurrir, en ocasiones, a sicarios para solventar las diferencias que se desataban con los representantes de los mineros. Y aunque, de vez en cuando, no podía evitar alguna pequeña disputa en los talleres auxiliares que tenía en las cuencas mineras de Sabero, a él eso no le sucedería en su idealizada mina, porque Dolor, como ya todo el mundo conocía a aquella pequeña explotación, era su reino particular. Había sabido dominar las voluntades de sus asalariados, contratando a sus hijos, a sus parientes, convirtiéndose en un siniestro benefactor.
Fernando no quería ser minero y tampoco otro mastín como su padre. Tan leal con el dueño de la mina, tal cual lo haría uno de esos perros con su amo, pero Gabriel, siempre que había ocasión, obligaba a su hijo a acompañarle en su trabajo, para que, así, fuese aprendiendo a mandar.
—No pierdas detalle de nada. Tienes que conocerlos bien para saber qué labores les puedes asignar a unos, a otros y para tenerlos a raya cuando se encabronen. Esta explotación, poco a poco irá creciendo y yo tendré que delegar algún día en un subalterno. Tú serás ese hombre.
Meses después, ante la insistencia de Gabriel, don Gil accedió a entrevistar al chico. El Mastín le aseguraba al patrón que su chaval tenía madera de líder, que le permitiese convertirlo en su aprendiz, que a punto de cumplir los quince años no se amilanaba ante los más fornidos y veteranos mineros a la hora de asignarles labores o reprenderles por cualquier motivo que lo requiriese cuando le había acompañado en la labor del padre, pero el dueño de la mina aunque le permitía a Gabriel que llevase a su hijo de vez en cuando al trabajo, tenía serias dudas. Una labor así, decía, debe encargarse siempre a un fiel perro de presa y, ciertamente, Gabriel era su Mastín, que no dudaba, si el jefe lo ordenaba, en dar un escarmiento a un empleado díscolo de la manera que fuese. Sin miramientos ni remilgos, de la que fuese. Ahora estaba por ver si Fernando podría estar a la altura de su padre.
—Vamos a ver, chico, pasa y siéntate ahí.
Fernando que había llamado tímidamente a la puerta del despacho del patrón, y asomaba la cabeza pronunciado un «¿Da usted su permiso?», obedeció, quedando su padre en el pasillo del barracón junto a la boca mina, donde tenían las oficinas el ingeniero, el patrón y dos administrativos.
No quedó satisfecho Gabriel de la manera en la que entró su hijo. Le había ordenado que lo hiciese con respeto, pero con gallardía y parecía que caminase hacia el cadalso.
Tras una breve charla, en la que el patrón puso a prueba sus conocimientos sobre el trabajo que debería realizar para ayudar a su padre, le sorprendió con una inesperada pregunta.
—Imagina que en la mina, tengo empleado a un hijo de puta que me está alterando el patio. —Fernando tragó saliva—. Y, claro, no puedo tenerlo en plantilla porque está todo el día enredando a sus compañeros, con que si hay que pedir más salario, menos horas de trabajo… Vamos, un cabrón que quiere vivir de la sopa boba, ¿me sigues?
—Sí, sí, señor.
—¿Qué hacemos con él?
—¿Despedirlo?
—Digamos que su mensaje ha calado entre la mitad de la plantilla y, si lo echo, son capaces de montarme una huelga.
—Si hacen huelga, podrá despedirlos a todos, o recurrir a la fuerza de la autoridad para…
—Quita, quita —le interrumpió—, eso sería llegado ya a un extremo desastroso, ¡a una huelga nada menos! Eso nunca ha sucedido aquí, en Dolor.
—Bueno, pues entonces intentaría ganármelo. Le ofrecería algo para que se olvide del asunto.
—El soborno es una opción y, aunque me jodería premiar así a un gañán de estos, podría asumirlo. Suele funcionar, pero no te lo voy a poner fácil. Imagina que es un tipo obstinado y no acepta por «integridad», me chifla esa palabra, es tan graciosa… in-te-gri-dad. O, peor aún, que sus compañeros se enteran de que les ha traicionado y ahora otro más hijo de puta aún, ocupa su lugar. Los mineros están muy enfadados y ahora sí que se plantean joderme con una huelga.
—Podría pasar lo que usted dice, pero también podría ser que no.
—No se deben correr esos riesgos. ¿Sabes lo que cuesta un cartucho de dinamita de los que usan los barrenadores?
—No.
—Pues cuesta lo que vale.
—Eso no lo entiendo.
—Si en época de necesidad, los alimentos se encarecen, como alguna vez ha pasado, adquieren un costo, pero no cuestan lo que realmente valen. Su precio se ha elevado por algún motivo.
—Ahora lo entiendo.
—No, si listo ya veo que eres. Bueno, pues con lo que cuesta un cartucho de dinamita, la cuestión puede ser arreglada. Se trata de buscar el momento y que el explosivo solucione el asunto. Si te pidiese que entrases a la mina detrás del hijo de puta, ¿sabrías librarme del problema?
Fernando sintió un escalofrío ascender por su columna al escuchar a aquel hombre cuestionarle si sería capaz de matar a alguien por encargo.
—Antes de que me contestes, te advierto de que tu padre, sí sabría qué hacer. La cuestión es saber si serías lo suficientemente hombre como para asumir la responsabilidad que te fuese encomendada.
Fernando sabía que el sentido de su respuesta, haría tomar una senda u otra a su vida.
—Creo que no, señor.
El patrón frunció el ceño. Abrió uno de los cajones del escritorio y de una caja de madera, extrajo un puro que encendió con parsimonia. En pocos segundos, una densa nube de humo flotaba entre los dos
—Eso está bien. Ser sincero siempre está bien, pero dime una cosa, realmente, ¿qué te gustaría ser?
Fernando contestó sin titubeos.
—Ferroviario, señor. Quisiera ser maquinista del hullero.
El dueño de la mina aspiró un par de caladas profundas para asegurar el perfecto encendido del cigarro y exhaló el humo sobre Fernando.
—Pues cuéntaselo a tu padre y cierra la puerta al salir.
Corrió como la pólvora entre los mineros la noticia de que el hijo del Mastín, no seguiría los pasos de su padre. Aquella noche, Fernando recibió correazos hasta que Gabriel se quedó sin fuerzas. No derramaron sus ojos lágrima alguna, acostumbrado como estaba a los golpes del padre. Siempre por su bien, como le decía cuando tras alguna fechoría de chiquillos o una mala contestación, le sacudía la cara con un par de bofetones, o como ahora, se quitaba el cinturón para castigarle. Pero esta vez, no se trataba de corregir una mala actitud, simplemente de que su progenitor descargase la frustración de quien eligió despertar el miedo y el desprecio entre muchos, a cambio del favor del amo. Su hijo se creería que no era como él, ¿acaso mejor? Eso se podría corregir.




