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1. Una actualización en Gelman, Llopies E. y Marichal, 2014.
2. Véase una interpretación global en Kuethe y Andrien (2014). Una interpretación en perspectiva modernizadora, en García Ayluardo (2010). Un balance desde la perspectiva clásica en Guimerá (1996). Una interpretación del concepto y su función historiográfica en Sánchez Santiró (2016, pp.19-51).
3. Véase la aproximación de Martínez López-Cano y Ludlow (2007); Grafenstein (2006, pp.41-66).
En defensa del territorio: los almaceneros del Consulado de México ante los “extranjeros”
Matilde Souto Mantecón4
Este estudio propone ser una reflexión sobre las reformas económicas en la época borbónica desde la perspectiva americana.5 Parte de la idea de que el comercio colonial fue uno de los sectores en los que, en relación con América, primero fijó su atención el gobierno de Felipe V, de modo que las representaciones escritas por el Consulado de México parecieron la fuente más prometedora para adentrarse en “esa mirada americana” sobre los cambios planeados por el nuevo gobierno. Mi propósito consiste en analizar varias de las representaciones escritas en las primeras décadas del siglo XVIII por los grandes comerciantes del virreinato de Nueva España para conocer qué posición adoptaron ante los cambios que comenzaron a verificarse en el comercio transatlántico desde el fin de la Guerra de Sucesión española.
En efecto, fue en ese momento, al terminar la guerra, cuando realmente pudo ponerse en marcha el nuevo gobierno borbónico, pero tuvo que comenzar por hacer frente a los estragos causados por una década larga de conflicto bélico antes de poder llevar a la práctica sus nuevas ideas de gobierno. Es probable que por esto las reformas de gobierno siempre fueron atemperadas, si no es que postergadas, ya que se debieron atender de forma inmediata las circunstancias generadas por la guerra y se prefirieron correcciones más que grandes innovaciones. Pero hubo además otro factor que debe ser considerado.
La nueva política y sus reformas no podían aplicarse de forma mecánica y directa en sociedades que ya eran muy complejas, diferentes entre sí y distintas también a la metrópoli y, sobre todo, que funcionaban con una dinámica propia arraigada a lo largo del siglo XVII. Tratándose específicamente de Nueva España, a lo largo de ese siglo los grandes comerciantes del virreinato que residían en la ciudad de México, la capital virreinal, habían conseguido el control del comercio marítimo dentro de su propio territorio y, naturalmente, reaccionaron oponiéndose a varios de los cambios del sistema comercial cuando sintieron amenazado su control. En particular, rechazaron los cambios que favorecieron la intromisión y la competencia de los comerciantes venidos de fuera, es decir, los que ellos consideraron “extranjeros”. Entre ellos estuvieron desde luego los ingleses que vinieron como factores de la Compañía Real de Inglaterra6, pero también, y en esto debe ponerse atención, los mismos comerciantes españoles venidos de Cádiz con las flotas. Siguiendo el discurso y los argumentos de los comerciantes mexicanos en varias de sus representaciones, se puede ver cómo va en aumento la oposición a la presencia de los gaditanos en el interior del virreinato, y cómo ese rechazo va convirtiendo a los flotistas de Cádiz en “extranjeros” a los ojos de los comerciantes mexicanos. Unos y otros eran españoles, súbditos de la misma Corona; los propios comerciantes mexicanos en su mayoría habían nacido en España, así que la calificación nada tenía que ver con el lugar de procedencia original, pero los comerciantes de Nueva España defendieron su territorio de comercio como algo propio, en el que todos los venidos de fuera eran ajenos a él, eran “extranjeros”.
En aras de la claridad, conviene aquí establecer quiénes eran los distintos grupos de comerciantes españoles que compitieron dentro del virreinato de Nueva España. Las representaciones estudiadas fueron escritas por el prior y los cónsules del Consulado de México, gremio que aglutinaba a todos los grandes comerciantes del virreinato dedicados al giro ultramarino. Todos ellos eran mayoristas dedicados a importar y exportar y fueron conocidos como almaceneros, precisamente porque compraban y guardaban grandes lotes de mercancías que después revendían por las distintas provincias novohispanas. A ellos nos referiremos como comerciantes “mexicanos”, aunque, como se dijo, la mayor parte era originaria de España. Eran mexicanos porque tras varios años de residencia y vecindad en el virreinato allí habían hecho su vida y labrado su fortuna. El otro grupo de comerciantes españoles involucrado en el giro ultramarino eran los recién llegados provenientes de España, los que venían en las flotas de comercio y que eran en general factores, encomenderos o empleados de grandes comerciantes que permanecían en la Península. A ellos nos referiremos como flotistas o gaditanos, porque venían en las flotas que zarpaban de Cádiz, no porque fueran oriundos de esa ciudad, o también les llamaremos factores españoles porque en su mayoría eran, como se dijo, empleados de los grandes mercaderes europeos.
Conviene también establecer desde aquí los principales agravios que los comerciantes mexicanos resintieron por el curso que siguió el comercio marítimo bajo el nuevo gobierno borbónico. De acuerdo con las representaciones escritas por el Consulado de la ciudad de México en la primera mitad del siglo XVIII, uno de los principales problemas que enfrentaron fue la internación de los flotistas, es decir, que los comerciantes venidos de España en las flotas circularan dentro del virreinato, se instalaran y permanecieran en él por muy largas temporadas, lo que desató la competencia entre mexicanos y gaditanos en el interior mismo del territorio de Nueva España. Un segundo contratiempo fue la saturación de los mercados mexicanos con mercancías importadas, y un tercer y muy alarmante problema fue la intromisión de los “extranjeros” en el comercio con China, un mercado que los mexicanos consideraban suyo porque fue a través de su territorio, concretamente por medio de sus negocios en Filipinas, que ese comercio se realizaba. Estos son los temas que preocupaban a los mexicanos y sobre los que querían llamar la atención del rey y sus ministros. No está de más recordar que las representaciones no necesariamente describen la situación real del comercio novohispano, sino que exhiben lo que preocupaba a los comerciantes mexicanos o, sobre todo, los asuntos que ellos querían que la corte española atendiera.
El orden y la alteración del régimen de comercio marítimo en Nueva España hasta 1713
Desde el siglo XVI el comercio entre España y sus colonias americanas se realizó dentro de la Carrera de Indias —nombre con el que se conocía de forma general a los barcos que navegaban entre España y América—. El régimen comercial del imperio español se caracterizó por ser un monopolio reservado exclusivamente a los mercaderes españoles reunidos en tres consulados: el de Sevilla, que en 1717 se trasladaría a Cádiz, y los de México y Lima. El control de este monopolio se ejercía al obligar a que todas las mercancías fueran transportadas en los barcos españoles de la Carrera que debían cruzar el Atlántico en flotas, las cuales navegaban exclusivamente entre los puertos de Sevilla, Veracruz, Cartagena y Portobelo7. En España todo el tráfico se concentraba en Sevilla y Cádiz, y del lado americano en el puerto de Veracruz, en el caso de Nueva España, y en Cartagena y Portobelo, en el virreinato peruano. Este orden de cosas comenzó a alterarse al iniciar el siglo XVIII, durante la Guerra de Sucesión, cuando España tuvo que ceder y permitir que las flotas españolas fueran acompañadas por barcos franceses durante su travesía a Veracruz para ayudarles en la defensa ante los posibles ataques ingleses y, sobre todo, por el compromiso político que Felipe V adquirió con Francia por su apoyo en favor de la causa borbónica. El hecho de que autorizaran el arribo de barcos franceses a los puertos hispanoamericanos significó que se abrió la posibilidad para que el comercio extranjero se colara en ellos. El permitir la llegada de franceses al virreinato de Nueva España vulneró una de las cláusulas del régimen mercantil español que más celosamente se había intentado proteger desde el siglo XVI, aunque bien es cierto que no siempre exitosamente: la intromisión extranjera en el comercio colonial español.
Además de las entradas de los franceses al virreinato novohispano, otro factor que alteró dramáticamente la regularidad del comercio español fueron las maniobras navales inglesas durante la guerra. La presencia de las fragatas enemigas merodeando por el mar a la salida de Cádiz y a la llegada al Caribe provocó que la llegada de las flotas a Veracruz se espaciara mucho unas de otras, tanto que, en los primeros años, entre 1700 y 1705, no llegó ninguna. En ese tiempo solo pudieron llegar los llamados azogues, que eran flotillas de dos o tres barcos cargados con mercurio y una porción corta de mercancías (véase el cuadro anexo al final del capítulo). El envío de estos barcos en plena guerra, a pesar de los riesgos que esta planteaba, era necesario para mantener la comunicación entre España y Nueva España, incluso indispensable por la guerra misma, pues el mercurio tenía que llegar al virreinato para refinar la plata, y la plata tenía que llegar a España para hacer frente a los gastos provocados por la propia contienda bélica. La urgencia de mantener en pie las comunicaciones entre la colonia y la metrópoli obligó a que se echara mano de cuanto recurso estuviera al alcance, como las flotillas de azogues, los barcos de la Armada de Barlovento (que al ser enviados a Europa eran distraídos de su función principal, que era vigilar las aguas del Caribe y el Golfo de México) o los navíos de registro, como se llamaba a los barcos que surcaban el Atlántico de manera aislada sin la protección de una flota8. Navegar sin el acompañamiento de una flota custodiada por naves de guerra era sin duda arriesgado, pero así estos navíos sueltos podían desplazarse con mayor rapidez y ligereza, cualidades que en un momento dado podían permitirles evadir los barcos enemigos.
Los estragos de la guerra que alteraron el orden del régimen mercantil no terminaron con la guerra misma. Antes al contrario, para poner fin a la contienda bélica y poder firmar los tratados de paz entre España y Gran Bretaña en 1713, los españoles tuvieron que ceder a los ingleses notables ventajas comerciales en la América española. Esto trajo como consecuencia que la puerta del comercio americano se cerrara para los franceses y se abriera para los ingleses. Las cesiones hechas por España a Inglaterra quedaron establecidas en el Tratado del Asiento y consistieron en el monopolio o asiento de la venta de esclavos negros en Hispanoamérica y el permiso para enviar un navío de 500 toneladas con mercancías a Veracruz cada vez que los españoles enviaran una flota9. Esto implicó permitir que los empleados o factores de la compañía inglesa entraran y se establecieran en el territorio novohispano mientras efectuaban sus operaciones comerciales. La presencia de los comerciantes ingleses en Nueva España no fue desde luego masiva ni mucho menos, pero sí tuvo un impacto que no se puede menospreciar. Aunque fuera gota a gota, apenas unos cuantos individuos, la intervención de los ingleses fue horadando el sistema comercial español, y aquí solo nos referimos al comercio legal autorizado por el Tratado del Asiento, no al contrabando que era enorme desde mucho tiempo atrás. Baste pensar que los tratos clandestinos entre los novohispanos y los ingleses era una práctica tan normalizada que esos tratos figuran como un mecanismo cotidiano de intercambio entre ingleses y veracruzanos en la novela Coronel Jack, del primer gran novelista inglés Daniel Defoe.
Las representaciones del Consulado de México: argumentos en defensa de su territorio
El dislocamiento del sistema comercial por el contrabando y por la guerra tuvo efectos distintos en una y otra orilla del Atlántico. El gobierno español necesitaba restaurar la regularidad de la navegación y el comercio para asegurarse el recibo de las remesas de plata; los comerciantes andaluces querían recuperar su monopolio y volver a enviar anualmente las flotas mercantes, pero los mexicanos no estaban tan ansiosos de volver a este régimen bajo el argumento de que en el mercado novohispano había un exceso de mercancías europeas, como expusieron en sus sucesivas representaciones dirigidas a la corte española, como adelante se verá.
En efecto, desde 1713 los comerciantes de la ciudad de México representados por el prior y los cónsules de su tribunal consular insistieron una y otra vez en sus representaciones que debía moderarse el tonelaje de las flotas y que estas debían enviarse dejando lapsos más largos entre una y otra pues, decían, Veracruz estaba recibiendo ya demasiados barcos españoles. Se referían tanto a los que llegaban en las flotas como a los azogues y otros navíos sueltos venidos de España y también a las naves que llegaban de Guatemala, Campeche, Tabasco, Santo Domingo y La Habana. A diferencia de lo que había ocurrido en la primera década del XVIII, después, en el espacio de los tres años corridos de 1710 a 1712, solo de la metrópoli habían llegado a Veracruz dos flotas y unos azogues, como puede verse en el cuadro anexo al final del capítulo (el cual, debe advertirse, no incluye los barcos procedentes de otros puertos americanos). Según la exposición que hacían los comerciantes mexicanos, esta constante afluencia de barcos con mercancías provocaba una salida continua de plata y esta extracción de caudales hacía que en Nueva España no quedaran capitales suficientes para invertir en las minas y en el comercio interior. Así que, según el prior y los cónsules mexicanos, el exceso de importaciones provocaba una disminución en los capitales de inversión lo que afectaba severamente al desarrollo de la economía novohispana. Los mercados estaban saturados de mercancías que no se vendían y los mexicanos lo explicaban sencillamente con una metáfora que no dejaba lugar a dudas: las bodegas y tiendas estaban “empachadas” y el reino no podía “digerir” todo lo que había entrado10. Otra consecuencia no menor de todo esto era que los precios de las mercancías disminuían mucho y los comerciantes se empobrecían.
En su alegato, los comerciantes mexicanos incluían a los extranjeros y también los responsabilizaban del aumento desmedido de las importaciones, por lo que el Consulado de México solicitó que se vigilara estrechamente que no entrara ninguno más. Entre los extranjeros incluía a los contrabandistas, contra los que recomendó que se les aplicaran castigos ejemplares para disuadirlos de continuar con sus prácticas ilícitas. Su recomendación fue que, cuando se encontraran cargamentos de contrabando, se les debía prender fuego a todas las mercancías, y a los vasallos culpables se les debía condenar al destierro perpetuo y a la pérdida de todos sus bienes (Yuste, 2007, p. 29).
Cuando el comercio sevillano se enteró de lo representado por los mexicanos en 1713, coincidió sin duda en que se castigara con sumo rigor el contrabando extranjero, pero discrepó de los mexicanos en cuanto a cuál era la explicación de que hubiera un exceso de mercancías en Nueva España. Es decir, coincidían en que el mercado novohispano estaba saturado de mercancías, pero no compartían la idea de que esto fuera producto del comercio de los sevillanos y ni siquiera de otros europeos, sino que se debía a la enorme carga que traía de Filipinas la famosa nao de China. Según los sevillanos, era de señalar el hecho de que el Consulado de México no hiciera ninguna mención del comercio que Nueva España practicaba con Asia, y ello se debía a que eran los comerciantes mexicanos quienes manejaban ese intercambio y, de hecho, era en ese comercio con Filipinas donde los mexicanos tenían puestos sus principales intereses11.
Efectivamente, como señalaron los andaluces, el comercio novohispano tenía otras fuentes de abastecimiento distintas del comercio procedente de Europa, y de hecho sobre estas ejercía un control más directo. Los mexicanos invirtieron y ganaron enormes sumas de dinero en el comercio con Filipinas por medio del galeón de Manila —el cual era de hecho una de las claves que les había permitido controlar el comercio novohispano y alzarse como una corporación tan poderosa—, además del comercio centroamericano, realizado sobre todo por las aguas del Pacífico. Justamente este sería uno de los principales aspectos de la controversia entre los comercios de México y España: la competencia desatada entre las mercancías que entraban por el Pacífico y las que entraban por el Atlántico12. Esto nos muestra con claridad que el mosaico mercantil en Nueva España era bastante más complejo de lo que usualmente se considera, pues no se trató solo del eje Veracruz-Cádiz, sino que en el virreinato convergían varios intereses comerciales tanto de Europa como de América y Asia, y se trataba además de un comercio realizado por una sociedad colonial en la que los vasallos habían alcanzado ya un nivel económico bastante importante, tanto que podían perfectamente competir con los peninsulares.
Ahora bien, por lo que toca al comercio peninsular, una vez concluida la Guerra de Sucesión, el gobierno se enfocó en la restauración del viejo régimen comercial monopólico de flotas, pero para entonces en realidad era ya imposible mantenerlo intacto13. Los primeros pasos que se dieron para apuntalar el sistema comercial —los cuales podemos considerar como las primeras reformas borbónicas en materia de comercio colonial—14 fueron trasladar la Casa de Contratación y el Consulado de Sevilla a Cádiz y establecer la Intendencia General de Marina en 1717. Del lado americano uno de los primeros cambios fue ordenar en 1718 que la feria de flota ya no se realizara en la ciudad de México, sino en un pueblo más cercano al puerto de Veracruz (las dos opciones consideradas fueron Xalapa y Orizaba). El propósito de esto era tratar de reducir los tiempos de estancia de los barcos en el puerto de Veracruz y controlar la circulación de los comerciantes ingleses de la Compañía Real de Inglaterra por el interior de la Nueva España. La urgencia de la Corona porque los barcos (en especial las naves de guerra con las remesas de plata del rey) retornaran lo antes posible a España quedó plasmada en el Proyecto para Galeones y Flotas del Perú y Nueva España y para navíos de registro, y avisos, que navegaren a ambos reinos, publicado en 172015. Con este nuevo reglamento se pretendió establecer un estricto calendario para despachar las flotas y galeones de ida y vuelta entre España y América. Se disponía que los barcos debían venir a Veracruz y volver a Cádiz en once meses, un lapso prácticamente imposible de cumplir tomando en cuenta todas las operaciones que implicaba preparar una flota, es decir, reunir todos los barcos en el puerto andaluz y aprestarlos para el viaje, realizar la travesía por el Atlántico, atracar en San Juan de Ulúa y, una vez allí, proceder a la descarga y traslado de las mercancías al muelle de Veracruz propiamente dicho para pasar por la aduana veracruzana y luego acarrearlas al sitio de venta, generalmente la ciudad de México, hecho todo lo cual los flotistas debían regresar a Veracruz, cargar los barcos y emprender el tornaviaje. Si una de las etapas se facilitaba, como evitar subir a la ciudad de México y luego bajar de nuevo a la costa, y en lugar de esto se realizaba la feria en una villa veracruzana, se podría ganar tiempo para tratar de cumplir con el plazo estipulado de once meses en el Proyecto para Galeones. Sin embargo, la puesta en práctica de lo dispuesto en el Proyecto de 1720 y los decretos para modificar el sitio de la feria tropezaron con muchas dificultades y fracasaron varias veces, hasta que al fin se consiguió por lo menos echar a andar las ferias de flota en Xalapa diez años después, esto es, a partir de 1728.
La primera flota que debía haber inaugurado una feria en Xalapa fue la de Fernando Chacón que arribó a Veracruz en noviembre de 1720. La descarga de los navíos y el acarreo de las mercancías hasta Xalapa se vio seriamente entorpecido por los vientos y la lluvia, así que todavía en febrero de 1721 seguían entrando fardos, tercios y toneles en el pueblo de la feria. Para tratar de agilizar las operaciones, el propio virrey marqués de Valero se trasladó a Xalapa para presenciar personalmente las negociaciones, pero esto no fue suficiente para que los diputados de uno y otro comercio, es decir, los representantes de los comerciantes españoles que habían llegado desde España en la flota y, por el otro, los representantes de los comerciantes que habían bajado de la ciudad de México a Xalapa, se pusieran de acuerdo en los precios. Como los flotistas y los almaceneros no encontraron un punto de coincidencia, el virrey decidió disolver la feria y permitir que cada cual vendiera como mejor pudiera, pero sin permitirles que abandonaran el pueblo. El único incentivo que quedó para que las ventas se hicieran en Xalapa fue que la primera transacción que se realizara allí quedaría exenta de pagar alcabalas. Por otra parte, el calendario estipulado por el Proyecto de 1720 tampoco se cumplió, pues en lugar de que la flota zarpara de vuelta a España el 15 de abril, como hubiera debido hacer, los barcos tuvieron que esperar el arribo a Veracruz del ex virrey del Perú para llevarlo a España. Así que zarpó el 29 de mayo, más de un mes y medio después de lo estipulado por ordenanza.
De todos los descalabros sufridos por la feria de flota, lo que más preocupó a los mexicanos fue que de los 72 cargadores españoles que vinieron en la flota de Chacón, 41 se quedaron rezagados en Nueva España y en julio de 1721 el virrey Valero les dio permiso de salir del pueblo de Xalapa para internarse por el virreinato16. Este hecho, que los comerciantes españoles venidos con la flota se quedaran en Nueva España y les dieran permiso para circular y negociar en el virreinato, sería una de las principales preocupaciones de los comerciantes mexicanos y tema recurrente en sus varias representaciones dirigidas a las autoridades. Dicho sencillamente, la permanencia de los flotistas en Nueva España y su infiltración en el interior del virreinato les planteaba a los mexicanos una competencia muy seria en su propio territorio.
Por otra parte, los comerciantes andaluces habían señalado que la razón por la que el mercado novohispano estaba saturado era por el comercio que los mexicanos realizaban con China a través de Manila, ante lo cual los comerciantes mexicanos emplearon en su defensa un argumento realmente muy interesante: decían que su comercio con Filipinas no era tan grave como el comercio extranjero que favorecían los andaluces y que llegaba a Nueva España “legalmente” dentro de las propias flotas españolas, refiriéndose a que la mayor parte de las mercancías cargadas en las flotas eran producidas en el extranjero, además de que debía considerarse la gran carga que los barcos traían fuera de registro, pues aunque en el primer caso la plata mexicana terminaba en China vía el galeón de Manila, esto no era tan grave porque China no estaba en guerra contra España, mientras que la plata que llegaba a Europa por la compra de las mercancías para cargar las flotas legal e ilegalmente fuera de registro, al final terminaba justo en manos de los grandes enemigos de España, es decir, Gran Bretaña y Holanda, países productores de buena parte de las manufacturas que vendían a consignación los flotistas (Pérez, 2004, p. 114).




